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26 octubre 2020 1 26 /10 /octubre /2020 11:02
Filosofía y Política del Buen Vivir (111)

Para no ser especistas debemos permitir que los seres que son semejantes en todos los aspectos relevantes tengan un derecho similar a la vida, y la mera pertenencia a nuestra propia especie biológica no puede ser un criterio moralmente relevante para obtener este derecho

Peter Singer

Hablábamos del especismo en los últimos artículos (siguiendo el sitio web de Etica Animal), y hemos de insistir en este concepto, para comprenderlo en toda su dimensión, y luchar contra él, pues es una práctica inasumible dentro de los parámetros del Buen Vivir. Las actitudes de los seres humanos hacia el sufrimiento animal atraviesan un arco muy variado. Desde los comportamientos más crueles, hasta los más sensibles, toda una gama amplia de criterios son argumentados con respecto a este asunto. Incluso cuando los animales no son explotados, son discriminados porque no son tenidos seriamente en consideración. Pero como decimos, nosotros los humanos tenemos diferentes actitudes hacia los demás animales. Hay quienes no los tratan con respeto en absoluto. Una minoría no tiene ninguna preocupación por la manera en que los animales son tratados, y ni siquiera se preocupa cuando son torturados. Una versión menos extrema de esta posición es representada por quienes se oponen a la tortura de animales de algunas formas inusuales, o meramente por diversión, pero en general no piensan que importe mucho el sufrimiento de los animales mientras que los seres humanos nos veamos beneficiados por el producto que se obtiene con dicho sufrimiento (experimentación científica, dieta alimentaria, espectáculos, etc.). Se piensa por lo general que solamente los seres humanos merecen plena consideración moral. Se considera aceptable a menudo dañar a un animal si ello supondrá algún beneficio para los seres humanos, y cuando un animal necesita ayuda a menudo es abandonado a su suerte. Esto ocurre en particular en el caso de animales que viven en la naturaleza. Nuestros servicios comunitarios se plantean proteger al humano de los animales, pero no proteger a los animales de los humanos, cuando es evidente que nosotros hacemos a ellos más daño que ellos a nosotros. El especismo, como estamos viendo, posee mil manifestaciones, unas más evidentes, otras más latentes. Unas más ocultas, otras más visibles. Unas más despiadadas, otras más suaves. Muchas de ellas se combaten, pero otras muchas no, porque aún están asumidas socialmente. Las caras del especismo son múltiples, y todas deben ser combatidas. 

 

Nos explican desde el sitio de Etica Animal: "Es importante resaltar que no es necesario odiar o querer hacer daño a alguien para discriminarlo, como tampoco es necesario tener un carácter sádico. La discriminación de los animales no humanos es simplemente una cuestión de no dar importancia al daño o beneficio que podemos producirle a consecuencia de nuestro comportamiento hacia ellos, en casos donde sí tomaríamos en consideración este daño o beneficio hacia los seres humanos. Además, algunos animales no son discriminados en comparación con los seres humanos, sino en comparación con otros animales no humanos. Por ejemplo, se puede tener más respeto por perros que por cerdos, o por mamíferos que por otros animales, incluso en situaciones donde los animales menos respetados serán dañados como resultado. Por ejemplo, rechazar el uso de perros y gatos como comida (una práctica aceptada en algunos países), pero aceptar el consumo de pollos y peces, por ejemplo. Esta es otra forma de discriminación especista, puesto que todos los animales sintientes tienen un interés en no ser heridos, con independencia a la especie a la que pertenezcan". Y es que como afirmábamos más arriba, el abanico de las prácticas especistas es muy amplio. Otro ejemplo comprobable nos lleva a concluir que muchas veces practicamos una forma común de especismo (que suele pasar desapercibida), como es discriminar a los animales pequeños con respecto a los grandes. En general, tenemos una disposición psicológica a cuidar menos de los animales pequeños. Por ejemplo, mucha gente considera que un caballo merece mayor consideración que, por ejemplo, un ratón, simplemente por su tamaño relativo. O por ejemplo, una ballena con respecto a un caballito de mar. Es decir, tenemos la tendencia a pensar que los animales pequeños son menos conscientes (o menos sintientes) que los grandes, cuando esto no es necesariamente así. La gran pregunta es: ¿existe alguna razón para justificar, desde un punto de vista ético, el especismo? Creemos que no. El especismo es una discriminación de tipo cultural, cuyo fundamento reside en la superconsideración que le concedemos a nuestra especie humana sobre todas las demás. A pesar, por ejemplo, de que la ciencia nos demuestre lo cercano que está un gran simio de nosotros, seguiremos pensando que nosotros somos muy superiores. 

 

¿Dónde reside, pues, el origen del pensamiento especista? De forma general se sostiene que podemos discriminar a los animales no humanos, simplemente porque no son seres humanos. Y punto. Ahí reside la, para muchos, gran diferencia. Pero esto es meramente una circunstancia biológica, tal como nacer de un sexo o de otro, o con un cierto color de piel u otro. Es algo completamente arbitrario, que no puede justificar tal discriminación. De la misma forma, estableciendo un paralelismo, las personas xenófobas y racistas sienten mayor simpatía por ciertos seres humanos que por otros (incluso los grupos supremacistas los consideran seres superiores), pero esto no justifica su actitud. La historia nos demuestra hasta qué punto el supremacismo llevado a sus últimas consecuencias nos conduce a auténticas aberraciones. Y con respecto al criterio de la inteligencia, también lo debemos tener claro: quizá el argumento más común es justificar el especismo por el hecho de que la inteligencia de los animales no es como la humana. Pero esta afirmación no tiene en cuenta el hecho de que muchos seres humanos no tienen el mismo tipo o grado de inteligencia. Concretamente, los niños pequeños y las personas cognitivamente discapacitadas, no alcanzan aquello que normalmente consideramos "inteligencia humana". No obstante, una inmensa mayoría se opone a la discriminación contra los seres humanos basada en este criterio. Por tanto, podemos concluir que si la inteligencia no es una razón para justificar el peor trato para unos seres humanos que para otros, tampoco puede ser una razón para justificar tratar a los animales no humanos peor que a los seres humanos. En conclusión, no parece que tampoco el criterio de la inteligencia humana sea válido para justificar tal discriminación. En el fondo, como estamos viendo, son discriminaciones completamente arbitrarias. Las raíces sociales para tal discriminación son fundamentalmente educativas: desde la niñez nos han enseñado (y hemos vivido) que los animales de otras especies son seres inferiores a nosotros, que no merecen mucha consideración. Consideramos por ejemplo una aberración abandonar a nuestros mayores, pero no tanto abandonar a un perro. 

 

Pero más allá del motivo educativo, y enlazado con él, tenemos el criterio especista basado en lo cultural, concretamente los criterios basados en nuestra civilización capitalista, por el cual nos beneficiamos de la explotación de los animales no humanos, concretamente consumiendo sus cuerpos y fluidos como comida. La dieta animal lleva siglos entre nosotros, pero está demostrado que no es esencial para nuestra supervivencia. La consumimos como algo meramente cultural y civilizatorio. Con todo ello, nuestras creencias hacen que parezca aceptable explotar a otros animales, y los beneficios que derivan de esta explotación motivan y realimentan a su vez a nuestras creencias. Es cómodo por tanto aceptar y no cuestionar el conocimiento recibido de que otros animales son inferiores a nosotros, y aceptar esto como algo obvio. Pero como estamos comprobando, este punto de vista no puede justificarse. Todos estos criterios y puntos de vista especistas son los que han prevalecido a la hora de continuar abusando de los animales para nuestros intereses, tales como la experimentación científica, el crecimiento de diversas industrias (peletería, cosmética...), el uso de animales para espectáculos, ocio y diversión, y un largo etcétera. Existen muchos más elementos y criterios para justificar el especismo, pero lo dejaremos aquí, pues creo que la idea fundamental ha quedado perfectamente clara. La filosofía donde se basa el Buen Vivir nos conmina a eliminar los prejuicios morales hacia todos los animales, en general hacia todos los seres vivos, para convivir con todos ellos en plena armonía, dentro de los recursos que nos proporciona la Madre Tierra. De hecho, los inconvenientes y peligros que estamos creando con nuestra civilización capitalista globalizada y sus valores (ver nuestro artículo "Los peligrosos valores del neoliberalismo") están provocando, además de todas las prácticas especistas, la destrucción ingente de buena parte de la flora y fauna del planeta, en una oleada que ya muchos científicos han catalogado como la Sexta Extinción, toda una brutal eliminación de la biodiversidad que no podemos permitirnos. Para ello es esencial, por tanto, cambiar los esquemas mentales imperantes, y conceder respeto y valor intrínseco a todas las demás especies de animales, al igual que lo hemos venido reclamando para la propia Naturaleza. 

 

El Buen Vivir, por tanto, requiere del desarrollo, difusión y aceptación de una Ética Animalista, básicamente una ética que trata sobre por qué deberíamos tener en cuenta a los animales no humanos en nuestras decisiones morales. No existe una sola teoría ética animalista (que tenga en cuenta los intereses y derechos de los animales), sino varias (Igualitarismo, Utilitarismo, Consecuencialismo Negativo, Contractualismo, Teoría sobre los Derechos, Ética de la Virtud, Ética del Cuidado...). No las vamos a presentar todas aquí, pero recomiendo a mis lectores y lectoras interesadas que busquen más información sobre ellas, para poder discernir cuáles son los criterios que inspiran a unas y a otras. Lo fundamental es esto: a pesar de las muchas diferencias, todas las teorías éticas aceptadas de manera más amplia apoyan una defensa de la consideración moral hacia los animales no humanos, y por tanto el rechazo (en mayor o menor grado) del especismo. Los argumentos concretos de cada teoría son diferentes, pues cada una de ellas tiene su propio corpus teórico de razones y motivaciones por las que deberíamos actuar de determinada manera, y no de otra. Sin embargo, como decimos, los diferentes argumentos empleados en todas estas teorías llegan a la misma conclusión: los humanos deberíamos tener en cuenta los intereses de todos los seres sintientes, a la hora de actuar y proyectar nuestros comportamientos. Como sabemos, el término "interés" se usa para describir lo que es beneficioso para alguien. En otras palabras, lo que promueve lo que es bueno para alguien cuya vida puede ir bien o mal. Y así, decimos "que es de su interés" cuando algo es positivo para alguien. Ese algo puede manifestarse en un bien material concreto, en un acontecimiento, en un uso determinado, etc. Dentro de la ética, cuando pensamos sobre cómo actuar, así como cuando participamos en el análisis moral de nuestras acciones, consideramos el interés de otros a los que deberíamos respetar. Aquí es donde las teorías éticas que hemos mencionado se manifiestan a la hora de proteger y tener en cuenta los intereses de los animales no humanos. La pregunta base sería: ¿tienen intereses los animales no humanos? Es evidente que si pueden sufrir y disfrutar, como ha quedado demostrado (son seres sintientes), los tienen. Y es nuestro deber moral respetarlos, y tenerlos en cuenta ante cualquier decisión que pueda afectar a sus vidas. La expresión "tenerlos en cuenta" no significa "priorizarlos", sino simplemente pensar también en sus intereses, además de en los nuestros. Continuaremos en siguientes entregas.

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