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Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.

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El falso relato sobre el Descubrimiento de América (III)

El falso relato sobre el Descubrimiento de América (III)
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Probablemente sólo los líderes espirituales sabían que aquél sería un día diferente para la aldea, y eso se comprobó cuando algunos guerreros se dieron cuenta de que algo nuevo y diferente estaba surgiendo en el horizonte del mar. Poco a poco fueron apareciendo banderas, grandes canoas, personas extrañas con costumbres también extrañas. Creímos así que el litoral y el continente indígena estaban siendo visitados, según nosotros, y «conquistados» para los que llegaban allí por primera vez...

Marcos Terena

...Quizás Cristóbal Colón y su gente hayan sentido una vanidad personal, un orgullo incomparable frente a su gobierno y a otros conquistadores, porque ellos eran los primeros en pisar tierra indígena; pero jamás pudieron, sin embargo, vivir lo suficiente para descubrir que todo aquello sería apenas el comienzo de una gran masacre social, cultural y espiritual de la historia. Un genocidio casi total en contra de pueblos que solamente vivían diferente, una forma de vida en donde había un sentimiento de vivir bien, respeto mutuo, equilibrio de relación entre viejos, adultos y niños, solidaridad y un gran amor por la madre tierra

Marcos Terena

En la entrega anterior nos basábamos en el artículo de Jorge Sancho titulado "La historia nunca prescribe", publicado en el digital Rebelion, para exponer algunas falsedades y malentendidos de la historia del "descubrimiento". Continuaremos aquí. El territorio de todo un continente fue reorganizado para servir a las necesidades del naciente capitalismo europeo. Durante años, varias generaciones de comunidades indígenas fueron explotadas y sacrificadas en las minas de Potosí o Zacatecas. La sobre-explotación económica colonial implicó un debilitamiento de las estructuras de auto-consumo indígenas, lo que a su vez afectó negativamente a la natalidad, y aumentó el terrible impacto de las epidemias llegadas desde Europa. Todo ello fue creando un perverso círculo vicioso de muerte y destrucción que perpetuó el impacto de la conquista durante los siglos venideros. Tal fue la voracidad y letalidad del Imperio Español en el Nuevo Mundo, que en poco tiempo ya no bastó solo con la población americana para mantenerla en marcha, y ya durante el siglo XVI fue necesario el traslado de importantes contingentes de esclavos africanos para realizar los trabajos más duros. Y así, condenados a la pérdida de identidad y a ser tratados como inferiores y subalternos por los herederos de los invasores, los pueblos amerindios llevan viviendo en una distopía los últimos 500 años. A esa distopía nosotros la llamamos pomposamente "Civilización". Una civilización que no solo no respetó lo que encontró, sino que sometió durante generaciones a los habitantes primigenios a un proceso de deshumanización y alienación brutal. No podemos estar orgullosos de ello. Y no podemos refugiarnos en los valores del mundo de entonces, porque hemos de juzgar los hechos bajo los parámetros del mundo de ahora. Sin embargo, desde los libros de texto hasta los reportajes, documentales y toda la pléyade de chascarrillos de la cultura popular, se intentan justificar todos los desmanes de la conquista y la colonización de América Latina. Veamos algunas de dichas justificaciones. 

 

Lo más frecuente y socorrido es argumentar que los castellanos/españoles no hacían nada que otros no hicieran en aquélla época: que el siglo XVI era una época cruel y violenta y que al fin y al cabo los portugueses, los ingleses, los franceses y los holandeses se comportaron de manera similar con los indígenas, y de hecho continuaron y profundizaron todo el edificio de colonización y expolio iniciada por la Monarquía Hispánica en el Nuevo Mundo. Tenemos que reconocer que esto es cierto. De hecho, no solo éramos brutos y salvajes con los indígenas, sino en nuestro patio interior: por aquélla misma época teníamos funcionando a la Santa Inquisición (que torturó y quemó en la hoguera a millones de personas), o se aprobaban brutales leyes de expulsión para gitanos y moriscos, que eran perseguidos, despojados de su identidad, torturados y esclavizados. Es cierto por tanto que aquélla época era así en todos sus rasgos y manifestaciones, pero ello no obsta para que sea bastante perverso argumentar que la generalización de un comportamiento antisocial disminuye su impacto, cuando es precisamente lo contrario. Por otra parte, el hecho de reconocer que los mimbres sociales de la época estaban basados en la crueldad y el vasallaje, es precisamente un motivo más para no enorgullecernos de ello, pedir perdón a los descendientes, y dejar de estudiar aquellos terribles hechos como gestas y hazañas heroicas. Por otro lado, como destaca Jorge Sancho, siempre sale a colación, especialmente en el caso de México, el hecho de que los Aztecas eran gobernantes brutales que practicaban sacrificios humanos y mantenían sojuzgados a multitud de pueblos mesoamericanos, cuya colaboración resultó indispensable para la victoria de Hernán Cortés. Dejando a un lado el hecho de que a lo largo de la historia todos los conquistadores, incluso los más siniestros, han contado con colaboradores entre las poblaciones sometidas para implementar y sostener su dominio, aquí la cuestión fundamental es que la situación de los amerindios no mejoró con la conquista, sino que empeoró de manera evidente y significativa para la inmensa mayoría de ellos, y esta situación de subordinación se prolongó durante siglos. 

 

El siguiente factor justificante lo explica Jorge Sancho en los siguientes términos: "En un intento de seguir diluyendo las responsabilidades por los efectos de la conquista y colonización española, se argumenta también que la agresión contra los pueblos originarios continuó (e incluso se intensificó) tras la independencia de las Repúblicas latinoamericanas a principios del siglo XIX. El cinismo de este argumento no tiene límite; es como si en el caso de una mujer que es maltratada por sucesivas parejas, la persistencia del maltrato exonerara automáticamente a los maltratadores previos a tal punto que casi debemos agradecer la actitud paternalista del maltratador original (probablemente un familiar) pese a que es el principal responsable de haber destruido la autoestima de la víctima, dejándola indefensa ante futuros abusos". Bien, llegamos ahora al argumento estrella, que puede enunciarse como: "¿Y qué pasa con los Romanos?". Es quizá el más utilizado comúnmente por la mayoría de la población, que simplemente estira hacia atrás en el tiempo los desmanes llevados a cabo por Imperios anteriores en la historia. Bien, ante este argumento también tenemos que hacer un par de precisiones. En primer lugar, la comparación histórica entre el proceso de Romanización y la conquista de América es completamente inadecuada. Veamos porqué: obviamente la invasión romana de la Península Ibérica implicó un alto grado de violencia (la "pacificación" de Hispania se prolongó durante más de 150 años), y también es cierto que la extensión de la esclavitud y el expolio de los recursos naturales por parte del Estado romano fueron importantes. Pero aquí terminan las similitudes entre ambos procesos: por un lado, el grado de mortandad entre la población indígena, tanto en términos absolutos como relativos, no es comparable. Por otro, mientras que en la Hispania romana se fue extendiendo progresivamente la ciudadanía igualitaria hasta alcanzar eventualmente a todos los hombres libres (integración política que se demuestra por la existencia de importantes Emperadores de origen hispano como Trajano, Teodosio o Adriano), en la América Hispana se estableció un estricto sistema de castas indiano en el que la raza era el principal elemento de estratificación social, y que impidió la integración entre la "república de los españoles" y la "república de los indios". Básicamente, son éstos los argumentos que se esgrimen falazmente para tratar de disculpar nuestra aberrante acción con la Conquista. 

 

Un "hecho diferencial" fundamental del proceso de la Conquista fue la bárbara política religiosa empleada en el Nuevo Mundo. En efecto, esta intolerante política religiosa aplicada por los conquistadores contra los pueblos originarios americanos tenía por objeto completar el expolio de metales y tierras con la destrucción de la espiritualidad y la cultura indígenas, para así poder justificar mejor las conquistas y debilitar la resistencia de los supervivientes. Hemos de partir de la base de que los Reyes Católicos (y los demás monarcas que les sucedieron, aunque en menor medida) eran fanáticamente religiosos, hasta tal punto de colocar como consejeros personales a los más altos jerarcas de la Iglesia, y entender dicha colonización espiritual como una auténtica Cruzada. No son de extrañar por tanto tales prácticas con los amerindios, teniendo en cuenta que castellanos y portugueses no hicieron sino continuar su cruzada contra el Islam occidental en los territorios de ultramar. Pero deberíamos ser conscientes de que en los tiempos pretéritos ya existían otras políticas religiosas alternativas a las de la conversión forzosa de las población sometidas: por ejemplo el sincretismo de la religión cívica romana, la coexistencia existente bajo el Imperio Mongol, o incluso, la relativa tolerancia con la que en Al-Ándalus, algunos siglos antes, se trataba a los mozárabes. Francamente, en estas comparaciones los españoles no salimos muy bien parados. Y como Jorge Sancho señala, otra de las "singulares virtudes" de la colonización española sería la del mestizaje. Pero hace falta tener una memoria muy selectiva para no querer ver que un mestizaje impuesto en condiciones de absoluta desigualdad (emparejamiento de hombres blancos con mujeres indígenas) implicas un alto grado de violencia sexual contra las mujeres indígenas. Por otra parte, la cultura de lo mestizo ha servido también para invisibilizar a los pueblos originarios hasta la actualidad, puesto que el "encuentro entre dos culturas" siempre se ha dado en condiciones asimétricas, dado que las diversas repúblicas americanas han continuado hasta el presente con la tradición colonial de mantener a sus pueblos originarios en situación subalterna y discriminada. 

 

No obstante todo ello, hay que resaltar que los pueblos originarios de Abya Yala no fueron simplemente testigos impasibles de un destino inexorable, sino que también ejercieron su resistencia durante siglos. Con la Conquista comenzó también la propia resistencia indígena, que fue una constante durante todo el período colonial (y más allá): desde Guaicaipuro a Tupac Amaru, pasando por la gesta de los Mapuches. De hecho, el que algunos de estos pueblos hayan resistido y conservado su cultura ancestral hasta nuestros días (ya de por sí un ejemplo de resiliencia para todo el género humano) debería hacernos reflexionar a los españoles muy seriamente sobre cómo nuestras acciones del pasado repercuten hasta el presente (un presente, dicho sea de paso, en el que las grandes corporaciones españolas siguen depredando y expoliando América Latina). La Monarquía hispánica jugó un papel de primer orden desde el siglo XVI para la configuración del mundo capitalista en el que vivimos. Y para ello, grandes convulsiones políticas y sociales tomaron a los pueblos originarios americanos como conejillos de indias (nunca mejor dicho) para probar los experimentos de sumisión y despojo coloniales. En perspectiva histórica, está muy claro que España ha ganado bastante más que América Latina del período colonial, aunque solo fuese porque gracias a la extensión de nuestro idioma, el castellano, por el Nuevo Mundo, nuestro país puede gozar en la actualidad de una destacada proyección internacional, y actuar como amigo y mediador entre el mundo latinoamericano y el mundo europeo. Pero reconocer estas realidades históricas no puede conducirnos a una lectura injusta de los hechos acontecidos durante la Conquista, donde el componente destructivo (humano y cultural) y expoliador (de territorios y recursos naturales) fue predominante. Éste es el relato, diferente como vemos al relato dominante que nos influye desde pequeños. Y nuestra actitud, por tanto, en vez de tan arrogante y displicente, ha de ser mucho más comprensiva y justa, entendiendo en su contexto los hechos históricos que sucedieron, pero nunca justificando ni haciéndonos cómplices de todo aquél horror. Continuaremos en siguientes entregas.

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