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Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.

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Por un Proceso Constituyente (22)

Por un Proceso Constituyente (22)
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La corrupción del capitalismo español tiene anclaje desde el franquismo. Seguimos con el mismo reparto de la riqueza, los mismos poderes financieros, industriales, latifundistas y las mismas familias (los Botín, March, Ybarra, Koplowitz, Del Pino, Entrecanales, Serratosa, Abelló…), las mismas instituciones recicladas que participaron en el genocidio franquista (ejército e iglesia), la misma bandera, y el mismo himno

Miguel Ángel Montes

En la entrega anterior comenzábamos nuestra perspectiva de relación entre el republicanismo y el laicismo, y ya afirmábamos allí algunos puntos elementales de contacto. Y del Estado social al Estado legal. Porque las leyes del Estado republicano, es decir, las leyes elaboradas por los representantes legítimos del conjunto de la ciudadanía atendiendo a la libertad de conciencia, a la igualdad y al bien común, no pueden obedecer a otros frentes que no sean los de la ciencia, la razón, el conocimiento y la reflexión. Precisamente todo ello es lo que garantiza que el Estado sea laico, manifestado en una clara separación entre el poder civil y el poder religioso. Y siempre sin perder de vista que no sólo no deben existir interferencias entre uno y otro, sino que el poder civil, el universal, el de todos, siempre debe estar por encima del religioso, incluso por muy mayoritaria que pueda ser una confesión determinada, o una comunidad religiosa cualquiera. Si el Estado flaquea en cuanto a sus aspiraciones laicas, enseguida esta circunstancia será aprovechada por las comunidades religiosas (especialmente las mayoritarias) para imponer su ideario en el ámbito público. Desde este punto de vista, hay que ser extremadamente estrictos, y estar vigilantes en que cualquier formación religiosa no migre a formación política precisamente por el impulso acaparador de lo religioso. Debemos fijarnos en los idearios concretos de las formaciones políticas, porque ahí es donde se expresa hasta qué punto el hecho religioso inspira el ideario político. 

 

Siguiendo de nuevo la Ponencia de César Alfonso Viñas, hay que destacar que otro punto de contacto entre republicanismo y laicismo es el profundo respeto de ambos por el espacio común (Res Publica), esto es, el espacio de convivencia de todos los ciudadanos, frente a los peligrosos postulados de la Monarquía y el neoliberalismo (la una porque convierte en súbditos a los ciudadanos, el otro porque disminuye el espacio público privatizándolo). Republicanismo y laicismo hunden sus raíces en la Ilustración, quizá el período histórico donde la Humanidad despega su pensamiento, y consigue su mayoría de edad, expresada también por su autonomía moral. Durante la I República Francesa los revolucionarios redactaron la primera Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano (después se han sucedido muchas otras), al mismo tiempo que Thomas Payne distribuye sus obras "Los Derechos del Hombre" y "La edad de la razón" por Inglaterra, América y Francia, defendiendo temas como, precisamente, la república y el laicismo. Payne declara que el hombre es mayor de edad para elaborar sus propias leyes, sin ninguna "inspiración divina", sólo las leyes del hombre y del ciudadano, y no depender de ningún Rey o Dios. La Monarquía siempre va unida al poder religioso impuesto por una burguesía y oligarquía dominantes, que también nos imponen su moral, convirtiéndose en la moral dominante. Estos asuntos fueron expuestos con más profundidad en nuestra serie de dos artículos "Dios, la Moral y la Religión desde una óptica marxista", la cual recomiendo a los lectores y lectoras que no la hayan seguido. Y en el plano político, es la Monarquía el instrumento del poder religioso para mantenerse en el poder, ampliarlo y perpetuarlo. Ambos poderes son antidemocráticos. 

 

En definitiva, laicismo y republicanismo parten de un tronco común, de un concepto primigenio, y se unen en la misma realidad social: la autonomía moral de los seres humanos libres para elaborar unas leyes del Estado (o de su comunidad) sin tener que recurrir a instancias divinas o superiores, ya sean éstas la Monarquía o un supuesto Dios. La República es por tanto libertad plena para el autogobierno, abandono del sometimiento a figuras sobrenaturales, soberanía popular, poder que emana del pueblo y que se vierte en él, y que no procede de ningún Rey ni Dios. Vistos como tales, el laicismo es el principio de convivencia democrática, pues el pueblo no se somete a la voluntad de seres superiores. El poder surge del propio raciocinio humano, libre y democráticamente expresado, sin limitaciones ni ataduras. Y esto sólo se puede encauzar a través de una República. El Proceso Constituyente debe abordar y ofrecer vía libre al pueblo para canalizar sus aspiraciones, pero sin ningún dogal que las limite. No nos basta por tanto con modificar, retocar o transformar la caduca Constitución de 1978, base del actual régimen político que nos condena a vivir en la precariedad. Es necesario derogarla, abandonarla, olvidarla, comenzar desde cero, porque dicha Carta Magna no fue fruto de un Proceso Constituyente que diera la voz al pueblo de forma libre y autónoma. Nuestra sociedad, después de más de 40 años de la muerte del dictador, ya está lo suficientemente madura como para dar paso a una nueva Constitución, pero esta vez sí, desde un nuevo Proceso Constituyente. Esta Constitución nos llevará a la III República. 

 

El régimen del 78, como nos sugiere la imagen de entradilla, está acosado por varios frentes que delatan su fragilidad, su corrupción y su ilegitimidad. Es necesario derribarlo, por supuesto de una forma pacífica, ordenada y democrática. Y el laicismo debe ser una bandera del nuevo modelo de sociedad al que aspiramos. Porque el laicismo es el respeto a la individualidad de cada persona (respeto a su libertad de conciencia, a su libertad religiosa y a sus creencias personales), combinado con el profundo respeto a lo común, que se sitúa en otra dimensión distinta, en otro ámbito diferente. Esto es exactamente lo que determina la República con su espacio común, con sus leyes. Y precisamente estas leyes de la República son necesarias para proteger los tres principios del laicismo, a saber: libertad de conciencia, igualdad y bien común. Y así, el laicismo republicano es la libertad de conciencia junto a la defensa del bien común. Tanto respeto merecen las convicciones personales como el espacio público de convivencia. Todo ello delimita un nuevo modelo de convivencia ciudadana libre de injerencias religiosas de toda índole. ¿Tenemos algún precedente de ello en nuestro país? Pues sí: por vez primera en la historia del constitucionalismo español se implantó un Estado Laico con la II República, expresado en la Constitución de 1931, estableciendo un proyecto de convivencia laicista, en cuanto a derechos cívicos y en cuanto a una verdadera separación entre el Estado y las religiones. Desgraciadamente, un grupo de criminales militares golpistas acabó con la II República, instalando un régimen de terror en nuestro país durante cuatro décadas. Y muy significativamente, fue un régimen muy aliado con el pensamiento religioso, lo cual debería darnos pistas muy claras de por qué defendemos el laicismo bajo un modelo republicano.

 

No siempre democracia es el voto de la mayoría. Existen principios básicos como la dignidad humana, la libertad de conciencia, la propia existencia de la democracia, etc., que no pueden someterse a votación de la mayoría. Si se hace, un grupo determinado se estaría situando por encima de la Ley (es decir, de la Constitución), elaborada por el conjunto de los ciudadanos de la República. Por ejemplo, se sitúa por encima de la Ley un Consejo Escolar que vota a favor de mantener los símbolos religiosos en las instalaciones de un determinado colegio público, que es espacio público de todos, y que a todos pertenece, no respetando la libertad de conciencia. Podríamos poner muchos más ejemplos, pero pensamos que la idea ha quedado clara. El régimen actual da prevalencia a los poderes religiosos y a sus valores frente al conjunto de los poderes civiles. Y a su vez, nos declara como súbditos en el sentido de estar representados por un Rey, es decir, por un sujeto perteneciente a una cierta dinastía. Dicho régimen no es democrático, y debe ser cuestionado. Ya tuvimos una oportunidad en la II República, que fue cruelmente abortada. Hoy volvemos a tener una nueva oportunidad. No podemos desaprovecharla. El grado de madurez política e intelectual de nuestra sociedad deben superar el franquismo sociológico aún instalado en muchos frentes. Porque sin Proceso Constituyente, sin nueva Constitución, sin espacio republicano, sin laicismo, las cadenas que hoy nos condenan no serán destruidas. Continuaremos en siguientes entregas.

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