Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Habíamos anunciado que la siguiente gran fase del sistema era el Consumo, y aquí vamos a detenernos de nuevo para explicarlo con detalle, porque además es la fase que más nos toca directamente en nuestro comportamiento, y la más subliminal de todas. Podemos retroceder un poquito a la fase de Explotación de los Recursos Naturales, cuando decíamos que en el Tercer Mundo se explotan sus recursos por los países avanzados, simplemente porque consideran que, aunque dichas poblaciones hayan vivido allí durante siglos, no son dueños de sus propios recursos, y además no compran mucho, y en este sistema, si no compras, no vales. De hecho, el Consumo es el auténtico corazón del sistema, es el motor que hace que se mueva, y llega a ser tan importante que se ha convertido en la auténtica prioridad para las empresas.
Efectivamente, nos hemos convertido en el animal consumidor por excelencia. Compramos compulsivamente, hoy en día son portada de informativos las jornadas de rebajas de los grandes Centros Comerciales, y podemos comprobar cómo hay gente haciendo cola desde varias horas antes para poder llegar los primeros, y beneficarse de las mejores ofertas. Nuestra identidad social se mide por el grado de consumismo, de tal manera que para nuestra sociedad, no somos maestros, abogados, médicos, arquitectos, pintores, etc., sino que somos consumidores. El cuánto consumimos es la principal vara de medición para poder sopesar lo que aportamos a la sociedad, y así ella poder valorarnos en nuestro correcto "status" o nivel de vida. Para poder hacernos una idea del ritmo de consumo, por ejemplo en Estados Unidos sólo el 1% de la cantidad de productos que se fabrican en una fecha determinada, siguen en el mercado a los 6 meses. Pero además es una línea exponencial, pues un habitante americano promedio, consume hoy en día el doble que hace cincuenta años.
El momento histórico donde comienza a darse esta tendencia se sitúa después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los economistas se dieron cuenta de que nuestra economía, tan productiva, requiere que hagamos del consumo nuestra forma de vida, que convirtamos en auténticos rituales la compra y el uso de bienes, que busquemos la satisfacción espiritual y de nuestro ego en el consumo: necesitamos que las cosas se consuman, quemen, reemplacen, desechen, a un ritmo cada vez mayor. De tal forma que según esta máxima, nuestras sociedades se dedican, con respecto a sus ciudadanos, no a brindar salud, o educación, o transporte, o cohesión social, o justicia, sino a fabricar BIENES DE CONSUMO. Así de triste. Así de cierto. Pero la siguiente pregunta es: ¿Cómo hemos llegado a esta situación de consumo tan vertiginoso? Pues es un tema complejo, habría que pedir ayuda a sociólogos y psicólogos expertos en el tema, pero de entrada, aparte de aleccionarnos desde pequeñitos con el factor educativo, se ha ido sustituyendo la cultura de los valores por la cultura de las posesiones, y a todo ello también han ayudado dos parámetros interesantes: la obsolescencia programada y la obsolescencia percibida.
El primer concepto (obsolescencia programada) viene a significar "diseñado para ser desechado", es decir, fabricar cosas para que sean inútiles lo más pronto posible, para que las tiremos y compremos nuevas cosas: bolsas de plástico, vasos para café, platos, etc., pero también ocurre con cosas más grandes. Quizá el ejemplo paradigmático de este concepto sean los ordenadores, pues nos habremos dado cuenta de que hoy en día la tecnología avanza tan rápido que en menos de 2 años, los ordenadores se vuelven inútiles para la ejecución, carga de programas, y comunicación. Todo es intencionado, y existen un montón de teorías de economistas de hace 40 y 50 años, donde en sus foros discutían cómo podrían conseguir que la obsolescencia programada no constituyera un componente de pérdida de confianza de los consumidores en los productos, para que no dejaran de comprar.
Por su parte, el segundo concepto (obsolescencia percibida) sirve para convencernos de que hay que tirar cosas que aún son perfectamente útiles. Este concepto es todavía más sutil y subliminal que el otro, pues lo consiguen simplemente cambiando el aspecto, la apariencia de las cosas; de esta forma, cualquiera que no consuma llevará la marca visible (sus productos tendrán diseños antiguos), y toda la sociedad sabrá que no hemos aportado al gran factor consumista: hemos inventado LA MODA. No nos dejemos engañar: detrás de los cambios de apariencia, de forma, de colores, de tejidos, de nuestras cosas, nunca está el debate de la conveniencia por motivos éticos o científicos: siempre está la moda. La publicidad y los medios de comunicación de masas, al que se suma hoy en día Internet, tienen un papel importantísimo para este factor consumista. Cada habitante promedio es bombardeado con miles de anuncios por día, en prensa, radio, televisión, páginas web, con el objetivo final de hacer que nos sintamos infelices con lo que tenemos: nuestro cabello, nuestra ropa, nuestra piel, nuestra casa, nuestro pelo, nuestro coche, etc., están mal, pero estarán mejor si salimos a comprar. Este es el mensaje. Lo adornemos como lo adornemos, al final nos queda siempre el mismo mensaje.
Estamos inmersos en esta fiebre consumista, que evidentemente no nos trae la felicidad, que no sólo no aumenta en los niveles generales de la población, sino que disminuye, y tenemos muchas pruebas de ello: los niveles de delincuencia, de arrestos y detenciones por comisión de delitos, de asesinatos, de suicidios, van aumentando día a día, hasta sobrepasar niveles inimaginables hace 70-80 años. Y esto es así porque, aunque tenemos más cosas que entonces, tenemos menos tiempo para disfrutar de lo que realmente nos hace felices: amigos, familia, esparcimiento, disfrute, etc., estamos trabajando más horas que nunca (lo necesita el sistema), y por tanto tenemos menos tiempo libre que nunca en la historia. Y curiosamente, las dos actividades que estadísticamente más realizamos en nuestro tiempo libre, son ver televisión y comprar. Somos dignos hijos de esta cadena, pues estamos respondiendo perfectamente a sus objetivos. En otros artículos intentaremos contribuir al freno de esta fiebre consumista, abordando los conceptos de comercio justo y consumo responsable.