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Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.

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Filosofía y Política del Buen Vivir (47)

Filosofía y Política del Buen Vivir (47)
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Para mí no cabe duda que el hombre es responsable (…) lo que se ha dado en llamar con acierto el Antropoceno (…) y ningún gobierno ni democrático, ni dictatorial va a ser capaz de reducir con efectividad las emisiones de CO2 en un futuro inmediato (…) El proceso ya es imparable, así que lo mejor que podemos ir haciendo ya es protegernos y adaptarnos a los cambios que nosotros mismos hemos provocado

James Lovelock

Bien, llegados a este punto, creo que deberíamos insistir en el punto que pudiéramos denominar como una ética del medio ambiente. El ser humano, desde que vive en sociedad, es decir, desde los tiempos más remotos, ha estado conducido por su capacidad de reflexión ante los hechos que observa. Esta capacidad de reflexión ha intentado, sobre todo, indagar, con más o menos acierto, en lo que está bien y lo que está mal. Las más diversas culturas se han diferenciado a lo largo de los tiempos por el desarrollo de una ética aplicada a diferentes ámbitos, y de hecho, la ética es una parte fundamental de la Filosofía, desde los más primitivos filósofos. La ética de las sociedades pequeñas, como la del hombre primitivo, que vivía en pequeños grupos nómadas, nos ayuda también a comprender los elementos de los sistemas éticos aptos para modelos de sociedad que pueden ser también exportables a hoy día (de hecho, algunas tribus aún conservan y se mueven bajo estos parámetros). Aunque nuestro pensamiento actual está en sintonía con la ética filosófica occidental, tenemos muchos otros referentes éticos donde mirarnos, tales como la ética india, la budista, la china, la judía, la cristiana y la islámica. Una gran parte de la población del mundo se guía por todas estas tradiciones éticas, que aún constituyen sistemas éticos vivos. Y como decimos, nuestro pensamiento occidental actual está fuertemente influido por la ética filosófica occidental a lo largo del tiempo, desde la ética de la antigua Grecia, pasando por la ética medieval y renacentista, hasta la filosofía moral moderna. Nos interesa, de cara al tema que nos ocupa, entrar de lleno en las teorías éticas que intenten responder a las cuestiones prácticas fundamentales, dándonos respuesta a las clásicas preguntas: ¿Qué debo hacer? ¿Cómo debo vivir?, etc. Al circunscribir nuestra ética a un asunto muy actual y concreto, nos interesa únicamente esta parte de la ética más relativa a la orientación de la conducta particular y comunitaria del ser humano. De hecho, otros muchos problemas como el imperio de la ley y la desobediencia, la pobreza en el mundo, las guerras y los conflictos armados, la eutanasia, el aborto, la sexualidad, las desigualdades sociales, el rechazo a los inmigrantes, nuestro comportamiento hacia los animales, el desarrollo de una ética de los negocios, la existencia de la corrupción, o la pena de muerte, entre otros muchos, pueden y deben también ser estudiados desde puntos de vista éticos. De entrada, podemos afirmar que precisamente la aplicación de una ética correcta a estos problemas constituye el fondo para discernir si nos enfrentamos a ellos con éxito o fracaso. 

 

Vamos a basarnos, para la exposición de nuestros puntos de vista éticos sobre el medio ambiente, en uno de los capítulos del tratado sobre Ética Práctica publicado por el gran pensador Peter Singer, conocido sobre todo por su pionero tratado sobre Liberación Animal, publicado en 1975, que fue la base de los posteriores estudios donde se incorporaron teorías de defensa y protección animal, basadas en el respeto a sus derechos, y que hoy día extienden y practican miles de asociaciones y organismos de protección animal por todo el mundo, y que además han conseguido llevar a leyes nacionales e internacionales el reconocimiento de los derechos de los animales. Singer comienza su exposición planteando una pregunta al siguiente e hipotético supuesto práctico (basado en una propuesta de presa en el río Franklin, en el sudoeste de la isla de Tasmania, Estado australiano del mismo nombre): "Un río se agita por barrancos selváticos y desfiladeros rocosos hacia el mar. La Comisión Hidroeléctrica del Estado ve el agua caer como energía sin explotar. Construir una presa a través de uno de los desfiladeros proporcionaría tres años de empleo para un millar de personas, y un trabajo para un período más largo para veinte o treinta. La presa almacenaría agua suficiente para asegurar que el Estado pudiera satisfacer económicamente sus necesidades de energía para la próxima década. Esto estimularía el establecimiento de industrias que consumen mucha energía, las que a su vez contribuirían a la creación de empleo y al crecimiento económico. El accidentado terreno del valle del río lo hace sólo accesible para los que estén más en forma, pero no obstante, es un lugar magnífico para ir de excursión. El mismo río atrae a los que se atreven a deslizarse por sus rápidos en balsas. Adentrándose en los valles protegidos hay bosques de raros pinos Huon, muchos de ellos con más de mil años. Los valles y desfiladeros son el hogar de muchas aves y animales, entre los que se encuentra la especie, en peligro de extinción, del ratón marsupial, la cual rara vez se ha visto fuera de este valle. Puede que también haya otras plantas y animales raros, pero nadie lo sabe, ya que los científicos todavía han de investigar la región completamente". Bien, después de todo este relato descriptivo, Singer plantea la siguiente pregunta: ¿Se debería construir la presa? 

 

El ejemplo anterior es aplicable, salvando las distancias, a otros muchos que podamos imaginar: la construcción de un Hotel a la orilla del mar, el levantamiento de todo un mega-complejo hotelero y de juegos en mitad de un valle, la construcción de un cementerio nuclear, la explotación de bosques vírgenes, construir una fábrica de papel que arroje agentes contaminantes en la costa, abrir una nueva mina al borde de un Parque Nacional, construir un oleoducto que pase por diversos entornos naturales, etc. Bien, veamos los argumentos que pueden exponer los que defiendan o rechacen la propuesta del ejemplo: en general, podríamos deducir que los que estén a favor de construir la presa estarán valorando el empleo que se va a crear con el proyecto, y el alcance de una mayor renta per cápita para los habitantes de dicho Estado, por encima de la conservación de una zona salvaje, de plantas y animales, y de oportunidades para realizar actividades de recreo al aire libre. Antes de continuar, examinaremos las actitudes occidentales típicas o dominantes hacia el mundo natural, para situarnos en contexto. El conjunto de la tradición occidental hacia la naturaleza, de nuestras actitudes y cosmovisión hacia ella, surgen básicamente de la combinación de las del pueblo hebreo (como se representaban en los primeros libros de la Biblia), y la filosofía de los antiguos griegos, particularmente la de Aristóteles. En contraste con otras tradiciones antiguas, como la de la India, tanto para la tradición hebrea como para la griega, los seres humanos eran el centro del universo moral, y de hecho no sólo el centro, sino a menudo la totalidad de los rasgos moralmente importantes del mundo. Como ejemplo ilustrativo y paradigmático, podemos extraer el relato bíblico de la creación en el Génesis (teoría del Creacionismo, que se enfrenta a otras teorías científicas y evolutivas): "Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastre sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y sojuzgadla y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra". 

 

Este enfoque se mantiene hoy día para la Iglesia Católica, y para todos sus fieles, pero los cristianos enfrentan y debaten esta concesión de "señorío", y le dan un nuevo significado, sobre todo los que se preocupan por el medio ambiente, en el sentido de que este señorío no debería contemplarse como una licencia para hacer lo que queramos con otros seres vivientes, sino como una instrucción divina para cuidar de ellas, en nombre de Dios, y así poder dar cuentas a Dios de cómo las tratamos. Los primeros pensadores cristianos influyentes no tenían dudas sobre cómo se había de entender el señorío del hombre. San Agustín, por ejemplo, compartió esta línea de pensamiento, refiriéndose a relatos del Nuevo Testamento en los cuales Jesús destrozaba una higuera y hacía que se ahogara una piara de cerdos. San Agustín explicó estos desconcertantes incidentes diciendo que pretendían enseñarnos que "abstenerse de matar animales y destrozar plantas es el colmo de la superstición". Por su parte, el relato del Diluvio Universal es igualmente ilustrativo al respecto: Dios ahogó a casi todos los animales de la tierra con objeto de castigar a los seres humanos por su maldad (¿merece entonces la pena preocuparnos por anegar el valle de un río?, pareceríamos deducir de ello). Después del Diluvio, hay una repetición de la concesión del "señorío" en un lenguaje más siniestro: "El temor y el miedo de vosotros estarán sobre todo animal de la tierra, y sobre toda ave de los cielos, en todo lo que se mueva sobre la tierra, y en todos los peces del mar; en vuestra mano son entregados". La implicación de este mandato parece bien clara: actuar de un modo que cause miedo y pavor a todo lo que se mueva en la tierra no es impropio; en realidad es actuar según decreto divino. Cuando el cristianismo predominaba en el Imperio Romano, también absorbió elementos de la actitud de los antiguos griegos hacia el mundo natural. La influencia griega es manifiesta en la filosofía cristiana por el más grande escolástico medieval, Santo Tomás de Aquino, cuyo trabajo fue la unión de la teología cristiana con el pensamiento de Aristóteles, quien consideraba a la naturaleza como una jerarquía donde los que tienen menos poder de razonamiento existen por el bien de los que tienen más.

 

El gran sabio griego expresaba: "Las plantas existen por el bien de los animales, y las bestias por el bien del hombre: los animales domésticos por su uso y comida, los salvajes (o, en cualquier caso, la mayoría de ellos) por la comida y otros accesorios de la vida, tales como el vestido y diversas herramientas". Y concluía: "Puesto que la naturaleza no hace nada en vano o sin ningún fin, es innegablemente cierto que ha creado a todos los animales por el bien del hombre". En su principal obra, la Summa Theologica, Santo Tomás de Aquino siguió este pasaje de Aristóteles casi al pie de la letra, añadiendo que esta posición se atiene al mandato de Dios, como consta en el Génesis. Y en su clasificación de los pecados, Santo Tomás sólo tiene lugar para los pecados contra Dios, nosotros mismos o nuestros vecinos. Para él, entonces, no existía la posibilidad de pecar contra animales no humanos o contra la propia naturaleza. Este fue el pensamiento de la corriente principal del cristianismo durante al menos sus primeros ocho siglos. Hubo personajes de un espíritu más moderado, como San Francisco de Asís (cuya doctrina influye mucho en el pensamiento del actual Papa Francisco, que adoptó este nombre en honor precisamente de su referente), pero para la mayor parte de la historia cristiana no ha tenido ningún impacto relevante en la tradición dominante. Por tanto, vale la pena hacer hincapié en los rasgos principales de esta tradición occidental dominante, puesto que éstos pueden hacernos entender mejor, y servir como puntos de comparación cuando discutimos diferentes puntos de vista sobre nuestra actitud ante la naturaleza y el medio ambiente. Según la tradición occidental dominante, por tanto (comentaremos en siguientes entregas hasta qué punto el actual Papa ha influido para romper con esta línea), el mundo natural existe para el beneficio de los seres humanos. Dios dio al ser humano señorío sobre el mundo natural, y por tanto, a Dios no le importa cómo lo tratemos. Entonces, los seres humanos son los únicos miembros moralmente importantes de este mundo. La naturaleza en sí misma no tiene ningún valor intrínseco, y por ello la destrucción de plantas y animales no puede ser pecaminosa, a menos que con esta destrucción se haga daño a seres humanos. Continuaremos en siguientes entregas.

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