Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
La historia está abierta y que se consolide otra forma de sociedad depende, en última instancia, de la capacidad de refundar un proyecto anticapitalista de tipo ecosocialista por todos los sujetos que creen que otro mundo es posible y necesario, y que tal vez podría expresarse de manera sintética en la actualización de una célebre máxima revolucionaria, de esta manera: “Ecosocialismo o barbarie tecnofascista"
Como venimos afirmando, nuestro ideal del "desarrollo", imbuido bajo los tintes capitalistas, se nos ha mostrado de forma equivocada. De entrada, ha asignado a unos países el rol de "desarrollados" (en realidad son países explotadores de otros) y a otros el rol de "subdesarrollados" (en realidad son los países explotados por los del primer grupo). Pero como se pregunta Alberto Acosta en la entrevista de referencia: ¿son de verdad desarrollados los países que llamamos "desarrollados"? ¿En qué ha consistido para ellos ese supuesto "desarrollo"? ¿En que poseen más tecnología? ¿En que poseen más armas? ¿En que su población es más feliz? En nuestro mundo actual prima el "maldesarrollo", inclusive dentro de los países de ese primer grupo, porque en esos países que se presumen "desarrollados" afloran cada vez más las señales de su maldesarrollo: se incrementan las desigualdades, las brechas que separan a los ricos de los pobres se ensanchan sin cesar, la pobreza no ha sido superada para grandes segmentos de la población, y la destrucción de la naturaleza ha llegado a límites realmente dramáticos. Estos países, cuya huella ecológica es muy amplia y que viven mucho más allá de la capacidad de resiliencia de sus propios ambientes naturales, no han dejado tampoco de sobreexplotar los ambientes de los países empobrecidos. Desde la época colonial, se nos ha impuesto un patrón de desarrollo equivocado, tendente a crear esta dependencia de unos grupos de países sobre otros. De esta forma, el racismo, los extractivismos y la explotación masiva de la fuerza de trabajo (los tres pilares del capitalismo) se convirtieron en elementos dominantes de la Modernidad, en la que los países empobrecidos asumieron un papel subordinado y dependiente. Una realidad que llega hasta nuestros días, y que alcanza dimensiones dantescas. Toda esta cultura económica ha de ser superada para dejar entrada a los parámetros del Buen Vivir. Si queremos asegurar una vida digna para todos los seres vivos del planeta sin excepciones (observen los lectores y lectoras que hablamos de dignidad, y no de riqueza en el sentido materialista), promoviendo relaciones de armonía y equilibrio entre todos, hay que plantearse con seriedad la superación del capitalismo.
El Buen Vivir, su propia filosofía y política, no puede alcanzarse dentro de las lógicas de mercado, es decir, dentro del capitalismo. No puede alcanzarse dentro de una mente neoliberal. Es de todo punto imposible. Pero es importante dejar claro que no se trata de una secuencia lógica, como si fuera una ecuación matemática: "primero abandone usted el capitalismo, y luego encamínese a alcanzar el Buen Vivir". No se trata de esto. Existen, incluso hoy día, multitud de prácticas y de valores, de experiencias y de filosofías, de comportamientos y de actitudes, que encuadramos perfectamente válidas para el Buen Vivir, y que se pueden ir cultivando. El capitalismo, entonces, deberá caer por su propio peso. Esto nos plantea la necesidad de construir estrategias y transiciones múltiples para salir del capitalismo. La salida no implica más capitalismo por más que al modernizarlo se intente humanizarlo, por lo demás una tarea inútil. Las experiencias sobre "capitalismo humano", "desarrollo sostenible" o "capitalismo verde" han resultado infructuosas. Es una lógica superada y engañosa. Alberto Acosta explica: "Estas discusiones (...) se nutren de la imperiosa necesidad de promover en el mundo la vida armoniosa entre los seres humanos, y de éstos con la Naturaleza; una vida que ponga en el centro la autosuficiencia y la autogestión de los seres humanos viviendo en comunidad. Este esfuerzo debe estar normalizado por algunas cuestiones medulares que garantizan la reproducción de la vida y no la del capital. Ese es, en definitiva, un gran desafío para la Humanidad". Las personas que defienden, ingenuamente, una modernización integral del capitalismo, un capitalismo sensible, un "green new deal" o una "economía verde", simplemente, no cuestionan las bases del capitalismo. Solo pretenden hacerlo menos malo. Creen que se pueden encontrar respuestas estructurales en su seno. Son unos ilusos. Y por supuesto, son también responsables de ahondar en la trampa de la mercantilización permanente de la Naturaleza. Este, definitivamente, no es el camino, y cuanto más tiempo continuemos en él, más daño nos haremos de forma global.
La filosofía del "crecimiento" se ha orientado básicamente a depredar totalmente los recursos naturales, y contabilizan esto como crecimiento, porque la economía (el PIB) crece, a costa de terminar más pobres. Si construyo y vendo tres barcos de guerra, habré empleado materiales y ocupado a varios cientos de personas durante varios años, y eso se habrá traducido (según la contabilidad capitalista) en un "crecimiento" económico...Si posteriormente con esos tres barcos se declara la guerra y se lanzan misiles a otro país...¿nos habrá servido de algo ese crecimiento? Si arraso una superficie natural para construir un extenso parque comercial, con cientos de tiendas, hoteles, campos de golf, restaurantes, zonas de ocio, etc., también habré "crecido" bajo los parámetros capitalistas, pero...¿no es en realidad empobrecimiento lo que hemos experimentado? Si me voy a primera línea de playa de cualquier costa, y levanto allí un gigantesco hotel de 500 habitaciones, nuestra economía registrará el "crecimiento" que supone haber preparado el solar, el número de personas que han levantado dicha mole, la cantidad de materiales que se han utilizado, las tecnologías que se han empleado, los servicios que se han habilitado, el empleo que se va a crear cuando esté construido, el montante económico que va a suponer su actividad, pero...¿registra también la pérdida de espacio natural, nuestra pelea con el mar, los recursos naturales que se han destruido, la contaminación que ha supuesto, las restricciones de movimiento y esparcimiento para la población, y el disfrute y felicidad que hemos destruido? Al arrasar con una superficie natural...¿no estoy interviniendo en los ecosistemas naturales que me permiten la vida? Claro, si lo medimos en un campo de fútbol en todo el planeta quizá sea insignificante, pero es que eso se lleva haciendo durante décadas a un ritmo frenético y descomunal, que arrasa extensiones de miles de campos de fútbol por año, y esto ya sí tiene entidad suficiente como para representar un problema de gran envergadura. En realidad, la inmensa mayoría de las personas no se percatan de la aberración de la macroeconomía convencional, que contabiliza esa pérdida de patrimonio como un aumento del ingreso. Pero detrás de todas esas cifras de "crecimiento" existen muchas historias humanas, y muchas historias naturales intervenidas, expoliadas, sacrificadas, destruidas. Por tanto, es la misma base de la economía la que tiene que cambiar, es la misma filosofía económica la que ha de alterarse de manera profunda.
Esa visión del crecimiento económico, transformado en un fetiche al cual rinden pleitesía los poderes del mundo y amplios segmentos de la población, debe ser denunciado, desenmascarado y desarmado. Debe ser ideológicamente revertido. Pero esto es algo muy difícil de conseguir, por el grado de penetración de la lógica capitalista en nuestras mentes, y por los propios esquemas sociales que nos condenan a ellos. Si excavo en el subsuelo de una zona de muy rica biodiversidad en busca de petróleo y lo consigo, a costa de destruir toda la biodiversidad existente...¿somos más ricos o más pobres después de ello? ¿Hemos "crecido" económicamente? ¿Nos hemos "desarrollado"? ¿O por el contrario, al destruir recursos naturales fundamentales para el equilibrio de la vida, nos hemos empobrecido y nos hemos subdesarrollado? La extracción de petróleo tendrá sus días contados, nos requerirá el uso de una tecnología devastadora para los recursos naturales, provocará ingentes emisiones de contaminantes tóxicos, que harán perder la vida a cientos de miles de personas y animales, y todo para continuar nuestro modelo energéticamente fósil, caduco y peligroso, y nuestros puestos de trabajo asociados a él. Además, contribuiremos al calentamiento global del planeta, y a la desertización de grandes zonas hoy ricas en recursos minerales o alimentarios. Si además empleamos tecnologías agresivas como el fracking, estaremos no solo dañando el entorno, sino provocando la inestabilidad del propio subsuelo, con el riesgo de provocar graves seísmos y acabar con la vida de más miles de personas y animales. ¿De verdad que es correcto este sistema económico? ¿En serio piensa alguien que es sostenible y saludable? ¿Acaso es justo con la vida y con el planeta? ¿Dónde está, pues, la riqueza del modelo? ¿Dónde se encuentra el desarrollo? ¿Por dónde alcanzamos el bienestar? Ninguna receta que vaya en contra de los límites biofísicos del planeta puede conducirnos al bienestar. Ningún desarrollo que sacrifique recursos naturales es tal, ninguna economía que no ponga en el centro a las personas puede entenderse como correcta, ningún crecimiento conseguido en base a una destrucción lo es.
¿Dónde está entonces el referente, el espejo donde debemos mirarnos, las líneas rojas que no debemos atravesar? El Buen Vivir entiende que no puede haber desarrollo sin el escrupuloso respeto a los Derechos Humanos y de la Naturaleza. Lo que hay que intentar es marginar aquéllas visiones, modelos y proyectos económicos que intenten racionalizar e incluso justificar el sacrificio de pueblos o comunidades en bien de una colectividad más grande, sea ésta la nación, el Estado, o cualquier orden supranacional. El Buen Vivir nos coloca sobre el terreno, y abre la puerta para el reencuentro de los seres humanos con los demás seres vivos, desde la óptica de los derechos de la Naturaleza. Si empleamos esta visión, tendremos absolutamente claro que todos los casos de emprendeduría económica que hemos puesto anteriormente como ejemplos no son válidos, porque sacrifican el bien de las personas, de los pueblos, de los animales y de la propia tierra y sus recursos a un bien inducido, a un bien supeditado a una visión equivocada: un crecimiento económico global conseguido por todos los medios a nuestro alcance. El Buen Vivir necesita que recoloquemos el foco fuera de los organismos e instituciones al uso, incluso fuera del punto de vista del Estado. La solución no se encuentra en el Estado y menos aún en los mercados capitalistas. Se requiere otro tipo de Estado (no es necesario acabar con él, pero sí acabar con sus objetivos organizativos y económicos), que bien puede ser un Estado plurinacional, que pueda contribuir a un modelo organizativo más justo y humano, más orientado hacia los pueblos y hacia las comunidades. Y esto a su vez demandará que los nuevos motores de la economía giren alrededor de la solidaridad, de la cooperación, de la empatía, del intercambio, de la generosidad, de la reciprocidad, de la complementariedad, de la armonía, de la redistribución justa y equitativa, tanto de la riqueza como del poder. Los motores dejan de ser el crecimiento incesante y la generación de beneficios económicos, para pasar a estar en función de la satisfacción de nuestras necesidades (véase el Desarrollo a Escala Humana, tratado en las anteriores entregas), de la justicia social y de la justicia ambiental. En palabras de Alberto Acosta: "Si la economía debe subordinarse a los mandatos de la Tierra, el capital tiene que estar sometido a las demandas de la sociedad humana". De esta forma podremos alcanzar la unión entre objetivos y necesidades. Continuaremos en siguientes entregas.