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Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.

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El falso relato sobre el Descubrimiento de América (IV)

Ilustración: Libro "América indígena 1491 - Una nueva historia de las Américas antes de Colón" de Charles C. Mann

Ilustración: Libro "América indígena 1491 - Una nueva historia de las Américas antes de Colón" de Charles C. Mann

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La historia imperial española denigra los pueblos indígenas calificándolos de “salvajes”, “paganos”, “depravados”, “caníbales”, “herejes”, “hijos del demonio que realizaban sacrificios humanos” para de esta forma tan artera justificar los crímenes de la conquista y colonización del “nuevo mundo

Carlos de Urabá

En Octubre de 2018 Carlos de Urabá, de quien hemos tomado la cita de entradilla, escribió un fantástico artículo titulado "12 del patíbulo de 1492 ¿Cómo blanquear la leyenda negra?", publicado inicialmente en el sitio web de Laicismo.org, donde describe (muy resumidamente por supuesto, pues el detalle profundo sobre el tema abarcaría sin duda varios tomos de una enciclopedia) básicamente las terribles prácticas del genocidio hispano en tierras americanas, así como la tergiversación frecuente que se hace de la historia real. Tomaremos como referencia dicho artículo a continuación, presentando lo fundamental que aporta. Advertimos de que en todo lo que vamos a contar no hay exageración alguna, sino todo lo contrario: la realidad debió ser aún peor. Comienza con el siguiente párrafo: "Los descubridores con arrojo y valentía vencieron los peligros del mar de los Sargazos y desembarcaron en esas playas vírgenes cometiendo un vil acto de piratería --que luego transmutaron en una heroica odisea--. Los adelantados tomaron posesión de las míticas tierra de Cipango --la isla recubierta de oro-- y Catay --la cuna de los sultanes de las Mil y Una Noches--, hundiendo el estandarte real con el águila de San Juan y las armas de Castilla y Aragón. Y entonces el verbo se hizo carne". Los apoyos papales fueron cruciales para consolidar la Conquista, y así, gracias a las Bulas Alejandrinas los reinos castellanos recibieron por donación de la Santa Sede apostólica de los justos y legítimos títulos de Señor de las Indias Occidentales, islas y tierra firme del mar océano. En concreto, la Bula del Papa Alejandro VI decretaba textualmente: "...le damos, concedemos y asignamos a vos rey de Portugal y reyes de Castilla y de León, a vuestros herederos y sus sucesores; y damos, constituimos y deputamos a vos, a dichos vuestros herederos y sucesores de ellas, con libre, llano y absoluto poder, autoridad y jurisdicción". Y así los extranjeros cristianos despojaron a sus legítimos propietarios esas tierras ignotas a las que llamaron equivocadamente como "las indias". Como ya avanzamos en el artículo anterior, se produjeron durante las décadas siguientes brutales ataques bacteriológicos a la población nativa, todos ellos importados de Europa, que inocularon la peste, el cólera, la viruela, el sarampión, la tosferina, las paperas o la gripe, virus desconocidos que aniquilaron poco a poco a buena parte de los 60 millones de indígenas durante el período de la conquista y colonización. 

 

Para los colonizadores, fanáticos religiosos como ya hemos comentado, en esta inmensa cruzada "civilizadora" intervino la mano de Dios, pues según ellos, el supremo hacedor eligió a los hijos del Imperio Español para expandir la fe cristiana sobre la faz de la tierra. La versión del relato que ha llegado hasta nosotros es que esos hombres buenos y piadosos asumieron el reto de redimir a millones de gentiles, paganos idólatras y sanguinarios antropófagos que adoraban al sol, a la luna y a las estrellas, y que estaban perfectamente integrados y armonizados con la naturaleza que les rodeaba. De hecho, los nativos tuvieron que aprender a la fuerza el español (castellano entonces), la lengua oficial del Imperio, además de aceptar la religión cristiana, católica y apostólica, renegando de sus heréticas creencias. Por la fuerza, esas tribus hostiles, de cuerpos desnudos concebidos en pecado mortal, tuvieron que aceptar a sangre y fuego una nueva religión que predicaba unos mitos procedentes de Oriente Medio condensados en la Biblia (Adán y Eva, Abraham, Moisés, la Virgen María, el dogma de la Santísima Trinidad, o Jesucristo, el hijo único de Dios que murió en la cruz), completamente ajenos a la realidad histórica, social y cultural de ese continente. Pero como venimos contando, estos cínicos argumentos no son más que una forma burda de escabullirse de sus gravísimas responsabilidades históricas, pues los europeos olvidan intencionadamente su macabro prontuario: las Cruzadas, las terribles guerras de religión y dinásticas que dejaron miles y miles de muertos; el exterminio criminal de poblaciones enteras acusadas de herejía por el poder vaticanista de entonces, como es el caso del genocidio albigense o Cruzada Cátara, la caza de brujas, o las persecuciones de musulmanes, judíos o gitanos. Sin olvidar por supuesto la peor de todas, la Santa Inquisición, exportada al Nuevo Mundo por la Corona española, que sometía a los acusados a las más execrables torturas: el potro, el castigo del agua, aplastar pulgares, la pera vaginal, oral o anal, la garrucha, la cuna de Judas, la doncella de hierro o la sierra. El sadismo españolista no conocía límites pues gozaban con el dolor ajeno ejecutando a los condenados en las hogueras o aplastando sus cuellos mediante el garrote vil...Por cierto, ¿no se les enseñan estas instructivas prácticas a los estudiantes cuando se les narran las "heroicas hazañas" de la conquista?

 

Explica Carlos de Urabá: "Según los inquisidores el Nuevo Mundo (al que comparaban con el paraíso terrenal) estaba poseído por satanás y era necesario exorcizarlo. De ahí la incesante represión monárquico-papista, una persecución cruel y despiadada que pretendía extirpar las idolatrías, inmolar a los sacerdotes, destruir los adoratorios, templos y deidades, quemar los códices y libros sagrados con el objetivo de borrar cualquier vestigio de esos cultos que calificaban de "supersticiones del averno". Con perros de presa los verdugos capturaron a esos indios salvajes a los que marcaron con hierros candentes para luego domarlos a latigazos igual que se hace con los potros ariscos". El desprecio de los "conquistadores" fue total y absoluto. Los invasores aseveraban que los indígenas pertenecían a un sustrato pre-humano: eran ágrafos (no conocían la escritura), no conocían la rueda, ni el hierro, ni la pólvora, ni demás adelantos tecnológicos de la época. Despectivamente los calificaron de "razas inferiores", relegadas a la edad de piedra, salvajes sin alma susceptibles de ser redimidos por obra y gracia del espíritu santo. Con la más absoluta prepotencia y arrogancia, los conquistadores impusieron a la fuerza sus leyes y principios a los nativos; el respeto y obediencia debida a la jerarquía, a los nobles, a los aristócratas, a los castellanos viejos o hidalgos (el estamento clerical-militar), ante los cuales los nativos debían descubrirse y bajar la mirada ante sus señorías o vuesasmercedes (tal era el tratamiento de la época a dichas personalidades). Por su parte, los frailes doctrineros, pertenecientes a las órdenes mendicantes tales como los franciscanos, dominicos, agustinos, jesuitas, etc., se lanzaron a la magnánima empresa de la evangelización de los gentiles. A los conversos se les obligó a aprender la lengua para hablar con Dios, se les bautizó con nombres y apellidos cristianos inspirados en el santoral o en honor a sus padrinos españoles, porque era necesario dotarlos de identidad y legalidad. Así mismo, había que pagar las indulgencias plenarias para ganarse el cielo y expiar los pecados: confesarse y arrepentirse en un acto de contrición y propósito de enmienda ("Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa..."), autoflagelándose presas del éxtasis místico. 

 

Sin duda ninguna, el año de 1492 y los venideros marcaron un antes y un después en aquélla civilización indígena. Es lo que nos dice el falso relato que se enseña en las escuelas: "antes solo reinaba la oscuridad, la ignorancia, la brutalidad y el bestialismo, no existían sentimientos humanos de cariño, ni amor, las madres como las perras criaban a sus hijos, los padres eran lo más parecido a engendros maléficos. Hasta que el padre eterno dijo: "hágase la luz, y la luz fue hecha". Los colonos españoles se negaban a trabajar, porque como se afirma en el Antiguo Testamento: "el trabajo es un castigo de Dios" (Génesis, 2:15), de ahí que la explotación de las haciendas, plantaciones o minas recaía en los siervos y esclavos (indígenas y negros) bajo el control de un capataz que se encargaba de disciplinarlos a latigazos y rendir cuentas (que generalmente alcanzaban el superávit, lo cual explica cuán fácil era hacer fortuna haciéndose "indiano", es decir, viajando a las indias, haciendo allí fortuna, y luego regresando a España). De esa forma, proliferaron los aventureros y hacedores de fortuna. La máxima aspiración de los mismos era adquirir un blasón de nobleza otorgado por su majestad el Rey como premio a los servicios prestados a la Corona allende los mares. Dichos servicios estaban normalmente relacionados con las campañas militares contra los gentiles (paganos o razas inferiores que representaban un obstáculo para la civilización). El asunto del mestizaje también tuvo su aquél. Carlos de Urabá lo explica en tono irónico: "La conquista y colonización de las indias la hicieron los hombres (con la excepción de un número reducido de mujeres) y por lo tanto, esos rudos hombres tenían que satisfacer sus instintos básicos y no les quedó más remedio que "relacionarse" con las nativas. ¿Quizás cortejaron a las indias, las enamoraron, les brindaron flores y poesía? ¿Aunque no hablaran su lengua les cantaron versos y luego les pidieron su mano a sus padres para unirse en matrimonio?¿Las consideraron sus legítimas esposas o simplemente como objetos para su placer? Una relación completamente desigual entre unos seres sobrenaturales (¿dioses?) que las sometieron a la fuerza para complacer sus bajos instintos. Sus mercedes se reservaban los mejores harenes de concubinas y barraganas para fornicar a su libre albedrío". 

 

El mestizaje, en efecto, se forjó en esos execrables crímenes sexuales que cometieron contra niñas, adolescentes, jóvenes, mujeres maduras o madres, que para siempre quedaron impunes. Pero el relato oficial dominante, el difundo a través de siglos, nunca habló de violaciones, sino de uniones amorosas bendecidas por la Santa Madre Iglesia. Sin embargo, la realidad era bien distinta: la historia de los nobles peninsulares y de los criollos es una historia de patriarcas machistas y misóginos. A las mujeres se les relegaba a los trabajos del hogar, no tomaban decisiones y eran sistemáticamente discriminadas siguiendo los preceptos bíblicos de sumisión y obediencia debida a su padre o esposo. De hecho, aún durante el apogeo del franquismo, la Sección Femenina (el organismo del régimen dedicado a tal fin) divulgaba dichos atroces preceptos a las mujeres de la época. Las mujeres de aquéllas generaciones aún vivas lo recuerdan perfectamente. Los "indianos" de la época pertenecían a perfiles diversos, porque en este viaje transatlántico solo viajaban hombres, los hombres más rudos, los más fuertes y aguerridos, muchos de ellos delincuentes que iban a redimir sus penas a las Indias, pero también moriscos renegados, judíos fugitivos, reos liberados, y en fin, toda clase de hijos de la picaresca social de la época, donde imperaba el fraude, la corrupción, los sobornos y las malas artes, es decir, toda una pléyade de aventureros dispuestos a arriesgar sus vidas en una peligrosa travesía que muchas veces terminaba en tragedia. Pero era mejor eso que seguir soportando la misera y el vasallaje de una España feudal donde únicamente los hidalgos y aristócratas gozaban de privilegios, poder y prebendas. Se creó incluso la Casa de Contratación, una institución formada a tal efecto, para fijar un cupo y un pasaporte de limpieza de sangre para que no viajaran "herejes" a las Indias. Pero la picaresca propició que se comenzaran a difundir permisos clandestinos a gentes de dudosa reputación como moros, judíos y gitanos. A modo de curiosidad, se tiene noticia de que el primer prostíbulo del Nuevo Mundo se fundó en Santo Domingo en el año 1526 con el beneplácito del Rey Carlos I para atender a aquéllos aventureros y navegantes que, ávidos de compañía femenina, solicitaban la presencia de una moza que consolara sus cuitas de amor, tras sortear la larga travesía interoceánica. Continuaremos en siguientes entregas.

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