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7 abril 2019 7 07 /04 /abril /2019 23:00
Viñeta: Guffo

Viñeta: Guffo

La actual crisis es completamente distinta a todas las anteriores, en virtud de la sincronía de diversos factores, que hacen de la presente una crisis civilizatoria, que marca la frontera de una época histórica en la que se ha puesto en peligro la misma permanencia de la especie humana, conducida al abismo por un sistema ecocida y genocida, regido por el afán de lucro

Renán Vega Cantor

Hablábamos en la entrega anterior (siguiendo este artículo de Michael Löwy) de cómo el clásico "crecimiento" económico, bajo el ecosocialismo, ha de ser profundamente redefinido. Para empezar, porque no todos los países del mundo han adquirido el mismo nivel de desarrollo, y por ende, no todos han contribuido por igual al escenario actual, ni poseen para sus respectivas poblaciones los mismos grados, elementos y características para su protección. Atendiendo a las mínimas necesidades sociales, es evidente que en los países del Sur global, donde estas necesidades están muy lejos de ser satisfechas, debe buscarse el desarrollo más bien clásico (vías férreas, hospitales, sistemas de alcantarillado, y otras infraestructuras necesarias para un acondicionamiento mínimo). Pero aún así, deberíamos potenciar que estos países realizaran estos proyectos de forma ecológicamente más sostenibles, menos dañinos, introduciendo, por ejemplo, sistemas energéticos renovables. Mientras que estos países más pobres necesitarán expandir su producción agrícola para combatir el hambre y la población en aumento, el ecosocialismo apuesta por la promoción de métodos agroecológicos enraizados en unidades familiares, cooperativas o granjas comunitarias, en vez de los métodos destructivos del agronegocio industrializado, tales como el uso intensivo de pesticidas, productos químicos y organismos genéticamente modificados (OGM). Así mismo, la transformación ecosocialista abordaría el pernicioso sistema de la deuda pública que enfrentan estos países pobres (mediante sistemas de auditorías, repudio y negociación con los países u organizaciones acreedoras), como también la renuncia a la explotación de sus recursos por países ricos e industrializados, o aquellos con rápido desarrollo, como es el caso de China. 

 

En lugar de todo ello, el ecosocialismo plantea el establecimiento de un fuerte flujo de ayuda técnica y económica desde los países más ricos hacia los países del sur global, orientada desde un fuerte sentido de la solidaridad y en el reconocimiento de que los problemas planetarios exigen soluciones globales. Y como sabemos, el cambio climático y el agotamiento de los recursos energéticos son los problemas más globales que padecemos. Por su parte, en los países ricos e industrializados debemos fomentar unas prácticas sociales ligadas a un imaginario colectivo que erradique los actuales ritmos, modos y formas de vida, centrados en un consumo compulsivo, inducido por la voracidad del propio sistema capitalista, que nos induce a adquirir un montón de mercancías inútiles que no satisfacen necesidades reales, ni contribuyen al bienestar o a la prosperidad humanas. Hay que eliminar de los productos tecnológicos la vertiginosa obsolescencia programada, que fomenta el consumo periódico de nuevas versiones de productos, bienes y servicios, ya que toda esta fabricación y consumo excesivos son la mayor causa de generación de residuos tóxicos, y de agotamiento de materias primas y recursos naturales. No es sano ni sostenible desde ningún punto de vista, por ejemplo, que estemos cambiando de teléfono móvil cada año, al albur de las nuevas prestaciones que traen las nuevas versiones tecnológicas, al igual que tampoco podemos dejar al arbitrio de los grandes fabricantes de automóviles la evolución de la producción, sino que es el conjunto de la comunidad, de la ciudadanía, la que debe controlar cómo ha de ser esa evolución tecnológica, sobre todo en la vertiente que vaya a afectar al consumo social. Un socialismo ecológico como el que estamos proponiendo nos induce a pensar que es la sociedad la que controla lo que se produce, cómo y para qué, y todo ello bajo parámetros sostenibles ecológicamente.

 

El efecto de la publicidad en este ámbito es sumamente perjudicial. Michael Löwy lo explica en los siguientes términos: "Pero ¿cómo distinguimos a las necesidades auténticas de aquellas artificiales y contraproducentes? A un grado considerable, las últimas son estimuladas por la manipulación mental de la publicidad. En las sociedades capitalistas contemporáneas, la industria de la publicidad ha invadido todas las esferas de la vida, dando forma a todo desde la comida que comemos y las ropas que vestimos a los deportes, la cultura, la religión y la política. La publicidad promocional se ha vuelto omnipresente, infectando insidiosamente nuestras calles, paisajes y medios tradicionales y digitales, moldeando hábitos de consumo conspicuos y compulsivos. Más aún, la industria de la publicidad misma es una fuente considerable de desperdicio de recursos naturales y tiempo de trabajo, finalmente pagados por el consumidor, por una rama de producción que está en contradicción directa con las necesidades socio-ecológicas reales. Mientras que es indispensable para la economía de mercado capitalista, la industria de la publicidad no tendría lugar en una sociedad en transición al ecosocialismo; sería reemplazada por asociaciones de consumidores que veten y diseminen información sobre los bienes y servicios. Mientras se desarrollen en algún grado estos cambios, los viejos hábitos persistirán por algún tiempo, y nadie tiene el derecho de dictar los deseos de las personas. Alterar los patrones de consumo es un desafío educacional en desarrollo dentro de un proceso histórico de cambio cultural". Nosotros hemos abordado a fondo los aspectos de la publicidad en nuestra serie de artículos "Capitalismo y Sociedad de Consumo", a la que remito a los lectores y lectoras que deseen consultarla. Bien, llegados aquí, seguro que a alguno(s) lectores y lectoras, de mente bien formada bajo el paradigma falaz de la "libertad" capitalista, se le habrán encendido todos los focos, para alumbrar una duda fundamental, una cuestión primordial, que podría ser enunciada así: "Pero entonces...¡estaríamos recortando la libertad de las personas!". 

 

Bien, este prejuicio surge a raíz de que nuestra mente ha sido colonizada absolutamente bajo los valores y principios capitalistas, y entendemos por "libertad" sólo un determinado grado, visión o modalidad de la misma. El capitalismo llega incluso a más: no solo nos induce a pensar en determinadas visiones de la libertad, sino que crea o inventa libertades inexistentes, o bien que se nos aparecen disfrazadas para albergar peligrosos enfoques (un ejemplo de esto último es la famosa "libertad de elección" de los padres a la educación de sus hijos/as, que disfraza en realidad el supuesto derecho de los padres a que existan colegios religiosos, sexistas o elitistas). Así que, volviendo a la supuesta "libertad" que algunos dicen que se recortaría si pusiéramos en práctica los paradigmas del ecosocialismo, hay que responderles que en realidad esa libertad que aducen es la libertad de las propias empresas a continuar haciendo lo que deseen con tal de conseguir más beneficios: contaminar, fabricar productos peligrosos, crear publicidad engañosa, etc. Esta supuesta libertad no es tal, simplemente porque se basa en la desigualdad, es decir, es una libertad ejecutada desde las posiciones de poder de las grandes corporaciones, frente al poder limitado y recortado de los Estados, países, sociedades o comunidades. Precisamente por esto hay que recortar dicho poder de las empresas, y no hay que verlo como un "recorte de libertades", sino como un avance de la democracia. Y es que llegados a este punto donde nos encaminamos al colapso civilizatorio, es absolutamente esencial que el conjunto de la sociedad sea capaz de retomar el control (sobre lo que se produce, de qué manera y para qué), y no hay otra forma de hacerlo que arrebatando poder a las corporaciones, a las empresas, a esos gigantes agentes económicos que, en expresión de Manolo Monereo, "son los que mandan y no se presentan a las elecciones". 

 

El ecosocialismo, y el Buen Vivir, se basan en una premisa social común, absolutamente básica e integradora: el "ser" debe tener precedencia sobre el "tener". Hay que prestar mucha más atención al "ser" que al "tener", hemos de incidir más en "lo que somos" que en "lo que tenemos". Pero para llegar a ese punto, hemos de liberarnos de la alienación capitalista, hemos de liberarnos del dogal que representa la actual sociedad de consumo. Cuando asumamos ese paradigma de forma colectiva, dejaremos de enfocar nuestros bienes, productos y servicios privados, para enfocar los bienes y servicios comunes. Cambiaremos el foco de lo privado a lo público, olvidaremos "lo que yo tengo" y lo sustituiremos por "lo que tenemos". Hay que poner la atención en lo que somos, y lo que tenemos debe enfocar no al yo, sino a la sociedad, al común, al nosotros. Y así, en vez de perseguir el lucro incesante y los bienes infinitos, las personas buscarán más tiempo libre, menos dedicación al trabajo, reducirán su dependencia sobre los asuntos materiales, comenzará a primar el compartir sobre el poseer, y los logros personales se orientarán a través de actividades culturales, deportivas, recreativas, artísticas, científicas, políticas, etc. Para los filósofos más profundos, diremos que no existen evidencias de que la codicia compulsiva provenga o corresponda a una naturaleza humana intrínseca, como sugiere la retórica conservadora. Han existido muchos pensadores que lo han argumentado, pero nadie ha llegado a tal conclusión empírica. Tampoco podemos situarnos, por supuesto, en el otro extremo, y sostener que la naturaleza humana es por definición y origen, altruista, cooperativa y solidaria. Tampoco esto ha podido ser demostrado. Quizá la humanidad tenga que acarrear siempre con ambos lados de la naturaleza de las personas (la mala, corrupta, egoísta y perversa, junto con la buena, social, solidaria y cooperativa). Pero lo que sí podemos hacer es crear un modelo social donde la propia sociedad controle que los valores perversos de la humanidad no puedan prevalecer sobre los demás. El ecosocialismo y el Buen Vivir contribuyen a ello. Será, sin duda, el modelo social y de convivencia más justo, equilibrado, libre, avanzado, igualitario y sostenible. Continuaremos en siguientes entregas.

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