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26 junio 2018 2 26 /06 /junio /2018 23:00
Viñeta: Paolo Lombardi

Viñeta: Paolo Lombardi

Gracias, mar querido, por darnos la bienvenida sin necesidad de visado ni pasaporte. Gracias también a vosotros, peces, que vais a compartirme sin preguntar por mi religión o mis creencias políticas...Gracias, canales de noticias, que informaréis de la noticia de nuestra muerte durante cinco minutos de cada hora a lo largo de dos días...Y gracias a vosotros por llorar nuestra muerte cuando escuchéis las noticias… Lamento haberme ahogado

Fragmento del Poema Sirio "Madre, no estés triste"

Comenzamos una nueva serie de artículos. Una nueva serie que nos traerá a la palestra la incómoda tarea de enfrentarnos a los flujos migrantes, a las personas desplazadas forzosas, a los refugiados, a los migrantes económicos, y a todas las personas que por unos motivos u otros deciden o se ven obligados a abandonar su país de origen y comenzar una aventura de migración con resultado indefinido. Desgraciadamente, es un asunto que está muy de actualidad, lo cual es un síntoma más de la radiografía de descomposición que refleja este planeta, y a la cual estamos contribuyendo en mayor escala los que nos llamamos "países ricos", o "desarrollados", o los que constituimos este "Occidente libre y avanzado", como nuestros ineptos gobernantes deciden llamarnos. Y lo hacemos porque, como hemos titulado la propia serie, necesitamos otra política de fronteras. Y ello porque la política de fronteras que hoy día desarrollan gran parte de los países del mundo es cruel, inhumana, ineficaz y destructiva. Los países ricos viven en su propio mundo, sin darse cuenta de que existen otros mundos en este mismo planeta, sólo a varios miles de kilómetros (a veces sólo a cientos) de nuestra casa, de nuestro barrio, de nuestra ciudad. Otros mundos violentos, otros mundos de necesidad, otros mundos de guerra, de privaciones, de devastación, de odio, de terror. Otros mundo de hambre. Otros mundos de enfermedades. Y no somos capaces de verlo, ni nos enseñan a verlo, en nuestros medios de comunicación occidentales, cuyos informativos nos cuentan las noticias relativas a esos mundos desde nuestro prisma occidental y "avanzado". Desde nuestro mundo "libre". 

 

En esta serie de artículos que hoy comenzamos hablaremos por tanto (o al menos, intentaremos hacerlo) de los asuntos relativos a las migraciones, de sus motivaciones, de sus realidades, de sus necesidades, de sus travesías, pero sobre todo, de lo que ocurre cuando dichas personas intentan llegar a nuestros mundos. Esos mundos que los ignoran y los maltratan. Esos mundos que no quieren saber nada de ellos. Hablaremos, entre otros muchos temas, sobre los muros y las fortalezas, sobre los motivos por los que se arriesga la vida, sobre los CIE, sobre las mafias, sobre las alambradas, sobre los mitos laborales, sobre los procedimientos de acogida, sobre las devoluciones "en caliente", sobre los tratados fronterizos y el control de fronteras, sobre las raíces invisibles de la inmigración, sobre las políticas de Ayuda al Desarrollo, sobre nuestras políticas de interculturalidad, sobre los ahogados en el Mediterráneo, sobre las solicitudes y el derecho de asilo, sobre la integración de migrantes y refugiados, sobre las políticas racistas, sobre el trabajo y la responsabilidad de los activistas y de las ONG, y sobre todas las medidas que desde la izquierda transformadora entendemos que se deben poner en práctica para caminar hacia otra política de fronteras, hacia otro imaginario colectivo, hacia otro paradigma mental en torno al fenómeno de las migraciones. Tenemos mucho de que hablar. Mucho que exponer. Mucho que razonar. Pero sobre todo, mucho que pensar, y aún más, mucho que querer y desear. Y que llevar, transportar, desde el ámbito del deseo, el corazón y la utopía, al mundo de la realidad tangible, posible, real y transformadora. Es tiempo de comenzar una gran transformación mental en torno a este fenómeno. Vamos a ello.

 

Hace menos de quince días, un barco (el famoso "Aquarius") llegaba al puerto de Valencia desde las costas italianas, tras varios días de travesía, con 629 inmigrantes a bordo (entre ellos más de 120 niños y niñas), porque las autoridades italianas (por boca de su nuevo Ministro de Interior, el impresentable Matteo Salvini) se habían negado a acoger a estas personas. Este gesto en sí mismo supone tal aberración humanitaria y tal atentado al derecho internacional sobre los derechos humanos, que Italia debería haber sido condenada por las más altas instancias internacionales. Rosa María Artal ha descrito magníficamente la situación de estas personas en un reciente artículo de su propio Blog, titulado "Al rescate de los refugiados y de la democracia". Retomo un fragmento del mismo: "Hemos de analizar qué ha podido llevar a una parte de la sociedad a permanecer impasible ante tanta inhumanidad, a callar, a menospreciar el dolor exacerbando su egoísmo. Entre los rescatados por Médicos Sin Fronteras y acogidos en el Aquarius, hay siete mujeres embarazadas y 123 menores que viajan solos. Los hombres han dormido a la intemperie, las mujeres y los niños a cubierto, cuentan los periodistas que viajan con ellos. Escasea la comida. Ayuda a entender ponerse en el lugar del otro, imaginarlo por un momento. Verse en una situación crítica, con peligro vital, y que salvo unos pocos nadie mueva un dedo. Y el mundo entero siga con sus charlas incluso sobre ti. Experimentar la sensación de sentirse tan abandonado. Temer el después. Niños y adultos vagando, usados, prostituidos. ¿No lo han pensado?". Pues no. Parece que no lo hemos pensado, o al menos lo suficiente. Al menos como sociedad, no lo hemos pensado. 

 

El caso del Aquarius ha sido (al menos al momento de escribir este artículo) la última gran desfachatez europea con respecto al asunto de los migrantes, un tema que viene coleando ya desde larga data, aunque se haya acentuado en estos años de crisis, y especialmente desde el estallido de la Guerra en Siria. Refugiados y migrantes económicos llegan casi a diario a nuestras costas, en general a las costas del Mar Mediterráneo (las Islas, y las costas griegas, francesas, italianas y españolas, fundamentalmente). Es un fenómeno que nos plantea nuestros propios dilemas como civilización, que nos coloca ante el espejo de nuestra propia conciencia, y que sólo ha hecho estallar lo que desde hace siglos se preveía que tendría que ocurrir. Era inevitable que ocurriera, por las malas prácticas que nuestro mundo "libre y civilizado" de Occidente lleva ejecutando durante mucho tiempo. El mundo no se divide entre población oriunda y población foránea, entre nativos e inmigrantes, el mundo es poblado por personas de todos los lugares, sean de donde sean y vengan de donde vengan. De hecho, el pasado histórico de casi todas las naciones registra fenómenos de proyectada repoblación, cuando diversos núcleos urbanos no alcanzaban la población deseada, o habían sido desiertos por cualquier motivo. Por tanto, el grado de población nativa de un lugar determinado siempre es un dato relativo. Desde ese punto de vista, hay que entender como normales los procesos de integración, de mixtura racial y de interculturalidad que desde siempre han rodeado a los núcleos de población de cualquier parte del mundo. Unos más reservados que otros, unos más abiertos que otros, unos más cosmopolitas que otros, unos más hospitalarios que otros, dependiendo de su situación geográfica, del carácter de sus gentes, de su climatología, y de mil factores más. 

 

¿Cuál es el problema, entonces? El problema comienza cuando lejos de ser un fenómeno puntual, se convierte en un fenómeno desbocado, y cuando lejos de obedecer a causas voluntarias, es provocado por causas inducidas. Inducidas por el hombre. Inducidas por los espurios intereses de Imperios, Estados, economías y gobernantes. Inducidas por países que necesitan extender sus fronteras a costa de los demás, y a los cuales no les preocupa el saqueo, el expolio y la explotación de terceros países. Inducidas por las ansias guerreras de grandes potencias imperiales que desean imponer las políticas ajenas, o el control sobre sus recursos naturales. Cuando todas estas causas se desencadenan, y las migraciones se convierten en millones de desplazamientos forzosos, entonces es cuando este fenómeno nos pone contra las cuerdas, y nos obliga a replantearnos toda nuestra política exterior. Porque se demuestra que nuestra política exterior incide, tarde o temprano, en nuestra política interior. Las oleadas de refugiados y migrantes no ocurren por casualidad, ocurren por desesperación, por miedo, por frustración, por hambre, por desempleo, por enfermedades, por terror, por devastación, por incertidumbre, por falta de expectativas vitales, por ansia de futuro. Ocurren por pura supervivencia. Ocurren por décadas de malas políticas hacia el exterior, políticas que exportan a miles de kilómetros nuestro egoísmo, nuestra perversidad, lo peor de la condición humana. Y al final, rebotan en nosotros mismos. Continuaremos en siguientes entregas.

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