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24 junio 2015 3 24 /06 /junio /2015 23:00

La autodenominada democracia “formal”, que sólo tiene de “real” la imposición de la Monarquía, es tan injusta, por mucho que ella misma se vista de legalidad, como cualquier otro sistema que mantenga la polarización del poder y la desigualdad en la sociedad (llámese monarquía, teocracia, república bananera, democracia orgánica o dictadura). Por ello, en la cruda realidad no ven más remedio que apelar al argumento del “menos malo de los sistemas políticos"

Patricia Sverlo, pseudónimo de Rebeca Quintans

Estamos realizando, en estos últimos artículos, un repaso a cómo deberían enfocarse los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado (incluyendo a las Fuerzas Armadas) bajo el contexto de la Tercera República que queremos, y ya habíamos expuesto las líneas fundamentales del debate referente al carácter anacrónico de la defensa frente a unas posibles amenazas que ya han dejado de existir, mientras nos acucian nuevas amenazas de muy distinto signo. Ésta es la seguridad que hay que cultivar, y todo lo demás vendrá como un añadido natural. Hemos también de conceder mayor relieve a las políticas de cooperación, luchando contra el obsoleto paradigma de seguridad centrado únicamente en el punto de vista militar, así como de protección de las fronteras nacionales frente a ataques externos, incluso la defensa ante el fenómeno de la inmigración. Hoy día esos planteamientos no tienen sentido, y además son excluyentes y contradictorios con un pleno desarrollo y cooperación entre los pueblos. 

 

En definitiva, en dicho nuevo concepto de Seguridad Humana (ya enunciado en artículos anteriores), las amenazas que sufrimos, lejos de poder ser defendidas por ningún Ejército, son de los siguientes tipos: Económicas (desempleo, precariedad, reducciones salariales, no poseer recursos para poder vivir dignamente...), Alimentarias (no disponer de alimentos, ausencia de soberanía alimentaria, dependencia de multinacionales y de importaciones...), Sanitarias (propagación de epidemias, deterioro constante de la protección y de los sistemas sanitarios...), Personales (violencia física, represión política, violencia de género, maltrato y trata de mujeres y niñas, explotación infantil, discriminación étnica...), Comunitarias (deterioro del tejido cívico, ausencia de contrapoder ciudadano, falta de responsabilidad ciudadana, imposibilidad de participación, cultivo al individualismo, valores centrados en lo económico, conflictos étnicos o religiosos...), Medioambientales (deterioro de los sistemas locales y mundiales, agotamiento de los recursos naturales, deriva agotadora del extractivismo, desastres provocados por la contaminación, efectos del cambio climático...), o Políticas (respeto a los Derechos Humanos, falta de garantía de protección de los derechos y libertades públicas básicas, auténticas garantías democráticas...). 

 

Como podemos apreciar, estos son los auténticos y graves problemas que sufrimos en nuestras modernas sociedades, agravados además en el contexto internacional por el imperialismo y el capitalismo globalizado, que nos conducen a un mundo cada vez más injusto, y por tanto, inseguro. Y éstas son las auténticas amenazas de las que hay que defenderse y protegerse. Por tanto, desde la izquierda transformadora, entendemos que el nuevo contexto republicano al que debemos migrar debe garantizar a la población la seguridad frente a estas amenazas, y de ahí se deduce la revolución a la que hay que someter a los actuales Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Las Fuerzas Armadas, además, adolecen de más problemas aún, derivados de una falta de actualización en sus normas internas, y de la ausencia de un funcionamiento y una dinámica más democrática y renovadora. Hace ya más de 20 años que poseemos unas Fuerzas Armadas profesionales, y que nuestros jóvenes ya no han de hacer el servicio militar obligatoriamente, como ocurría a los jóvenes de mi generación. En teoría, desde que el Ministerio de Defensa es dirigido por un civil, y desde que nuestros Ejércitos participan en escenarios internacionales, bajo diferentes misiones de carácter humanitario, y bajo el auspicio de las fuerzas internacionales, pareciera que disponemos de unas Fuerzas Armadas democráticas, modernas y renovadas. 

 

No obstante, esto no es cierto. En su interior, las normativas, los procedimientos, los reglamentos, la disciplina y la justicia militar no se han renovado, y aunque no parece que podamos albergar hoy día a personajes golpistas, sí es patente y notorio que se funciona, en el seno de las Fuerzas Armadas, bajo ópticas, premisas y comportamientos aún muy anclados en el pasado. Y lo demuestran recientes casos como el de la (ya ex) Comandante Zaida Cantera, víctima de acoso sexual y laboral por parte de un superior, o el del Teniente Segura, expulsado también del Ejército por sus libros y declaraciones públicas, acusando al entorno militar de numerosos casos de oscurantismo, corrupción, tráfico de influencias y falta de transparencia. Ambos casos, que han sido quizá los más mediáticos, junto a otros muchos no tan conocidos, nos muestran perfectamente hasta qué punto el funcionamiento interno de las Fuerzas Armadas ha de cambiar. Han de ser renovados el concepto de la disciplina y de la justicia militar, y debe promoverse un profundo cambio de actitudes y de pensamientos en la cúpula militar, así como entre los oficiales, los suboficiales y la tropa en general. En el ámbito político, han surgido recientemente nuevos colectivos procedentes de militares en la reserva, que están intentando aportar frescura ideológica, y enfrentarse a los clásicos postulados que tradicionalmente se les asignan a las Fuerzas Armadas. Entre ellos, destaca por su gran actividad el Colectivo Anemoi, formados a principios de 2014, aglutinando quizá el grupo más activo de Militares por la Tercera República. Básicamente, ponen en cuestión la obediencia de las Fuerzas Armadas al Rey, porque piensan que únicamente es aceptable que la Jefatura de las mismas sea ostentada por quien haya sido elegido democráticamente. 

 

Independientemente de todo ello, pensamos que la Tercera República, bajo unas premisas constitucionales que rechacen de todo punto la guerra como instrumento de solución de cualquier conflicto, debe fomentar mucho más en la ciudadanía algunos conceptos que están hoy día poco difundidos, como puedan ser la Objeción Fiscal Militar, o el fomento de una mayor transparencia en los presupuestos de Defensa. No parece razonable (máxime en una época de crisis profunda como la que atravesamos) que los presupuestos militares, de armamento y de Defensa, lejos de verse afectados por los recortes de otras partidas presupuestarias (de carácter social), hayan sido aumentados, y gocen del mayor oscurantismo de cara al conocimiento de los mismos por parte de la opinión pública. Y gran parte de lo que hemos contado también puede aplicarse para el resto de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado (fuerzas policiales y afines), a cualquier ámbito estatal, que deben en primer lugar desmilitarizarse (aquéllas que conserven aún un carácter u organización militar), también deben volver al ámbito público (ya que también se está potenciando su privatización), y evolucionar hacia fuerzas y cuerpos más protectores de los derechos fundamentales y de las libertades básicas de la ciudadanía, en vez de constituirse en fuerzas defensoras del Estado. El Estado es la maquinaria del poder, de las élites que nos gobiernan, y que se alejan cada vez más del pueblo, y de las clases trabajadoras, como está sucediendo actualmente. En este sentido, los Cuerpos de Seguridad no pueden convertirse en sus cómplices, sino que se deben siempre a la defensa de la integridad física de las personas, y a la protección de sus derechos, así como a la garantía de libre ejercicio de sus libertades básicas y fundamentales. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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