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Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.

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El Genocidio Palestino (II)

Viñeta: Caricatura de Benjamin Netanyahu (Fuente: Pinterest)

Viñeta: Caricatura de Benjamin Netanyahu (Fuente: Pinterest)

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Una nación que coloniza, una civilización que justifica la colonización, y por lo tanto la fuerza, ya es una civilización enferma, una civilización moralmente contaminada, que irresistiblemente, de consecuencia en consecuencia, de negación en negación, llama a su Hitler, quiero decir, su castigo

Aimé Césaire (Discurso sobre el colonialismo, 1955)

En el anterior artículo, primero de la serie, ya comenzamos a explicar un poco el verdadero origen histórico del conflicto palestino-israelí, situado en la llamada "Declaración Balfour" (el establecimiento de un "hogar nacional" para los judíos en Palestina). Durante todos los años que siguieron a dicha declaración y a la Segunda Guerra Mundial, el movimiento sionista se hallará profundamente dividido entre el sionismo europeo y el estadounidense. Los sionistas intentarán, además, sacar partido de esta importancia repentina publicando en febrero de 1919 un memorando que reivindicaba el "hogar nacional" ampliado al margen oriental del río Jordán. La Conferencia de San Remo (1920) ratificará la creación de las partes orientales de los imperialismos francés y británico: Francia en el Líbano y Siria; Reino Unido en Irak y Palestina, incluida Transjordania. Y en consecuencia, la traición de las promesas hechas a los aliados árabes. El mandato británico en Palestina creará una especie de "jaula de hierro" para las aspiraciones de los árabes en Palestina. Un yugo, en palabras de Rashid Khalidi, "concebido precisamente para excluir el principio y la puesta en marcha de un gobierno representativo en Palestina y toda otra modificación constitucional que se orientara en tal sentido". Como recordábamos en el anterior artículo, lo importante de la Declaración eran los "derechos civiles y religiosos", pero nunca se abordaron los derechos políticos de la población árabe palestina. Paul Delmonte finaliza su artículo destacando que fue el antisemitismo del Viejo Continente y su paroxismo nazi, poco después de que EE.UU. hubiera limitado drásticamente la inmigración, los factores que multiplicaron la oleada migratoria judía a Palestina. Fueron los británicos los que aplastaron la gran revuelta palestina entre 1936 y 1939. Sin ellos y el apoyo europeo, el proyecto sionista hubiera sido letra muerta.

 

La Declaración Balfour daría comienzo a todo un proceso de colonización que sería llevado a cabo por parte de colonos judíos europeos, alentados por la dirigencia sionista y bajo el mito religioso del retorno a una tierra prometida por una divinidad. En palabras de Pablo Jofré Leal: "Una declaración con consecuencias hasta el día de hoy otorgando un apoyo político en Gran Bretaña y otros gobiernos occidentales a un sionismo en ciernes, cuestión que condujo a la creación del mandato británico en Palestina tras el derrumbe del imperio otomano, que facilitaría la llegada de colonos judíos a Palestina y con ello sentar las bases para la construcción artificial de la entidad sionista en el año 1948, sostén del actual conflicto que sacude esta zona del mundo". La Declaración Balfour, tal como estamos exponiendo, fue un documento que delata claramente la complicidad entre la política imperial británica y los cuerpos dirigentes del sionismo, que en virtud del poderío financiero y de su privilegiada posición en círculos de poder, tanto en Francia como en Estados Unidos y Gran Bretaña, había creado un intenso lobby destinado a conseguir la aprobación del Imperio Británico (en ese momento una de las potencias económicas y militares más grandes del mundo) para intensificar el proceso de colonización en tierras palestinas. Un ingente traslado de judíos que comenzaron a trasladarse a una tierra de la cual no poseían referencias, y un arraigo inexistente, pero del cual comenzaron a interesarse vistas las promesas de tierras y bienes provistos por los multimillonarios sionistas europeos, que financiaban a gran escala esta operación colonial. Los derechos de millones de habitantes de Palestina fueron menospreciados e ignorados. Ninguna ley internacional amparaba dicho proyecto colonizador. La realidad demostró que aquéllos deseos eran una mera hipocresía, pues se concedía algo que no se poseía. En el fondo no era más que una decisión geoestratégica más del imperio británico. Las cifras nos retratan perfectamente la terrible evolución de dicho experimento: Palestina pasó de tener 85.000 judíos en un territorio donde habitaban 600.000 palestinos en 1915, a tener 600.000 colonos en el año 1947 frente a un millón y medio de palestinos. 

 

Jofré Leal lo explica en los siguientes términos: "Resulta indiscutible, por más que la hasbara (propaganda sionista) lo presente como un documento jurídico, que Gran Bretaña no tenía autoridad política, legal ni moral para hacer promesas de entrega o compartir objetivos coloniales de una ideología que no conocía Palestina más que por mapas, como lo demuestra el hecho de que las discusiones para encontrar "un hogar nacional judío" dividían las opciones entre la Patagonia sudamericana, Uganda y el levante mediterráneo. Cuestión que obligó a los ideólogos del sionismo a buscar las razones, líneas centrales y ejes discursivos que les permitieran sostener con algo de solidez que Palestina era el destino final". En resumidas cuentas, la Declaración Balfour fue un disparate histórico, una decisión abusiva y criminal. Prometió entregar un territorio que no le pertenecía a terceros (judíos europeos), cuyo vínculo con la región, para más inri, era inexistente. Supuso un plan de colonización de tintes racistas, pues implicaba poblar con extranjeros una tierra habitada, como se hizo en Andalucía con las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena, en 1787, durante el reinado de Carlos III (donde colonos extranjeros europeos fueron instalados en pueblos y aldeas andaluzas), aunque dicho experimento fue de menores dimensiones humanas. Dicho experimento sionista implicaba también, lógicamente, expulsar a la población nativa residente y crear las bases del actual sistema de apartheid que rige históricamente en Palestina para los palestinos que allí residen, y más brutalmente en los territorios palestinos ocupados y bloqueados de la Franja de Gaza. El sionismo comienza desde la Declaración de Balfour a tejer la falsificación histórica que hiciera pensar al resto del mundo que ellos no pensaban colonizar, segregar o usurpar, sino que simplemente estaban ocupando una tierra estéril, sin población, argumento absolutamente falso, como hemos visto. Un mito en todo el sentido de la palabra, que continúan difundiendo como un dogma de fe, apoyándose en atropellos y aplastamientos de la población y de la cultura palestinas. 

 

Recientemente se ha levantado con fuerza la exigencia de que Gran Bretaña pida perdón por aquella infame Declaración, y los males causados desde entonces. La Declaración Balfour es responsable, por extensión, de avalar y ser la semilla del establecimiento de las bases políticas, militares, económicas, demográficas y culturales de lo que sería posteriormente el nacimiento de la entidad sionista (Estado de Israel) en 1948. Desde entonces, los vínculos políticos, militares y financieros entre el sionismo internacional y Londres son profundos. De hecho, Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia albergan grupos de poder y lobistas del sionismo que hacen difícil separar los intereses colonialistas de Israel con los intereses de estas potencias. De facto, es una asociación criminal, creada para delinquir, una asociación ilícita albergada en el seno del Consejo de Seguridad de la ONU, que blinda a la entidad más criminal del planeta. Es momento de aclarar conceptos. Antisemitismo y antisionismo pueden dar lugar a confusión, pero son conceptos muy distintos. Lo explica muy bien Sai Englert (Profesor del Departamento de Política y Estudios Internacionales de la Universidad SOAS de Londres) para el medio Cronica Palestina, traducido para el digital Rebelion por Loles Oliván. A él nos remitimos para clarificar ambos conceptos. Muchas veces se utilizan en los debates de forma indistinta, pero significan cosas completamente diferentes. Explica el profesor: "El antisemitismo se refiere a las ideas y a los comportamientos que discriminan, atacan o perjudican a los judíos por ser judíos. Las afirmaciones de que los judíos son avaros, que gobiernan el mundo, o que dirigen la banca, son antisemitas. Igualmente, lo son los ataques físicos o verbales contra el pueblo judío a causa de su judaísmo. El antisionismo, por el contrario, es una ideología política que como su nombre indica se opone al sionismo. El sionismo es un movimiento político nacido a finales del siglo XIX que sostiene que la única forma de que los judíos pudieran escapar del antisemitismo europeo era formando su propio Estado. Este Estado lo construyeron en Palestina, y a pesar de una oposición interna minoritaria [en el seno del movimiento], lo hicieron a expensas de quienes ya vivían en el país: los palestinos. La creación de Israel, resultado de la iniciativa del movimiento sionista, tuvo lugar en 1948 con el telón de fondo de la expulsión de más de 700.000 palestinos y la destrucción de al menos 400 aldeas. Estas injusticias continúan hoy en día: la expansión de los asentamientos en Cisjordania, el mortífero bloqueo de Gaza o las más de 60 leyes dirigidas específicamente contra las y los ciudadanos palestinos de Israel siguen en vigor y se aplican en nombre del sionismo".

 

Ya vamos pudiendo comprobar, entonces, la gran diferencia que existe entre uno y otro concepto. En realidad lo que reclamamos los antisionistas es que todos los habitantes de la Palestina histórica (judíos, cristianos y musulmanes, palestinos y no palestinos) gocen de los mismos derechos independientemente de su raza, religión u origen étnico. Algo que el Estado de Israel y el movimiento sionista siguen rechazando. Lamentablemente, estos dos conceptos se equiparan cada vez más, pero como decimos, su diferencia es rotunda: el antisionismo rechaza la idea de un Estado basado en la supremacía étnica o religiosa. El antisemitismo simplemente odia a los judíos por ser judíos. Pero...¿qué ocurre cuando estos movimientos se globalizan, y aún se confunden más? Veamos: que todos los judíos sean sionistas o que los sionistas representen a todos los judíos esconde una idea reduccionista y fundamentalmente racista que supone atribuir a todo un grupo de personas la misma bandera ideológica. Nada más lejos de la realidad. El Estado de Israel y sus políticas no representan a todos los judíos del mundo, de la misma forma que el Estado francés y sus políticas no representan a todos los franceses del mundo. Son muchos los judíos que se declaran antisionistas por motivos religiosos y/o políticos, y otros que incluso pueden no tener formada ninguna opinión, por desconocimiento del asunto. Pero al contrario también: no todos los sionistas son judíos. Sin ir más lejos, existen en el mundo muchos sionistas cristianos, particularmente en Estados Unidos, así como muchos políticos y partidos políticos en todo el mundo que también lo son. Y esto no tiene nada que ver con el judaísmo, sino con la política exterior y las alianzas que estos actores tienen con el Estado de Israel. Las principales víctimas del movimiento sionista en el mundo son los palestinos, pero su aspiración a poder regresar a sus hogares, de los que fueron expulsados, no tiene nada que ver ni con el judaísmo ni con los judíos, sino con la política concreta de un Estado concreto (Israel), y todos los que les apoyan.

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