Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
Sean las que sean las causas reales que se esconden detrás de cualquier conflicto, las guerras existen y los conflictos se repiten. Y para que haya guerras es necesario crear toda una industria armamentística alrededor. Si hay un mecanismo que hace que dinero, personas, investigación y transporte estén al servicio de la guerra, se puede decir que las guerras se calculan y se preparan
BLOQUE V. CAPITALISMO Y DEUDA MILITAR: LA GUERRA COMO NEGOCIO.
¿Es la paz un derecho humano fundamental? Evidentemente, sí. Entonces...¿por qué no se garantiza? Sólo existe una respuesta: porque bajo el capitalismo, simplemente, las guerras son RENTABLES. Es decir, existe todo un complejo capitalista (empresarial) dedicado a la fabricación, exportación y comercialización de todo tipo de utensilios, maquinaria, armamento, municiones, etc., utilizados para la guerra, y que como cualquier otro negocio, es necesario mantener y obtener de él cada vez más beneficios. El resto...¿importa bajo el capitalismo? Pero tomemos a continuación las sabias palabras de Juan Torres López, uno de nuestros mejores economistas alternativos, que nos contextualiza la guerra bajo el capitalismo: "...Una de esas vías es el gasto militar. Prácticamente todas las grandes empresas mundiales sin excepción tienen una buena parte de su actividad dedicada a suministrar bienes o servicios al Estado y más concretamente a sus Ejércitos. Es una forma muy rentable y no dependiente de los salarios de realizar su producción. Y no importa que la producción militar a veces simplemente se vaya almacenando o que destruya recursos cuando se utiliza, porque en el capitalismo la producción no se lleva a cabo en función de que sea más o menos útil lo que se produce, sino de que proporcione beneficios. Es por eso que se alimenta el crecimiento continuado del gasto militar, aunque ya sea tan alto (1,33 billones de euros en 2012) que hasta resulte claramente innecesario, pues con muchísimo menos de esa cantidad sería suficiente para destruir varias veces a todo el planeta. Un gasto tan elevado, irracional y desproporcionado (o mejor dicho, un negocio tan redondo) que sólo se puede justificar si se generaliza la idea y se convence a la población de que vivimos en permanente peligro y de que hay múltiples enemigos a punto de atacarnos, cuando en realidad lo que hay de por medio no es otra cosa que el deseo incontrolado de ganar cada vez más dinero de las grandes empresas multinacionales".
Y por su parte, otro de nuestros autores favoritos, José López, afirma a este respecto lo siguiente: "La guerra forma parte del capitalismo, aunque la llaman eufemísticamente competencia. Incluso a veces esto se reconoce y se usa el término "guerra comercial". De hecho, la competencia por los recursos naturales es la principal causa de las guerras que causan millones de víctimas. La guerra que provoca muertes y destrucción del medioambiente se nutre de la competencia. En realidad, dicho en términos dialécticos, supone un peligroso cambio cualitativo, la cantidad se convierte en calidad. La competencia exacerbada y agresiva se convierte en guerra. El capitalismo se nutre de la guerra y hace negocio de la guerra. El capitalismo provoca guerras y éstas realimentan al capitalismo porque suponen la mejor oportunidad de crecer. El capitalismo necesita un ciclo continuo de destrucción-construcción para conseguir su ansiado crecimiento continuo. El capitalismo es por naturaleza cíclico. Los ciclos forman parte de él. Sin ciclos, sin altibajos, no hay capitalismo. El problema es que cada vez es más peligrosa esa dinámica de destrucción-construcción, cada vez es mayor el riesgo de que nos quedemos a mitad de camino, de que a la destrucción no le suceda la construcción". Así es, exactamente. Y aunque de hecho siempre estuviera garantizado dicho ciclo, ningún sistema puede basarse en la potestad de tener que destruir territorios y poblaciones para garantizar futuras reconstrucciones. Es un sistema, de entrada, injusto y cruel. Hay que buscar otro sistema. Los problemas son dos: el primero, la mínima concienciación de este mensaje. El segundo, la máxima fuerza que se ejerce en contra de él.
La inmensa mayoría de los conflictos bélicos que se han producido durante toda la Historia de la Humanidad se han debido a motivos económicos (en el pasado, poder, territorios y dinastías garantizaban la expresión práctica de ese dominio económico), y también ahora ocurre así. Las últimas guerras de Siria, Irak o Afganistán, por poner los ejemplos más cercanos, o incluso las que a menor escala se desarrollan en otras partes del mundo tienen todas ellas su origen, y cada vez con menos disimulo, en intereses económicos. Pero, además de eso, lo que ocurre bajo el capitalismo es que la propia guerra y el gasto no sólo sirven a intereses económicos, sino que se han convertido en un interés económico en sí mismo. Eso nos lleva a contemplar un escenario bien distinto y sumamente peligroso: se busca la guerra en sí misma. La guerra es el fin, y todos los demás argumentos son el pretexto. El sistema necesita las guerras cada cierto tiempo, además de la fabricación creciente de sistemas de armamento cada vez más sofisticados, que han de ser empleados en conflictos armados. Luego por tanto, el sistema necesita las guerras, las busca y las pretexta. Las justifica apoyándolas sobre espurios y falsos argumentos. Se habla sobre la seguridad global, por ejemplo, pero se usa en realidad como promotora del terror global. Los modelos de seguridad imperantes bajo la globalización capitalista, bajo la falacia de prevenir el mal y combatir el terrorismo, han convertido la humillación, el temor y los tratos crueles, degradantes e inhumanos en la fórmula que contrariamente a lo planteado, legaliza al terrorismo de Estado, como muy bien explica en este artículo para el medio Rebelion.org Manuel Humberto Restrepo Domínguez.
En nombre de la seguridad global y la lucha contra el terrorismo se han amontonado por miles los cuerpos inertes de víctimas inocentes por todas partes del mundo. La senda del pacifismo debe poner en cuestión todas estas falacias, debe denunciarlas y debe combatirlas. Restrepo Domínguez lo explica en los siguientes términos: "La seguridad anunciada invalida de manera violenta los fundamentos de conceptos, prácticas y sentido de los valores y principios contenidos en el Derecho Universal de los derechos humanos y en el Derecho Internacional Humanitario. El terror del Estado quedó legalizado y a diferencia del momento anterior quedó protegido, en tanto su primer efecto fue la eliminación de la división entre las esferas civil y militar y con ella la desaparición de la distinción entre resistencia civil y resistencia armada". Y más adelante continúa: "La seguridad es una fórmula ideológica inventada en el marco del neoliberalismo por las élites políticas, económicas y militares, aferradas al poder sin límite ni escrutinio público y necesitada de justificaciones legales globales para mantener el despojo". Y en nombre de esa supuesta "seguridad" el sistema se permite discriminar, perseguir a minorías, violentar derechos de mayorías, impedir la protesta social, condenar adversarios políticos y sociales, asesinar en masa o al detalle, y difundir todo un nuevo lenguaje para disfrazar el horror y la barbarie que se practica a diario. Y con todo ello, planifican los escenarios de guerra, venden armas y tecnologías, organizan ejércitos, movilizan mercenarios, exportan armas, y declaran embargos a diestro y siniestro para garantizar sus cuotas de mercado.
Todo ello nos hace estar en guerra permanente contra la humanidad y contra el planeta, como muy explica Nora Fernández en este artículo para el medio Rebelion.org, que tomamos como referencia a continuación. Durante los últimos 60 años, al menos el 40% de los conflictos están vinculados a la explotación de los recursos naturales de gran valor (madera, diamantes, oro, petróleo...), o escasos (el suelo fértil o el agua), por lo cual se demuestra que la guerra, como ya sostuvieron grandes pensadores de la izquierda, es la continuación del capitalismo por otras vías y con otros medios. Los efectos de todos estos conflictos sobre el medio ambiente son enormes, y evidentemente, se proyectan a todas las especies de seres vivos que habitamos este planeta. Típicamente las estadísticas de guerra se limitan a contabilizar las víctimas humanas de las mismas, pero no reparan en el resto de daños y perjuicios que causamos con nuestras políticas belicistas y agresivas. Sabemos que los conflictos armados incluyen estrategias de guerra como la quema de cosechas, la tala de bosques, el envenenamiento del aire, del agua, del suelo, la utilización de armas bioquímicas, o la destrucción de ciudades y de sus infraestructuras. De esta forma, las guerras se imponen como estrategias de expansión y de recolocación de las fuentes de riqueza, dando así alas al crecimiento de las industrias, mercados y tecnologías que se mueven en este ámbito. Y como hemos analizado en el bloque temático anterior (dedicado a la OTAN y al imperialismo), Estados Unidos y el resto del "aliado" Occidente favorecen una estrategia de guerra permanente (también la hemos detallado en esta serie de artículos ya publicada), contra los humanos y la naturaleza, alimentando un ciclo autodestructivo, doloroso y en extremo peligroso porque incluyen la creciente aceptación del uso de las poderosísimas armas nucleares, a las que nos dedicaremos también en su bloque temático correspondiente. Continuaremos en siguientes entregas.