Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
La idea predominante de España, sus símbolos representan al antiguo régimen, al nacional-catolicismo, a la oligarquía, la opresión y lo peor de la historia de España. La suya es la España de la inquisición, la que luce banderola y evade impuestos, la que vende la soberanía energética, alimentaria, política, económica y militar a la Troika, a la UE, a los mercados, al capital y nos subordina a la OTAN. La que pisotea los derechos nacionales y la cultura de los pueblos de España
Volvemos a retomar esta serie de artículos, una vez hemos ido finalizando algunas otras que nos quedaban en el tintero. En primer lugar, recordar que todos los lectores y lectoras que así lo deseen pueden buscar y acceder a las 20 primeras entregas de esta serie desde el buscador del propio sitio de OverBlog, es decir, desde esta misma página, en el marco derecho de la pantalla. En su momento ya tratamos en dichas primeras 20 entregas muchos asuntos que nos parecieron interesantes, y que además fueron (en su vertiente) el germen de la posterior serie, recientemente acabada, titulada "Hacia la superación del franquismo". En efecto, la plena y real superación del franquismo es hoy en día un hito absolutamente necesario de alcanzar en nuestra sociedad, pero ahí no acaba todo. Mejor dicho, es ahí donde comienza todo. Porque esa superación del franquismo por la que abogamos nos deberá llevar (eso al menos es lo deseable) a la celebración de un nuevo Proceso Constituyente, después de un previo Proceso Destituyente. Y los lectores y lectoras podrán preguntarse: ¿Por qué? ¿No es ya bastante revolución la plena superación del franquismo en una sociedad aún configurada bajo los moldes de la actual? La respuesta es no. No es bastante porque con ello sólo hubiésemos conseguido alcanzar, digamos, la mitad del recorrido. Necesitamos recorrer la otra mitad, esto es, basándose en una sociedad liberada del dogal franquista, proceder a llevar a cabo todas las grandes transformaciones que nos conviertan de verdad en una sociedad culta, libre, avanzada, justa y democrática.
Y para ello el andamiaje actual, los modos y formas de gobernar, los intereses prioritarios, las configuraciones y relaciones de poder hoy vigentes tienen que ser reconfigurados desde abajo. Por ello necesitamos un Proceso Destituyente en primer lugar, y un nuevo Proceso Constituyente en segundo lugar, capaz de dotarnos de las relaciones y estructuras que cohesionen nuestra sociedad de manera justa y democrática. Evidentemente, el Proceso Constituyente debe allanar el camino hacia la III República, pues la Monarquía es básicamente contraria a cualquier planteamiento democrático, desde el punto de vista de arrebatar al pueblo su auténtica soberanía. Éste es el norte del proceso, que nunca debemos perder de vista. Nunca debemos nublar su objetivo, renunciar a alcanzar dicho fin. Hace pocas fechas nuestro actual Rey Felipe VI se jactaba de hablar de democracia en varios foros internacionales (a raíz del conflicto catalán, o con él como fondo), obviando de forma obscena que él es una figura que no ha sido votada por el pueblo, y que lo representa al más alto nivel. Pero hemos de luchar contra las bases políticas, culturales y sociológicas de este Régimen de la Constitución de 1978, que concentra en un sólo paquete la monarquía, el bipartidismo y la política neoliberal, y que además nos pone cada vez más al servicio de los Estados Unidos, uno de los países más salvajes del planeta (quizá el mayor salvaje de todos). Frente a tanta barbarie, tenemos que alcanzar la República para abordar los graves problemas que nos aquejan desde la perspectiva de una sociedad moderna y avanzada, desde unos valores de solidaridad, fraternidad e igualdad.
Tenemos que construir la III República desde lo común, desde los bienes públicos, desde la defensa escrupulosa de lo público y con vocación de pleno y profundo respeto a los derechos sociales, culturales, económicos, cívicos, políticos y medioambientales, mejorando y ampliando nuestra democracia, y desde el feminismo, el pacifismo y la redistribución de la riqueza. Una República laica, que separe las órbitas de la Iglesia y del Estado, y luche contra la pobreza y la desigualdad. Una República que vuelva a recuperar el trabajo digno, las pensiones dignas, los servicios públicos dignos, universales y gratuitos, que respete el medio ambiente, y consagre la soberanía alimentaria, económica, política y ciudadana. Una República y una Constitución que reflejen nuevos sujetos de derechos, como la propia naturaleza y el resto de los animales que la habitan. Un Proceso Constituyente que alcance todos estos objetivos y delimite los moldes de una sociedad con esos mimbres no se consigue de un día para otro, necesitamos grandes dosis de concienciación popular y de difusión del pensamiento alternativo, que se enfrente al pensamiento dominante y a todos sus adalides. Un Proceso Constituyente que acabe con tanta corrupción, no porque vaya a acabar con la perversidad muchas veces inherente al propio ser humano (lo cual sería ilusorio por nuestra parte), sino porque defina y desarrolle los mecanismos de democracia participativa que controlen que dichos actos de corrupción puedan producirse. Para ahondar en las características del modelo de República que proponemos, los seguidores del Blog pueden acceder a la serie de artículos "¿Qué República queremos?", donde planteamos a fondo todos los aspectos del modelo social republicano por el que apostamos.
Un Proceso Constituyente que acabe con la angustia y la precariedad de la clase trabajadora, que recupere y dignifique el empleo público, que acabe con las indecentes leyes mordaza, que impida llevar a cabo reformas laborales que desmantelen de forma encubierta las conquistas sociales emprendidas desde hace décadas, incluso siglos. Un Proceso Constituyente que recupere la auténtica dimensión de la cultura, de la educación, de la sanidad públicas, de los servicios sociales, de los pilares del Estado del Bienestar, y los engrandezca y consolide. Un Proceso Constituyente que acabe de una vez por todas con la inmensa influencia y poder de la Iglesia Católica, y que anule su radio de acción y de proyección sobre la sociedad civil. Porque como asegura César Alfonso Viñas en su Ponencia para el Encuentro de Andalucía Laica en Antequera, cuyos pasajes transcribimos a continuación: "La democracia se construye en el marco de un Estado laico, pero también esa misma democracia tiene que construirse en el marco de un Estado republicano". Y ello porque todos estos aspectos van de la mano, representan flecos de un mismo paño. La Transición, en palabras de César Alfonso Viñas, fue un proceso donde el franquismo se lavó la cara, se recicló para poder entrar en la OTAN y en la Unión Europea. Una suerte de modernización para que nada cambiara en el fondo. De este modo, la tan manida Constitución de 1978 no fue fruto de un Proceso Constituyente, sino una carta otorgada por parte de las potencias imperialistas vencedoras en la Segunda Guerra Mundial. Las primeras elecciones "libres" del año 1977 fueron ilegítimas, pues los partidos republicanos no pudieron concurrir a las mismas.
La Ley para la Reforma Política impulsada por el Presidente Adolfo Suárez estuvo viciada en la forma y en el fondo, y él mismo lo confesaba en una entrevista a la periodista Victoria Prego en el año 1995: "Pusimos las palabras "Rey" y "Monarquía", y así no hubo que hacer el referéndum". Y es que daba verdadero miedo consultar al pueblo español, al igual que ahora da miedo consultar al pueblo catalán. En pleno siglo XXI aún no se han derogado los Concordatos entre el Estado Español y la Santa Sede, lo que (junto con la ingente financiación que el Estado proporciona a la Iglesia y su liberación de cara a los impuestos) confiere a la Iglesia Católica un inmenso poder en la sociedad actual. Ya no tenemos un "Caudillo por la Gracia de Dios", pero tenemos una horda católica igual de conservadora que en los tiempos del franquismo, que ante los avances sociales para determinados colectivos, aduce que estamos siendo víctimas de la "ideología de género". Sólo un nuevo Proceso Constituyente puede anular y desmantelar todo este ilegítimo y desequilibrado poder social que aún conserva la confesión católica en nuestro país. Republicanismo y Laicismo son dos principios básicos y elementales que van estrechamente unidos. Encarnan los valores humanos más progresistas, se centran en el hombre, en la sociedad y en su entorno. Son dos conceptos que van unidos intrínsecamente, ya que la República que queremos debe ser el imperio de la democracia, y el Laicismo es el imperio de la autonomía moral y la libertad de conciencia para todos los seres humanos. Ya es hora de deshacer la estrecha unión entre la cruz y la espada, es decir, entre los símbolos religiosos (católicos, en este caso, con toda su cruzada de intolerancia) y los símbolos que representaban el poder militar del Rey y de su Corte, y que oprimían sistemáticamente al pueblo. Aún continúan haciéndolo. Continuaremos en siguientes entregas.