Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Decís que por encima de todo queréis a vuestros hijos, pero en cambio les estáis robando el futuro
El caos civilizatorio en el que nos encontramos nos insta a concebir la interrelación de todos los problemas, ya sean éstos políticos, económicos o sociales. El Desarrollo a Escala Humana y el Buen Vivir nos están intentando transmitir que solo un enfoque transdisciplinario de los problemas nos permitirá comprender de qué manera la economía influye en la política, y viceversa, y hasta qué punto los problemas sociales están estrechamente intrincados, a su vez, con la política y la economía. Entonces, si las políticas económicas diseñadas por los economistas afectan a la sociedad al completo, estos economistas ya no pueden pretender que su única preocupación sean los problemas económicos. La crisis civilizatoria es de una magnitud tal que un cambio de paradigma se vuelve imprescindible. Avancemos por tanto en la implementación concreta del Desarrollo a Escala Humana. Debemos entender que el desarrollo se refiere a las personas, y no a los objetos, al igual que los países se deben a sus poblaciones, y no al contrario. Si el PIB por ejemplo es un indicador para comprobar cuánto ha crecido la economía (por ejemplo, cuántos coches hemos fabricado), y estamos viendo que estos indicadores no nos indican cuánto ha avanzado la calidad de vida de la gente, necesitamos otros indicadores que midan el crecimiento cualitativo de las personas. Ese nuevo paradigma, a la luz de todo lo referido sobre el Desarrollo a Escala Humana, debería reflejarse en un cambio cultural, consecuencia fundamental de abandonar ciertos satisfactores tradicionales para reemplazarlos por otros nuevos y diferentes. La meta debería ser la satisfacción completa de todas nuestras necesidades, ya que cualquier necesidad humana fundamental que no sea adecuadamente satisfecha revela una pobreza humana (ya hemos comentado que el concepto de pobreza no debe ser únicamente economicista).
Por ejemplo, la pobreza de subsistencia (debido a alimentación y abrigo insuficientes), la pobreza de protección (debido a sistemas de salud insuficientes, a la violencia, a la carrera armamentista, etc.), la pobreza de afecto (debido al autoritarismo, a la opresión, a las relaciones de explotación con el medio ambiente natural, etc.), la pobreza de entendimiento (debido a la deficiente calidad de la educación), la pobreza de participación (debido a la marginación y a la discriminación de las mujeres, los niños y las minorías), la pobreza de identidad (debido a la imposición de valores extraños a culturas locales y regionales, emigración forzada, exilio político, etc.), y así sucesivamente, generan en el ser humano multitud de tipos o formas de pobreza. Pero a su vez, estas pobrezas generan patologías, cada vez que se rebasan los límites críticos de intensidad y de duración de las mismas. Por ejemplo, consideremos la situación de desempleo prolongado. Es evidente que si dicha situación se mantiene en el tiempo, provocará una perturbación total del sistema de necesidades fundamentales de las personas que lo sufran. Debido a los problemas de subsistencia, la persona se sentirá cada vez menos protegida; las crisis familiares y los sentimientos de culpa pueden destruir las relaciones afectivas; la falta de participación dará cabida a sentimientos de aislamiento y marginación, y la disminución de la autoestima podrá fácilmente provocar con el tiempo una crisis de identidad. Es fácil comprobar, entonces, la estrecha relación entre la insatisfacción de necesidades fundamentales y la generación de determinadas patologías, si estas situaciones se cronifican. Si ello afecta a muchas personas, podemos hablar de patologías colectivas de la frustración, cuando dichas insatisfacciones crónicas afectan a colectivos completos, o a porciones significativas de la población. El enorme montante de la deuda pública, por ejemplo, también puede ser responsable de otro tipo de patologías colectivas. Con el fin de pagar a nuestros acreedores (otros países y terceras instituciones, normalmente financieras), una gran cantidad de países y sus poblaciones tendrán que someterse, a costa de quedar debilitados y enfermos, patologías que engendrarán, a su vez, otros problemas económicos, que volverán a influir en la insatisfacción de necesidades.
Todos estos problemas, por tanto, no solo poseen componentes económicos, sino también psicológicos y sociales. Planes de "ajuste estructural" generan en el conjunto de la ciudadanía nuevos problemas económicos y nuevas patologías, estrechamente interrelacionados entre sí. Los sacrificios y privaciones de estas necesidades fundamentales se ven atacados en cascada, y a la larga provocan generaciones completas de ciudadanos "perdidas" ante tanta frustración. ¿Viven bien estas personas? Cualquier análisis de acercamiento superficial nos diría que no. Las mismas personas que han sufrido en sus carnes estos efectos nos confiesan que no. Llega incluso un momento crítico donde la falta de expectativa vital y la crisis en varios ámbitos que sufren estas personas, pueden conducirlas (de hecho ocurre) a fatales consecuencias, como el suicidio. Personas que pierden la vida, después de intentar ganarla durante mucho tiempo. El agotamiento psicológico provocado por la insatisfacción de estas necesidades fundamentales es, como se ve, aterrador. Estas son las consecuencias de concebir estos procesos económicos desde enfoques estrechos, tecnocráticos y reduccionistas, responsables de crear dichas patologías sociales colectivas. El aislamiento, la marginación, la exclusión social y la frustración de proyectos de vida va minando la vida de estas personas. A su vez, cuando alcanzan situaciones límite, la propia sociedad comienza a verlos como auténticos desechos humanos, gente que no sirve para nada. El perverso círculo, entonces, se retroalimenta. Por su parte, el embrutecimiento social y mediático, y el miedo son factores que incrementan y favorecen estas terribles situaciones. Y así, llamamos "mundo libre" a un mundo repleto de las más obscenas desigualdades y violaciones de los derechos humanos. En nombre del "pueblo" se instituyen sistemas donde el pueblo debe únicamente acatar, de manera obediente, los dictámenes de un Estado autoritario y represor, todopoderoso y antidemocrático. Marchas de protesta que se oponen a este sistema son severamente castigadas, y los que participan en ellas son detenidos y condenados por "atentar contra el orden público". Lo vivimos cada día.
Sin embargo, y al mismo tiempo, las más variadas y sutiles formas de terrorismo de Estado son aplicadas en nombre de la ley, la democracia, la libertad y los derechos humanos. Ante todo este incierto panorama, numerosamente repetido, las personas acaban por no comprender nada, y presas de la manipulación, se transforman en cínicas, o bien en masas perplejas, alienadas e impotentes frente a la realidad. Lo más normal en estos casos es que los propios oprimidos voten a sus opresores, manteniendo las cadenas que los atan y los condenan a esa triste realidad. La violencia (manifestada en la insatisfacción crónica y profunda de estas necesidades) perturba directamente la necesidad de protección, y de este modo, nos conduce a una profunda ansiedad. Por otra parte, el aislamiento, la marginación y el exilio político (situación ésta última que viven actualmente sobre todo los jóvenes, ante la falta de perspectivas) destruyen la identidad de las personas y causan profundas crisis rupturistas con destrucción de afectos, que generan sentimientos de culpa, a menudo acompañados de falsas lecturas o interpretaciones, e incluso, como hemos dicho, a intentos reales de autoaniquilación. Además, la frustración de los proyectos de vida personales (debida a situaciones políticas, sociales y económicas supresoras de la libertad) destruye la potencial capacidad creativa de las personas, todo lo cual conduce, lentamente, a partir de un profundo resentimiento, a la apatía total y a la falta de autoestima. Nuestro desafío, de cara a un mejor Desarrollo Humano, consiste en reconocer y evaluar las patologías colectivas que los diversos sistemas sociopolíticos son capaces de provocar, como resultado del bloqueo sistemático de necesidades tales como entendimiento, protección, identidad, afecto, creatividad y libertad. Es evidente que así no se puede vivir. Para el Buen Vivir, necesitamos crear otros fundamentos para la vida, comenzando por respetar la satisfacción de necesidades fundamentales. Ello requerirá volver a recuperar todos los ámbitos de deshumanización en que hemos ido cayendo, es decir, volver a humanizarnos, porque la humanización es nuestra única defensa.
Acceder al ser humano a través de las necesidades permite tender el puente entre una antropología filosófica y una opción política concreta. Comprender al ser humano en función de sus necesidades fundamentales nos previene de cualquier otro enfoque reduccionista o simplista. Es más apropiado, por tanto, hablar de vivir y de realizar las necesidades, y de vivirlas y realizarlas de manera continua y renovada. Y ello nos lleva, de nuevo, a los satisfactores. Max-Neef, Elizalde y Hopenayn explican: "El que un satisfactor pueda tener efectos distintos en diversos contextos depende no solo del propio contexto, sino también en buena parte de los bienes que el medio genera, de cómo los genera y de cómo organiza el consumo de los mismos. Entendidos como objetos y artefactos que permiten incrementar o mermar la eficiencia de un satisfactor, los bienes se han convertido en elementos determinantes dentro de la civilización industrial. La forma como se ha organizado la producción y apropiación de bienes económicos a lo largo del capitalismo industrial ha condicionado de manera abrumadora el tipo de satisfactores dominantes". Lo que debemos hacer, entonces, superando el actual escenario de la sociedad de consumo y del crecimiento infinito, es pensar las formas viables de recrear y reorganizar los satisfactores y bienes de manera que enriquezcan nuestras posibilidades de satisfacer las necesidades y reduzcan nuestras posibilidades de frustrarlas. Hemos de entender los satisfactores como la realización histórica de las necesidades, y los bienes económicos como su materialización. Veamos su carácter histórico (social-universal): al reflexionar en torno a las 9 Necesidades Fundamentales definidas por estos autores, ellos entienden que (basándose en algunos estudios antropológicos) seguramente las necesidades de Subsistencia, Protección, Afecto, Entendimiento, Participación, Ocio y Creación estuvieron presentes desde los orígenes del Homo Habilis, y sin duda, desde la aparición del Homo Sapiens. Probablemente en un estadío evolutivo posterior surgió la necesidad de Identidad, y mucho más tarde, la necesidad de Libertad. Los autores también opinan que, del mismo modo, es probable que en el futuro de la especie la necesidad de Trascendencia (que no incluyen aún en el catálogo por no considerarla tan universal como las otras), llegue a serlo tanto como las demás. Continuaremos en siguientes entregas.