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Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.

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Arquitectura de la Desigualdad (162)

Viñeta: Moro

Viñeta: Moro

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En la entrega anterior exponíamos la importancia y las funciones de las instituciones y organismos internacionales (FMI, BM, OMC...) que daban soporte a las reglas del comercio internacional, y también nos detuvimos en las instituciones de la Unión Europea, que delimitan igualmente la gobernanza (sobre todo a niveles macroeconómicos) de los Estados miembros. Por tanto, toda esta superestructura del gran capital a nivel europeo y transnacional (y con respecto a la cual nuestra burguesía española es cómplice) está también vigilante de que el diseño, la arquitectura (económico-político-social) que favorece el incremento de las desigualdades sociales continúe vigente. Y ante cualquier intento de formalizar un gobierno que a nivel de cualquier Estado miembro de la UE se enfrente a toda esta perversa arquitectura, las instituciones europeas, de claro tinte antidemocrático y antisocial, se encargan de que dichos gobiernos y sus políticas sean gobiernos y políticas fallidas. Incluso a costa de humillar a dichos países. Véase el caso griego como claro paradigma de lo que estamos contando. Solo un gobierno con un inmenso apoyo popular, pero además dotado de grandes dosis de valentía, desobediencia e insumisión, así como de claros planes estratégicos alternativos, será capaz de enfrentarse con éxito a toda esta arquitectura europea y transnacional, encargada de perpetuar la creciente desigualdad social que afecta a todos los países de nuestro Viejo Continente. La globalización de toda esta estructura (precarización de los mercados laborales, financiarización de la economía, paraísos fiscales, deuda pública, grandes empresas transnacionales, tratados de libre comercio, instituciones que lo vigilan todo...) es quizá ya no solo la expresión de la desigualdad institucionalizada a nivel mundial, sino casi imposible de revertir, pues ha sido diseñada durante décadas para proteger los intereses del gran capital. 

 

¿Qué podemos hacer al respecto? Las movilizaciones internacionales, junto con gobiernos dignos que planten cara a esta diabólica globalización, son absolutamente imprescindibles. Necesitamos una estrategia para generalizar el trabajo decente a nivel mundial, aumentar la presión social para cambiar las reglas de juego del comercio internacional, luchas para revertir los grandes procesos privatizadores (incluyendo remunicipalizaciones de los servicios públicos a niveles locales), exigir sin más demoras la anulación de la deuda externa de los países pobres del Sur global (mediante procesos de auditoría ciudadana, y posterior declaración de deudas ilegales, odiosas, ilegítimas o insostenibles), la mejor y más justa redistribución de la riqueza a nivel planetario (como hemos indicado en el bloque temático anterior), la implantación de un sistema de fiscalidad internacional justo y equilibrado (como también hemos tratado en un bloque temático anterior), y la reversión de las normas sobre comercio internacional, en atención sobre todo a corregir esa supuesta "libertad" de que gozan los países, para que se convierta en una auténtica libertad. Pero la mayor amenaza a esta desigualdad (y al propio planeta en sí mismo) son las nefastas consecuencias del crecimiento económico mundial. Necesitamos revertirlo para erradicar las desigualdades. Carlos Fernández Liria intenta explicarlo en este artículo para el medio Publico, que tomamos como referencia a continuación. Como afirma Fernández Liria, el mayor reproche que podemos hacer al capitalismo es, precisamente, que es incapaz de detenerse, de reflexionar, incluso de ralentizar su marcha. "El capitalismo es un sistema preso de su propio impulso", en palabras del autor. La imparable y absurda obsesión por la obtención de beneficios niega la propia sostenibilidad del sistema. Y ante esta absurda dinámica, debemos exigir nuestro derecho a pararnos, a ralentizar, incluso a decrecer. Pero si observamos las noticias de cualquier programa informativo, nos daremos cuenta de que ello se plantea como una noticia peligrosa.

 

En efecto, titulares como "La OCDE rebaja el crecimiento de Europa en tres décimas para el año próximo" son contempladas como noticias negativas, y si las cifras son mayores, como auténticas tragedias. No podemos seguir permitiendo que nuestros Ministros de Economía, banqueros, empresarios, organizaciones, etc., nos trasladen que es catastrófico crecer por debajo de ratios como el 2% o el 3%. No es posible, porque el planeta, que es el único que tenemos, no da para tanto. Ese vertiginoso ritmo es, simplemente, un imposible matemático. Pero el capitalismo y nuestro sistema de valores está tan inmerso en su dinámica, en su propia esencia, en su insaciable metabolismo, que parece que no tenemos otra cosa que hacer que crecer. Crecer sin parar, crecer más que el año pasado, crecer indefinidamente. Ahí parece estar la salvación del mundo, cuando en realidad ahí está el verdadero cáncer. El comercio internacional ha de decrecer, sobre todo el de algunos países y productos. No es sostenible un comercio internacional al ritmo de destrucción de recursos que llevamos desde hace décadas, ni de aniquilación de los recursos naturales. Tampoco es sostenible un comercio internacional ligado al transporte de mercancías desde un punto a otro del planeta, cuando es perfectamente posible cultivar dichos productos a nivel local, evitando dicho transporte, dicha contaminación, y dicha destrucción de recursos. Pero recordemos que aquí hablamos de desigualdad, y aplicado a lo que contamos, se traduce en que el Índice de Desarrollo Humano (IDH), un indicador para medir el bienestar de las poblaciones creado por el PNUD (ONU), es muy distinto de unos países a otros. Fernández Liria nos aporta un gráfico en su artículo que compara este IDH con la cantidad de planetas que serían necesarios para hacerlo sostenible en el tiempo, y los resultados son demoledores, no solo en la desigualdad que manifiesta, sino en el frenético ritmo que llevamos. 

 

Veamos el ejemplo que recoge el autor: Si, por ejemplo, se llegara a generalizar el estilo de vida de Burundi, nos sobraría aún más de la mitad del planeta. Pero Burundi está muy por debajo del nivel satisfactorio de desarrollo (0,3 de IDH). En cambio, Reino Unido, por ejemplo, tiene un excelente IDH. El problema es que, para conseguirlo, necesita consumir tantos recursos que, si su estilo y nivel de vida se generalizase, nos harían falta tres planetas Tierra para que todos los países del mundo pudieran alcanzarlo. Estados Unidos también tiene buena nota en su IDH, pero su huella ecológica (indicador que mide el nivel de impacto medioambiental de las actividades y consumos humanos) es tan brutal que harían falta más de cinco planetas Tierra para generalizar su estilo de vida. Traducido a desigualdad, podríamos preguntarnos entonces: ¿Quién cabe en el mundo? (Es precisamente el título del artículo referido de Fernández Liria). Porque si pretendemos caber todos, es evidente que no podemos tener esta disparidad de IDH, lo cual implica que muchos países tendrán que subirlo, pero otros muchos tendrán que bajarlo, para conseguir un nivel más o menos homogéneo en todos los países, y que además sea sostenible y no acabe con los recursos del planeta. El mundo por tanto no sólo suspende en desigualdad, sino también en desarrollo sostenible. No es únicamente la equidad en el escenario internacional lo que hay que conseguir, sino la sostenibilidad, traducido en que todos debamos ser sostenibles (unos países creciendo, otros quedando igual y otros decreciendo). Y esto es precisamente lo que no entienden (ni quieren entender) los líderes políticos mundiales, que solo lanzan mensajes de "progreso" asociados a crecimientos económicos imparables, insostenibles, irracionales, perniciosos. Como solo disponemos de un planeta, es evidente que solo los países con un buen IDH sostenible están en un comportamiento correcto. El resto deben cambiar. 

 

Mensajes, como decimos, incomprensibles e inasumidos para la inmensa mayoría de líderes mundiales, que aspiran a crecer indefinidamente, sin tener en cuenta las limitaciones biofísicos del planeta. Al menos para aquéllos políticos que quieran conservar el mundo a medio plazo, estas consideraciones deben ser atendidas. Para el resto, hemos de hacerlas comprender, sobre todo a aquellos que estén dispuestos a defender su derecho (¿racial? ¿divino? ¿histórico?) irracional a vivir indefinidamente por encima de los países del mundo. Los nuevos "patriotismos" de corte neofascista que están surgiendo, y que dicen enarbolar las banderas y los objetivos nacionales a toda costa, son los primeros en no entender estos mensajes. Cuando Estados Unidos bajo la presidencia de Trump enarbola el "America First", y retira a su país de un montón de acuerdos y tratados internacionales, no lo hace en virtud de que estén convencidos de estos mensajes, sino más bien todo lo contrario. Si, por ejemplo, un acuerdo internacional prohibiera que el PIB de cualquier país estuviera por encima del 1,5%, los Estados Unidos (y algunos otros, posiblemente) se retirarían o no suscribirían dicho acuerdo, mirando de forma miope los intereses de sus países. Craso error. Lo que hay que conseguir es que Uganda, Sierra Leona o Burkina Fasso crezcan más, y que Gran Bretaña, Francia, China o Estados Unidos crezcan menos. Entonces estaremos en el camino de la igualdad internacional. Como no podemos continuar es con la situación de grave irresponsabilidad global y colectiva que nos caracteriza, reivindicando de forma egoísta y miope nuestro derecho a crecer como el que más, es decir, a comportarnos de forma globalmente irresponsables, criminales y suicidas como lo estamos haciendo. Lo que normalmente se hace es ignorar el consumo responsable para buscar el consumo suicida, cuando deberíamos hacer lo contrario. A partir de la siguiente entrega entraremos ya en el epílogo de esta serie, para ir cerrándola intentando hacer un compendio final de todo lo expuesto, así como una nueva reivindicación de los Derechos Humanos a nivel mundial. Hasta entonces.

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