Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Pues os tengo que confesar aquí también, queridos lectores, que se trata de otro de los artículos incómodos de escribir, pues aunque se tengan las ideas muy claras, y muy claro el mensaje que se quiere enviar, no pretendo herir la sensibilidad de nadie, sino despertar nuestro espíritu crítico en torno a ciertos programas de algunos canales de la televisión. Intentaremos por supuesto no citar nombres de programas concretos ni de canales concretos, para que nadie se sienta directamente aludido, aunque estoy seguro de que todos los lectores sabrán de qué hablamos.
Efectivamente, se dio en llamar "Telebasura" a un tipo de emisión que se centra básicamente en la invasión de la intimidad de las personas, y en hacer de ello un espectáculo, es decir, llevar a la pequeña pantalla la vida de la gente, sus penas, sus alegrías, su cotidianidad, su sufrimiento, para captar la audiencia, y conseguir un montón de telespectadores enganchados a tal o cual programa, porque además normalmente son de emisión periódica. El concepto de telebasura es muy amplio, porque además se van creando nuevas categorías, que van ampliando el repertorio con nuevas variantes de lo mismo: la televisión exhibe la intimidad de la gente.
Programas de reality show, reportajes que inocentemente nos muestran la vida de los demás, incluso las famosas telenovelas, pueden meterse en este mismo saco, aunque distingamos muchos matices entre uno y otro. Pero en el fondo, son manifestación de una misma cosa, y comparten un mismo objetivo: la captación de la audiencia. No metemos en principio a las teleseries en este grupo, pues algunas son de bastante calidad, y sí que nos pueden contar historias más o menos decentes. La razón de este gran número de incursiones en la telebasura es bien sencilla: cuando no se tiene nada que contar, o bien la imaginación suficiente para inventárselo, los productores y guionistas recurren a estos programas para rellenar una parrilla televisiva que deja mucho que desear, máxime cuando muchos de estos programas se han venido emitiendo (incluso hoy en día lo hacen algunos) en horario infantil, después de haberse aprobado por el Congreso algunas normativas que regulan dichas emisiones.
Luego hemos llegado a un panorama, en el que existen varios programas de este tipo en casi todas las cadenas, quizá se salven algunos canales temáticos de la televisión pública, pero en el resto, y sobre todo en los canales privados, abundan este tipo de emisiones: debates con gente escandalosa que se insulta, famosos que nos cuentan toda su vida y milagros en entrevistas monográficas, experimentos con famosos para comprobar su resistencia y la pasta con la que están hechos, programas que nos hacen un repaso a lo que ellos llaman la "vida social", expresión creada por algunas revistas llamadas "de sociedad" hace bastante tiempo para intentar dar una visión digna de su trabajo, cuando lo único que hacen es llevar y contar la intimidad de los famosos, programas de puro espectáculo folletinesco y de grotesco bodevil, donde invitan a un grupo de estos llamados "periodistas del corazón" para que se peleen entre ellos, máxime cuando invitan a algún famoso, y lo último: programas que nos cuentan NADA, es decir, que sacan historias donde no las hay, a fuerza de publicar la vida cotidiana de la gente, unos con la excusa de que necesitamos amor, otros con la excusa de que nos peleamos con nuestros vecinos, y llevamos el caso a los Tribunales, otros con la excusa de pertenecer a cierto colectivo (como familias numerosas, etc.), el caso es que cualquier excusa es buena para sacar a la luz, publicar la vida de la gente.
Pero partiendo de la base de que cualquier fenómeno social, y éste evidentemente lo es, no es ni más ni menos que un fiel reflejo de la sociedad desde donde surge, aquí es donde tenemos el origen del problema: el problema no está en que pueda haber un productor o guionista desalmado al que se le ocurran este tipo de programas, sino que radica en que tiene éxito, en que triunfa, en que tiene un ratio de audiencia excelente, lo cual anima a otros muchos más para que hagan incursiones en este tipo de periodismo y de programas de televisión. Pero, ¿porqué tienen éxito este tipo de programas? Pues básicamente, porque la vida de la gente está vacía, y tiene que buscar su entretenimiento, su diversión, su sed de espectáculo, simplemente en ver lo que hacen los demás: si se casan, si se divorcian, si viajan, si tienen hijos, si son felices, o cuál es su plan de vida diaria. O lo que es todavía peor: contemplar el circo mediático de a ver cuál es el periodista o el famoso que dedica más insultos a otro, o que eleva más el tono de la voz, o que es capaz de proferir más groserías. Triste y lamentable espectáculo al que hemos llegado en el contexto audiovisual.
En realidad tiene que ver con algo mucho más profundo, que sociológos y psicólogos especialistas en el tema podrían contarnos mejor, pero que tiene su origen en la necesidad que los estamentos públicos tienen de tener a sus ciudadanos cada vez más embrutecidos, porque conviene que cada vez piensen menos, se diviertan más y anulen si es posible toda capacidad crítica, así que se transformen al final en unos fríos consumidores de divertimento rápido y fácil, divertimento a toda costa, donde todo vale para pasar un buen rato, sin importar la dignidad de las personas, la invasión de la intimidad, sino el grado de audiencia, la cantidad de horas de programación que podemos rellenar, y por tanto la cantidad de tiempo que tenemos a la gente distraída pensando en cosas que no sean importantes. Todo esto se combate con educación y cultura, desde la base, pero nuestro sistema está fundamentado en estas premisas, y somos fieles hijos de él.
En conclusión, no debemos perder el norte, y reconocer que pertenecemos a una sociedad tan sumamente burda, tan brutalmente inculta y carente de valores, con tan poca capacidad para disfrutar con las experiencias propias, con unos criterios tan limitados de valoración y de reflexión crítica, con una capacidad tan exigua de análisis e interpretación, con unas necesidades tan básicas de entretenimiento, que tienen perfectamente en ella su caldo de cultivo ideal este tipo de programas, pues se mantienen en la programación no porque haya presupuesto, no porque haya famosos, sino porque hay espectadores. Quizá desde aquí podamos contribuir a que haya cada vez menos.