Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Al cambiar el tiempo, hacemos que cada punto de la tierra esté hecho por el hombre y sea artificial. Hemos privado a la naturaleza de su independencia, lo cual es fatal para su sentido. La independencia de la naturaleza es su sentido, y sin él no quedamos nada más que nosotros
Diríase, más bien, que hemos creado con el tiempo una especie de fobia a todo aquéllo que sea naturaleza, y que nos encontramos a gusto únicamente en ambientes creados por humanos. Por ejemplo, en las ciudades se dan luchas sin cuartel contra la existencia y la vida de determinados animales (las palomas, por ejemplo), incluso frente a la existencia de animales domésticos, a los cuales se les prohíbe la entrada a medios de transporte, a las playas, a los parques públicos. Pareciera que únicamente nos interesa lo natural (animales, ríos, bosques, etc.) para expoliarlo, para saquearlo, y para conseguir ese ansiado y demencial "crecimiento económico", el verdadero cáncer de nuestro sistema. Debemos asumir, ya lo hemos dicho, el paradigma decrecentista. La opción del decrecimiento es ya una necesidad imperiosa. Insistiremos un poco más en ello. En un artículo para el medio "El Salmón Contracorriente", el Profesor Luis Prádanos establece unas premisas de partida para poder comprender la necesidad decrecentista. Lo expongo en sus propios términos: "Asumamos por un momento que todas las personas estamos de acuerdo con tres premisas básicas: 1.- La biosfera contiene todos los sistemas vivos del planeta. 2.- Los humanos son una de las múltiples especies contenidas por la biosfera y dependientes de su adecuado funcionamiento. 3.- Un sistema económico es (o debería ser) un instrumento que los humanos emplean para organizar sus sociedades de manera funcional". A tenor de todo ello, Prádanos concluye: "Si nos basamos en dichas premisas resulta obvio que la economía es un subsistema de la biosfera y no al revés. La economía convencional es disfuncional porque asume que los ecosistemas y las sociedades deben adaptarse a la economía de mercado. En cambio, si comenzáramos a organizar nuestras prioridades según la realidad biofísica, en vez de hacerlo según las demandas del mercado, quedaría claro que nuestro sistema económico dominante es absurdo, dado que destruye los ecosistemas que son la fuente de su riqueza". Y efectivamente, los destruye. Veáse la situación actual de la Amazonía, con extensos y agresivos incendios, incontrolables por el ser humano, que devastarán toda la zona más tarde o más temprano, eliminando quizá el mayor pulmón del planeta. ¿Están realmente las élites sociales, políticas y económicas de acuerdo con estas premisas?
Pues parece que no. Estas ignorantes y peligrosas élites consideran que el ser humano está por encima de todo, de la biosfera y de cualquier ecosistema que nos albergue. Para ellos/as el ser humano es lo más, siempre tendrá recursos para todo, siempre seremos capaces de solucionar cualquier situación límite que provoquemos. No ha lugar, por tanto, para un razonamiento serio, científico y responsable con las élites que nos gobiernan. Desacreditan no sólo a los líderes de los movimientos decrecentistas, sino incluso a los científicos que exponen las razones empíricas que demuestran el camino suicida que llevamos. Con total temeridad, mandan al cuerno las leyes de la Termodinámica, e incluso volverían a mandar a la hoguera a Galileo si se atreviera a discutir que la Tierra no es redonda. Es tal la ceguera y la ignorancia que dispensan que están a años luz de comprender, asimilar y actuar de acuerdo a un discurso y a una necesidad decrecentista. Seguiremos a continuación los argumentos de José Alberto Cuesta Martínez, en entrevistas concedidas a El Viejo Topo, entrevistado por Salvador López Arnal, y disponible en línea desde la web del digital Rebelion. Bien, el Profesor Cuesta Martínez define en dicha entrevista de este modo el decrecimiento: "Decrecer significa que, una vez constatado que nuestro consumo y nuestras emisiones de residuos han superado la capacidad de carga del planeta, las poblaciones opulentas han de reducir su consumo para permitir una vida digna a las poblaciones empobrecidas y garantizar la sostenibilidad ambiental, y poner freno al calentamiento global. Significa producir y consumir menos, pero no en todos los lugares ni en todos los sectores de la producción. Será necesaria una drástica reducción de la producción industrial, del transporte y del turismo. Pero habrá que tratar de mantener la producción de alimentos que, con menor energía fósil requerirán de más trabajo humano, al igual que otros servicios menos intensivos en energía como la educación o los cuidados". La aspiración al crecimiento continuo es absolutamente inviable en el tiempo, y contradecirlo asegurando una mínima sostenibilidad a los recursos del planeta es, simplemente, tomar el pelo a la gente. Las clases dirigentes no quieren enfrentarse a la idea de que el capitalismo es una quimera, desde su atalaya de recetas neoliberales. En cualquier caso, las leyes biofísicas se encargarán de hacérselo ver, lo malo es que pagaremos el pato toda la humanidad.
Cuando los recursos comiencen a escasear y la capacidad extractivista se vea limitada, comenzará una época de ecofascismo, es decir, de rapiña y acaparamiento por la fuerza de todas las fuentes de energía y materias primas de que sean capaces los más poderosos, y las élites a las que representan. La supervivencia de un contingente importante de personas, en todos los países del globo (sobre todo en los más débiles y desfavorecidos), en un contexto cercano de mengua de recursos (el abismo civilizatorio del que hablamos) materiales y energéticos, causará incluso un mayor caos que la escasez en sí de dichos recursos. ¿Seremos capaces entonces de practicar lo que no hemos practicado durante los últimos tres siglos, a saber, el reparto y la redistribución justa de la riqueza? Permítanme mis lectores y lectoras que lo dude. Porque, entre otras cosas, ya no estaremos hablando de los millones de hambrientos del mundo, en comparación a los pocos milmillonarios que poseen enormes fortunas, sino en que ni incluso dichas élites podrán continuar disfrutando de su ritmo de vida, frenético y despilfarrador. Está demostrado que ya necesitamos 1,7 planetas para mantener nuestro ritmo de producción y consumo, así como para emitir nuestros residuos. Incluso un crecimiento estacionario tampoco sería ya hoy sostenible. ¿Nos imaginamos por ejemplo crecer cada año al 3%? Bueno, pues eso significaría multiplicar nuestro consumo por 2 en 24 años, por 4 en 48 años, por 8 en 72 años...¿seguimos? Pensemos en consumo de agua, de minerales, de metales, de materias primas, de semillas...Absolutamente inviable. La huella ecológica ha sido superada ya con creces, y tendremos que acostumbrarnos a vivir en un solo planeta. Y si algún iluso/a piensa por ejemplo en establecernos en Marte, le informaremos que la atmósfera de Marte contiene un 95% de CO2. Una cosa es el afán científico-tecnológico humano para conducirnos al descubrimiento de otros planetas, algo muy loable, y otra cosa es imaginarnos que podemos romper, precisamente, con esas mismas leyes de la ciencia que nos están permitiendo descubrir esos otros mundos, y vivir ajenos a ellas, algo absolutamente imbécil.
El ya famoso y tan cacareado "crecimiento sostenible" es una contradicción en sí mismo. Si hay crecimiento económico, de seguro será insostenible. Y si alcanzamos la sostenibilidad, de seguro que no será a través del crecimiento, sino del decrecimiento. Aunque todo esto, como ya hemos afirmado en entregas anteriores, no está reñido con el progreso ni con el desarrollo, valores y conceptos que la filosofía capitalista ha alterado para que se pongan a su servicio. En efecto, la teoría del Desarrollo a Escala Humana, presentada ya en entregas anteriores, nos ha demostrado que el ser humano puede crecer y desarrollarse alejado de los parámetros capitalistas, y orientado bajo otros valores, principios, objetivos y comportamientos. Necesidades y satisfactores han de ser adaptados (redescubiertos, para ser más precisos) para conducir nuestro desarrollo por otros derroteros. Veamos un simple ejemplo, pero muy significativo, citado en la entrevista por José Alberto Cuesta Martínez: "En noviembre de 2018 la Agencia Internacional de la Energía publicó su informe anual. Antonio Turiel [uno de los mayores expertos en el llamado "Peak Oil", el pico del petróleo] señala cómo en una gráfica de dicho informe se advierte de que el pico de todos los petróleos (convencionales y no convencionales) puede haberse alcanzado a lo largo de 2017, y que en el año 2025 faltarían 34 millones de barriles diarios (un tercio de la extracción, y el equivalente a la producción de de más de tres Arabias Saudíes) para satisfacer la demanda mundial". ¿Qué ocurre? Pues que noticias de este tipo no se cuentan en los informativos diarios. De hecho, el Informe de la AIE incluye dicha gráfica en un lugar recóndito y perdido del texto, para curarse en salud, pero no para que sea un hecho conocido y trasladado al conjunto de la opinión pública mundial. Y así nos va. Nuestros ignorantes políticos y las organizaciones internacionales que nos gobiernan en la sombra no están muy interesadas en que estas noticias se difundan. La gran pregunta es...¿Por qué? Dejo la reflexión a mis lectores/as. Pero no solamente esto es absurdo. El transporte mundial de materias primas, de productos elaborados, de mercancías, de personas y de animales no tiene absolutamente ningún sentido, porque en su inmensa mayoría son productos que se pueden obtener de forma local, no hace falta importarlos desde la otra parte del mundo, con enormes gastos en combustibles fósiles, y vastas emisiones de gases contaminantes.
A este respecto, José Alberto Cuesta Martínez nos pone otro ejemplo muy ilustrativo, que reproduzco a continuación: "...La cantidad de patatas que Egipto exporta a Gran Bretaña es prácticamente igual a la cantidad de patatas que Gran Bretaña exporta a Egipto (¿?). Piense en el modelo de agricultura aquí en Europa. Se utilizan fertilizantes minerales para la tierra, para trabajarla con maquinaria que funciona con petróleo, y cuyos materiales han sido transportados desde varios continentes en descomunales barcos que se mueven con petróleo, para la elaboración de tractores o cosechadoras que han sido elaborados en una fábrica que funciona con petróleo. Todo para producir cultivos destinados a la exportación en barcos movidos con petróleo, para recibir otros productos desde lugares muy remotos para ser consumidos en supermercados. El resultado es que esta agricultura industrial se convierte en una actividad deficitaria energéticamente. Para producir una caloría de alimentos se necesitan varias de combustibles fósiles (...) ¿Qué sentido económico tiene? Pues únicamente los superbeneficios de una plutocracia que controla el mundo a costa de la explotación de los demás y de la Naturaleza". Curioso, ¿verdad? Hemos llegado a un punto de economía sin sentido, a unas relaciones económicas absurdas, máxime teniendo en cuenta el despilfarro de fuentes energéticas que practicamos, la contaminación que provocamos, y la ineficiencia que conseguimos. Lógicamente, si estas perversas e inútiles relaciones económicas se revirtieran, grandes multinacionales dejarían de engrosar inmensos dividendos en sus cuentas de resultados, cientos de miles de accionistas, millonarios del mundo, se resentirían en sus fortunas, y según ellos, nuestros inteligentes economistas neoliberales, entraríamos en un colapso económico, porque "dejaríamos de crecer". El bulo del crecimiento económico es, sin embargo, tan interiorizado en el imaginario colectivo que no podemos entender ya nuestra economía sin este azote del crecimiento, sin que suba el PIB. Aunque exista más pobreza, aunque exista más paro, aunque existan menos servicios públicos y de peor calidad, el PIB tiene que subir, porque de lo contrario, nos conduce a la catástrofe. Pues no señor, el PIB no tiene por qué subir, el PIB es un mero indicador macroeconómico que nos da ciertas pistas de la riqueza nacional, pero únicamente ciertas pistas. El bienestar humano y las relaciones económicas eficientes se miden de otras muchas maneras. Continuaremos en siguientes entregas.