Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
En los países en vías de desarrollo, al menos 250.000 millones de euros de ingresos fiscales desaparecen cada año en los paraísos fiscales, es decir, seis veces el importe anual necesario para luchar y vencer el hambre hasta 2025
En su Informe "Una economía para el 99%", correspondiente al año 2017, la ONG Oxfam Intermón (una de las más especializadas y prestigiosas cuando sobre desigualdad se hable) expone los siguientes datos: "Las grandes empresas también han optado por un modelo de maximización de sus beneficios a costa de tributar lo menos posible, utilizando paraísos fiscales, sacando provecho de tipos impositivos cada vez más bajos o logrando que los países compitan agresivamente entre sí para ofrecerles privilegios fiscales. La rebaja en los tipos nominales del impuesto de sociedades se está convirtiendo también en una tendencia generalizada, lo cual, unido a las técnicas de evasión y elusión fiscal tan extendidas, hace que muchas grandes empresas reduzcan su contribución fiscal a mínimos. Se estima, por ejemplo, que en 2014, Apple tributó por sus beneficios en Europa a un tipo efectivo del 0,005%. Los países en desarrollo pierden cada año al menos 100.000 millones de dólares como consecuencia de la elusión y evasión fiscal de grandes empresas a través de paraísos fiscales y dejan de ingresar miles de millones de dólares por ofrecer exenciones y exoneraciones fiscales improductivas e ineficientes. Esta sangría de recursos afecta sobre todo a los más pobres, que dependen en mayor medida de los servicios públicos en los que podrían invertirse todos estos recursos fugados. Kenia pierde 1.100 millones de dólares anuales en concepto de exenciones fiscales, una cifra que prácticamente duplica su presupuesto de inversión en salud, en un país donde la probabilidad de que las madres mueran durante el parto es de uno entre cuarenta". Creo que lo han dejado perfectamente claro.
La complicidad entre Estados, gobiernos y empresas en la existencia de los paraísos fiscales es absolutamente evidente. La voluntad política presente en todos estos actores les lleva a que estos territorios especiales existan de forma palpable, otras veces encubierta, y a que su pasividad frente a los mismos acabe siendo absolutamente indecente. La influencia de las élites sobre el sistema fiscal mundial a la hora de mantener los paraísos fiscales es manifiesta, y la complicidad entre todas ellas es vergonzante. Porque en todos los países del mundo, los ingresos fiscales sirven para financiar los servicios públicos, las infraestructuras, el Estado del Bienestar, y otros bienes y servicios que mantienen el funcionamiento del Estado. Todo ello está muy bien si se apuesta por una sociedad justa, equitativa y redistributiva, pero el hecho es que esto no es así. De cara a la galería los mensajes de los líderes políticos y sociales nos hablan de este discurso de la solidaridad, pero lo cierto es que ni se cree ni se practica ese modelo social. Se sabe que un sistema fiscal justo es una pieza fundamental y parte esencial para financiar el correcto y eficaz funcionamiento de los Estados, así como para permitir que los Gobiernos cumplan con su obligación de garantizar al conjunto de la ciudadanía su derecho a contar con servicios públicos esenciales, tales como la sanidad o la educación. Especialmente en los países en desarrollo, donde existe una mayor necesidad de fortalecer los servicios sanitarios y educativos para los cientos de millones de personas que todavía se encuentran en situación de pobreza extrema, los ingresos fiscales constituyen un mecanismo sostenible de generación de ingresos. Además, un sistema fiscal progresivo y bien diseñado permite garantizar que quienes más tienen y más cobran (sueldos, riqueza, patrimonio, fortunas, bienes, etc.) aporten más al sistema.
Sin embargo, puede que los regímenes fiscales nacionales y la estructura fiscal internacional no sólo no cumplan con esta función, sino que además provoquen el efecto contrario y que la mayor carga tributaria recaiga sobre los más pobres. Cuando esto ocurre (y ocurre en la mayor parte de países del globo) los modelos sociales se pervierten, por mucho que existan votantes que democráticamente los hayan elegido. Se desvirtúan las funciones públicas, las arcas públicas dejan de recibir los ingresos necesarios para financiar los servicios, y las clases populares y trabajadoras se van distanciando de las élites. Y ahí tenemos la arquitectura de la desigualdad. No es por tanto una desigualdad natural, sino una proyección de la misma, una creación política y social ad hoc para que los ricos salgan beneficiados, y así romper la necesaria cohesión social imprescindible para garantizar una mínima igualdad. La actual arquitectura fiscal mundial también socava la capacidad de los Gobiernos para recaudar los impuestos que les corresponden, facilitando la evasión y la elusión fiscal transfronteriza y la ocultación de riqueza, especialmente a través de los paraísos fiscales. Estas jurisdicciones, que entre otras cosas se caracterizan por el secretismo y la baja o nula tributación, son una de las vías más obvias que pueden utilizar tanto individuos como empresas para eludir sus obligaciones fiscales. Hasta la fecha, los Gobiernos no han logrado acabar con la evasión y elusión fiscal a nivel mundial, ni tampoco con el entramado de paraísos fiscales asociado a dichas prácticas. Una maraña de intereses creados convierte esta tarea casi en un imposible, sobre todo para un solo país, por muy buena voluntad política que pueda desplegar.
Por tanto, este es el vergonzoso esquema de trabajo que facilitan, entre otros, los profesionales de la gran banca privada y de inversión, y de los lujosos despachos de abogados o auditores, todos ellos muy bien remunerados, para aprovecharse de una economía mundial cada vez más globalizada y con menos trabas. Una economía al servicio del 1%, donde la desigualdad campa a sus anchas, y donde el poder de las clases populares es cada vez más reducido. En cambio, con un sistema fiscal progresivo, las empresas y personas más ricas serían los más grandes contribuyentes. Sin embargo, actualmente son quienes tienen mayores incentivos para hacer uso de este aberrante entramado fiscal con el objetivo de eludir el pago de los impuestos que les corresponden, además de ser quienes pueden permitirse contratar a este tipo de profesionales que facilitan la elusión y evasión fiscal. Recientemente, el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación, colaborando en cada país con diversos medios, ha logrado sacar a la luz pública la existencia no sólo de estos despachos de profesionales, sino la práctica totalidad (se cuentan por miles) de clientes por todas partes del mundo. Y aunque los escándalos han sido mayúsculos, aún la sociedad no ha tomado conciencia de la gravedad del problema. Los llamados "Papeles de Panamá", los "Papeles de la Castellana", o los "Papeles del Paraíso" han sacado las vergüenzas (fiscales) a montones de políticos, artistas, empresarios, deportistas, etc., a los cuales se les ha descubierto su participación en empresas radicadas en estos oscuros territorios.
Aprovechar los vacíos legales en materia impositiva para eludir impuestos son dos componentes fundamentales de las estrategias de maximización de beneficios para muchas empresas multinacionales. Y es que estas empresas pueden trasladar artificialmente la propiedad de activos o el coste real de sus transacciones a filiales llamadas "pantalla" en jurisdicciones fiscales de baja imposición o que no exijan la divulgación pública de información empresarial relevante. Así, las ganancias de estas empresas "desaparecen" de los países donde tiene lugar su "actividad económica real", para pasar a existir sólo en paraísos fiscales. Por ejemplo, en el año 2012, las empresas multinacionales estadounidenses declararon 80.000 millones de dólares de beneficios en las Islas Bermudas, una cantidad superior a los beneficios que declararon en Japón, China, Alemania y Francia juntas. Esta cantidad es tan grande (el 3,3% de los beneficios totales generados por estas empresas en todo el mundo) que claramente no refleja su actividad económica real en las Bermudas, donde generan sólo el 0,3% de sus ventas totales, y donde el número de empleados/as y los costes salariales asociados constituyen un ínfimo 0,01%-0,02% del total. Es solo un ejemplo, pero la casuística y sus datos asociados son absolutamente impresionantes. Empresas que declaran beneficios en sucursales donde no poseen empleados/as, territorios que poseen casi más empresas que habitantes, y secretos por doquier (secreto bancario, mercantil, judicial, comisiones rogatorias, etc.) marcan este perverso mundo de los paraísos fiscales, unas zonas económicas que podrían dejar de existir de un día para otro si realmente existiera voluntad de acabar con ellos. Continuaremos en siguientes entregas.