Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Ya sea verde como los árboles o rojo como el fuego, el capital es el fin del mundo. Sólo podremos conservar el planeta y nuestra humanidad al acabar con el capitalismo. Tenemos que ser anticapitalistas para ser auténticos ecologistas. Para ser verdaderamente verdes, tenemos que ser también rojos. Hay que incendiar los bancos y no sólo plantar árboles
El Plan Nacional para el Buen Vivir 2009-2013 del Ecuador definió el Buen Vivir como "La satisfacción de las necesidades, la consecución de una calidad de vida y de muerte dignas, el amar y el ser amado, el florecimiento saludable de todos y todas, en paz y armonía con la naturaleza y la prolongación indefinida de las culturas humanas. El Buen Vivir supone tener tiempo libre para la contemplación y la emancipación, y que las libertades, oportunidades, capacidades y potencialidades reales de los individuos se amplíen y florezcan de modo que permitan lograr simultáneamente aquello que la sociedad, los territorios, las diversas identidades colectivas y cada uno --visto como un ser humano universal y particular a la vez-- valora como objetivo de vida deseable (tanto material como subjetivamente y sin producir ningún tipo de dominación a un otro)". Como hemos reflejado en artículos anteriores, el Buen Vivir y los derechos de la naturaleza se reconocen en la Constitución de Ecuador desde 2007. Por su parte, Mª Eugenia Rodríguez Palop, en su artículo para el medio FUHEM Ecosocial titulado "Derechos humanos y Buen Vivir", que seguiremos a continuación, declara que "La filosofía del Buen Vivir ha de vincularse a la convivencialidad, el cuidado y las ontologías relacionales así como a una idea de la justicia y los derechos que no puede ser ajena a nuestras diferentes concepciones de la vida buena. El Buen Vivir exige una deliberación moral narrativa en la que los bienes comunes y relacionales, la solidaridad y las responsabilidades compartidas (y graduadas) ocupen un lugar central, por lo que no se armoniza fácilmente con la conceptualización proto-liberal de los derechos humanos que hemos heredado de la Modernidad. De hecho, sólo una visión relacional de los derechos es compatible con la defensa del bien común y las exigencias del Buen Vivir". Como vemos, son declaraciones que no hacen más que insistir en los aspectos que ya hemos venido comentando, y que el Buen Vivir comparte con disciplinas como el Ecosocialismo y el Ecofeminismo, que también estamos tratando en esta serie de artículos, para poder tener una visión de conjunto, así como el grado de coincidencia en los postulados de todas estas disciplinas.
Estas ontologías relacionales a las que se refiere Rodríguez Palop son aquéllas en las que se asume que la plenitud personal solo puede alcanzarse en armonía con la comunidad social y ecológica, entendida ésta última en un sentido amplio (relaciones con los animales no humanos y con la naturaleza). En esencia, una cosmovisión más natural, más amplia y más pegada a la Tierra, de la que nos hemos venido alejando durante los últimos siglos. De hecho, cuando se habla de ontologías relacionales se pretende destacar precisamente esta interdependencia, esta interconexión, entre el mundo individual, social y natural, así como la relevancia del entramado de afectos y creencias que esta interconexión genera. El Buen Vivir no nos insta a "vivir mejor", ni a "progresar para alcanzar la felicidad", sino a vivir bien, y esto se resume básicamente en vivir sin dañar a otros (humanos o no humanos) ni a la naturaleza. Podría plantearse entonces un capitalismo "buenista", que rompiera con las malas prácticas de los agentes económicos actuales, pero esto, simplemente, dejaría de ser capitalismo. Y ello porque está en la propia esencia del capitalismo el obtener el máximo beneficio sin poner límites, fronteras o barreras para conseguirlo. La explotación del ser humano, de los animales no humanos y de la naturaleza han venido siendo hitos de la única cara que el capitalismo puede ofrecernos: una cara brutal. Desde el Buen Vivir, precisamente criticamos la ideología clásica capitalista, que asocia la concepción del "bienestar" con el desarrollo, el crecimiento económico y el consumo desaforado. Se deben cultivar una cultura de la solidaridad y del bien común, conceptos en los que el capitalismo, simplemente, no cree. Frente a las actuales relaciones, hay que reivindicar la autodeterminación colectiva, las relaciones de interdependencia (somos dependientes de los demás y necesitamos cuidados) y las relaciones de ecodependencia (somos naturaleza y no podemos vivir sin ella). Y es que el funcionamiento del capitalismo no permite respetar ni el ritmo ni la dinámica de los ciclos ecológicos, ni tampoco permite respetar la esencia dependiente del ser humano.
Centrado en su lógica productivista y desarrollista, el capitalismo es absolutamente ciego para entender otras premisas. Pero como afirma Daniel Tanuro en esta interesante entrevista para el medio Viento Sur, que tomamos como referencia: "La abolición del capitalismo es una condición necesaria, pero no suficiente, para establecer una relación distinta al pillaje entre la humanidad y el resto de la naturaleza". El capitalismo retrasa incluso la determinación de las necesidades humanas mediante el criterio del mercado. De ahí que nosotros apostemos por la teoría del Desarrollo a Escala Humana como planteamiento más correcto. Un capitalismo sin crecimiento, sin continuo beneficio, es un oxímoron. No puede darse en la práctica, pues estaríamos hablando de otra cosa. Algunas personas podrían agarrarse como un clavo ardiendo a esa "otra cosa", un capitalismo bueno, o un capitalismo verde, pero esto, como decimos, es imposible. Bajo el capitalismo es la producción la que "crea" las necesidades humanas, pero sólo es una ilusión. Una macabra ilusión. Y cuando los mercados se acaban, el capitalismo no puede subsistir: necesita más mercados. De ahí la grotesca escalada neoliberalizadora de prácticamente todos los bienes y servicios públicos, para encontrar al capitalismo nuevos mercados donde abastecerse. En su tiempo también ocurrió con los nichos de negocio o de mercado ilícitos, tales como la prostitución, el tráfico de drogas o el comercio mundial de armas. Pero no solo esto: igualmente, el capitalismo ha endurecido, debido a las mismas motivaciones, sus cruentos ataques contra los recursos naturales, los ecosistemas, los animales no humanos y la propia naturaleza en su conjunto, los bienes comunes naturales. Daniel Tanuro señala muy acertadamente: "Por esto, la tendencia al hiperconsumismo/sobreproducción va a la par con una creciente tendencia a la destrucción del medio ambiente, con una desigualdad social creciente y con un malestar general. El resultado de esta dinámica infernal es la catástrofe que amenaza con transformarse en cataclismo en caso de un cambio climático radical".
Esta absoluta contradicción entre capitalismo verde es explicada también por Daniel Tanuro en esta otra breve entrevista, a la que remitimos a nuestros lectores y lectoras: "Si se quiere no alterar demasiado el clima, se necesita que el 80% de las reservas conocidas de carbón, petróleo y gas natural se queden en el subsuelo. Ahora bien, estas reservas pertenecen a Estados y empresas capitalistas y forman parte de sus activos. Es una ilusión total creer que gigantes como Shell, Exxon Mobil o BP van a renunciar a la valorización de este capital. Quieren, al contrario, seguir quemando combustibles todo el tiempo que les sea posible. No lograremos nada sin romper su resistencia a través de su expropiación". Podemos crear miles de blogs como éste (de hecho existen y muy buenos) para concienciar a la gente, podemos organizar mítines, conferencias, mesas redondas, charlas (a las que pueden asistir incluso los directivos de dichas empresas), ciclos, jornadas, cursos...podemos programar miles de actividades, incluso generando conciencia en los propios agentes y movimientos sociales. Todo será en vano. Ellos jamás darán su brazo a torcer. De hecho, la industria del automóvil se ha levantado abruptamente cuando se le han planteado plazos para controlar la fabricación de automóviles con motores de gasolina o diésel, precisamente para disminuir la emisión de gases GEI, y de esta forma no seguir contribuyendo al calentamiento global. A medida que dichos plazos se acerquen, volveremos a presenciar más resistencias de este sector. Hay que hacerlo por la fuerza del poder político, apoyado sobre la resistencia de la sociedad civil. Únicamente esta situación puede revertir el panorama actual, y conseguir algún cambio en las políticas empresariales. Pero observemos que además tendremos que cambiar el modelo productivo. No bastaría solo con cambiar de dueño, socializando la propiedad privada de estas empresas, para que pasaran a propiedad social, es decir, controlada democráticamente por los trabajadores/as y el conjunto de la sociedad. Hasta ahí llegaría el Socialismo, pero ya es insuficiente. Si continuamos con las mismas actividades y modelos productivos, es evidente que no habremos solucionado nada. Hemos de alcanzar el Ecosocialismo, es decir, no solo el cambio de titularidad pública, sino también el cambio en el modelo productivo, dejando de quemar combustibles fósiles y transformando nuestros procesos a energías renovables.
Pero si seguimos con el razonamiento, nos daremos cuenta también de que cualquier anticapitalismo no nos vale, sino que necesitamos un anticapitalismo que tenga en cuenta y priorice los límites naturales así como las restricciones del funcionamiento de los ecosistemas. Y eso implica no solo que debemos romper con el productivismo y el consumismo, sino que hay que realizar además un cuestionamiento de las tecnologías, sobre todo en su vertiente energética. Es decir, hay que desarrollar otros modos de producción alternativos al actual desarrollismo, que ha sido patrocinado por los complejos industrial y tecnológico. Hemos de diseñar una sociedad donde las necesidades básicas estén satisfechas, y el disfrute del tiempo y de las relaciones sociales constituyan la verdadera riqueza. Un modelo de sociedad simple, sin grandes aspiraciones, donde todos los tipos de trabajo sean igualmente respetados, y donde se valore la vida contemplativa y las actividades sociales. Un modelo de sociedad donde el pensamiento dominante no campe a sus anchas, sino que pueda ser contrastado por pensamientos alternativos, donde regresen las Humanidades a nuestras escuelas, el arte y la cultura. Y dentro de ella, la cultura de los cuidados ha de impregnar todas las actividades económicas que tienen un impacto directo en los ecosistemas. Somos responsables de cuidarnos, y de cuidar a la naturaleza y a los animales no humanos. Una sociedad impregnada de verdadera austeridad, de sencillez, de disfrute, de compartición, de frugalidad, donde se recuperen los valores que deben inspirar al ser humano (la bondad, la solidaridad, la fraternidad, la libertad, la cooperación...). El Buen Vivir está impregnado de todo ello, de consumir lo justo, de renunciar a las vidas opulentas, a los bienes ostentosos, y de pretender "una visión de ordenamiento de la riqueza para que la disfrute toda la humanidad" (Julio Anguita). Y esto implica que los recursos naturales, económicos, mentales, las capacidades y habilidades, se ponen al servicio del disfrute en común, pero sin caer en el despilfarro. Recuperar la filosofia del Bien Común, en mayúsculas, entender que lo que es de todos, a todos nos compete cuidar, y entender que para ello, es la economía la que se tiene que poner al servicio de la política, y no al contrario, como en esta fase del capitalismo sucede. Hay que adoptar, como principio fundamental, el que bajo ninguna circunstancia, desde ningún punto de vista, ningún interés económico o proceso para llevarlo a cabo, puede estar por encima de la reverencia por la vida. Continuaremos en siguientes entregas.