Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Vivimos en efecto, una crisis del modelo de desarrollo dominante, destructor de los ecosistemas y de las sociedades. La razón profunda se encuentra en la “ontología” de Occidente y en su visión lineal científica y tecnológica de la historia, que considera a la naturaleza como una serie de elementos separados (recursos naturales) e impone una visión antropocéntrica (utilitarista) del desarrollo
Globalmente encuentras más satisfacción en el uso de las cosas que en su posesión
Venimos comentando desde hace un par de artículos atrás toda la serie de condicionantes que pueden actuar para que, aún con toda la evidencia científica que existe sobre el advenimiento de un colapso civilizatorio, la mayoría de las personas todavía no se lo crean. Lo cierto es que cuando los negacionistas del colapso (del caos climático y del agotamiento de los combustibles fósiles, que son en el fondo los mismos) acusan a la comunidad científica de "alarmista" en todos los foros donde pueden, saben perfectamente lo que están haciendo. Saben que están invocando los más atávicos esquemas psicológicos, así como reforzando los esquemas mentales imbuidos por el capitalismo, y ya comentados en anteriores artículos. Lo saben muy bien. Básicamente el negacionismo apuntala dichos esquemas mentales, nos sirve para excusarnos en ellos y para reforzarlos, para darles vías de escape y continuidad. Negamos el problema y además nos refugiamos en prejuicios adquiridos, y buscamos afirmación en quienes siguen la corriente dominante, que son por desgracia la mayoría. Y como nos explican en el artículo de referencia, todo ello lleva implícita una carga emocional importante. De ahí que los debates sobre si dar a conocer la verdad o suavizarla han sido muy intensos no solo en la comunidad científica, sino también en la clase política (éstos últimos por miedo a perder votos). Pero esta táctica es continuar con el engaño: debemos, desde la atalaya donde nos toque hacerlo, contar toda la cruda realidad sobre el asunto, tal como estamos haciendo en este Blog. Solo esta actitud nos puede conducir a movilizarnos en favor del desarrollo de un plan creíble, valiente, ambicioso, viable, participativo e internacionalista (aunque esto último ya no depende de nosotros). Y así, hemos dejado a los negacionistas conseguir su objetivo, que no es ni siquiera negar la evidencia, sino "sembrar dudas". Han conseguido que sobre el cambio climático, todos tengamos una opinión, como si la teoría de la relatividad pudiera ser objeto de debate filosófico. Han conseguido relativizar tanto las advertencias y estudios científicos sobre el asunto, que hoy día todo el mundo habla de ello, pero la mayoría sin creérselo, o si se lo creen, a continuación apostillan que "ya inventarán algo" para remediarlo. En fin, creo haber mostrado a mis lectores y lectoras, con esta breve exposición, el conjunto de las principales motivaciones y circunstancias que intervienen en la poca credulidad que sobre el colapso civilizatorio posee el conjunto de la población mundial.
Para verlo desde otro punto de vista (nos basamos ahora en el estupendo artículo "Mensaje en una botella" del Blog "The Oil Crash"), hemos de situar el papel de la energía en las sociedades en sus justas dimensiones. La energía no solo es un concepto físico y económico, sino que también cultural. ¿Por qué hemos hecho crecer nuestro PIB (y también los de otras naciones) durante largos años, décadas incluso? Porque cada año teníamos más: hemos tenido más comida, más agua, más energía, más coches, más electrodomésticos...Durante años hemos vivido una especie de tiempo "glorioso", un sueño de "progreso" continuo y rápido al que nos hemos venido acostumbrando. Poco a poco hemos olvidado los parámetros de un mundo pasado donde las cosas iban más lentamente y la vida era más difícil. Dichas apropiaciones capitalistas del "bienestar" acapararon nuestros modos de vida y nuestras costumbres, y pensamos que teníamos garantizado este modelo de vida, que teníamos "derecho" a ello. Se nos fueron imponiendo unos valores que fuimos asumiendo con normalidad, y unos comportamientos que consagraban dichos valores. Pero mientras nuestro "progreso" material se aceleraba también lo hacía nuestro consumo de materias primas, de todas ellas: carbón, petróleo, gas, uranio, hierro, cobre, aluminio, oro, plata, litio, estaño, cobalto, fosfatos, coltán...Al hilo de esa falaz forma de progreso, necesitábamos cada vez más cosas para poder fabricar más, y cada vez mejores y más rápidas. La publicidad, la obsolescencia programada y los sistemas de crédito contribuyeron también a la extensión de todo este modo de vida distópico y aberrante. Fuimos engañados también aquí, porque no nos contaron un detalle fundamental: el planeta y sus recursos son finitos, terminan, se acaban. Y ya no hay más. Así que tales modos de vida solo pueden durar un tiempo, hasta que dichos recursos se acaben. Claro, esto no ocurre de un día para otro, pero el cataclismo que su agotamiento provoca en nuestras sociedades hace necesario que vayamos advirtiendo de ello algún tiempo antes, algunas décadas o años antes de su fin. Y este es otro factor añadido por el que la mayoría de la gente tampoco se lo cree. Sus esquemas mentales rechazan la idea de que estos minerales y recursos naturales puedan agotarse. Influyen también mucho en ello los conceptos erróneos que se vierten en determinados medios. La confusión más típica es identificar el "pico" de un recurso con su agotamiento. Veamos la diferencia.
En general, el pico de extracción de un recurso es el momento a partir del cual el flujo que se puede obtener de él alcanza el máximo y empieza a descender. Por tanto, el cénit o pico del petróleo (lo podemos extrapolar a cualquier otro recurso natural) no significa su agotamiento, sino que designa el momento a partir del cuase alcanza la mayor tasa de extracción de petróleo global para después entrar en declive rápidamente, ya que comienza a costar más extraerlo que lo que se obtiene, y comienza a ser mucho más difícil encontrar nuevos yacimientos. No significa por tanto que entremos de un día para otro en una situación de desabastecimiento, pero sí que comienza la progresiva y definitiva caída de dicho recurso. Así que a principios del siglo XXI, con reservas de estos combustibles y recursos naturales aún para varias décadas, comenzaron los mensajes de previsión de picos para un montón de ellos. De hecho y entre muchos otros, el cénit de producción del petróleo se produjo en 2005, el del carbón en 2011, el del uranio en 2015 y el del gas natural se producirá en 2025, aproximadamente. Bien, la siguiente pregunta sería: ¿ha actuado en consecuencia la comunidad internacional, enfrentando estos picos de recursos naturales, haciendo decrecer la producción y adaptándonos a otros modos de vida y a otros modelos de negocio? La respuesta se nos ofrece clara y cristalina: NO. La resistencia cultural capitalista a algo tan científico, empírico, demostrable y concluyente ofrece un vigor increíble. Y es que décadas de enseñanza económica en las Facultades de las grandes Universidades del mundo, todas cortadas por el mismo patrón (léase la Escuela de Chicago, es decir, la economía neoliberal pura y dura) no permitían que nuestros expertos económicos, los asesores de las grandes corporaciones y los Gobiernos pudieran entender un concepto tan sencillo. A ello hay que sumar la profunda inercia de las propias instituciones que hemos creado, y las resistencias a "perder" nuestros hábitos adquiridos y modos de vida imperantes. ¿Qué hemos hecho, entonces? Pues aunque parezca ridículo, negar la evidencia científica, de nuevo. La inercia, los esquemas mentales dominantes, la imposibilidad de aceptar que no podemos seguir creciendo, la falsa identificación del bienestar con el crecimiento económico, nos hace continuar por la misma senda. Algunos tibios pasos de concienciación se han hecho en las diversas Cumbres climáticas que se han celebrado durante los últimos años, pero nada más.
El ejercicio es conectar todo ello, como venimos haciendo siempre en esta serie de artículos, con el Buen Vivir. Tenemos que comprender que tenemos que cambiar, que es toda nuestra base social, económica y cultural la que tiene que cambiar no solo para asumir los hechos científicos que estamos contando, sino para asumir psicológicamente otros marcos mentales, otras formas de vida. Toda la sociedad ha de cambiar, porque tenemos que organizarnos de otra manera. Porque si realmente comprendemos lo que pasa, el problema se reduce a un problema de esfuerzo y de cambio, de evolución y revolución de nuestras vidas hacia otros esquemas y conceptos. Toda esa filosofía económica predatoria de la Naturaleza, extractivista, consumista y explotadora, es la que nos ha conducido hasta aquí, y lo hemos permitido porque ha venido abanderada por esos grandes conceptos de "riqueza", "bienestar", "progreso" y "desarrollo". Si somos capaces de desescalar estos conceptos, de reapropiarnos de ellos mediante otros significados, entenderemos que realmente hemos sido engañados. Tenemos que preservar la energía, para ir "colapsando mejor", lo que implica no solo suavizar dicha caída energética, sino ir paulatinamente adaptando nuestros modos de vida a estilos menos consumistas, menos derrochadores, más simples y frugales. Hemos de cultivar de manera sostenible, sin esquilmar los terrenos. Tenemos que organizar la producción de los bienes necesarios, pero sin malgastar nada, ni materiales ni energía. Justamente de eso trata el Buen Vivir. Pero lo volvemos a repetir: este Buen Vivir implica revalorizar otras cosas que hasta ahora no hemos valorado, vivir con menos, adaptarnos al entorno, valorar a la propia Naturaleza de forma intrínseca, valorar a la propia comunidad humana, desechando los conceptos capitalistas de la agresiva competencia, y sustituyéndola por la cooperación y el apoyo mutuo. Dejemos de engañarnos: continuar por el camino actual supone el suicidio como especie, al terminar por destruir completamente las condiciones materiales para que se reproduzca la vida. Agotar los recursos naturales no implica solo quedarnos sin tal o cual componente para fabricar tal o cual dispositivo, sino eliminar de la Naturaleza uno de sus condimentos, de sus ingredientes, sin los cuales no pueden mantenerse los ecosistemas y las formas de vida que en ellos se albergan.
La otra pregunta que podemos hacernos es la siguiente: si no reaccionamos...¿qué nos puede pasar? Está claro que el colapso civilizatorio (no del planeta, sino de la propia humanidad, en diversas escalas, ritmos y niveles), pero esto también ha sido estudiado por diversos autores, dada la complejidad del asunto. Tenemos datos concretos acerca de cómo ha sido el colapso en sociedades del pasado, pero nuestras sociedades actuales poseen niveles de complejidad mucho mayores. Está claro que algunas de sus consecuencias serán una menor capacidad de satisfacer las necesidades sociales, por parte de un mercado que se irá descomponiendo (al menos en su faceta globalizada, de ahí que aboguemos por los mercados locales y de proximidad) y de un Estado que será incapaz de sostener el conjunto de los servicios públicos tal y como se construyeron durante la segunda mitad del siglo XX, con el famoso "Estado del Bienestar". ¿Cómo encajarán todo ello los individuos de las clases medias o altas que no estén dispuestos a perder sus privilegios? Estos sujetos son hijos del capitalismo más descarnado, y se caracterizan por el individualismo, la agresividad y el miedo, que son sus motores fundamentales. Parece lógico pensar que la insatisfacción, el individualismo, la desigualdad, el miedo al diferente, la desorientación social, las democracias débiles o de baja intensidad, unido a la imposibilidad de mantener los niveles de vida y los modos de organización económica y social imperantes en la actualidad, formarán un peligroso caldo de cultivo para una suerte de fascismo social que habremos de evitar por todos los medios a nuestro alcance. No podemos esperar a llegar al estado de desesperación social de las masas, situación extremadamente peligrosa y difícil de controlar. Las incitaciones al odio y al miedo podrán hacerse más frecuentes y violentas. Las masas desorientadas, mal informadas, intoxicadas, que no comprenden lo que está sucediendo, son más fácilmente manipulables con discursos demagógicos que orienten su rabia y frustración hacia los sectores más débiles de la población. Podremos evolucionar hacia sociedades más polarizadas, donde la competitividad arreciará. Será necesario un profundo reparto de la riqueza, del trabajo y de los beneficios, para provocar en la población una situación de mayor resiliencia frente al Estado y los mercados. En un contexto de fuertes desigualdades y de descenso de los recursos disponibles, solo un reparto radical de la riqueza permitirá esquivar altos grados de sufrimiento social, que alienten en la población el instinto hacia salidas desesperadas. Para conseguir todo ello hay que proyectar esperanza en el futuro, capacidad de unión en la población, sentido de comunidad, y empatía social colectiva. Continuaremos en siguientes entregas.