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4 octubre 2015 7 04 /10 /octubre /2015 23:00

Desde el punto de vista económico-financiero, si se hiciera un estudio actuarial descontando las deudas ficticias, los intereses usurarios, los intereses de los intereses, los gastos y comisiones desproporcionados y la fuga de capitales, se llegaría a la conclusión de que la deuda ha sido totalmente pagada y probablemente se vería que los presuntos deudores son en realidad acreedores

Alejandro Teitelbaum ("La deuda externa", 2001)

La situación actual, por tanto, y sin ninguna duda, nos lleva a concluir que los Estados son rehenes absolutos de esta hidra bancaria internacional. Es una diabólica espiral que se retroalimenta, ya que los Estados no osan poner en cuestión el funcionamiento ni el poderío de estas instituciones, a la vez que éstas desarrollan lógicas financieras muy peligrosas, siendo responsables de la inestabilidad monetaria internacional, y con capacidad para desarmar todo intento de desmontar legalmente su influencia y sus reglas de juego. Este oligopolio internacional no sólo constituye una amenaza para las democracias, sino que posee el poder para modelarlas a su antojo, lo que evidentemente se traduce en que su tendencia deriva hacia democracias de baja intensidad, donde la participación ciudadana se encuentra bajo mínimos, los Estados tienen poca capacidad de intervención en la economía, y la financiarización de la misma domina absolutamente las reglas de juego. Como puede comprobarse, todo un círculo vicioso del cual es muy difícil escapar.

 

Las diferentes etapas por las que este proceso discurre, desde la década de los años 70 del siglo pasado, están bien clara: en primer lugar, pérdida de la soberanía monetaria, gran pilar que proporciona cierto nivel de independencia. En segundo lugar, riguroso sometimiento a una disciplina presupuestaria, bajo los falsos eslóganes de tener que reducir el déficit público, y sanear las cuentas públicas, todo lo cual converge en un debilitamiento progresivo de la democracia, sacrificando los pilares de la protección social de la ciudadanía, y sacrificando de facto los servicios públicos por mor de un pago de una deuda y de unos intereses. El Estado queda desprotegido, sin capacidad ni autonomía para enfrentarse a dichos poderes económicos, que acaban por someterlos a sus dictados, de forma más o menos expresa. Al final, en los casos más graves, este mundo bancario superpoderoso impone sus propias reglas, desmontando a su placer gobiernos enteros, y situando en la dirigencia a sus propios candidatos, de corte tecnocrático. Dichos candidatos tienen entonces un mandato muy claro, que básicamente consiste en "explicar" al pueblo que no existen otras alternativas, y sacrificar toda la política económica para satisfacer los intereses de esta hidra bancaria internacional. Es así como funciona este cotarro, y pretender ignorarlo o reformarlo desde dentro, incluso pretender enfrentarse a él sin un plan rigurosamente establecido, y sin la mayoría social de un pueblo apoyándolo, es absolutamente imposible, además de un ejercio de supina ingenuidad.

 

La crisis actual no ha sentado las bases para que este tinglado deje de funcionar, ni siquiera para que sea menos poderoso, así que la inestabilidad financiera persistirá, y como las deudas públicas no hacen más que aumentar en prácticamente todos los países desarrollados, resulta que  nos encontramos con la acuciante y creciente amenaza de una explosión de la burbuja de las obligaciones, igual que ocurrió con la burbuja inmobiliaria, o con la burbuja de las hipotecas basura. Las deudas están constituidas por obligaciones financieras, y como la deuda aumenta, llega un momento en el cual la burbuja explotará y asistiremos, de nuevo impotentes, a un cataclismo financiero tan grave o más que los vividos hasta ahora, ya que los Estados, debido precisamente a sus políticas de disciplina presupuestaria, no podrán intervenir. No se ha cambiado ni un ápice de la lógica profunda de la globalización de los mercados, y tampoco se ha querido romper el oligopolio. Por todo ello, el conflicto está servido. Sólo es cuestión de tiempo que volvamos a vernos inmensos en una inmensa crisis que agrave nuevamente nuestras condiciones de vida. 

 

Y cuando el cataclismo estalla, ya sabemos la forma de actuación del manual del gobernante neoliberal de turno, que consiste básicamente en recapitalizar las entidades bancarias objeto del desastre (bajo la falacia de que a los bancos no podemos dejarlos caer), o bien en "nacionalizarlos" (engañoso eufemismo, bajo el que se esconde en realidad una práctica limitada en el tiempo para socializar las pérdidas, y posteriormente privatizar de nuevo los beneficios). Al final, todo ello nos lleva a que la deuda privada engrose el montante de la deuda pública, pagando todos los contribuyentes, y abultando de nuevo los intereses de dicha deuda. Hoy día el sistema globalizado permite que los capitales se muevan en el escenario internacional a la velocidad de un clic, gracias al enorme poderío de estos agentes del capitalismo transnacional. Bien, la pregunta, por tanto, está muy clara: ¿cómo podemos y debemos actuar? ¿Qué solución podemos darle a esta barbarie capitalista de los grandes bancos y de la deuda pública que nos obligan a pagar, hipotecando nuestra soberanía y convirtiendo la moneda en un bien privado en vez de un bien público? Pues desde la izquierda transformadora, pensamos que en la propia pregunta está contenida la respuesta. Entonces, la nueva pregunta podría ser: ¿Porqué los Estados han de pagar sus deudas? ¿Deben estar siempre obligados a ello? Cada vez que se han planteado esta pregunta últimamente, nuestros mediocres e ineptos gobernantes se han llevado las manos a la cabeza, como si estuvieran ante un nuevo diluvio universal...¡¡NO PAGAR LA DEUDA!! ¡¡QUÉ BARBARIDAD!!

 

Pues como vamos a comenzar a demostrar, no es ninguna barbaridad. Me baso a partir de aquí en un estupendo artículo de Francisco Vidal Guardado, que precisamente se hace dicha pregunta en el título, e intenta responderla desde varios puntos de vista. Permítaseme aclarar otra frecuente falacia que se vierte, en el sentido de equiparar el funcionamiento económico del Estado al de una familia, para desmontar lo cual recomiendo a los lectores nuestro artículo "La familia como mal ejemplo económico", publicado en este mismo Blog. Pero asimilar esta diferencia es sólo el principio. Hay que partir de la base de que un Estado es la plasmación política de una sociedad, esto es, de una comunidad política. Es evidente que los Estados necesitan obtener recursos para financiarse. El principal medio del que disponen para ello es la propia confiscación de bienes a los habitantes del territorio que controlan, esto es, el mecanismo de los impuestos. La burguesía, los señores feudales, la aristocracia, las monarquías, el clero o los terratenientes, son ejemplos de estamentos sociales que históricamente se han autofinanciado de esta forma, explotando al pueblo llano para mantener sus privilegios. Una política socialista debe, en primer lugar, expropiar a dichos estamentos, redistribuyendo la riqueza y convirtiendo el mecanismo de los impuestos en un auténtico sistema de cohesión y de justicia social. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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