Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
El niño que nace en un mundo en que la “vida” humana está relacionada y depende de la “vida consciente” de las montañas, de las piedras, insectos, ríos, lagos y manantiales, se forma considerando el mundo y su propia existencia de una manera absolutamente diferente que el niño de una ciudad, en que sólo el ser humano está considerado como animado por un espíritu
Hay que recuperar la sabiduría indígena, que en algún momento de nuestra historia hemos olvidado. Hemos de retornar a la sabiduría original de los pueblos ancestrales que habitaron lo que hoy son nuestros territorios. Porque muchos siglos antes de que surgieran los movimientos sociales que luchan por el reconocimiento de los derechos humanos, los derechos individuales y ahora por los derechos de la Naturaleza, las culturas antiguas que poblaron por milenios todos los rincones de la Tierra la reconocieron como la madre común de todo lo que existe. Siempre fueron parte de nuestros acuerdos sociales de reciprocidad con la existencia, así como de nuestras leyes naturales, las ceremonias, rituales, ofrendas, pagamentos para agradecer al sol por su calor, luminosidad, su capacidad de dar la vida; por agradecer cada día por el aire que respiramos; por el agua de la que provenimos y forma parte tanto de esa madre común como de nosotros, los últimos en ser engendrados en su seno; por los frutos, vegetales, minerales y animales que nos alimentan y forman parte de nuestro organismo, elementos sagrados que siempre fueron considerados parientes. Y si la tierra es sagrada, lo son también los territorios, los mares, las montañas, los ríos, las aves, los bisontes, los peces e incluso los insectos y los seres invisibles que viven en nuestro entorno y dentro de nosotros. Los humanos también lo somos, la vida en todas sus formas es sagrada. Hay también otras razones científicas que consideran a la Tierra como un superorganismo vivo. James Lovelock, Lynn Margulis, Elizabeth Sahtouris y José Luntzenberg caracterizaron a este superorganismo vivo como Gaia, uno de los nombres de la mitología griega, para definir la vitalidad de la Tierra. Este superorganismo extremadamente complejo, que requiere de cuidados y debe ser fortalecido, es sujeto de dignidad y portador de derechos porque todo lo que vive tiene un valor intrínseco (como ya afirmábamos algunos artículos atrás, cuando abordábamos el asunto de una ética para el medio ambiente), tenga o no uso humano. Incluso hay razones cosmológicas que asumen a la Tierra y la vida como momentos del vasto proceso de evolución del Universo. La vida humana es, entonces, un momento de la vida en términos más amplios. Y para que esa vida pueda existir y reproducirse, necesita de todas las precondiciones que le permitan subsistir.
Sin embargo, en alguna etapa de nuestra co-evolución con Ella, lo olvidamos, lo ignoramos, lo negamos y lo rechazamos. No en un momento concreto, sino a lo largo de la expansión del capitalismo, y más que nunca en esta recta final de capitalismo globalizado, neoliberal, ecocida y depredador. Nos creímos ser los hijos predilectos de la creación-no-creación y comenzamos a crear nuevos acuerdos sociales para justificar la sistemática violación de todas las formas de vida, tanto humanas como no humanas, y para sojuzgar a la mayoría de nuestros semejantes. No obstante, la memoria ancestral nunca se perdió. Aquéllos saberes ancestrales habían quedado olvidados, relegados, pero nunca perdidos. Siempre hubo unos cuantos de nosotros, en todas las culturas y tiempos, que mantuvimos vivo ese conocimiento esencial, básico, fundamental, para nuestra propia supervivencia como especie. Y ahora, esas voces que nunca se acallaron, viendo que cada día nos acercamos más al borde de un abismo que nos está llevando a la extinción, hemos comenzado a acrecentar el eco de esas voces que no son las nuestras, sino las de la misma Madre Tierra, para intentar crear una resonancia cada vez mayor entre el resto de nosotros mismos, para detener ese suicidio colectivo al que nos estamos condenando. Concesiones mineras por todo el planeta, extracción exhaustiva de acuíferos por plantaciones intensivas, abuso de agroquímicos, privatización del agua, amenazas a bosques y selvas, ataques a los ecosistemas, extractivismo salvaje, tratados de libre comercio para continuar depredando, explotando y esclavizando a la Tierra, convirtiendo sus bienes comunes en mercancía, son algunos de los delitos que cada vez más tienen que ser llevados a juicio no solo ilustrativos, sino vinculantes en todo el mundo. Los tribunales estatales, nacionales e internacionales, tienen que establecerse para que las leyes de la Naturaleza sean no solo aprobadas, sino respetadas, y detener definitivamente el absurdo paradigma de una jurisprudencia que solo proteja los derechos de un sector minoritario de los seres humanos. Multitud de gobiernos neoliberales en el mundo son solo fieles representantes de las políticas de las grandes corporaciones transnacionales estadounidenses, canadienses, europeas, rusas, chinas y japonesas, dispuestos a vender todo: tierras, aguas, bosques, biodiversidad, ecosistemas, cultura, soberanía, autonomía, identidad, e incluso el futuro de las generaciones venideras y a sus propios trabajadores, pueblos y comunidades originarias.
Estas empresas, grandes agentes del capitalismo globalizado, han perpetrado una profunda catástrofe ambiental arrasando ecosistemas, biodiversidad, flora y fauna, clima, atmósfera, bosques (como en la Amazonía), fraguando deforestación y desertificación en las narices de las idílicas leyes constitucionales, tratados, acuerdos, convenios y declaraciones internacionales; en última instancia, son actores funcionales del omnímodo poder del capital transnacional. Del mismo modo, han destruido especies marinas, ríos, lagos, lagunas ubicadas en cabeceras de cuenca, manantiales, puquiales (nacientes de agua andinos), bofedales (humedales de altura) y glaciares (fuentes de agua dulce). En resumen, han perpetrado y perpetran espirales de ecocidio en correspondencia con la barbarie irracional civilizatoria, que persiste en el insostenible consumo de combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón), en la agricultura industrial, en la ruina de los hábitats, en el extractivismo minero y petrolero; en la ruina de bosques, en el tráfico voraz de los "diamantes de sangre", en los "minerales de conflicto"; en el uso universal de plaguicidas, en el fraude de los transgénicos, en las alteraciones de los nutrientes; en el uso de materiales químicos, en la polución, en los desechos tóxicos y en la basura tecnológica; en la destrucción de la capa de ozono, en la superexplotación de las tierras de cultivo y de los bosques, que impide la oxigenación del medio ambiente; en la contaminación nuclear (Fukushima) y en el derretimiento de los glaciales, que desencadena cambios bruscos en el clima, generando tormentas sin precedentes y produciendo un sinfín de éxodos masivos, de refugiados ambientales. La única solución a todo ello es que hay que dejar de crecer. Desde el principio de la industrialización, existen dudas y críticas al crecimiento como credo central de las ciencias económicas convencionales. En 1972, el informe del Club de Roma, titulado "Los límites al crecimiento", planteó por primera vez la necesidad de revisar los procesos de crecimiento económico, pues de seguir en ese camino, se provocaría la destrucción del planeta. Después de esta primera discusión, se llevaron a cabo diversos debates sobre el tema. El último debate coyuntural se realizó después de la crisis financiera mundial de 2007. El colapso del banco Lehman Brothers, de los convenios internacionales sobre cambio climático, y la catástrofe atómica de Fukushima, fueron eventos significativos que marcaron estos debates.
Las crisis del capitalismo financiero, la crisis ambiental con el calentamiento global, la pérdida de biodiversidad y la creciente desertificación, se conectan con la dinámica y el efecto del suicida crecimiento económico. Nuevos términos y vocablos se acuñan para intentar ofrecer una alternativa, o quizás un nuevo estadío al que tengamos que evolucionar, tales como post-desarrrollo, post-crecimiento, etc., pero está claro que necesitamos otro paradigma donde descanse nuestra economía, más allá del desarrollo convencional que nos ha traído a esta situación. El concepto de Decrecimiento ataca fundamentalmente la visión de una economía basada en los pilares actuales. Propaga una visión igualitaria y democrática de una economía que primero tiene que decrecer para, después, terminar en una economía estable que no crece más (steady state economy). El decrecimiento, como tal, no es verdaderamente una alternativa concreta, sino más bien la matriz que daría lugar a la eclosión de múltiples alternativas. Serge Latouche es uno de los padres de este concepto. Nosotros hemos incluido (y seguiremos incluyendo) muchas citas suyas como entradilla a nuestros artículos. Este pensador describió la utopía concreta del decrecimiento en ciertos principios: reevaluar lo que cuenta; reconceptualizar conceptos claves como riqueza, pobreza o valor; reestructurar al aparato productivo según estos nuevos conceptos; redistribuir la riqueza y el acceso a los recursos naturales entre Norte y Sur y entre las clases sociales; reducir producción y consumo, especialmente para productos, bienes y servicios con gran consumo de energía o cuya producción perjudica al medio ambiente; reusar productos y reciclar basura. En su perspectiva, existen pueblos y regiones autosuficientes y políticamente autonómos que intercambian ideas, pero pocos productos o capital. La visión para el Norte global es que alimentos, energía y dinero solo se intercambian en el ámbito local. El Sur global, según esta visión, puede crecer hasta llegar a satisfacer las necesidades de la población, y después, definir su propia transición. Serge Latouche hace un llamamiento a liberar al Sur de la falsa promesa de seguir el ejemplo del Norte, pues en caso contrario la réplica de los modelos económicos nos hundirá aún más en la catástrofe. Lo que resulta complicado, no obstante, es conectar los conocidos límites ecológicos del crecimiento con los asuntos de justicia social, de la equidad, e incluso de la propia democracia. Hace falta construir alternativas sociales y económicas para las personas que trabajan (muchas de ellas durante toda su vida) en sectores económicos a desmantelar, pues no podemos abandonarlas a su suerte (la minería, la construcción de vehículos...).
Los sindicatos son sobre todo las piezas clave de este engranaje que tienen que evolucionar, pues su discurso continúa anclado en viejos preceptos de la izquierda más clásica, que hoy día se vuelven incompatibles con los nuevos paradigmas que conviene adoptar. Por ejemplo, los sindicatos se aferran generalmente a la meta de que cada persona debe tener un empleo asalariado a ocupación plena, lo cual dista mucho de la realidad económica que vivimos, y a la que podemos aspirar (Véase nuestra serie de artículos "Arquitectura de la Desigualdad", donde en su bloque temático correspondiente hemos discutido mucho sobre todo lo que rodea al trabajo y al mundo laboral). Según esa posición de los sindicatos, ello sería posible (incluso con un reducido crecimiento económico) solo si el eje central de la economía fuera el sector servicios. Dicho sector solo utiliza un 20% de la energía que necesita el sector productivo. Pero la realidad es muy diferente. Todavía quedarían fuera millones de trabajadores y trabajadoras del resto de sectores productivos y modelos de negocio, que también aspiran a una vida digna. Nosotros abogamos por las posturas ecosocialistas y ecofeministas, que nos parecen más acertadas al respecto. Las posiciones feministas, por ejemplo, al contrario que los sindicatos, mantienen y desarrollan la postura de que hay que reducir el tiempo de trabajo (se está ya proponiendo la jornada de 34 horas semanales, y habría que reducirla a 30) asalariado para repartir, de manera más justa, el trabajo reproductivo, social y político, y así reducir el crecimiento económico de la esfera capitalista, y a la vez, combatir la división patriarcal del trabajo. Al mismo tiempo, se ganaría calidad de vida (una vida más tranquila y sosegada, posibilidad de disfrutar del tiempo libre, de compartir con las familias y amigos...) si cada persona asalariada trabaja menos horas, a la vez que contribuimos a que más personas puedan trabajar. Todo ello sin reducción salarial, aunque debería ser complementado con una Renta Básica Universal (RBU) con las características de incondicionalidad, universalidad e individualidad (en la referida serie de artículos "Arquitectura de la Desigualdad" hemos expuesto al completo todo lo relativo a esta prestación). Y por supuesto, otra propuesta para entrar en economías postcrecimiento consiste en olvidar definitivamente la fabricación y negocio con tecnologías destructivas, tales como la producción de armas, la energía atómica y la ingeniería genética, que son gigantescas fuentes de crecimiento y destrucción. Lo peor de ello es la resistencia que ofrecen las grandes corporaciones que se sitúan detrás de estos modelos de negocio, tales como el complejo industrial-militar-tecnológico, sin duda uno de los más potentes del mundo. Necesitamos, en última instancia, un nuevo modo de vida solidario-ecológico ligada a esa actividad decrecentista. Si no conseguimos organizar este debate y movilizar a la sociedad para el cambio necesario, terminaremos teniendo una sociedad postcrecimiento, por la fuerza de los hechos, con el peligro ecofascista que de ello se deriva: será destructiva, tanto en lo social como en lo ecológico. Continuaremos en siguientes entregas.