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Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.

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Filosofía y Política del Buen Vivir (74)

Viñeta: Tasos Anastasiou

Viñeta: Tasos Anastasiou

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El ser humano ha estado presente en el planeta desde hace 200.000 años, un suspiro en la larga, casi eterna, historia de la Tierra. Durante la mayor parte de ese lapso, el hábitat planetario ha sufrido una creciente presión por parte de la especie humana. Sin embargo, nada es comparable con lo ocurrido en los últimos cien años, un lapso que equivale solamente al 0,05% en la historia de la humanidad

Víctor Toledo

[…] el hecho es que cada vez que ha habido un movimiento que plantea el reconocimiento de derechos a nuevas ‘entidades’, la propuesta es obstaculizada por sonar extraña o espantosa o cómica. Esto es en parte porque hasta que el ente sin derechos no los recibe, nosotros no lo podemos ver como algo más que una cosa para nuestro uso. […] Yo estoy proponiendo seriamente que debemos conferir derechos legales a los bosques, océanos, ríos y otros así llamados ‘recursos naturales’ en el ambiente –es decir, al ambiente natural en su totalidad

Christopher Stone (“¿Deberían los árboles tener derechos en juicio?”, 1996)

En el artículo anterior de la serie nos quedamos introduciendo cómo debe ser esa Educación para la Sostenibilidad, que ponga a nuestros escolares sobre las bases del Buen Vivir, de tal modo que formemos a futuros adultos concienciados con los problemas que nos acechan como civilización, y sean capaces de hacerles frente bajo un nuevo imaginario colectivo enfrentado a los actuales valores capitalistas globalizados. ¿Para qué, entonces, queremos educar? En un planeta con los recursos finitos es absolutamente imposible extender el estilo de vida occidental (despreocupado, consumista y depredador), con su enorme derroche de energía, minerales, agua y alimentos. El deterioro social y ambiental no son subproductos del modelo de desarrollo, sino que son una parte insoslayable de ese tipo de desarrollo. Nos encontramos, entonces, ante una crisis civilizatoria, que exige un cambio en la forma de ser y de estar en el mundo. Los modos de producción de bienes y necesidades de la sociedad industrial han colaborado en la configuración de las relaciones entre las personas. Han alterado peligrosamente nuestro entendimiento sobre las necesidades humanas, y han despreciado los recursos naturales y el valor propio de la naturaleza. Si la dinámica consumista y la obtención del beneficio en el menor plazo posible dirigen la organización económica, esta misma lógica perversa se instala en los procesos de socialización y educación, determinando finalmente que las metas a alcanzar por cada individuo se orienten hacia la acumulación, olvidándose de poner en el centro el propio mantenimiento de la vida. Si comparamos nuestro sistema económico con el metabolismo de un ser vivo, podemos comprobar cómo la sociedad tecnoindustrial se alimenta de lo que va quedando de naturaleza (agua, aire, suelo vegetal, bosques, bolsas de materiales fósiles, biodiversidad y ecosistemas complejos) mientras vierte en ella sus excrementos desordenados y contaminados (químicos, orgánicos, radiactivos...), y va dejando a su paso superficies cementadas, riberas muertas, aguas subterráneas salinizadas, lagos eutrofizados, especies extinguidas y exclusión ecológica y social. 

 

¿Enseñamos todo esto a nuestros alumnos y alumnas? ¿Qué está sucediendo hoy día en las aulas de enseñanza? Según un pormenorizado estudio realizado en 2006 por la organización Ecologistas en Acción (también lo estamos abordando en nuestra serie sobre la Reforma Educativa), los libros de texto proporcionan conocimientos fragmentados que no ponen en relación las causas con los efectos (y mucho menos permiten comprender las relaciones sinérgicas y complejas que se establecen entre todo lo vivo); veneran la tecnociencia sin advertir de sus riesgos; son insensibles a los límites sobrepasados del planeta; consideran al ser humano dueño de la creación (la asignatura de religión sigue vertiendo en nuestros escolares la versión creacionista del universo por parte de un Dios), y al planeta como un recurso inacabable a nuestra disposición. Aunque en las escuelas se estudian problemas como el cambio climático o la pérdida de biodiversidad, es difícil que estos problemas aparezcan conectados con el modelo de vida que practicamos. Los viajes cuanto más lejos mejor, la velocidad en el transporte y la consideración de cualquier artefacto tecnológico o aplicación científica como muestras indiscutibles de un avance de un pasado de atraso a un futuro ideal son algo común en los libros de texto que se les proporcionan a los escolares y en los contenidos curriculares que se desarrollan en el aula. A fin de cuentas se trata de lo mismo que vemos en los medios de comunicación o en los discursos de la mayor parte de los políticos. La educación ambiental lleva poniendo en cuestión estas categorías universales desde hace décadas, pero en una buena parte de nuestras comunidades autónomas se desarrolla en el ámbito de la educación no formal (o no reglada), y dentro de la escuela, salvo las iniciativas valiosísimas de algunos centros escolares o de profesores y profesoras comprometidas, se reducen a talleres puntuales en los que resulta difícil poder trabajar en clave de proceso y abordar problemáticas y alternativas que requieren tiempo de trabajo. La clave del éxito de la educación para la sostenibilidad dentro de la educación formal no está en la falta de conocimientos pedagógicos o de metodología, sino en el reconocimiento de la gravedad de la crisis global y en la voluntad social y política de formar personas que puedan construir y vivir en un mundo sostenible. No es tarea fácil. 

 

Como ha dejado dicho María Novo: "Los educadores del siglo XXI se mueven en la esquizofrenia de enseñar unos valores que después en la vida social son despreciados mayoritariamente, mientras se ensalza el triunfo de quienes ganan dinero sea cual sea su procedencia y aunque sus modelos de vida sean poco éticos". Nosotros intentaremos aquí dejar propuestas y consideraciones que se centren en los contenidos que debemos debatir en el aula, que son los que a nuestro juicio deberían formar el grueso de la propuesta curricular oficial para toda la etapa de la educación formal y obligatoria (Educación Primaria, ESO y Bachillerato). Sabemos que, lógicamente, es una propuesta abierta e incompleta y que los contenidos no son lo único importante en el sistema educativo, pero sí nos parece esencial perfilar cuáles son los conocimientos que cualquier persona debería tener para eludir un futuro en guerra con los demás y con el planeta. Presentaremos a continuación algunas ideas abiertas para educar en un mundo sostenible, o al menos para acercarnos a él. Están inspiradas en los criterios de la biomímesis (ver entregas anteriores, donde la hemos expuesto con más calma), ya que la naturaleza es al fin y al cabo la empresa más grande, más extensa, más antigua, mejor organizada y más estable del planeta y a la que debemos la vida. Pero nuestras propuestas también se inspiran en cientos de experiencias que muchas personas preocupadas en la enseñanza y en el ámbito de la educación ambiental han puesto en marcha. Por supuesto, para cada caso, esta construcción es tarea colectiva que habrá que ir ensayando, completando y ejecutando sin esperar mucho. Los ejes de los que hablamos, uno a uno y por sí solos, son incapaces de cambiar el rumbo insostenible por el que avanzamos, pero trenzados entre sí y unidos a profundas transformaciones en los modos de producir, de consumir, de ejercer el poder, en definitiva de vivir, podrían proporcionar buenas pautas para el futuro. Son claves sugeridas sobre las que seguir definiendo propuestas concretas. Lo fundamental es colocar la vida en el centro del aprendizaje y de la experiencia, enseñar y poner en valor los procesos que la construyen y la mantienen, y señalar todo aquello que es incompatible con ella. 

 

Quien haya creciendo en una gran ciudad, entre cemento y asfalto, consuma comida comprada en grandes cadenas de alimentación, resuelva la mayor parte de las necesidades materiales acudiendo a una gran superficie y se mueva casi siempre en transporte motorizado, entre otras características, no tendrá nada fácil reconocerse como un ser dependiente de la naturaleza. Los modos de vida actuales han resquebrajado y separado cada vez más nuestra identificación con ella. Hoy día, más de la mitad de la población humana vive en grandes urbes y los sistemas educativos están diseñados desde esas grandes ciudades. Sin embargo, la conciencia de formar parte de la trama de la vida es el primer requisito para releer el mundo desde el prisma de la sostenibilidad. Creer que la tecnosfera, ese conjunto de máquinas, dispositivos y tecnologías que nos rodean, pueden suplir los complejos procesos naturales que nos explican como especie, nos ha conducido a comportamientos desajustados y a una comprensión parcial y errónea del mundo que nos mantiene y alberga en su seno. Nos corresponde reaprender, por tanto, qué es la biosfera, por qué se sostiene, comprender, valorar y amar las diferentes formas de vida y reconocernos como seres vivos interdependientes y ecodependientes, partes integrantes de una frágil red formada por el clima, el agua, las plantas, el aire, el suelo...y que todos ellos están en serio peligro. Necesitamos lo que pudiéramos llamar una "Albetización Ecológica" en nuestras aulas. Y esta alfabetización ecológica nos conducirá a tomar decisiones más sensatas y sostenibles. A continuación enumeraremos algunos elementos básicos de ese aprendizaje: 

 

1.- El Sol. El Sol está en el comienzo de la vida. Es nuestro astro de referencia, sin el cual no sería posible vivir. Es importante reconocerlo como origen de toda la energía que utilizamos, comprender cómo se ha almacenado ésta en los yacimientos de energía fósil y cuál es la situación actual de esos depósitos, y preguntarnos cómo y para qué usamos esta energía, hablar de su mal uso, de su despilfarro y de los grandes negocios relacionados con su extracción. 

 

2.- El Agua. Es un objetivo básico entender en qué medida somos agua y cuál es el papel del agua en la creación y sostenimiento de comunidades humanas, en la geopolítica o en la economía. Conocer los recorridos superficiales y subterráneos de las aguas, su carácter cíclico, los usos que se hace de ellas y la magnitud de cada uno de ellos. Aterrizar en conflictos próximos como la pugna por trasvases que alimenten el turismo o los regadíos. Conocer los volúmenes de agua que se emplean en procesos ocultos (refrigeración de centrales nucleares, lavado de minerales, fabricación de comida procesada, etc.). 

 

3.- El Aire. Estudiar el aire, conocer las partículas tóxicas que contiene en las ciudades, conocer cómo se miden esos niveles y cómo afectan a nuestra salud. 

 

4.- La Tierra. Trabajar la tierra, distinguir lo que nace y crece en ella, saber en qué época se cosecha cada planta y qué consecuencias tiene forzar la producción con pesticidas y abonos químicos. Distinguir la agricultura tradicional y la industrial. Conocer las consecuencias de la producción industrial de alimentos en el empobrecimiento y envenenamiento de los suelos, en el desecamiento de acuíferos, en el coste energético y la dependencia del petróleo, en la dependencia de los agricultores de los suministros de semillas, abonos y pesticidas, en el despoblamiento del campo...

 

5.- Los Animales. Aprender el respeto a los seres de otras especies animales, reconocernos parecidos y diferencias con estos compañeros de viaje. Denunciar la violencia injustificada contra ellos. 

 

6.- Los Ecosistemas. Desentrañar las relaciones y la interdependencia de los ecosistemas es otro de los aprendizajes esenciales derivados de colocar la vida en el centro de nuestros aprendizajes. Más allá del estudio de los ecosistemas, hacer visible la complejidad de las relaciones multicausales. Hacer estudios de los ciclos de vida completos de aquello que utilizamos (de la cuna a la tumba), e incluso los costes de su hipotético reciclaje. 

 

7.- Los Ciclos Naturales. Entender cómo habrían de cerrarse los ciclos y de qué modo nuestra actividad industrial los deja abiertos, abandonando a la naturaleza residuos tóxicos y difícilmente degradables. Es necesario hacer visibles los residuos y su escala. Conocer su origen, su composición y sus efectos. Conocer las normativas que promueven el uso de envases en beneficio del mercado, así como desvelar la trampa que supone que el centro de la gestión de los residuos esté en su reciclaje y no en su reducción. Conocer los vertederos de basuras que los países enriquecidos tienen en los empobrecidos. 

 

8.- El Metabolismo Económico. Por último, resulta también vital comprender el metabolismo económico de las comunidades humanas, del propio pueblo o ciudad, es decir, de qué modo y en qué magnitud es dependiente (y devastador) de territorios próximos y lejanos. Cuántas toneladas de materiales entran y salen cada día de ella. Cuánta energía emplea de modo directo e indirecto. Conocer nuestra huella ecológica, la de nuestro pueblo y la de nuestra escuela. También es necesario estudiar las redes de interdependencia más allá de nuestras fronteras, así como los grandes desplazamientos de materiales, energía y residuos. Continuaremos en siguientes entregas. 

 

Fuente Principal de Referencia: Convivir para perdurar (Santiago Álvarez Cantalapiedra, coord.), Capítulo "Educar en el Antropoceno", Comisión de Educación de Ecologistas en Acción de Madrid

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