Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
El rey está desnudo. La monarquía está desnuda. El poder del Estado Español está desnudo. Han evidenciado cuál es su esencia. Ante este hecho, y ante la derechización de nuestro entorno político y social, ante las medidas fascistas, intervencionistas y golpistas de nuestras instituciones, ante la aprobación en el Senado del artículo 155 por parte de una clase política reaccionaria encarnada por el tridente PP, PSOE y Cs, a la izquierda, al pueblo y a las fuerzas progresistas del Estado Español sólo les queda una respuesta coherente: acompañar y respaldar al pueblo catalán y tomar el testigo de la rebelión catalana
La situación de podredumbre política y social en la que nos encontramos es patente, y nos conduce a una involución democrática sin límites: la surrealista situación catalana, la execrable sentencia a los cinco violadores que se hacen llamar "la manada", la dimisión de políticos por robar cual vulgares delincuentes (pero no por prostituir las instituciones a su servicio, como acaba de ocurrir con Cristina Cifuentes), la escalada perversa que coarta la libertad de expresión y condena, multa y encarcela a activistas sociales, blogueros, tuiteros, gente del espectáculo, manifestantes, etc., todo ello y mucho más está llegando a producir un hedor asqueroso que emana de nuestra sociedad, y que nos sitúa cada día en la imperiosa necesidad de levantar un proceso destituyente, para proceder después a un proceso constituyente, que levante alfombras, abra ventanas y permita renovar nuestra clase política, los poderes del Estado y nuestras instituciones. La situación que vivimos es absolutamente patética y bochornosa, propia de un país no digo ya tercermundista, sino cuartomundista. Los signos o movimientos que se están viendo no son más que simples recambios para que el vil y corrupto sistema que nos gobierna continúe haciendo de su capa un sayo. Como tantas veces hemos afirmado, la reforma no es posible. Sólo cabe la ruptura democrática y un nuevo proyecto de país basado en otros valores, en otros sistemas y en otras instituciones. Renovar los poderes del Estado se ha vuelto una tarea prioritaria, y derogar ciertas leyes y transformar otras se torna una imperiosa actividad de regeneración democrática.
Mientras las fuerzas políticas más votadas continúen siendo aquéllas que apoyan sin fisuras el anquilosado y anacrónico régimen del 78 no habrá nada que hacer. Por eso necesitamos un Proceso Constituyente apoyado por todo el frente de fuerzas políticas y sociales de la izquierda, y por todos los sectores y colectivos víctimas de este injusto sistema. Mientras la Triada PP+C's+PSOE continúe siendo fuerza mayoritaria, impulsarán la restauración borbónica, incluyendo únicamente pequeños cambios cosméticos para dar la impresión de que las cosas van mejor. Como mucho, estas tres fuerzas políticas y los que las apoyan pretenden reformar la Constitución del 78 tímidamente, profundizar nuestra dependencia de las instituciones supranacionales europeas, y dar más libertad y alas al gran capital para que continúe su disparatada senda del esclavismo social y laboral. Frente a todo ello, nosotros, mediante el Proceso Constituyente, debemos impulsar una completa transformación de la sociedad para que pase a funcionar con parámetros bien distintos, bajo otras prioridades, hacia otros objetivos. En el corazón mismo de dichas transformaciones, debemos situar el rescate de nuestra soberanía en todos los ámbitos: soberanía monetaria, soberanía económica, soberanía política, soberanía alimentaria, soberanía energética, soberanía tecnológica, soberanía medioambiental. Sólo un país realmente soberano posee la autonomía y la independencia necesarias para plantear transformaciones sustanciales de sus estructuras de poder. Ello debe plasmarse en la implementación de una serie de transformaciones que incidan sobre todo en la profundización democrática, para que la soberanía de la que hablamos provenga realmente del pueblo, es decir, vuelva a ser una soberanía popular (que no nacional), tal como expresaba la Constitución Republicana de 1931.
Una profundización democrática centrada y pensada para las mayorías sociales, que blinde todos los derechos humanos en todas sus facetas, y que ponga (como ya afirma en vano nuestra actual Constitución) toda la riqueza del país subordinada al interés general. Un nuevo proyecto de país enfrentado totalmente a los paradigmas del capitalismo neoliberal, que garantice los derechos humanos, de los animales y de la propia naturaleza, todo ello como una construcción colectiva al servicio de una sociedad avanzada, plural, libre, justa y equitativa. Una sociedad radicalmente respetuosa y democrática, basada en los pilares de la igualdad, la cooperación, la solidaridad y los bienes comunes. Este es el modelo al que queremos aspirar, y el Proceso Constituyente ha de definir sus bases, concretar sus propósitos, y redactar finalmente una nueva Constitución que responda a todo ello desde todos los frentes. Vamos a basarnos a continuación en este maravilloso decálogo que propuso Manolo Monereo en este artículo para el medio Cuarto Poder, en mayo de 2016, pero que se sitúa dos años después en rabiosa actualidad y en plena vigencia:
1.- Derecho a decidir. Pero decidir en su amplio sentido, ya que este concepto se ha empleado eufemísticamente para referirse a algunas decisiones parciales. Y así, queremos decidir nuestro futuro, nuestros derechos humanos básicos, el modelo de sociedad que queremos, nuestro modelo de Estado, nuestro modelo de mercado, de relaciones laborales, y los límites y fortalezas de nuestra democracia. En una palabra, queremos poder decidir sobre todos los aspectos que nos conciernan de forma colectiva e importante.
2.- Soberanía popular. En efecto, la soberanía popular y todas las manifestaciones y decisiones que de ella se derivan deben situarse en el centro del proceso. En este sentido, y como ya hemos indicado, necesitamos toda una serie de transformaciones y ampliaciones de nuestro actual marco democrático, para profundizarlo y para volverlo pleno y real, tangible y expansivo. Ningún poder externo o interno debe poder eludir o subordinar nuestra soberanía popular, lógicamente sin perjuicio del conjunto de tratados, convenios y acuerdos que podamos suscribir con otros pueblos, comunidades, instituciones, naciones, países o Estados.
3.- Alcanzar una sociedad de hombres y mujeres libres e iguales, "una sociedad de trabajadores y trabajadoras de toda clase" (como ya definía la Constitución Republicana de 1931). Pero entendiendo el trabajo humano no como sumisión, dependencia o esclavismo, sino como realización humana, como riqueza fundamental y como redistribución y reparto de la misma. Para alcanzar este estatus social avanzado hay que renunciar (individual y socialmente) a los perniciosos valores que nos ha ido imponiendo el neoliberalismo (ya los expusimos a fondo en este otro artículo), y volver a recuperar los valores sociales y universales que inspiran el socialismo. Hay que recuperar la función social del trabajo, de la propiedad, del bien común, y entender que la producción y reproducción de nuestras vidas requiere de un enfoque y de una visión comunitarias y sociales a las cuales no es posible renunciar.
4.- Alcanzar una democracia económica. En efecto, y como también explicamos en este otro artículo (y en muchos más de nuestro Blog), la democracia económica es el estatus más avanzado de la misma, su máxima expresión, su cénit expansivo. Y así, la democracia nunca lo será de forma plena si no alcanza también al centro de trabajo, a la fábrica, a la empresa, al poder económico. En palabras de Manolo Monereo: "Los que mandan y no se presentan a las elecciones tienen tanto poder hoy que capturan al Estado y convierten a nuestras democracias en un instrumento de legitimación de su poder oligárquico". Debemos aspirar a una democracia donde imperen empresas públicas y privadas democratizadas y eficientes, un sector privado donde pueda seguir funcionando el mercado (lógicamente supeditado al interés general y sin dejar a nadie en la estacada), una economía social y cooperativa fuerte (capaz de impulsar nuevas formas de gestión y autogestión colectivas), y un sector público que recupere su poder y su iniciativa, que vuelva a ser garante del trabajo, la socialización de la inversión y la cobertura de todos los servicios públicos bajo naturaleza universal, gratuita y de calidad.
5.- Definir un nuevo modelo productivo sostenible desde los puntos de vista humano, social y medioambiental. Un modelo laboral que impida la precariedad, que destierre la hegemonía empresarial, que consagre el respeto a los derechos sociales y laborales, que invierta en nuevas tecnologías y en I+D+i, que anule los enormes poderes del capital financiero, las relaciones de dependencia de nuestra economía de las grandes empresas transnacionales, que reparta el trabajo y los beneficios, que recupere la función social del trabajo dando valor a los trabajos comunitarios, de restauración, ecológicos, de reconversión y de cuidados, y que extirpe el machismo y todas sus manifestaciones derivadas (la brecha salarial, la división sexual del trabajo, el techo de cristal y la feminización de la pobreza). Un nuevo modelo productivo que dé valor a la rentabilidad social y no sólo a la económica, que mida la riqueza nacional en función de otros parámetros (y no sólo por el PIB), que dé importancia a la felicidad e integración laborales, a la productividad surgida del buen ambiente laboral, y que conceda menor importancia a los sectores productivos clásicos (sector servicios, turismo, construcción, etc.), recuperando la base industrial propia.
Aún nos quedan el resto de puntos de este catálogo. Los continuaremos en la próxima entrega.