Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Es evidente que debemos desviarnos del sendero que nos condujo a la encrucijada histórica en que nos encontramos, reconocer que continuar alimentando el desarrollo económico con combustibles fósiles es una fórmula letal propia de un suicidio colectivo planetario, que la urgente transformación en la matriz energética mundial exige el despliegue masivo de fuentes alternas de energía libre de emisiones de carbono, y que las transformaciones económicas y energéticas requeridas deben realizarse en los próximos 20 años sin condenar a la mayoría de la población mundial, localizada en los países en desarrollo, a mantenerse sumergida en la pobreza y la dependencia
En nuestro último artículo ya introducíamos el pensamiento de algunos autores que han expuesto su versión sobre una ética extendida a todos los seres vivientes, tal como Albert Schweitzer. Citaremos a continuación un pasaje donde se recoge perfectamente su filosofía de "veneración por la vida": "La verdadera filosofía ha de comenzar con los hechos más inmediatos y comprensivos de la conciencia. Y esto se puede formular de la siguiente forma: "Yo soy vida que desea vivir, y existo en medio de la vida que desea vivir"...Como en mi propio deseo de vivir hay ansia de más vida, y de esa misteriosa exaltación de la voluntad que se denomina placer, y terror frente a aniquilación y esa herida en el deseo de vivir que se denomina dolor; lo mismo se obtiene en todo el deseo de vivir que me rodea, bien si se expresa para mi comprensión, o bien si permanece en silencio. Por tanto, la ética consiste en esto, que yo experimente la necesidad de practicar la misma veneración por la vida hacia todo deseo de vivir, que hacia la mía propia. De ahí que ya tenga el fundamental y necesario principio de moralidad. Es bueno mantener y amar la vida; es malo destruirla y detenerla. Un hombre es realmente ético sólo cuando obedece a la turbación que se le presenta para ayudar a toda vida que es capaz de auxiliar, y cuando se desvía para evitar dañar a algo viviente. Él no pregunta hasta qué punto ésta o aquélla vida merecen comprensión como valiosa en sí misma, ni tampoco hasta qué punto es capaz de sentir. Para él, la vida como tal es sagrada. No rompe en pedazos el cristal que se refleja en el sol, no arranca una hoja de su árbol, no rompe una flor, y tiene cuidado de no aplastar a ningún insecto al andar. Si trabaja a la luz de una lámpara en una noche de verano, prefiere mantener la ventana cerrada y respirar aire sofocante, antes que ver cómo caen en su mesa un insecto tras otro con las alas hundidas y chamuscadas". Por supuesto, hemos de extraer todo el lenguaje metafórico que estos autores utilizan (tan propio por otra parte de la filosofía Zen oriental). Ya sabemos, por ejemplo, que las plantas no pueden experimentar "ansia", "exaltación", "placer" o "terror", pero sí sabemos que, aun no poseyendo conciencia, reaccionan ante determinados estímulos. Es así como debemos entender estas cuestiones.
Todas estas consideraciones nos introducen en la corriente que podríamos denominar "Ecología profunda", cuyo pionero puede ser considerado el ecologista norteamericano Aldo Leopold, quien hace más de medio siglo ya escribió que existía la necesidad de una "nueva ética, que tratara las relaciones del hombre con la tierra y los animales y las plantas que crecen en ella". Esta "ética de la tierra" que Leopold propuso extendería "los límites de la comunidad hasta incluir suelos, aguas, plantas y animales, o, de forma colectiva, la tierra". El incremento de la preocupación por la Ecología a principios de los años 70 del siglo pasado condujo a un resurgimiento del interés por este tema, y a su inclusión en los objetivos políticos de muchas formaciones, así como al desarrollo de ONG de tipo ecologista y animalista. El filósofo noruego Arne Naess escribió un breve pero influyente artículo en el cual distinguía entre extremos "profundo" y "superficial" dentro del movimiento ecologista. La forma de pensar ecológica superficial se limitaba al marco de la moral tradicional; los que pensaban de esta manera luchaban por evitar la contaminación de ríos, mares y océanos, y apostaban por la conservación de la naturaleza. Los ecologistas profundos, por su parte, querían conservar la integridad de la biosfera por su propio bien, sin tener en cuenta los posibles beneficios que los seres humanos podrían conseguir al adoptar esta actitud. Y así, mientras que la veneración por la ética de la vida pone el énfasis en los organismos vivientes individuales, las propuestas por una ética ecológica profunda tienden a tomar la naturaleza en su conjunto como objeto de valor en sí misma: especies, sistemas ecológicos, incluso la biosfera en su conjunto. Leopold resumió las bases de su nueva ética de la tierra de la siguiente forma: "Una cosa está bien cuando tiende a conservar la integridad, estabilidad y belleza de la comunidad biótica. Está mal cuando tiende en sentido contrario".
En un documento conjunto fechado en 1984, Arne Naess y George Sessions (un filósofo norteamericano involucrado en el movimiento ecológico profundo) establecieron los principios generales para una ética ecológica profunda, que podrían ser los siguientes:
1.- El bienestar y la prosperidad de la vida humana y no humana sobre la Tierra tienen valor en sí mismos (es decir, valor intrínseco, valor inherente). Y estos valores son independientes de la utilidad del mundo no humano para los fines humanos. Es decir, el valor de los ecosistemas naturales es independiente de la (posible) utilidad que puedan prestarnos.
2.- La riqueza y diversidad de formas de vida (biodiversidad) contribuyen a la realización de estos valores y también son valores en sí mismos. Este principio nos insta, lógicamente, a preservar éticamente la biodiversidad como un bien en sí misma.
3.- Los seres humanos no tienen derecho a reducir esta riqueza y diversidad a menos que sea para satisfacer necesidades perentorias y vitales. Pero como sabemos, el capitalismo lleva esquilmando, especialmente durante las últimas décadas, grandes porciones naturales del planeta, conduciendo a la extinción de miles de especies de plantas y animales.
Como podemos comprobar, estos principios pueden tomarse como base para justificar una ética del medio ambiente y la naturaleza que figure jurídicamente como sujeto de derechos al más alto nivel. Y aunque estos principios se refieren sólo a la vida, en el documento referido Naess y Sessions afirman que la ecología profunda utiliza el término "biosfera" de una manera más global, para referirse también a las cosas no vivientes tales como ríos (cuencas), montañas, paisajes y ecosistemas. Por su parte y en la misma línea, dos australianos que trabajan en la tendencia profunda de la ética medio ambiental, como son Richard Sylvan y Val Plumwood, también extienden su ética más allá de los seres vivientes, incluyendo en ella la obligación de "no poner en peligro el bienestar de los objetos o sistemas naturales sin un buen motivo". Como vimos en la anterior entrega, Paul Taylor nos insta a estar dispuestos no solo a respetar toda cosa viviente, sino a dar el mismo valor a la vida de toda cosa viviente que damos a la nuestra. Y en su libro "Deep Ecology", Bill Devall y George Sessions defienden una forma de lo que pudiéramos llamar "igualitarismo biocéntrico". Retomamos sus palabras: "La intuición de la igualdad biocéntrica consiste en que todas las cosas de la biosfera tienen igual derecho a vivir, a florecer y a alcanzar sus propias formas individuales de desdoblamiento y autorrealización dentro de la mayor Autorrealización. Esta intuición básica consiste en que todos los organismos y entidades de la ecosfera, como partes de un todo interrelacionado, tienen igual valor intrínseco". No obstante, aún podríamos arguir objeciones en torno al derecho a vivir, a crecer o a florecer, si comparamos seres individuales, por ejemplo podría parecernos lógico que los derechos de un gorila estuvieran por encima de los de un árbol. Por tanto, debemos entender que el mensaje que la ética ecológica profunda nos transmite radica más en comprender y asimilar que todo ser viviente juega un papel en un ecosistema del cual todos dependen para su supervivencia. Es en esencia la misma ecodependencia que el ecofeminismo reclama, y que el ecosocialismo predica, y que también nos reclama el Buen Vivir. Continuaremos en siguientes entregas.