Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Ojalá que la pandemia del coronavirus, como la peste en la Antigua Grecia, resulte un acontecimiento histórico que alcance a instaurar en la conciencia humana la inteligencia de la vida; que logre recodificar el silogismo aristotélico ´todos los hombres son mortales´, para recomponer la vida de Gaia, de la Pachamama. Para instaurar en el pensamiento a un nuevo silogismo: la vida es naturaleza/Soy un ser vivo/soy naturaleza
¿Y si la deudora es la Tierra? ¿Y si el préstamo lo hubiera estado haciendo la naturaleza? ¿No es esa una pelea donde, sea cual fuere el éxito de la lucha, estaríamos condenados a perder? «La Tierra es la herencia que dejan los hijos a los padres», dice la sabiduría aymara. Lo que implica que hay alguien que tiene derechos sin tener deberes. La deuda que tenemos con la Tierra nos la va a cobrar. Sin preguntarnos antes. No somos tan importantes para ella
Como habíamos adelantado en anteriores entregas, haremos a continuación una exposición más profunda sobre la consideración de otorgar derechos a la Madre Naturaleza, es decir, convertirla en sujeto de derechos, al más alto nivel, de forma consecuente a las teorías que venimos exponiendo. Tomaremos para ello como referencia el texto "Ecología, Economía y Ética del Desarrollo Sostenible", todo un clásico del gran experto Eduardo Gudynas, un referente mundial en el asunto que nos ocupa. La consideración de valores propios (intrínsecos) en la Naturaleza consiste en aceptar y asumir moralmente que las formas de vida que en ella se albergan revisten valores en sí mismas, valores independientes de las consideraciones que los humanos podamos hacer sobre ellas, derivando de dicho reconocimiento el hecho de aceptar que deben poseer derecho a desarrollar sus propios procesos vitales. Obviamente ha de darse una mediación humana en este hecho, en tanto somos las personas, los seres humanos, los que reconoceremos estos valores. Pero se reconoce que esa valoración está más allá de nuestra propia interpretación, y reside en los propios seres vivos. Por esa razón se denomina a estos valores como intrínsecos, ya que la esencia del valor es una propiedad inherente a los seres vivos. Todo ello, como veíamos en entregas anteriores, es el epicentro de la mirada biocéntrica que pretendemos aplicar, en contraposición a la mirada antropocéntrica que hemos practicado hasta ahora. Asumir por tanto que la Naturaleza es sujeto de valor implica por tanto abandonar la ética anclada en el antropocentrismo para migrar a esta nueva perspectiva, a este nuevo enfoque, a un prisma diferente que otorga valores a los seres vivos en su ambiente, de donde quedan incorporados los objetos inanimados en tanto son esenciales para mantener los procesos ecológicos. Esta valoración ha de alcanzar a todas las especies, incluidas las que nos parezcan feas o inútiles. Existen ejemplos de ese abordaje, como fue el caso de la detención por algún tiempo de la construcción de una represa de 120 millones de dólares en Tennessee (Estados Unidos) para salvaguardar a un pequeño pez endémico de esa zona.
La perspectiva biocéntrica, y el reconocimiento de valores propios, tienen profundas implicaciones para las estrategias en desarrollo sostenible. Difícilmente es aplicable a las posturas débil o fuerte (en su sentido economicista), pero es congruente con la versión superfuerte que defiende el Patrimonio Natural por una diversidad de valores. La defensa de la Naturaleza puede incorporar las justificaciones de la utilidad para el ser humano, pero además debe atender los valores propios de las especies vivas y sus respectivos ambientes (ecosistemas), generando derechos y responsabilidades. Las posturas éticas tradicionales afirmaban que los seres vivos son apenas depositarios de derechos otorgados por el ser humano, de donde en realidad son una extensión de una propiedad personal; en esta visión el centro de la discusión seguía en el ser humano. En cambio, los defensores de los derechos propios (el Buen Vivir se sitúa en esta perspectiva) sostienen que los seres vivos poseen valores intrínsecos que son independientes de toda valoración humana. Se admite que es el ser humano quien reconoce esos derechos, pero el centro de la discusión es otro: está en el propio valor intrínseco de las plantas y de los animales. Un segundo paso transita por ampliar estos derechos a un conjunto mayor de especies, y en lugar de enfocarlos en animales como individuos, sostener que es toda una especie la que los posee (identificándonos con las tesis de Aldo Leopold y sus seguidores, ya mencionados en el artículo anterior). En uno de los marcos legales más conocidos, el Acta de Especies Amenazadas de los EE.UU. de 1973, los intereses ecológicos prevalecen sobre los individuales. Allí se sentencia que las acciones que se lleven a cabo y las decisiones que se tomen no deben poner en riesgo "la continua existencia de una especie amenazada" ni deben "resultar en la destrucción o modificación del hábitat". Retomaremos a continuación un fragmento del documento "La ética del respeto a la Naturaleza", publicado originalmente en 1981 por Paul W. Taylor, cuya corriente de pensamiento también fue comentada e introducida en el artículo anterior de esta serie: "Al llamar biocéntrica a la teoría que voy a exponer, pretendo contrastarla con todas las visiones antropocéntricas. De acuerdo con éstas últimas, las acciones humanas que afectan al entorno natural y a sus habitantes no humanos son correctas (o incorrectas) según alguno de dos criterios: tienen consecuencias favorables (o desfavorables) para el bienestar humano, o son consistentes (o inconsistentes) con el sistema de normas que protege y da cuerpo a los derechos humanos".
Y continúa: "Desde este punto de vista homocéntrico, todos los deberes en última instancia tienen como objeto a los humanos y sólo a los humanos. Podríamos tener responsabilidades en relación con los ecosistemas naturales y las comunidades bióticas de nuestro planeta, pero en cada caso estas responsabilidades se basan en el hecho contingente de que el trato que damos a esos ecosistemas y biocomunidades puede promover la realización de valores y/o derechos humanos. No tenemos ninguna obligación de fomentar o proteger el bien de las cosas vivientes no humanas, independientemente de este hecho contingente. Un sistema biocéntrico de ética ambiental se opone a los homocéntricos precisamente en ese punto. Desde la perspectiva de una teoría biocéntrica, tenemos prima facie obligaciones morales con las plantas y los animales silvestres como miembros de la comunidad biótica de la Tierra. Estamos moralmente obligados (si lo demás se mantiene igual) a proteger o fomentar su bien por ellos mismos. Nuestro deber de respetar la integridad de los ecosistemas naturales, de conservar las especies en peligro y de evitar la polución ambiental procede del hecho de que es el modo en que podemos contribuir a dar a las poblaciones de las especies silvestres la posibilidad de lograr y mantener una existencia sana en estado natural. Existen estas obligaciones con las cosas vivientes debido al reconocimiento de su valor inherente. Y son obligaciones completamente adicionales y ajenas a las que tenemos con nuestros congéneres. Aunque muchas de las acciones que cumplen con un conjunto de obligaciones también cumplirán con el otro, hay aquí involucrados dos fundamentos diferentes de tales obligaciones. Su bienestar, así como el bienestar humano, es algo que debe lograrse como un fin en sí mismo". Como sabemos, esta propuesta ha sido defendida sobre todo por el filósofo noruego Arne Naess, quien abandonó su Cátedra de Filosofía en la Universidad de Oslo para, a la manera de Henry David Thoureau (filósofo norteamericano, considerado el padre de la desobediencia civil), vivir en una cabaña en los bosques nórdicos. Esta concepción apunta a una extensión de la identidad personal al entorno, donde se incorporan aspectos cognitivos, morales y relacionales del sí-mismo que se extienden a los demás seres vivos y el ambiente.
También es importante advertir que el concepto en cierta medida no es un invento reciente de los ambientalistas. Existen ejemplos similares en varias culturas indígenas (base originaria del Buen Vivir, que también hemos presentado en anteriores entregas), donde se construyen sus identidades bajo una estrecha relación con la Naturaleza. Para ellas, el "lugar", en su sentido etnológico, es a la vez parte de la identidad personal. Un ejemplo perteneciente a tierras latinoamericanas es el caso de los guaraníes, quienes al definirse a sí mismos (teko) lo hacen en referencia a un ambiente (teko-ha). El sí-mismo guaraní es un sí-mismo en la Naturaleza, integrado en ella, siendo uno con ella, aunque lamentablemente esa conceptualización fue destruida por la colonización cultural europea. En este caso, la construcción de la identidad personal se hace sabiéndose en relación con la Naturaleza. Ese vínculo se basa en reconocer que las personas no finalizan en el límite que les impone la piel, sino que ellas, nosotros, somos en realidad puentes o partes del entorno que nos rodea. Este pensamiento ecológico requiere, tal como sostuvo Paul Shepard unos 50 años atrás, de una nueva visión a través de los límites: "La epidermis de la piel es, ecológicamente, como la superficie de un lago o el suelo del bosque, no como un caparazón, pero sí como una delicada interpenetración. Ella revela el sí mismo ennoblecido y extendido, en vez de amenazado, como parte del paisaje y del ecosistema, porque la belleza y complejidad de la naturaleza son continuas con nosotros mismos" (Shepard, 1969). La idea del sí-mismo ecológico ha tenido una amplia acogida en algunos sectores del ambientalismo, mientras en otros ha contribuido a conformar una tendencia particular (la llamada Ecología Profunda, a la que ya hemos hecho referencia), y finalmente, ha despertado una viva polémica en el campo de la filosofía y de la ética ambiental. Bajo la perspectiva del sí-mismo ecológico, cada persona es parte de la Naturaleza, y ella es parte nuestra. Aún más, la propia realización como personas pasa a depender de la integridad y vitalidad del ambiente. Además de concebir a la Naturaleza como parte de nosotros mismos, el vínculo también actúa a la inversa, envuelve al entorno de parte de algunas de nuestras vivencias. Se siente a la Naturaleza enferma, se sufre por su dolor, se escucha su llamada, y se lloran sus muertes.
Por supuesto, este concepto no debe confundirse con una nueva forma de misticismo, al menos por tres razones. La primera de ellas, porque no alude a una disolución de la identidad de la persona en un todo. La individualidad se mantiene, pero en una diversidad, donde se da una relación de colectividad. La segunda razón es que el concepto de misticismo ha sido usado en contextos vagos y confusos; y la tercera, es que se refiere a estados de normalidad en la persona, y en su vida cotidiana, y no se busca alcanzar este nuevo self (yo-mismo) por medio de sus alteraciones. Tampoco debe alentarse otra confusión: el sí-mismo ecológico no reniega del sí-mismo individual, ni de la dimensión social que existe en su construcción. Es más, se rechazan aquellas visiones que intentan un estrecho vínculo con plantas o animales, ignorando la solidaridad con otras personas. Ese no es un sí-mismo ecológico en tanto su dimensión social está ausente, sino que más bien expresa una patología contemporánea de retraerse de la sociedad por incapacidad de vincularse colectivamente. La construcción de un sí-mismo ecológico requiere de un fuerte proceso de identificación con la Naturaleza, entendido como un proceso espontáneo, no racional (pero no necesariamente irracional) por el cual el interés de otro ser desencadena una reacción como si nuestros propios intereses y vivencias estuviesen afectados. Esto tampoco implica una identificación total de la persona en un objeto; no se excluyen los conflictos. Por ello, no se quiere decir que no se deban aprovechar aquellos animales o plantas indispensables para nuestra supervivencia, sino que debe hacerse desde la compasión con ellos, y en la solidaridad y equidad con las demás personas. En palabras más simples, esta identificación con el entorno es contraria a las estrategias de desarrollo cuya meta es la acumulación y el crecimiento; allí se desarticula el uso de los recursos naturales de fines básicos como la calidad de vida de las personas, y se los incorpora a estrategias de acumulación y ganancia. Bajo esta visión, en cambio, se les respeta hasta tal punto que encontramos en ellos valores por sí mismos, y les otorgamos un estatus de sujeto de derecho, para que precisamente los contextos legales obliguen a las personas a respetarlos. Continuaremos en siguientes entregas.