Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
El Proceso Constituyente no es una reforma constitucional, unas elecciones, una impugnación social del régimen, no es patrimonio de la izquierda, ni la derecha… el Proceso Constituyente es la pugna política de las diferentes fuerzas sociales existentes en una sociedad en un momento determinado que se enfrentan por la definición del marco político que ordenará nuestras vidas desde el punto de vista de horizonte de época. Esto es, no se disputa un programa de gobierno de una duración determinada, ni se opta por una fuerza política u otra: se rearticulan absolutamente todos los pactos de convivencia y de redistribución de la riqueza. Se disputa, como decía, la misma definición de democracia
En la última entrega de la serie nos quedamos exponiendo algunas de las numerosas razones por las que pretendemos abolir la Monarquía en nuestro país. Y básicamente, hemos aducido razones democráticas. La República (no cualquier República, sino la que pretendemos modelar mediante el Proceso Constituyente) es la base de la defensa de la justicia, de la igualdad y de los derechos humanos. Es decir, la República que pretendemos instaurar es consustancial con la democracia. Se nos podrá argumentar que existen monarquías por el mundo funcionando en sistemas democráticos muy maduros (el Reino Unido, por ejemplo), o que por el contrario, existen Repúblicas por el mundo que no son precisamente modelos avanzados de democracia (Estados Unidos, por ejemplo). Y es cierto, pero dichos argumentos no nos quitan la razón. Sólo exponen otras realidades que existen en el mundo. Nosotros estamos convencidos de que la Monarquía en abstracto es antidemocrática por naturaleza, pero además, en nuestro caso español, resulta que nuestra Monarquía es ilegítima, pues descansa sobre la decisión de un dictador, y jamás ha sido consultada ni refrendada por el pueblo. A la aberración democrática que supone por tanto que un Rey soberano "inviolable" nos represente al más alto nivel, se le une la circunstancia histórica y política de que dicha Monarquía no ha sido elegida por el pueblo.
Toda nuestra Constitución de 1978 es una clara contradicción en sí misma, pues no podemos constituirnos en Estado Social y Democrático de Derecho, ni ser todos iguales ante la ley, como proclaman algunos de nuestros primeros artículos constitucionales, con la presencia de un monarca. La Monarquía es contradictoria con todo ello, pues proclama que un sólo individuo, hombre o mujer, según la posición que ostente en la línea sucesoria, está destinado a representar al país y al pueblo español. Por razón de sangre. Sin más. Y además es contradictorio, como muy bien señala Paco Aguilar en este artículo, con la propia Declaración Universal de los Derechos Humanos, que proclama en su primer artículo que "Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos", y en su segundo artículo descarta cualquier privilegio o distinción en base a cualquier otra circunstancia. En base a todo ello, la conclusión está clara: cualquier sistema monárquico va en contra de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Las monarquías, por muy enraizadas que estén, y aunque funcionen en contextos políticos aparentemente democráticos, representan vestigios del pasado que hay que superar. Sostener la causa de la monarquía es aceptar que existen personas que ya nacen superiores a otras, por motivos de sangre, de dinastía, de herencia. Lo cual es antidemocrático, antinatural, dañino, trágico y repugnante. La Corona es una herencia cara, injusta, perjudicial, anacrónica, obsoleta y caduca. Y como hemos razonado, contraria a todas las declaraciones de derechos humanos que la humanidad ha proclamado hasta ahora. No debemos soportarla por más tiempo. La Corona como institución debe desaparecer. Todo ello debe ser erradicado. El Proceso Constituyente debe devolvernos la dignidad y plenitud democrática que proclamaba la Constitución Republicana de 1931, donde no había fisuras ni contradicciones.
Estamos en la última entrega de esta serie de artículos. Finalizamos aquí por tanto toda nuestra exposición sobre la necesidad del Proceso Constituyente en nuestro país. No hemos entrado a fondo, naturalmente, en la dinámica concreta de dicho proceso. Evidentemente, eso tendrá que dictarse desde las fuerzas políticas y sociales que vayan a respaldarlo y organizarlo, con las mayorías suficientes. Aquí nos hemos centrado en exponer todas las motivaciones y argumentos para considerar absolutamente necesario organizarlo, por motivos de salud democrática. Ha llegado el momento. No debiéramos continuar con esa asignatura pendiente. Las generaciones venideras nos lo agradecerán. El Régimen del 78 está podrido hasta las entrañas, y nuestra sociedad debe regenerar su sistema político y sus normas de convivencia. El Proceso Constituyente es la herramienta para alcanzar dicho objetivo. El régimen se desangra, y con él nuestras instituciones. El reciente ejemplo catalán nos ha ilustrado profundamente la capacidad reaccionaria de un régimen heredero del franquismo como el nuestro. Un régimen que declara "ilegales" los referéndums que nuestros gobernantes no quieren pactar, mientras considera normal y democrático que un Rey no votado por nadie sea quien tenga que proponer al Presidente del Gobierno. Unas leyes que sirven para amedrentar al pueblo cuando protesta, pero que no sirven para garantizarles un techo, un trabajo o una renta básica.
Un régimen que permite que criminales de la dictadura campen por sus anchas, mientras se niega a financiar públicamente las exhumaciones de las víctimas franquistas. En palabras de Iñigo Errejón: "El Régimen revela así, con crudeza, en cada caso particular, que su naturaleza es ser tan feroz con los de abajo como servil con los de arriba: pone candados en los contenedores para evitar que los pobres recojan comida de la basura, desahucia familias, castiga a los manifestantes, mientras perdona las deudas a los especuladores, rescata bancos y premia a los más odiados representantes de la casta política endogámica". Un régimen donde mandan quiénes no se presentan a las elecciones, y no mandan los que se presentan. Finalizamos aquí. Esta serie además concluye la Tríada de series de artículos complementarios que en su momento habíamos dividido para tratar toda la problemática del Régimen del 78 de forma ordenada: primero propusimos a los/as lectores/as la serie "¿Qué República queremos?", donde contamos los principales mimbres con los que había que forjar la Tercera República Española. Después nos centramos en los rescoldos franquistas que nos quedan, a través de la serie "Hacia la superación del franquismo", y por fin, hemos acabado con la exposición de la necesidad "Por un Proceso Constituyente". Todas estas series de artículos pueden ser leídas de forma independiente, pero como decimos, están interrelacionadas entre sí, porque cada una de ellas relata y propone aspectos muy conectados de nuestro pasado reciente, de nuestro presente y de nuestro futuro político como sociedad. Entendemos que sólo con la lectura completa de las tres series de artículos los/as lectores/as tendrán una composición de lugar cabal que refleja perfectamente de dónde venimos, qué modelo de sociedad queremos, y cómo queremos llegar hasta allí. Ojalá lo consigamos algún día. Muchas gracias a todos.