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11 enero 2021 1 11 /01 /enero /2021 00:00
Filosofía y Política del Buen Vivir (121)

Los bosques preceden a las civilizaciones. Los desiertos las siguen

Chateaubriand

El colapso, entendido como proceso de creciente pérdida de complejidad y de estabilidad social, no es algo nuevo en la historia humana. De una manera u otra todas las civilizaciones se han enfrentado a problemas similares de crecimiento, deterioro ambiental y, en ocasiones, de desbordamiento de los límites ecosistémicos que han tenido nefastas consecuencias sobre la capacidad de cubrir las necesidades básicas de la población y mantener la organización social. La singularidad del problema actual es que dichos procesos alcanzan a todo el planeta y se están produciendo a enorme velocidad

Fragmento de “La Gran Encrucijada”

Como ya advertimos en nuestra entrega anterior, vamos a finalizar esta serie de artículos, como no podía ser de otra manera dada la rabiosa actualidad del asunto, con una panorámica sobre la pandemia de Coronavirus, que azota a toda la humanidad como un hecho social global, precisamente derivado (como venimos denunciando a lo largo de toda la serie) de nuestra peligrosa deriva civilizatoria. Nosotros comenzamos a publicar la presente serie en agosto de 2018, y por entonces, aún era impensable el despliegue mundial de una pandemia como la actual, aunque ya habíamos tenido algunos precedentes (SARS, MERS...) en años anteriores. Desde febrero de 2020 comenzaron a extenderse los casos procedentes del epicentro en China (en la ciudad de Wuhan, provincia de Hubei), y a partir de marzo se comenzaron a tomar las medidas drásticas para atajar la pandemia, que aún continúa a día de hoy amenazando a millones de personas, contagiadas, hospitalizadas y fallecidas. La pregunta sería: ¿por qué hablar de la pandemia de coronavirus en esta serie que trata sobre el Buen Vivir? Pues precisamente porque la actual pandemia (y muchas otras que seguramente nos afectarán en el futuro) es consecuencia directa del modo de vida que nos ha traído hasta aquí, del orden civilizatorio fallido que hemos creado y que nos está conduciendo al precipicio. Utilizando como siempre diversas fuentes, vamos a intentar exponer el hecho pandémico en sus últimas motivaciones, y la necesidad de un cambio de rumbo civilizatorio si pretendemos superar esta situación. Tomo como referencia en primer lugar un reciente artículo de Santiago Alba Rico, uno de nuestros más lúcidos y brillantes pensadores, que bajo el título "Capitalismo pandémico" fue publicado, entre otras fuentes, en el medio digital Contexto y Acción. Alba Rico nos introduce (a partir de otro artículo de Richard Horton) en el concepto de "Sindemia": "un cuadro epidémico en el que la enfermedad infecciosa se entrelaza con otras enfermedades, crónicas o recurrentes, asociadas a su vez a la desigual distribución de la riqueza, la jerarquía social, el mayor o menor acceso a la vivienda o la salud, etc., factores todos ellos atravesados por una inevitable marca de raza, de clase y de género. La sindemia es una pandemia en la que los factores biológicos, económicos y sociales se entreveran de tal modo que hacen imposible una solución parcial o especializada y menos mágica y definitiva". Atención, por tanto, al nuevo concepto, que sobrepasa al concepto clásico de salud, para introducirnos a un concepto integral de necesidades humanas no cubiertas. 

 

Santiago Alba Rico nos introduce, en base a este concepto, el de "Capitalismo sindémico", entendido éste como un contexto donde ya no es fácil distinguir entre naturaleza y cultura, ni, por lo tanto, entre muerte natural y muerte artificial. La muerte natural sería la causada por cualquier enfermedad, la muerte artificial sería la causada por el propio sistema capitalista que se basa en la necropolítica, es decir, en la política de la muerte. Y a continuación, relacionemos todo esto con los diversos aspectos que ya hemos tratado en esta serie: por ejemplo, con el Animalismo. Pensemos, por ejemplo, en la multiplicación muy reciente de nuevos virus inseparables del desarrollo de la industria agroalimentaria y de la presión extractiva sobre el mundo animal. Todo este maltrato a determinadas especies animales hace inevitable la generación de nuevas cepas virales y su transmisión a los seres humanos, en un proceso llamado "zoonosis", y que desarrollaremos más extensamente en su momento. Este capitalismo sindémico ha convertido la naturaleza misma en un laboratorio vivo, en permanente ebullición patológica, incontrolable incluso para sus propios gestores y beneficiarios. Granjas gigantescas, proyectadas expresamente para acelerar el crecimiento de los animales mediante cócteles antibióticos y en condiciones de concentración absolutamente infernales, son precisamente los mejores "laboratorios" donde los virus pueden multiplicarse y saltar a la especie humana. De esta forma, el capitalismo sindémico inscribe en la naturaleza sus propias leyes mortales. Como explica Alba Rico: "Los nuevos virus, nacidos en los "laboratorios naturales" de las grandes granjas agropecuarias, sin intervención de ningún maligno conspirador, pasan a sociedades humanas muy estratificadas en las que las mujeres, las minorías racializadas y las poblaciones urbanas marginadas, más expuestas a contactos de riesgo y víctimas ya de enfermedades no contagiosas o crónicas, acaban sucumbiendo a la epidemia y justificando, además, aislamientos selectivos y discriminaciones adicionales que, en una nueva vuelta de tuerca, agravan sus condiciones sociales y multiplican los riesgos de contagio global. Los virus pasan de animales maltratados a humanos maltratados en una sinergia potencialmente apocalíptica". 

 

Y por supuesto, el capitalismo sindémico selecciona siempre qué enfermedades son curables y cuáles no, en virtud de criterios puramente económicos, al igual que ocurre con la distribución mundial de las vacunas. Contemplé recientemente un cartel que decía: "Hay algo que da más miedo que las vacunas: No tenerlas". Pero volvamos al concepto de zoonosis, que habíamos mencionado más arriba, para intentar delimitarlo mejor, en cuanto a su alcance y peligrosidad. En su artículo para el libro colectivo "2020: La Pandemia del Capitalismo Global", Pascual García-Macías y Wilder Rai Espinoza explican, sobre la etiología del coronavirus Sars-Cov-2, lo siguiente: "Empero, más allá de lo que ha provocado esta epidemia, es importante decir que quien la produjo es el sistema de producción capitalista. Volvemos a desempolvar los conceptos marxistas, como el de "ruptura metabólica" grosso modo es el desequilibrio provocado por el capitalismo entre la naturaleza y lo humano. De esta manera, la huella ecológica generada por la explotación de la naturaleza actual conlleva a que las sociedades sean susceptibles a patógenos que afectan su fisiología. De acuerdo a Rob Wallace (2020), biólogo evolutivo, el incremento en la aparición de virus se vincula estrechamente con la producción agroalimentaria y los beneficios de las multinacionales; no existen patógenos independientes del capital. El constante interés del capital de apropiarse de los bosques primigenios y de tierras cultivadas por pequeños productores implica deforestación, y esto conlleva a que muchos "nuevos" patógenos que se mantenían bajo control por las ecologías de bosques largamente evolucionados, empiecen a brotar y a amenazar al mundo. Se debe reparar la grieta metabólica que separa a la ecología de la economía, debemos dejar de pensar que somos más fuertes que la naturaleza; replantearnos los modos de vida y desvelar estos procesos de acumulación por desposesión que persisten, se adaptan y refuerzan al sistema y cumplen con la lógica de reproducción del capital". Y por su parte, Jerôme Baschet concluye de forma categórica: "Está claramente comprobado que la actual multiplicación de las zoonosis es el resultado de las transformaciones inducidas por la expansión desmesurada de la economía mundial, con sus lógicas de mercantilización y su falta de atención a los equilibrios de los ecosistemas". 

 

Es, pues, absolutamente imprescindible, para intentar evitar futuras pandemias, reducir al máximo las posibilidades zoonóticas: en ese sentido, valga tener en cuenta como causas principales la destrucción continua de bosques y selvas, en virtud de la ampliación de las urbes, lo cual implica la destrucción del hábitat de muchas especies animales para el monocultivo o la explotación de ganado, entre otros, como se hace ahora intensamente en Brasil, por ejemplo. Si no lo hacemos, estaremos siempre ante el riesgo del previsible contagio por nuevos virus que, de hoy en adelante, saltarán desde otros reservorios animales a nosotros los humanos, como ya sucedió con el camello en el MERS o con el murciélago en el anterior SARS. Pero la pandemia, contemplada desde la lógica del Buen Vivir, es en realidad solo un escalón más en el colapso ecosocial al que nos dirigimos indefectiblemente. La pandemia ya, de hecho, convulsiona el conjunto de las relaciones sociales y conmociona la totalidad de los actores, de las instituciones y de los valores de una sociedad. Si miramos atrás unos meses, esto es justamente lo que nos está ocurriendo. Toda la humanidad está viviendo con miedo, con perplejidad y con angustia esta situación, y esto ya en gran medida representa un colapso: economías detenidas, millones de personas en desempleo, cifras de muertos escandalosas, experiencias vitales al límite de lo imaginable, cambios en nuestros modos de vivir y de relacionarnos, etc., irrumpen de forma violenta en nuestra cotidianidad y nos obligan a cambiar, a adaptarnos: esto es el colapso. "Nuestras sociedades siguen temblando sobre sus bases, como sacudidas por un cataclismo cósmico", describe magistralmente Ignacio Ramonet en su documento "La pandemia y el sistema mundo", que tomamos como referencia a continuación. Explica Ramonet: "Estamos padeciendo en nuestra propia existencia el famoso "efecto mariposa": alguien al otro lado del planeta se come un extraño animal, y tres meses después, media humanidad se encuentra en cuarentena...Prueba de que el mundo es un sistema en el que todo elemento que lo compone, por insignificante que parezca, interactúa con otros y acaba por influenciar al conjunto". El planeta descubre, estupefacto, que no hay comandante a bordo. Toda la ciudadanía mundial descubre que está sola ante la catástrofe, que cada país mira hacia sus adentros, que no existen varitas mágicas, que no existen fronteras para el virus, y que lo que parecía distópico y propio de dictaduras de ciencia-ficción se ha vuelto normal.

 

Aceptamos y normalizamos la política de la vigilancia, siempre para controlar males mayores. Contemplamos con pavor hasta qué punto han debilitado los sistemas públicos de salud, que se colapsan, que faltan sanitarios, y reflexionamos hasta qué punto el binomio economía-vida debe ser reconstruido. Nos damos cuenta hasta qué punto son importantes la soberanía alimentaria, científica, farmacéutica y sanitaria. Pero son precisamente estas situaciones límite las que nos ayudan a concienciarnos sobre otros asuntos. Como indica Ramonet: "La única lucecita de esperanza es que, con el planeta en modo pausa, el medio ambiente ha tenido un respiro. El aire es más transparente, la vegetación más expansiva, la vida animal más libre. Ha retrocedido la contaminación atmosférica que cada año mata a millones de personas. De pronto, sin la mugre de la polución, la naturaleza ha vuelto a lucir tan hermosa...Como si el ultimátum a la Tierra que nos lanza el coronavirus fuese también una desesperada alerta final en nuestra suicida ruta hacia el cambio climático: "¡Ojo! Próxima parada: colapso". Y es entonces cuando nos damos cuenta de que todos los dogmas económicos y todas aquellas "grandes verdades" incuestionables que nos habían contado se pueden cuestionar. Se puede cuestionar el modelo económico, las relaciones sociales, la redistribución de la riqueza, la importancia de los bienes comunes, de la solidaridad y de la cooperación...Todo eso, que es exactamente lo que nos reclama el Buen Vivir, puede y debe ser llevado a cabo. Es posible Lo malo es que no tendría que haber llegado ninguna pandemia para demostrárnoslo. Hace tiempo que sabemos, a ciencia cierta, que el saqueo y la destrucción del medio ambiente podrían acarrear consecuencias sanitarias nefastas, pero el capitalismo globalizado y sindémico que padecemos ha hecho poco caso al asunto. Y para esta pandemia hubo tiempo de prepararse, pero los gobiernos capitalistas (todos los del mundo, salvo honrosas excepciones) no estaban interesados en prevenir, sino en atajar las consecuencias si éstas se producían. Y se produjeron. Y entonces se desataron todas las pesadillas. Un informe de una fecha tan lejana como noviembre de 2008 titulado "Global Trends 2025", donde habían participado unos 2.500 expertos independientes de Universidades de 35 países de todo el mundo, ya anunciaba "la aparición de una enfermedad respiratoria humana nueva, altamente transmisible y virulenta, para la cual no existen contramedidas adecuadas, y que se podría convertir en una epidemia global". Como siempre, no se le hizo caso. Continuaremos en siguientes entregas.

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