Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Un marco de leyes ecosistémicas que reconozcan la realidad de nuestra existencia, que los humanos somos Naturaleza, partes de una red de la vida interdependiente, en la que cuando la Naturaleza prospera, nosotros prosperamos. Reconocer los Derechos de la Naturaleza modifica el paradigma actual, invirtiendo la estructura de leyes que amenazan a la Naturaleza y la tratan como un objeto separado de nosotros, lo cual es la raíz del problema, reconociéndola como un sujeto de ley, igual que nosotros los humanos y las corporaciones
Mientras el pensamiento del SumaK Kawsay es colectivo, contextual, sistémico e histórico, el pensamiento que ha favorecido occidente es individual, universal, fragmentado y a-histórico. Quien piensa es el individuo y en él descansa la potencialidad de la emancipación. El individuo es configurado como totalidad. Pensar, investigar, aprender, escribir, es una actividad individual. El ego cogito es el fundamento de su epistemología. La sociedad del capital se ha desarrollado “muy bien” dentro de dicha lógica. Lo comunitario es discriminado, puesto bajo sospecha. La ciencia no es de pueblos sino de individuos que terminan trabajando y favoreciendo el interés de algunos individuos o grupos
Un puntal fundamental donde debe descansar la enseñanza orientada al Buen Vivir que tendríamos que implementar para nuestros escolares, para las nuevas generaciones, es lo relativo al cuidado. Hay que educar para cuidar. El cuidado es otra experiencia práctica esencial para la valoración de la vida y para la comprensión de la interdependencia. Todos necesitamos que nos cuiden, cuando somos niños, cuando somos ancianos, cuando estamos enfermos...Pero los cuidados también son fundamentales para que otras parcelas de la vida puedan desarrollarse con total normalidad. Desde este punto de vista, otorgar sentido educativo a los cuidados básicos es una práctica central para la sostenibilidad. Y no solo aplicado a personas: desde cuidar una semilla, limpiar el aula, consolar a una amiga que sufre o mediar en un conflicto, hasta experiencias más complejas como descubrir los trabajos invisibles que se realizan en el espacio doméstico o en el espacio educativo. Rehabilitar espacios vivos deteriorados, cuidar y rehabilitar relaciones humanas, son formas complejas de aprender a atender esa red que forma todo lo vivo, y que nos mantiene como humanidad dentro del contexto de la naturaleza. El sistema educativo no puede permanecer ajeno a ello. La educación debe ayudar a entender que sin cuidados no existiría nuestra especie, y cuál es la magnitud de tiempo, energía y dedicación que suponen; denunciar la escasa aportación a esos trabajos, sin los cuales no se puede vivir, que realizan ciertos colectivos sociales (hombres adultos en su mayoría); conocer la deuda de cuidados entre géneros, clases sociales y Norte-Sur; exigir el reconocimiento social y el reparto equitativo y solidario del trabajo de cuidados, y valorar los efectos de la desaparición de estos trabajos. Pero es importante destacar que todo ello es incompatible con una educación clasista, pues un mensaje fundamental de la educación de cuidados es la intercambiabilidad entre servir y ser servido, cuidar y ser cuidado. Todos necesitamos que nos cuiden, y todos podemos y debemos cuidar. Servir y ser servido son dos pliegues de la misma tela, y evidentemente, esto no casa muy bien con un modelo de educación clasista y elitista.
Es fundamental sacar a la luz todos los trabajos invisibles, a menudo realizados por mujeres, y capacitarnos para realizarlos corresponsablemente. Estar atentas y atentos a la fragilidad, a la dificultad, a la necesidad o al abuso, y responder con firmeza ante ellos. No han sido tan comunes dentro de los centros educativos las experiencias conscientes o sistematizadas de valoración de los cuidados entre los seres humanos. La cultura patriarcal los ha ocultado invariablemente, a pesar de que están en la base misma de la vida humana y social. Tenemos la urgente tarea de inventar fórmulas no ensayadas que coloquen esta experiencia imprescindible en el centro de la escuela. No hay equidad posible, ni sostenibilidad, sin participar, todos y todas, en los trabajos de cuidados. Pero comprender la vida también significa aceptar sus ritmos. Los ritmos de la vida con frecuencia son muy lentos, y eso choca frontalmente con el ritmo rápido y estresante de nuestra alocada vida. Sin embargo, esta lentitud es necesaria para que las transformaciones ocurran y los ciclos se cierren. El crecimiento lento, los cambios pequeños, nos acercan más a los modos de vida sostenible que los ritmos rápidos y los fuertes contrastes comunes en nuestro entorno urbano y virtual. Las largas distancias, las modas o la obsolescencia programada, por citar algunos ejemplos, impregnan nuestras vidas cotidianas, sin darnos tiempo a saborear y a disfrutar de ciertas actividades. La educación, en este sentido, debe enseñar a esperar y a distinguir pequeñas transformaciones. La experiencia de vivir en lentitud, de disfrutar de una comida, de un paisaje, de la lectura de un buen libro o de una buena conversación, prácticas inusuales bajo esta cultura de la inmediatez imperante, puede traer valiosos e inesperados aprendizajes. Entre otros, el aprendizaje de la complejidad. Las granjas escuela, las aulas de naturaleza, los pueblos escuela, los laboratorios de biodiversidad, etc., son pruebas del reconocimiento de la naturaleza como maestra. Pero suelen estar alejados y convertirse en experiencias puntuales e infrecuentes.
Y es que no es fácil en el entorno de las grandes urbes provocar a nuestros alumnos y alumnas experiencias de descubrimiento y convivencia con la naturaleza, pero quizá no sea imposible. Los estudios de insectos en pequeñas plazas aún no asfaltadas de pueblos o ciudades, el descubrimiento de "malas hierbas" que aparecen en las grietas o alcorques o los gorriones, ofrecen esta posibilidad. Trabajar la centralidad de la vida tiene por objeto descolgarnos del fuerte antropocentrismo de nuestra cultura, y asomarnos a "la democracia de lo viviente" (en expresión de Vandana Shiva), un sistema de gobierno de la tierra en el que el interés de todos los seres vivos (plantas y animales incluidos) cuenta a la hora de tomar decisiones. Otro de los valores que debemos potenciar en nuestros alumnos es la vinculación al territorio próximo. Una economía sostenible es una economía centrada en el territorio próximo, que se nutre de él y que invierte en él. Un territorio que nos ha de servir para habitar y para resolver las necesidades cotidianas. La vida se construye en el ámbito cercano. El movimiento horizontal masivo le cuesta muy caro a la naturaleza. Los ecosistemas se organizan en buena medida en proximidad. Los seres humanos también se organizaron así, utilizando materiales y productos cercanos y viviendo cerca de donde trabajaban hasta que la energía fósil posibilitó los desplazamientos lejanos. Con el transporte motorizado llegaron los aumentos disparatados de emisiones de gases de efecto invernadero, la fragmentación de los territorios debido a la enorme cantidad de carreteras de todo tipo que cuartean e impermeabilizan el territorio y la posibilidad de que las personas y las mercancías se desplacen cada vez más rápido y más lejos. Pero generalizar esta posibilidad no deja de ser una aberración. La cercanía devuelve al mundo humano una escala más humana. Un mundo que puede recorrerse a pie es más habitable. Una escuela para la sostenibilidad es una escuela que existe como territorio y en el territorio próximo, que se relaciona sobre todo con lo cercano, que intenta abastecerse de productos y recursos elaborados y obtenidos desde la proximidad, que es responsable de sí misma y que mantiene vivo su hábitat. La escuela cerca de la casa y próxima al espacio de juego, de compras, de salud, de ocio.
Más allá de las vallas de la escuela está el mundo del barrio, del trabajo, el mercado, las plazas...Es preciso salir y colaborar en estos espacios. Hemos de enseñar a nuestros alumnos y alumnas a participar de lo colectivo, a valorar lo común, a proteger lo público, a velar por lo comunitario. Apropiarse del territorio, conocerlo y ganarlo de modo que se convierta en un espacio seguro. Paseando las calles aprendemos que un peatón vale más que un coche. Paseando los parques aprendemos que las ciudades y los pueblos no deben estar pensados únicamente para las personas, sino también para los animales, para los árboles, para todo lo vivo. En la defensa del territorio físico de las calles y plazas nos jugamos la diversión al aire libre y el derecho al espacio público para todas las personas y los animales. En muchos espacios urbanos ya casi lo hemos perdido, y habrá que arrebatárselo a los automóviles. Recuperar el espacio público también implica desprivatizarlo, arrebatárselo a las miles de empresas que colocan sus anuncios y su publicidad, sus patrocinios y sus dominios en lugares que deben ser de todos. El Buen Vivir se basa en gran medida en recuperar y disfrutar los espacios públicos para todos. Los espacios naturales, cuando están próximos, suponen un recurso muy rico. Son espacios de reflexión, diversión, experimentación e indagación. Con sus ciclos aprendemos a medir el tiempo, con sus elementos vivos aprendemos la complejidad que supone crecer y nos acercamos a la diversidad de los seres vivos. La tierra en la que crecemos (jugando, investigando...) se convierte así en una referencia afectiva. Sólo de esta forma podremos llegar a albergar nuestro sentido de pertenencia a un territorio, y nuestra vinculación afectiva con él. Si está en peligro saldremos en su defensa, y aprenderemos a valorarlo. Por otro lado, vincularse al territorio también significa apropiarse del territorio mismo de la escuela. Ésta es un espacio físico en el que es posible poner en marcha tareas de mantenimiento y de transformación. Limpiar el jardín, decorar paredes, reparar averías, organizar eventos, hacerse responsables del mantenimiento...En vez de una escuela de la simulación y de la virtualidad, es necesaria una escuela del territorio físico real, una escuela con suelo, con tierra donde plantar y con paredes que pintar. También podemos referirnos aquí a abrir las puertas de la escuela y hacerla permeable. Invitar a entrar a las familias, a los amigos, a las asociaciones del barrio, a estudiantes de otras escuelas, a madres y padres...y a los objetos y noticias del mundo.
Y también ser conscientes de que el territorio en el que vivimos tiene límites, y lo que éste nos da, también: límites en el espacio, en los recursos, en la energía, en los tiempos, en los sumideros. Esta evidencia, a la que en muchas ocasiones la escuela y la cultura del desarrollo dan la espalda, es un aprendizaje imprescindible. En la escuela podemos aprender cómo desarrollar lo ilimitado que de verdad nos importa (el amor, el afecto, la risa, los aprendizajes, las experiencias...). Pero para los conceptos y recursos limitados, hay que conocer cuánto hay de cada qué, cuánto queda, a cuánto tocamos, cuánto quedará si seguimos como vamos, quién se queda con cuánto de cada qué...Cuantificar todos estos límites y comprender sus magnitudes son tareas fundamentales para el alumnado, así como traducir los grandes números a realidades comprensibles. Necesitamos hacer ya estos cálculos en la escuela, que nuestros alumnos y alumnas los aprendan y se sensibilicen con ellos, para que además puedan hacerlos también, de adultos, fuera de la escuela. En definitiva, es imprescindible formar a nuestros estudiantes en la cultura del territorio, para que aprendan a valorarla, a identificarse con él, a conocer sus posibilidades, a reconocer sus límites, a usar y reivindicar los espacios públicos, a valorar la cultura comunitaria...en una palabra, a practicar ciudadanía. Y estudiar el territorio, y por extensión la cultura de los pueblos que en él se han asentado y se asientan, conlleva también estudiar su cultura de proximidad, es decir, su folklore. Hemos de desmitificar esta palabra, despojarla del (posible) sentido peyorativo que pueda tener, y darle el auténtico significado que le corresponde: el del conjunto del patrimonio cultural de un pueblo: su música, sus costumbres, sus aficiones, sus tradiciones, sus adivinanzas, sus juegos, sus saberes ancestrales, sus ritos...en una palabra, todas sus manifestaciones culturales. Las escuelas hoy día forman en la cultura en un sentido muy general, pero muy poco en la cultura de proximidad, es decir, en la nuestra, en la de cada cual, en la de cada pueblo. Estudiar nuestra cultura es aprender también sobre nuestra historia, sobre nuestro pasado, para poder proyectarnos en el futuro. La escuela es el mejor sitio para conocerlo. Continuaremos en siguientes entregas.
Fuente Principal de Referencia: Convivir para perdurar (Santiago Álvarez Cantalapiedra, coord.), Capítulo "Educar en el Antropoceno", Comisión de Educación de Ecologistas en Acción de Madrid