Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
"El sistema energético español es irracional, consumimos más energía por unidad de PIB que la mayoría de países occidentales"
(Manuel Garí)
Desde nuestra última entrega de esta serie de artículos, la noticia más relevante ha sido la desaparición de la subasta eléctrica para establecer el precio de la energía, y su sustitución por otro nuevo sistema que valorará el precio real de mercado, pero que constituye un sistema muy complicado, y que necesita de contadores especializados al efecto. En una palabra, una nueva pifia del Gobierno. Nos basamos para la exposición siguiente en datos aparecidos en el libro de la serie "Qué hacemos" (http://www.quehacemos.org), publicado al respecto del tema energético. Y tenemos que comenzar reconociendo nuestra enorme dependencia exterior, del orden del 80% de los recursos consumidos. El carbón se trae de Ucrania, Rusia, Sudáfrica y China. Más del 55% del petróleo lo compramos a los países de la OPEP, particularmente a Arabia Saudí, Irán y Nigeria, más del 15% a Rusia y un 12% a México. En el caso del gas, nuestros principales proveedores son Argelia, Nigeria, Catar, Noruega y Egipto. De ello se deduce que cualquier tensión política o comercial, derivada por ejemplo de una crisis bélica, en dichas regiones productoras, aumentará la debilidad de nuestro sistema energético.
Tenemos por tanto razones suficientes para desarrollar por nosotros mismos una independencia energética del resto de países. Pero la pregunta es: ¿basado en qué tipos de energía? El Gobierno ha dado luz verde a los intentos de inspección en aguas de Canarias y de Baleares para la empresa Repsol, en busca de petróleo autóctono, pero evidentemente, resultaría en un "más de lo mismo", es decir, comenzar una nueva vuelta de tuerca en las prácticas depredadoras de la naturaleza, que deben salvaguardarse en primer lugar. Las protestas sociales no se han hecho esperar, las redes sociales han estallado ante tamañas muestras de estupidez política, y hasta los propios gobiernos regionales se han mostrado en contra de dichas iniciativas. Por otra parte, sabemos a ciencia cierta que estamos viviendo el fin de la era petrolera, y que debemos renunciar por razones de eficiencia y de medio ambiente a continuar por esa senda extractivista.
Hemos de comenzar, por tanto, por desmontar el mito del crecimiento económico como panacea de la creación de empleo, riqueza y bienestar para cualquier sociedad. No es éste el fundamental argumento, que además lo dejaremos para otra serie de artículos, pero es evidente que dicho paradigma responde a los fundamentos del sistema capitalista, pero no a los principios de la racionalidad humana ni natural. El crecimiento del PIB no comporta automáticamente un reparto justo de bienes y servicios en la sociedad. Según en qué sectores se crezca y en cuáles se decrezca el resultado será más o menos favorable a la mayoría social, y al sostenimiento medioambiental. La revolución industrial en primer lugar, y la financiarización de la economía después, han multiplicado la capacidad de acumulación monetaria y de crecimiento anual medido en términos del PIB, desorbitando el culto a un indicador que se presenta a todas luces imperfecto e incompleto. Porque el PIB no puede informarnos sobre las condiciones sociales y ecológicas de producción, ni sobre los valores de uso producidos, ni sobre su redistribución. Tampoco obedece a los índices de crecimiento del empleo, ni del bienestar y la protección social.
De hecho, puede haber crecimiento económico (del PIB) manteniendo enormes cifras de desempleo, incremento de las desigualdades y destrucción ambiental. Incluso el BBVA advierte en su último informe de que esto es lo que seguramente se va a producir en España durante los próximos meses y años. Si continuamos por esta senda, la gran crisis que se avecina, como afirma George Soros, es la que puede derivarse de la catástrofe climática y medioambiental, inducida por la forma de producir, consumir y desplazarnos. Se pueden destruir fuentes de riqueza y empleo en dimensiones nunca vistas por la Humanidad. No es sólo un debate energético ni económico, sino civilizatorio. En palabras de Manuel Garí: "Hoy el dilema no es crecimiento y empleo versus Naturaleza, sino crecimiento capitalista versus Naturaleza y empleo". No le falta razón. Véase también a este respecto la serie de artículos que estamos dedicando a los "Fundamentos del Ecosocialismo".
Por tanto, y volviendo al tema energético, frente al paradigma de las fuentes clásicas de energía, enfrentémonos valientemente al mundo de las energías renovables. Las experiencias demuestran que el proceso de reconversión del aparato productivo en términos ecológicos, comenzando por el modelo energético, es intensivo en trabajo humano por un lado, y por otro, implica una importante movilización de recursos e inversiones generadoras de riqueza, y que a la vez son sostenibles desde el punto de vista medioambiental. De entrada, las energías renovables generan 2,7 veces más empleo por unidad de PIB que la media del sector energético. Diversos informes de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) corroboran el enorme potencial de creación de empleo que contienen las fuentes renovables de energía, y la introducción de criterios de eficiencia energética en la producción y en los servicios. Y además, si a ese cambio de paradigma productivo le sumáramos una profunda reestructuración del tiempo de trabajo, mediante una drástica reducción de la jornada laboral (sin disminución de salarios, claro está), conseguiríamos el doble objetivo: creación de nuevos puestos de trabajo, y reparto de los mismos, para conseguir reducir la tasa de paro.
De esta forma, un cambio en nuestro modelo energético no sólo redundaría en nuevos avances tecnológicos, sino en una reestructuración de nuestro modelo productivo, en un aumento de la riqueza en puestos de trabajo, y en una mayor sostenibilidad ambiental. Los argumentos para abandonar los parámetros energéticos clásicos son ya abrumadores. En el caso de la energía nuclear, existen fuertes intereses económicos de las grandes compañías energéticas propietarias de centrales atómicas (en España y otros países) y de fabricantes de reactores y constructores de plantas que continúan promoviendo su ideología pronuclear (y también petrolera) que asocia progreso con centrales nucleares, ninguna e ignora los riesgos, y desprecia las energías renovables. En nuestro país, tenemos insignes representantes de ese pensamiento reaccionario e inculto en materia energética, donde el PP y sus dirigentes brillan con luz propia.
Los pronucleares defienden su opción mediante la divulgación de cinco mentiras: que la energía nuclear es imprescindible como energía base de respaldo, que es más barata, que es limpia, que es segura y que hay reservas ilimitadas de combustible. Pero la realidad ha desmontado una por una esas interesadas e ignorantes afirmaciones: poderosas economías no tienen centrales nucleares y su sistema energético funciona, el Kw nuclear resulta más caro dados los altos costes iniciales, los residuos radiactivos no pueden esconderse bajo la alfombra, los incidentes devienen en accidentes y éstos en tragedias, catástrofes y desastres de ámbito mundial, el uranio existente en el planeta es finito y no puede alimentar a las actuales centrales más allá de 50 años, mucho menos tiempo si se continúan construyendo nuevas centrales. Este es el panorama, que ellos intentan ocultar constante y premeditadamente. Continuaremos en siguientes entregas.