Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
El cerebro no es un vaso por llenar, sino una lámpara por encender
Esperamos que a estas alturas (entrega número 11) de esta serie de artículos, los lectores al menos hayan modificado su percepción en torno a la enorme influencia que el pensamiento dominante ejerce sobre ellos, a la hora de elaborar sus criterios. Porque, citando nuevamente al gran pensador Erich Fromm: "Gran número de nuestras decisiones no son realmente nuestras, sino que nos han sido sugeridas desde fuera; hemos logrado persuadirnos a nosotros mismos de que ellas son obra nuestra, mientras que, en realidad, nos hemos limitado a ajustarnos a las expectativas de los demás, impulsados por el miedo al aislamiento y por amenazas aún más directas en contra de nuestra vida, libertad y conveniencia". En efecto, muchas veces estamos convencidos de estar expresando nuestras propias convicciones, cuando en realidad no hacemos otra cosa que transmitir ideas que son la expresión de convenciones sociales generalmente aceptadas, o bien son meras repeticiones del bombardeo mediático al que estamos sometidos.
Fromm cuestionaba seriamente la creencia de que en las sociedades modernas se haya alcanzado una auténtica madurez intelectual, y que las personas se hayan liberado de las presiones externas: "El derecho de expresar nuestros pensamientos, sin embargo, tiene algún significado tan sólo si somos capaces de tener pensamientos propios...". Evidentemente no hay ninguna ventaja en poder expresarnos "libremente" si el libreto lo escriben otros, y nosotros nos limitamos a recitarlo sin más. La cultura y la educación dominantes fomentan el conformismo mediante la represión de los sentimientos espontáneos, y el desarrollo de una personalidad genuina, y este proceso comienza a implementarse ya desde nuestra niñez. Miles y miles de mensajes subliminales bombardean nuestros sentidos desde que somos infantes, que a su vez van conformando en nuestras mentes las incipientes ideas sobre todo aquéllo que está bien o que está mal, lo que es normal y lo que no lo es, etc.
Muchas veces la educación trata de evitar aquéllas manifestaciones originales, e intenta reemplazarlas por comportamientos establecidos y reglamentados. Desde pequeños, la sociedad por tanto nos impone sus cánones, sus medidas, sus normas, y nuestro cerebro se limita a asimilarlas sin más, y cuando vamos siendo adultos, el pensamiento dominante impide al máximo que nos replanteemos muchos condicionantes adquiridos. Los métodos pueden variar, a veces se recurre a amenazas y castigos tendentes a generar un sentimiento de temor en el niño/a, otras veces en cambio se utiliza el soborno para inducir al pequeño/a a abandonar su resistencia, y amoldarse a los patrones establecidos por la sociedad, y mediante todos estos mecanismos se van moldeando la represión de los sentimientos y de las opiniones propias. Tal como expresaba Joan Manuel Serrat en uno de sus temas, el proceso de educación se transforma en un mecanismo o especie de "domesticación" de los niños.
En este marco, se les enseña a los pequeños a abandonar sus propias opiniones y a experimentar sentimientos que no son los suyos, y paralelamente se les incita a aceptar situaciones sin un espíritu crítico (las órdenes de los mayores suelen ser: "porque sí", "porque yo lo mando", sin más razonamientos), pero esto no concluye en la niñez, sino que continúa en la edad adulta, donde continuamos recibiendo presiones externas que tratan de finalizar el trabajo de adaptación al sistema que comenzó mucho tiempo atrás. Especialmente para las mentes dóciles, y para las personalidades poco rebeldes, es un proceso que acaba por configurar a ciudadanos obedientes con el sistema, y proclives a actuar como perfectos altavoces del pensamiento dominante. En las sociedades modernas, además, se desaprueban ciertas emociones y manifestaciones, en función a determinados roles sociales, y se rechaza el pensamiento creativo, a excepción de que éste sirva para generar beneficios económicos, en cuyo caso pasará a convertirse en una genialidad bien vista y estimada por la mayoría.
En líneas generales, se desconfía de aquéllas cosas donde no interviene la rentabilidad económica, y también se mira con cierta animosidad la actividad espontánea. En este sentido, dar muestras de una cierta emotividad puede significar recibir la calificación de "desequilibrado", pero como las emociones no pueden ser eliminadas de nuestro interior (razón por la cual se le está prestando mucha atención a la disciplina que estudia la llamada "Inteligencia Emocional"), se trata de mantenerlas únicamente en el plano intelectual, por ejemplo se acepta que en el cine se puedan expresar ciertas emociones que serían cuestionadas si alguien las expusiera en su vida cotidiana. De esta forma, no sólo el catálogo de ideas intelectuales son reprimidas por la influencia del pensamiento dominante, sino también nuestro comportamiento social es reprimido, en aras a desarrollar un comportamiento mayoritariamente aceptado como normal. Continuaremos en siguientes entregas.