Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Con una población envejecida y en declive, a la vieja Europa le asusta la juventud y el dinamismo demográfico de África. La perspectiva de que el continente vecino alcance 2.500 millones de personas en las próximas décadas inquieta a las autoridades comunitarias hasta el punto de renunciar a regular los flujos migratorios desde un enfoque centrado en los derechos humanos y optar por una gestión securitaria de la inmigración. La forma en que la UE aborda este problema no solo acrecienta la tragedia de los extracomunitarios que se acercan a nuestras fronteras, también está alentando la xenofobia y el ascenso de formaciones políticas que defienden la identidad étnica y cultural de “su” nación como elemento central de las políticas
En el último artículo de esta serie ya comenzamos a denunciar la tremenda hipocresía que ejercen nuestros gobernantes en torno a las mafias, y continuaremos aquí porque no son sólo las mafias...es el propio capitalismo que las fomenta. Si hay guerras, es porque existe un complejo militar-industrial que hay que alimentar (filosofía capitalista). Si hay expolio y destrucción de recursos naturales, es porque existen empresas que necesitan dichos recursos como materia prima para sus tecnologías (filosofía capitalista). Si hay explotación laboral y mano de obra esclava de los habitantes de estos países de origen, es porque existen empresas desalmadas a las que no les importan llevar a cabo estas prácticas para aumentar sus beneficios (filosofía capitalista). Como expone Antonio San Román Sevillano en este artículo para el digital Rebelion, en la República Democrática del Congo millones de personas han sido asesinadas, y aún continúan siéndolo, para que el mundo se beneficie de la riqueza del país africano, especialmente del coltán, un mineral utilizado en la fabricación de teléfonos móviles. Esta industria explota a miles de adultos y niños en la extracción de este mineral. También existen grandes empresas multinacionales que compran las tierras de países enteros para sus agronegocios, expulsando a los campesinos de sus tierras, y condenándolos al hambre y la miseria. Son las grandes corporaciones que dominan el mercado de las semillas, y que están sembrando en los seres humanos las semillas del cáncer y de múltiples enfermedades. Están acabando con la soberanía alimentaria de estos países, y llevando al mundo a su extinción. Incluso se pervierte la utilidad y destino final de las Ayudas al Desarrollo, pues a cambio de recibir ayuda económica e inversiones empresariales, los países africanos tienen que cambiar sus leyes para facilitar a las empresas la adquisición de tierras, el control de las semillas y los mercados de exportación. Otras empresas acaparan la explotación económica de la sabana africana, una extensa zona de unos 400 millones de hectáreas que va desde Senegal hasta África del Sur.
Todo esto beneficia a la agroindustria exportadora, pero se traduce en el desarraigo de millones de pequeños productores empobrecidos y la concentración de tierras en manos de grandes corporaciones. Precisamente en esta expulsión hacia zonas marginales de estas poblaciones campesinas está el origen de la propagación de terribles enfermedades, como el ébola, que actualmente experimenta un rebrote peligroso en determinados países africanos. Al ser desplazadas de su hábitat originario, estas poblaciones entran en contacto con alimentos desconocidos para ellas, al tener que buscarlos en zonas tropicales. Cuando no los encuentran, se ven obligadas a comer pequeños roedores, monos y murciélagos. Los acuíferos están siendo también invadidos por el gran capital transnacional. Varios multimillonarios, grandes bancos de Wall Street y determinadas empresas están haciéndose con el control sobre el agua de todo el planeta. Están adquiriendo miles de hectáreas de tierras con acuíferos, lagos, humedales, etc., incluyendo los derechos sobre el agua, los servicios sanitarios y las acciones en empresas de tecnología e ingeniería del agua de todo el mundo. Al no existir una filosofía política sobre el agua que la entienda como un bien común universal, estos grandes magnates obtienen cada vez un mayor control privado sobre este recurso natural absolutamente imprescindible. Ni que decir tiene que estas grandes empresas y sus dirigentes son quienes colaboran con las élites corruptas y los regímenes autoritarios de África, que reprimen las revueltas sociales de sus poblaciones cuando éstas se organizan para protestar por la deriva suicida que están tomando. Bajo la complicidad y control de las potencias occidentales, casi todas esas protestas populares culminan en Golpes de Estado, derrocamiento de gobiernos, confusas guerras civiles, tribales o religiosas, que desestructuran los poderes de dichos países, y contribuyen a crear Estados fallidos (como en los recientes casos de Libia, Egipto, Siria...). Todas estas tramas y quienes las organizan son también mafias. El concepto de "mafia", por tanto, ha de ser repensado, y situado en su justa dimensión. Mafia es hoy día el conjunto de potencias occidentales y sus complejos militares, industriales y tecnológicos, bajo la complicidad última de las entidades bancarias que los financian, y que contribuyen a hacer del mundo pobre su particular cortijo.
¿Y qué hace el mundo "rico" cuando esos pobres del otro mundo intentan llegar a sus fronteras? Criminalizarlos, y hacer su vida imposible. El actual magnate dirigente de Estados Unidos, Donald Trump, ha amenazado directamente a sus países centroamericanos vecinos (México y Guatemala) con subir sus aranceles comerciales, si no son capaces de controlar sus flujos migratorios hacia el gigante estadounidense. Por su parte, las políticas infames de la Unión Europea consisten en la retención y en tener atrapados a miles de refugiados en campos de concentración en Grecia, Turquía o Libia, para que nadie llegue a nuestras fronteras. El gobierno español mantiene convenios bilaterales con Marruecos para aceptar devoluciones "en caliente", una práctica absolutamente ilegal y deleznable. Mientras, se va normalizando el terrible discurso político de la ultraderecha, que considera a todo extranjero como una amenaza, y aboga por endurecer los controles en las fronteras, y acelerar la expulsión de miles de migrantes irregulares. El racismo y la xenofobia se palpan cada vez más, tamizados por estos mensajes de organizaciones claramente supremacistas. El dogma de la "identidad cultural" se extiende como la pólvora. Falaces mantras se normalizan, como que "una nación sin fronteras deja de ser nación". La criminal Europa fortaleza se refuerza en sus discursos y en sus políticas. Mario Hernández, en su Ponencia "Una visión policíaca de la inmigración", presentada en las XXIV Jornadas de Estudios Migratorios que se realizaron en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Santiago de Chile en agosto de 2017, afirma: "Hay un récord de 65 millones de desplazados forzados en el mundo de hoy. Esto es aproximadamente 1 de cada 113 personas. La ONU describe nuestra era como una "de desplazamiento masivo sin precedentes". Esta cifra solo incluye refugiados y personas desplazadas internamente por conflictos armados. Crecerían aún más si fueran incluidas las personas desplazadas por la pobreza, o por desastres "naturales" tales como sequías, tormentas y desertificaciones".
Y añade: "Un estudio realizado en 2008 por investigadores del Centro de Estudios sobre Refugiados de la Universidad de Oxford encontró cifras de 24-30 millones de desplazados ambientales hoy en día, proyectándose a 200 millones o más al año 2050. Esto significa que los migrantes ambientales ya son cerca de la mitad de aquéllos desplazados por la guerra (aunque estas categorías se sobreponen); y podrían llegar a triplicar la cantidad actual, que es el récord de desplazados en tres décadas. Con estas cifras, si la población mundial llega a 10 billones en el 2050, 1 de cada 50 personas sería un migrante ambiental". Los efectos del cambio climático, que a todas luces supone una amenaza civilizatoria global, obligará a un crecimiento del número de desplazados ambientales. Si las políticas de fronteras no cambian, en un mundo en declive planetario y sin posibilidad de movimiento ni refugio real, el número de personas que mueren en el Mediterráneo hoy día podría llegar a ser ridículo comparado con los desplazados ambientales que se avecinan. Bajo argumentos moralmente repugnantes como el de la "invasión" que estamos sufriendo, o de la amenaza a "nuestros valores" que los migrantes representan, o a que nuestro país "está lleno" (como afirmó indecentemente Trump), se legitiman todas estas políticas fallidas, racistas, ilegales y aberrantes. Y así, los solicitantes de asilo han sido tachados de "criminales", de "violadores", de ser portadores de enfermedades terminales, de ser terroristas, de querer vivir de los servicios públicos del país de acogida, o de querer implantar sus radicales visiones religiosas, entre otras barbaridades. "El efecto de estas calumnias es la deshumanización de los refugiados, que allana el camino para excluirlos de la categoría de legítimos poseedores de derechos humanos" (Mario Hernández). Precisamente, toda esta injusta cosmovisión hacia el migrante es la responsable de desplazar el problema de las migraciones del ámbito ético al de la seguridad, la delincuencia, la criminalidad y la defensa del orden público, relacionadas con la supuesta "amenaza" que la llegada de migrantes supone. Vivimos una época de descarado "imperialismo fronterizo", que legitima y despliega las más horribles prácticas hacia este fenómeno.
Según Harsha Walia, "El imperialismo fronterizo puede ser entendido como la creación y reproducción de desplazamientos globales masivos y de las condiciones necesarias para la precariedad legalizada de los migrantes, quienes son inscritos por la violencia racial y de género del imperio, como también por la segregación capitalista y la segmentación diferencial del trabajo". El desplazamiento se provoca por motivos económicos o conflictos armados de forma directa, o de forma indirecta por el saqueo y expolio de recursos naturales, que dejan sin oportunidades vitales a los habitantes de los países de origen. Si a todo ello le sumamos el caos climático generado por la globalización capitalista, ya tenemos el cóctel explosivo al completo. Los estudiosos del clima afirman que amplias áreas de Oriente Medio y del norte de África serán inhabitables a mediados de este siglo, y muchas de las 500 millones de personas que viven allí podrían verse obligadas a migrar. Mario Hernández también aporta el dato de que el lago Chad, frontera natural entre Níger, Nigeria, Camerún y Chad, en medio siglo ha perdido cerca del 85% de su superficie, un drama para los más de 22 millones de personas que viven en su cuenca. La sequía, las hambrunas y las epidemias golpean también en Mauritania, Mali y Somalia, causando un éxodo incesante hacia los campamentos de refugiados, y para los más atrevidos y/o desesperados, hacia la ilusión de una nueva vida en Europa. Pero nuestra vieja Europa los desprecia. Ningún país hace gala de una política de fronteras mínimamente digna. Italia endurece cada día su discurso, pero quizá la situación más alarmante se da en los países del Este europeo: Polonia, República Checa, Eslovaquia, Bulgaria y particularmente Hungría. Allí, el Parlamento aprobó una ley que permitirá al gobierno del nacionalista Viktor Orban encarcelar a todos los demandantes de asilo, incluyendo a los menores. Cualquiera que intente entrar en Hungría para solicitar asilo será encerrado en la frontera en contenedores metálicos rodeados de alambres de púas hasta que su solicitud sea estudiada. Orban ha declarado ya el "Estado de sitio" (para el país que menos refugiados recibe, 345 durante 2017), y entre otras perlas, ha declarado que los migrantes son "veneno". El panorama es, pues, angustioso y repugnante. Continuaremos en siguientes entregas.