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16 julio 2019 2 16 /07 /julio /2019 23:00
Hacia otra Política de Fronteras (56)

Tienen razón en señalar la existencia de esas mafias, pero eso no cambia ni un ápice el valor ético de la acción de Carola Rackete. Se sabe que las mafias existen y operan. Una sola persona no puede destruir a una mafia, pero puede salvar vidas que han sido traficadas por ella. Eso es lo que ha hecho Carola. Si un barco lleno de personas está en alta mar a la deriva, sólo hay dos opciones: o dejarlas morir o llevarlas a tierra a un lugar seguro aunque para ello haya que entrar en un puerto sin consentimiento. No hay más. O tomamos una alternativa o tomamos la otra, porque en el momento en que unas personas están en riesgo de morir, ya no importa cómo han llegado a ese punto. Todo lo demás es escurrir el bulto de la decisión ética central: salvarlas o dejarlas morir

Andrés Huergo

Nuestra cita de entradilla de Andrés Huego nos viene de perlas, porque efectivamente, el recurso a "las mafias" (así, en sentido general, aunque evidentemente se refieren, y nos referimos, a las mafias de tráfico de personas) suponen un argumento recurrente y falaz para encubrir los crímenes que este capitalismo decadente y brutal perpetra contra la humanidad. Seguiremos este estupendo artículo de Cecilia Zamudio a continuación, pues incide especialmente en este asunto. En efecto, echarle la culpa a las supuestas "mafias de migrantes" es buscar encubrir a los verdaderos responsables. El verdadero culpable, ya lo hemos señalado, es el propio capitalismo y todas las aberrantes consecuencias que genera. Las verdaderas culpables son las guerras genocidas e imperialistas, que generan estos dantescos éxodos de población. El verdadero culpable es el ansia explotadora de las grandes potencias occidentales, que no tienen escrúpulos en someter a los países de ese llamado "Tercer Mundo" a la miseria, el hambre y la desolación más absolutas. Las grandes empresas multinacionales obtienen sus ganancias de esta explotación masiva, de este saqueo continuado. Toda una hecatombe planetaria es causada por estos grandes agentes del capitalismo, que también son los mismos que están causando las graves crisis climáticas que padecemos, que a su vez también son motivo de grandes éxodos de millones de personas en el mundo. Y las mafias son los chivos expiatorios perfectos, la coartada que arguyen todos los adalides del ideario racista, para encubrir todos estos procesos expoliadores, y seguir legitimando la criminal masacre del capital. Pero...¿quiénes son las mafias? ¿Cómo se han originado? ¿Son siempre grupos organizados? ¿Son responsables de esta situación? Es evidente que siempre han existido organizaciones mafiosas que viven de chupar la sangre ante cualquier dificultad de las personas, pero ¿no deberíamos colocar el foco de atención, antes que en las mafias, en las causas que han colocado en esta situación a las personas que migran? ¿No son estas causas y sus provocadores los auténticos responsables?

 

Cecilia Zamudio lo explica en los siguientes términos: "Se intenta ocultar que el saqueo y las mal llamadas "guerras humanitarias" perpetradas por la UE y Estados Unidos contra África, tienen como lógica consecuencia el éxodo masivo. Los grandes capitalistas imponen mediáticamente a unos chivos expiatorios para ocultar las verdaderas causas del éxodo. Responsabilizan de la continua tragedia del Mediterráneo y del Atlántico a las supuestas "mafias" de transporte de personas, cuando es bien sabido que en muchas ocasiones el supuesto "mafioso" no es otra cosa que un pescador que ya no puede sobrevivir de la pesca en un mar saqueado por el arrastre de las grandes transnacionales; un pescador reconvertido en conductor de embarcaciones que clandestinamente intentan pasar las fronteras de la Europa Fortaleza. Incluso, si bien puede ser cierto que muchos transportistas de estos viajes clandestinos se aprovechan de las personas en situación de éxodo, estos transportistas no pueden ser tenidos por los responsables de esta tragedia, de estos crímenes de Lesa Humanidad. A menos que se quiera encubrir a los verdaderos responsables". Entonces, nosotros nos preguntamos...¿No es el imperialismo esa mafia responsable? ¿No son las mafias de los gobernantes occidentales las verdaderas responsables? ¿No es la mafia del complejo militar-industrial-tecnológico el responsable último? ¿No son los gobernantes simples peones al servicio de estas mafias? ¿No son los organizadores de estas guerras geoestratégicas la verdadera mafia? ¿Quiénes si no? Estas mafias legales, las que dirigen los destinos de nuestros países (la UE, la OTAN...) no vacilan un instante en iniciar una guerra devastadora contra cualquier país que contenga un amplio arsenal de recursos naturales, o simplemente que intente emancipar a su pueblo de los designios de estas bárbaras organizaciones. Estas agresiones son disfrazadas de "operaciones humanitarias", "para restaurar la democracia y los derechos humanos", cuando en realidad persiguen desestabilizar el país, convertirlo en un Estado fallido, y controlar sus reservas naturales. Y para ello no les importa si millones de personas mueren, si destrozan ciudades enteras, si generan miles de migrantes forzosos. 

 

Acciones que van generando un caldo de cultivo propicio para la instalación de empresas transnacionales extranjeras, dedicadas a saquear y expoliar el país en su beneficio. Países antes ricos, que se convierten en pobres precisamente por los planes despiadados de multinacionales que saquean y explotan al amparo de regímenes mantenidos mediante la represión y el exterminio de los opositores políticos, cuando no de Golpes de Estado y genocidios impulsados directamente por los servicios secretos y militares de Estados Unidos y sus secuaces países de la Unión Europea. Empresas cuyos mayores accionistas, completando este perverso círculo, no son otros que esas grandes fortunas europeas y mundiales, cuyos titulares salen en las revistas especializadas, y muchas de las cuales se consolidaron gracias a la deportación y a la esclavización de africanos, gracias al saqueo colonial, gracias al genocidio capitalista. En el colmo de la crueldad y de la desfachatez, los gobernantes más racistas tildan a los migrantes y a las personas que los salvan de "delincuentes" y "criminales". Esto es lo que hace exactamente Donald Trump en Estados Unidos (que acaba de iniciar una serie de redadas racistas este pasado fin de semana, con objeto de deportar a miles de migrantes), o lo que hace Matteo Salvini en Italia, que llamaba "delincuente" a la Capitana del buque "Sea-Watch 3", Carola Rackete, por haber evitado la muerte de algunas decenas de personas en alta mar. La obscenidad ha superado ya límites insospechados. ¿Qué va a ser lo siguiente? ¿Van a organizar misiones de asesinato de los migrantes que vean en pateras? ¿Van a levantar también muros en los puertos? Este asunto ha llegado ya a tal grado de perversión que es imposible predecir cómo acabará. Lo que está claro es que los éxodos masivos de personas no van a cesar: mientras este capitalismo globalizado y terminal no se detenga en su escalada criminal, las personas tendrán que continuar buscando refugio en algún lugar seguro, cueste lo que cueste. La lógica del capitalismo más descarnado es la que provoca este fenómeno, pero este hecho no se quiere ver, se prefiere ocultar, se prefiere ignorar. Y así nos va. 

 

No debemos, pues, engañarnos, ni caer en la equidistancia de discursos huecos, vacíos o irresponsables. No podemos seguir cayendo en la indiferencia, ni dejar de denunciar los devastadores crímenes de esta globalización neoliberal. Son las lógicas inherentes al capitalismo las que decretan leyes migratorias cínicas e inhumanas, las que promulgan terribles intervenciones, y las que generan también grupos criminales que se aprovechan de las personas que se encuentran en situación de extrema vulnerabilidad. En resumidas cuentas, el fenómeno de explotación de los migrantes es inherente al propio sistema. Hay grupos criminales que secuestran a migrantes en la ruta que pasa por América Central hacia Estados Unidos, para pedir recompensas a sus familias, para esclavizarlos sexualmente, o para extraerles los órganos para el tráfico de los mismos. Pero ahí no finaliza la criminalidad: de la misma forma abundan los explotadores "legales" una vez que llegan a los países de destino, que los explotan laboralmente, que los acosan en los medios de transporte, que les cobran alquileres inflados, que los persiguen en sus ventas ambulantes, y un largo etcétera de discriminación, odio y persecución. Éste es el mundo que hemos diseñado. Todo un edifico de barbarie, toda una cosmovisión que legaliza el crimen, el expolio, la explotación y la humillación, que legitima el racismo (por mucho que disfracen sus mensajes y actuaciones), que genera mafias, que justifica las guerras, que criminaliza a las personas que huyen de esos infiernos, y que divulga la obscenidad de invertir las causas y las consecuencias. Está claro, por tanto, que otra Política de Fronteras debiera estar en plena sintonía con el cambio de valores, de actitudes, y de comportamientos no solo del conjunto de la ciudadanía, sino también de nuestros gobernantes, y de las instituciones y organismos internacionales que diseñan estas políticas del gran capital. No será posible cambiar nuestra política de fronteras sin un giro integral en las políticas colaboradoras con ella, pues no pueden verse de una forma aislada, sino integradas. 

 

No es una cuestión de seguridad, sino de humanidad. No es una cuestión de fronteras, sino de integración. No es una cuestión de protección de nuestra cultura, sino de apertura a la interculturalidad. Según Frontex, el 80% de las personas que llegan a Europa por la puerta de la patera (no del avión, ni de la limusina) son potenciales beneficiarios de asilo, ya que huyen de la guerra, de la violencia o de la persecución. ¿Pero quiénes sino nosotros, las potencias occidentales, hemos creado las situaciones de las que ellos y ellas huyen? ¿Quiénes han propiciado sus condiciones de miseria y de violencia? ¿Quiénes han configurado estas situaciones de desigualdad económica y de desequilibrio demográfico? ¿Quiénes continúan explotando sus recursos naturales, y aceptando mano de obra nativa esclava para obtener mayores beneficios? ¿Quiénes han hostigado a los pocos gobiernos que han siquiera esbozado la posibilidad de emancipar a sus pueblos de la dependencia y sumisión al colonialismo? ¿Quiénes han provocado en sus países el derrocamiento de gobiernos y de líderes populares, enfrentado a sus grupos tribales, y fomentado las guerras y los conflictos armados? Pero insistimos una vez más: no es una cuestión de caridad ni de solidaridad (que también), sino una cuestión de obligación, de responsabilidad y de derecho internacional. ACNUR insiste en la habitual confusión en el lenguaje mediático, popular y político con respecto a la nomenclatura, y a las responsabilidades internacionales: según este organismo, un solicitante de asilo es una persona que dice ser un refugiado, pero cuya solicitud aún no ha sido evaluada. Y para poder retornar una persona a su país de origen, mediante expulsión, extradición o deportación, es imprescindible que un procedimiento adecuado determine previamente que no se trata de un refugiado (es decir, que no está sometido a violencia ni a persecución por ninguna causa en su propio país) y que tampoco necesita otro tipo de protección internacional. El incumplimiento de estas obligaciones jurídicas de los Estados supone una violación del Derecho Internacional Humanitario. Continuaremos en siguientes entregas.

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14 julio 2019 7 14 /07 /julio /2019 23:00
Viñeta: Olivier Ploux

Viñeta: Olivier Ploux

Sabemos que estamos atrapados en un sistema económico que parece haber entendido la realidad al revés: se comporta como si lo que es ciertamente finito (el agua limpia, los combustibles fósiles y el espacio atmosférico que absorbe las emisiones procedentes de estos) no tuviera fin, mientras que insiste en la existencia de límites estrictos e inamovibles a lo que, en el fondo, es totalmente flexible (concretamente, los recursos financieros fabricados por las propias instituciones humanas y que, de ser imaginados de otra forma, podrían servir para construir el tipo de sociedad humanitaria y generosa que verdaderamente necesitamos)

Naomi Klein

En el artículo anterior comenzamos a exponer lo que, desde nuestro punto de vista, puede ser una ética para el medio ambiente (siguiendo el guión de Peter Singer en su tratado sobre Ética Práctica), es decir, una línea de pensamiento que nos sitúe en condiciones de coherencia para poder entender la filosofía y las medidas políticas ligadas al Buen Vivir. Hicimos un repaso por las directrices que ligan la concepción del medio ambiente que desde la religión (católica) y por ende el pensamiento occidental dominante asignan a la naturaleza y al conjunto de los seres vivos que ella alberga, para explicar el punto de partida. Como vimos, es una tradición dura, que cosifica el medio ambiente y los entornos naturales, que los pone al servicio del ser humano, y que no excluye una preocupación por la conservación de la naturaleza, siempre y cuando esa preocupación pueda relacionarse con el bienestar humano. Fijémonos que incluso podríamos oponernos, totalmente dentro de los límites de la tradición occidental dominante, a la energía nuclear sobre la base de que el combustible nuclear, tanto en bombas como en centrales, es tan peligroso para la vida humana que es mejor dejar el uranio en la tierra. De manera similar, muchos argumentos en contra de la polución, la utilización de gases perjudiciales para la capa de ozono, la quema de combustibles fósiles o la destrucción de los bosques podrían expresarse en términos del daño que producen en la salud y el bienestar humano por parte de los agentes contaminantes, o el cambio climático que se producirá como consecuencia de ellos. El efecto invernadero (por tomar solo un ejemplo del peligro que acecha nuestro medio ambiente, y que ya hemos expuesto largo y tendido en los primeros artículos de la serie) amenaza con traer consigo un aumento en el nivel del mar que inundará áreas costeras bajas, entre ellas el fértil y densamente poblado delta del Nilo en Egipto y la región del delta bengalí, que cubre el 80% de Bangladesh y que ya ha estado sujeta a violentas tormentas estacionales que causan inundaciones desastrosas. 

 

Tan sólo en estos dos deltas están en peligro los hogares y el sustento de casi 50 millones de personas. Un aumento en el nivel del mar podría también borrar del mapa islas enteras como las Maldivas, ya que ninguna de ellas se encuentra a más de uno o dos metros sobre el nivel del mar. Por tanto, es evidente que incluso en el marco de una moral centrada en el ser humano, la conservación del medio ambiente y el respeto a la naturaleza poseen un valor de suma importancia. Y por su parte, hoy día hemos de reseñar el giro de la Iglesia Católica a su más alto nivel, gracias a la aportación del actual Papa Francisco, que en su Encíclica "Laudato Sí" realiza una pormenorizada crítica al capitalismo como sistema económico, señalando el peligro de dicho sistema para el ser humano, y para el medio ambiente que fomenta. De hecho, Francisco es el primer Papa con conciencia ecológica de la historia, y el primero en llevar a cabo una crítica del pensamiento dominante, situando los riesgos ligados al mismo en sus justos términos. Ha llegado a afirmar directamente que "el actual sistema económico mata", y ha llamado la atención sobre el destrozo de los ecosistemas naturales que estamos llevando a cabo, exhortándonos a su recuperación. Para una mayor información sobre su aportación, recomendamos este otro artículo de nuestro Blog. Peter Singer explica: "Desde el punto de vista de una forma de civilización basada en cultivar la tierra y ofrecer pasto a los animales, las zonas vírgenes pueden parecer una manera de desperdiciar la tierra, un área inútil que necesita ser despejada para que sea productiva y valiosa. Hubo un tiempo en que las poblaciones rodeadas de tierras de labrantío parecían oasis de cultivo entre los desiertos de bosques o las accidentadas laderas de montañas. Ahora, sin embargo, una metáfora diferente es más apropiada: los restos de zonas vírgenes que nos quedan son como islas en un mar de actividad humana que amenaza con sumergirlas. Esto da a las zonas salvajes un valor poco frecuente que proporciona la base para un fuerte argumento en favor de la conservación, incluso dentro de los términos de una ética centrada en el ser humano. Dicho argumento se hace más fuerte aún cuando adoptamos un punto de vista a largo plazo". 

 

Como principio moral básico de toda ética que se precie, tenemos el hecho de no mirar únicamente a nuestros propios intereses, sino de extenderlos al resto de las personas y seres vivos, e incluso, como decimos, mirando a las futuras generaciones. Pero además, si nuestra ética ha de aplicarse al medio ambiente, es absolutamente imperativo no mirarla en función de nuestros tiempos (esto es, de los tiempos de una vida humana), sino en función de los ritmos y tiempos naturales. Por ejemplo, un bosque virgen es el producto de los millones de años que han pasado desde el origen de nuestro planeta. Si se tala, puede que crezca otro bosque (dentro de cientos de años), pero la continuidad se ha roto. La ruptura en los ciclos de vida natural de las plantas y animales trae consigo que dicho bosque no sea nunca igual que hubiera sido si no se hubiese talado. Las ventajas que surgen de la tala del bosque (empleo, beneficios para las empresas, exportaciones, crecimiento económico, y cartón y papel para embalar más barato) son ventajas a corto plazo, es decir, ventajas que tienen las miras muy cortas. Incluso si el bosque no se tala, pero se anega para construir una presa que permita generar electricidad para toda una región, es probable que los beneficios duren tan sólo una o dos generaciones: después de eso, una nueva tecnología hará que tales métodos de generar energía se vuelvan obsoletos. Sin embargo, una vez que el bosque se tala o se anega, el vínculo con el pasado desaparece para siempre. Éste será un coste que soportarán todas las generaciones que nos sucedan en este planeta. Es por este motivo por el que las ONG y los investigadores y organizaciones ambientalistas llevan razón al hablar de las zonas vírgenes como un "patrimonio mundial", es decir, algo no sólo para disfrutarlo ahora, sino para disfrutarlo siempre. Es algo que hemos heredado de nuestros antecesores en el planeta, y que debemos conservar para nuestros descendientes. Entender esto como una obligación moral es parte de una ética sobre el medio ambiente, sin embargo el capitalismo, en su ciego e irracional afán de lucro inmediato, no contempla este hecho. La empresa que construye la presa, por ejemplo, se limita a contemplar los beneficios inmediatos y durante varios años que le reportará, y en su caso la utilidad social que representará, pero es incapaz de valorar la pérdida tan irreparable que provoca. 

 

Y es que en contraste con muchas sociedades humanas más estables y orientadas en la tradición, nuestro carácter cultural y político moderno tienen gran dificultad en reconocer los valores a largo plazo. El pensamiento dominante es cortoplacista. No ve más allá del beneficio inmediato. Es incapaz de valorar algo si no es expresado económicamente. Nuestros líderes políticos y gobernantes normalmente no ven más allá de las siguientes elecciones, pero incluso si lo hacen, sus asesores económicos les dirán que deben restarle importancia a cualquier beneficio futuro hasta el punto de que se pueda fácilmente hacer total caso omiso del futuro a largo plazo. La perspectiva futura no existe en los planes políticos actuales. Domina no solo el interés particular, sino además al más corto plazo posible. Pero la ética del medio ambiente requiere que nos pongamos las luces largas. A los economistas actuales (formados en cualquier Universidad del mundo bajo el paradigma capitalista y neoliberal) se les ha enseñado a aplicar un tipo de descuento a todos los bienes futuros. Por ejemplo, un millón de dólares dentro de 20 años no tendrá el valor de un millón de dólares de hoy, incluso teniendo en cuenta la inflación. Los economistas reducirán el valor del millón de dólares en un porcentaje determinado, normalmente en relación con los tipos de interés reales a largo plazo. Y en términos estrictamente económicos esto tiene sentido, puesto que si tenemos mil dólares hoy, podríamos invertirlos de manera que valgan más, en términos reales, dentro de 20 años. Pero el uso de un tipo de descuento implica que los valores obtenidos de aquí a 100 años sean muy inferiores, en comparación a los valores obtenidos hoy, y los valores obtenidos dentro de mil años apenas cuenten. Esto no es debido a la incertidumbre de si en el planeta habrá seres humanos u otras criaturas sensibles en ese momento, sino simplemente debido al efecto acumulativo del tipo de interés en el dinero que se invierte ahora. Sin embargo, desde el punto de vista del valor inapreciable y a largo plazo de las zonas salvajes, el argumento de aplicar un tipo de descuento nos lleva a una respuesta errónea. Y ello porque existen cosas que, una vez que se pierden, no se pueden recuperar ni con todo el dinero del mundo. Por tanto, justificar la destrucción de un viejo bosque sobre la base de que nos proporcionará unos estupendos beneficios exportadores no es válido, incluso aunque pudiéramos invertir esos ingresos y aumentar su valor de año en año, porque sea cual sea la cantidad en la que aumentemos su valor, nunca podrá recomprar el vínculo con el pasado que representa el bosque. 

 

Este argumento no demuestra que no exista nunca ningún tipo de justificación para talar cualquier bosque virgen, pero implica que cualquier justificación que se alegue debe considerar totalmente el valor de los bosques (en todas sus dimensiones) para las nuevas generaciones, y ello tanto en el futuro más remoto como en el más cercano. Este valor estará evidentemente relacionado con la importancia en cuanto a biodiversidad y paisajística de dicho paraje natural, teniendo en cuenta que a medida que disminuyen las verdaderas zonas vírgenes en el planeta, cada parte del mismo cobra importancia, puesto que las oportunidades para disfrutar de estas zonas se hacen menores, y se reduce la posibilidad de que se conserve una selección razonable de las zonas más importantes. Nuestra obligación, por tanto, es poner todos los elementos en el debate para conseguir este nivel de conciencia de la forma más generalizada posible. Ello, por tanto, comportará olvidar los planteamientos religiosos subyacentes, y formar a las nuevas generaciones en valores éticos medioambientales, que sitúen al ser humano dentro del contexto natural, y sin cuyo albergue nuestra vida en la tierra sería, simplemente, imposible. Si invertimos fondos mundiales en conservar los tesoros artísticos que las diversas civilizaciones han creado, así como las grandes obras artísticas del pasado (pinturas, esculturas, edificios...), y enseñamos a las generaciones futuras a valorarlas, cuánto más debemos también enseñarles a valorar y proteger el patrimonio natural que nosotros hemos heredado. El epicentro de nuestra ética sobre el medio ambiente debe resituarse, por tanto, y dejar de pivotar sobre el ser humano como agente dominador. Desde ese nuevo punto de vista, tal ética no implicará nunca que el crecimiento económico sea más importante que la conservación de las zonas vírgenes. Y ello es además bastante compatible con una ética centrada en el ser humano que vea el crecimiento económico basado en la explotación de los recursos irreemplazables como algo que produzca beneficios para la presente generación, y posiblemente la siguiente o incluso la otra, pero a un coste que tendrán que pagar todas las generaciones venideras. Continuaremos en siguientes entregas.

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11 julio 2019 4 11 /07 /julio /2019 23:00
Viñeta: Eneko

Viñeta: Eneko

La idea de consagrar el derecho a la energía como un derecho fundamental es una manera de reforzar un derecho humano y básico al que tenemos derecho simplemente por el hecho de tener tal condición de seres humanos y de, consecuentemente, tener derecho a una vida digna independientemente de cualquier otra consideración relativa a la capacidad económica, condición social, raza, sexo, etc. Sobre todo si se tiene en cuenta que se trata de un derecho instrumental para el ejercicio de otros derechos fundamentales (como el derecho a la salud, a la educación, a la alimentación…) irrenunciables para nuestro desarrollo

Cecilia Sánchez (Ecologistas en Acción)

En la última entrega de la serie mencionamos algunos artículos de nuestra Constitución que recogen referencias a la energía como un derecho. Por su parte, a nivel europeo la legislación va introduciendo poco a poco la energía como derecho en su normativa. Por ejemplo, la Directiva 72/2009 del mercado interno de electricidad obliga a los Estados miembros a adoptar las medidas necesarias para proteger a los consumidores vulnerables y a ofrecer prestaciones en el marco de los regímenes de seguridad social para garantizar el suministro de electricidad a los clientes vulnerables (art. 3.8). De cualquier modo, es absolutamente imprescindible que consigamos un status de derecho humano fundamental para la energía reconocido a todos los niveles, ya que la crisis de los combustibles fósiles, la volatilidad de los precios, la demanda global y otras cuestiones geopolíticas dificultarán cada vez más el acceso a la energía a un precio asequible, para el conjunto de la población. Marta García y Joana Mundó, en el informe de referencia que venimos analizando, explican: "La pobreza energética es una prioridad social que se tiene que integrar en el ordenamiento jurídico, no sólo en el ámbito de la energía, sino también de la vivienda, la salud y el consumo. Un consumidor en situación de vulnerabilidad debe tener una cobertura legal que le proteja y que prevenga de las situaciones de pobreza energética. Desgraciadamente, esta cobertura es inexistente en nuestro país, y las personas que sufren pobreza energética tienen que recurrir a instrumentos de urgencia social, o escoger entre calentarse la casa u otros bienes y servicios de primera necesidad". A lo más que llega hoy día la legislación europea al respecto es a la obligación de definir el concepto de "consumidor vulnerable" y a establecer planes de acción para paliar las situaciones de pobreza energética.

 

A nivel estatal, nuestra Constitución proclama en su artículo 10 la dignidad de la persona, y el artículo 51 establece un mandamiento a los poderes públicos para la defensa y protección de los consumidores, su seguridad, su salud y sus legítimos intereses económicos. También el texto refundido de la Ley General para la Defensa de los Consumidores y Usuarios establece la protección de los derechos necesarios para la vida. Como se puede observar, por tanto, no es tanto una cuestión de avance en las leyes y normativas, sino de intervención del mercado, de tal forma que se haga accesible la energía para todo el mundo. Porque si algún texto legal identifica, por ejemplo, los suministros de gas, electricidad y agua como servicios básicos y necesarios para la vida cotidiana...¿no poseen ya suficiente protección y reconocimiento? Lo que necesitamos es hacer valer el contexto normativo en el día a día de las empresas y consumidores. En este sentido, el principal actor involucrado son las Administraciones Públicas (a los tres niveles, estatal, autonómico y municipal), que desde diferentes departamentos pueden y deben actuar como garantes de derechos, asegurar la protección de los consumidores, facilitar ayudas y prestaciones a los usuarios energéticos vulnerables, y actuar de puente entre varios departamentos y entre éstos y otros agentes sociales. En cuanto a las medidas para luchar contra la pobreza energética, las autoras del informe las clasifican bajo tres enfoques distintos, a saber:

 

1.- Enfoque Correctivo: Las medidas correctivas tienen como objetivo paliar una situación puntual, como por ejemplo pagar la factura de una persona que no puede asumirla, y que sufriría un corte de suministro si no se le ayudara en un momento concreto. Se trata de un conjunto de medidas importantes para hacer frente a situaciones de urgencia, en las que si no se actúa las personas sufrirían unas consecuencias inmediatas. Son, por tanto, medidas coyunturales necesarias para ayudar a las personas a poder mantener unos mínimos de confort en un momento determinado. A pesar de esto, un enfoque correctivo no garantiza que las personas puedan gozar de los suministros de energía necesarios en el futuro inmediato, dado que no contemplan la mejora del bienestar a medio y largo plazo. Por este motivo, las medidas de carácter preventivo, que comentaremos a continuación, ayudan a tratar la pobreza energética desde una perspectiva más amplia y robusta. Algunos ejemplos de medidas correctivas serían, como se ha mencionado, el pago de facturas de electricidad o gas, o negociar con las compañías suministradoras el aplazamiento de una deuda para evitar un corte. Por ejemplo, los Servicios Sociales municipales se encargan típicamente de estas tareas. 

 

2.- Enfoque Preventivo: Las medidas preventivas están dirigidas a mejorar el bienestar y el confort de una manera permanente, mejorando la eficiencia energética y el aislamiento térmico de los hogares, concienciando sobre el uso racional de la energía, y optimizando los servicios que las familias tienen contratados a las compañías para adecuarlos a sus necesidades reales. Se trata, pues, de medidas estructurales que tienen un impacto a medio y largo plazo, y que evitan la aparición de casos de pobreza energética, o atenúan considerablemente los efectos de ésta, asegurando el confort de una manera perdurable en el tiempo. Existen cuatro grandes grupos de medidas preventivas, que ahora mencionamos, pero que analizaremos con detalle en el próximo artículo: 1) Mejoras en la eficiencia energética y en el aislamiento, 2) Promoción de un uso racional de la energía, 3) Optimización de los servicios contratados, y 4) Mejoras en la transparencia y en el acceso a la información para poder tomar decisiones informadas, y por tanto, más correctas. En sentido general, las dos primeras medidas podrían ser responsabilidad de las Administraciones Públicas, mientras que las dos últimas estarían más del lado de las RSC (Responsabilidad Social Corporativa) de las empresas suministradoras o comercializadoras. 

 

3.- Enfoque Integrado: Vistos ambos enfoques anteriores, la estrategia que proporciona una mayor resiliencia a una determinada comunidad es un enfoque integrado, esto es, que incorpore tanto medidas correctivas para poder afrontar situaciones puntuales de urgencia, como medidas preventivas que eviten que estas situaciones se repitan. Este enfoque requiere una coordinación entre diferentes agentes, que actúen a diferentes niveles: atención directa, rehabilitación, asesoramiento, prevención en el ámbito de la salud, etc. Como es lógico pensar, el enfoque integrado requiere la actuación conjunta de todos los actores implicados en el asunto energético, trabajando en perfecta coordinación, y dedicados absolutamente a evitar cualquier conato de pobreza energética en los hogares. 

 

Continuaremos en siguientes entregas.

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9 julio 2019 2 09 /07 /julio /2019 23:00
Viñeta: Iván Lira

Viñeta: Iván Lira

Niños ahogados en costas europeas, inmigrantes masacrados tratando de cruzar verjas infranqueables, refugiados que se mueren en el duro invierno en guetos, travesías inverosímiles y mortales de desesperados, familias desmembradas por la distancia, niños huérfanos que deambulan por las calles, crímenes sonados en que los inmigrantes son los permanentes chivos expiatorios, confinamiento de inocentes, acciones bárbaras de guardianes caucásicos con la bandera del nacionalismo y la xenofobia, cánticos diabólicos de terror, razias contra inmigrantes y pobres, colapso de los servicios sociales, epidemias, choques religiosos y caos dentro de las fronteras del Occidente son ya presentes. Si esto ya está sucediendo, ¿cuál es el futuro que le espera principalmente a la vieja Europa?

Eduardo J. Quintero

En las últimas entregas hemos centrado nuestra exposición en la falta de medidas, acciones y comportamientos de la sociedad con respecto a la integración de los migrantes, que lógicamente deja mucho que desear. Un aspecto interesante de esta falta de integración se manifiesta en la concesión de derechos de ciudadanía, siendo el derecho al voto un asunto muy especial. Seguiremos la exposición que sobre este asunto llevan a cabo Diego Lotito y Jacobo A. García para el medio La Izquierda Diario, tomando su artículo como referencia a continuación. En nuestro país, unos cinco millones de habitantes, que pudiéramos llamar "ciudadanos de segunda", no tienen derecho a votar cada vez que se organizan unos comicios. Es decir, que aproximadamente un 10% de la población actual (según datos del INE) no posee derecho al voto. Y desgraciadamente, ningún partido a nivel nacional plantea un programa claro para que los migrantes obtengan este derecho político fundamental, que consiste en el sufragio activo y pasivo, es decir, en el derecho a poder ser electores y elegibles. Pero es que resulta que este derecho elemental está negado incluso en la propia Constitución, que en su artículo 13.2 señala que "solamente los españoles serán titulares de los derechos reconocidos en el artículo 23...". Dicho artículo 23 es justamente el que reconoce el derecho de "los ciudadanos a participar en los asuntos públicos, directamente o por medio de representantes, libremente elegidos en elecciones periódicas por sufragio universal". Y estamos hablando de migrantes regulares, es decir, perfectamente asentados en nuestra sociedad. Y la pregunta sería: si son personas que viven y trabajan en nuestro país, contribuyen a nuestro desarrollo, y las decisiones de nuestra sociedad les afectan...¿por qué se les prohíbe votar, y poder contribuir así a la elección de sus (nuestros) representantes? Es un absoluto despropósito, y una situación más que perfila nuestro carácter antidemocrático. Parece ser que el requisito de "los españoles" al que se refiere la Constitución haría obligatorio que los inmigrantes aquí residentes de forma legal obtuvieran también la nacionalidad española, pero éste es un trámite bastante más largo y costoso. 

 

De hecho, ningún partido en la historia de nuestra "democracia" ha planteado seriamente conceder el derecho al voto a este sector de la población. El actual gobierno del PSOE planteó en agosto de 2018 una reducción del plazo de residencia legal mínimo (actualmente fijado en hasta 10 años para algunos supuestos) para que los inmigrantes pudiesen optar a la nacionalidad española. Pero la propuesta quedó en el aire, sin concretar y sin que se materializase como medida efectiva. Es decir, nos vendieron humo. Pero hay que decir que, en general, nuestra legislación es bastante reaccionaria con respecto a los migrantes. Así, la actual Ley de Extranjería establece discriminaciones por nacionalidad. Es decir, que mientras los ciudadanos del "primer mundo", de América del Norte y Europa, poseen más derechos de tránsito, el resto de los extranjeros tienen enormes dificultades para conseguir visados, motivo por el cual suelen arriesgar sus vidas pagando miles de euros a las mafias para conseguir llegar a nuestro país en pateras. Los autores del artículo señalan: "Recordemos que la infame Ley de Extranjería, reformada en el 2000 (Ley Orgánica 4/2000) durante el Gobierno de José María Aznar, fue modificada nuevamente en 2009 por el Gobierno del PSOE durante la presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero (con el apoyo de la entonces CIU de Artur Mas y Coalición Canaria), endureciendo los requisitos para el conocido como "reagrupamiento familiar", las sanciones, la negación de la "personalidad jurídica" de las personas detenidas e internadas en un CIE, y de conjunto, fortaleciendo todas las medidas contra las y los inmigrantes sin papeles". Esto es, no solo no se avanza en la consecución de medidas y condiciones para la integración social de estas personas, sino que más bien al contrario, se endurecen los requisitos para la misma. Ya de hecho, la antigua Ley de Extranjería de 1985 fue ampliamente cuestionada por su tratamiento policial del fenómeno migratorio, denigrando de un plumazo la situación de miles de inmigrantes convirtiéndolos automáticamente en "ilegales", y poniéndolos en peligro de expulsión. De esta forma, los derechos civiles y políticos quedan aún más lejos de ser alcanzados. 

 

Y como es lógico pensar, al carecer de derechos civiles y políticos, los inmigrantes están más expuestos a todas las vulneraciones de los demás derechos, principalmente los derechos laborales y sociales. Una política hipócrita, por tanto, la que enuncian los partidos del arco de la derecha (que aquí representan desde el PSOE hasta la extrema derecha de Vox), que reclaman una "inmigración ordenada" de acuerdo a la existencia de unos contratos laborales, pero con una serie de derechos recortados, lo cual proclama abiertamente su carácter de explotación para los migrantes. Lotito y García retratan a la perfección la situación de vulnerabilidad de estas personas: "Las y los inmigrantes son los más explotados entre los explotados (las mujeres inmigrantes son triplemente oprimidas como mujeres, inmigrantes y trabajadoras), y esta situación es utilizada por los empresarios para amenazar las condiciones de trabajo de la clase obrera nativa. Incentivando el racismo y la xenofobia, se transforma a los inmigrantes en los chivos expiatorios en períodos de crisis, dividiendo las fuerzas de la clase trabajadora, llevando al enfrentamiento entre nativos e inmigrantes y exculpando a los verdaderos culpables de la crisis, los capitalistas". Si a todo ello le unimos la carencia de estos derechos civiles y políticos, el resultado es una absoluta discriminación de estas personas, todo un racismo institucional que se vierte desde el propio Estado. Pero como estamos reivindicando, el estatus de "ciudadanía universal" debería estar por encima de todo esto, y decretar que todos los seres humanos deben tener los mismos derechos, independientemente de su nacionalidad, religión, etnia, género u orientación sexual. Y todos estos derechos deben prevalecer sobre cualesquiera otras medidas que intenten limitarlos. Estamos hablando de Derechos Humanos, con mayúsculas, algo que todavía nos nos tomamos en serio. Resumiendo, el programa político que debiéramos garantizar para estas personas sería el siguiente:

 

1.- Apertura de fronteras y libre tránsito para todas las personas, independientemente de su nacionalidad. Como venimos reclamando, la apertura total de fronteras debe ser aplicada para las personas, que son las que poseen derechos, en vez de ser aplicada para los capitales, provenientes de un derecho a la propiedad privada de cualquier agente que, bajo nuestro mundo neoliberal globalizado, está más protegida que las propias personas en sí. De cualquier forma, también hemos venido explicando que esta medida debe acompañarse del cese de nuestras políticas imperialistas y neocolonialistas sobre los países de origen, que son las que causan de verdad los estragos que luego obligan a sus habitantes a migrar (los extractivismos, el cambio climático, los conflictos bélicos, etc.).

 

2.- ¡Ningún ser humano es ilegal! Derogación inmediata de las Leyes de Extranjería y cierre de todos los CIE. Declarar "ilegal" a una persona puede ser considerada la vulneración más flagrante de los Derechos Humanos que podemos hacer en cualquier lugar del mundo. Implica cosificar a dicha persona hasta un punto claramente aberrante. Ninguna persona en cuanto tal puede ser "ilegal". Pueden ser ilegales sus actos y comportamientos, pueden ser ilegales sus decisiones, actuaciones y mandatos, pueden ser ilegales sus actividades, pero nunca una persona en sí misma puede ser declarada ilegal. 

 

3.- Regularización inmediata de todas las personas inmigrantes en el Estado Español, para que puedan acceder a todo el conjunto de derechos económicos, laborales y sociales, incluyendo el derecho al reagrupamiento familiar. La integración de los migrantes en sus sociedades y países de destino no puede verse truncada, o dejada al albur de ciertas situaciones difíciles de alcanzar. En vez de ello, las autoridades de los países de acogida deben contribuir a que dicho proceso de integración se realice de la forma más rápida y cómoda posible, y de manera total, es decir, con el reconocimiento de todos sus derechos. Los derechos culturales, civiles y políticos deben estar igualmente incluidos y reconocidos en dicha integración. 

 

4.- De forma expresa, reconocimiento del derecho al sufragio activo y pasivo para todas las personas con permiso de residencia, tanto en las elecciones generales, como en las municipales, autonómicas y europeas. Toda persona que viva, resida y contribuya con su actividad a la economía de su comunidad debe poder ser elector/a y elegible ante sus instituciones representativas. De esta manera, el retrato político de la sociedad tendrá correspondencia con el retraso social existente. 

 

Continuaremos en siguientes entregas.

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7 julio 2019 7 07 /07 /julio /2019 23:00
Filosofía y Política del Buen Vivir (47)

Para mí no cabe duda que el hombre es responsable (…) lo que se ha dado en llamar con acierto el Antropoceno (…) y ningún gobierno ni democrático, ni dictatorial va a ser capaz de reducir con efectividad las emisiones de CO2 en un futuro inmediato (…) El proceso ya es imparable, así que lo mejor que podemos ir haciendo ya es protegernos y adaptarnos a los cambios que nosotros mismos hemos provocado

James Lovelock

Bien, llegados a este punto, creo que deberíamos insistir en el punto que pudiéramos denominar como una ética del medio ambiente. El ser humano, desde que vive en sociedad, es decir, desde los tiempos más remotos, ha estado conducido por su capacidad de reflexión ante los hechos que observa. Esta capacidad de reflexión ha intentado, sobre todo, indagar, con más o menos acierto, en lo que está bien y lo que está mal. Las más diversas culturas se han diferenciado a lo largo de los tiempos por el desarrollo de una ética aplicada a diferentes ámbitos, y de hecho, la ética es una parte fundamental de la Filosofía, desde los más primitivos filósofos. La ética de las sociedades pequeñas, como la del hombre primitivo, que vivía en pequeños grupos nómadas, nos ayuda también a comprender los elementos de los sistemas éticos aptos para modelos de sociedad que pueden ser también exportables a hoy día (de hecho, algunas tribus aún conservan y se mueven bajo estos parámetros). Aunque nuestro pensamiento actual está en sintonía con la ética filosófica occidental, tenemos muchos otros referentes éticos donde mirarnos, tales como la ética india, la budista, la china, la judía, la cristiana y la islámica. Una gran parte de la población del mundo se guía por todas estas tradiciones éticas, que aún constituyen sistemas éticos vivos. Y como decimos, nuestro pensamiento occidental actual está fuertemente influido por la ética filosófica occidental a lo largo del tiempo, desde la ética de la antigua Grecia, pasando por la ética medieval y renacentista, hasta la filosofía moral moderna. Nos interesa, de cara al tema que nos ocupa, entrar de lleno en las teorías éticas que intenten responder a las cuestiones prácticas fundamentales, dándonos respuesta a las clásicas preguntas: ¿Qué debo hacer? ¿Cómo debo vivir?, etc. Al circunscribir nuestra ética a un asunto muy actual y concreto, nos interesa únicamente esta parte de la ética más relativa a la orientación de la conducta particular y comunitaria del ser humano. De hecho, otros muchos problemas como el imperio de la ley y la desobediencia, la pobreza en el mundo, las guerras y los conflictos armados, la eutanasia, el aborto, la sexualidad, las desigualdades sociales, el rechazo a los inmigrantes, nuestro comportamiento hacia los animales, el desarrollo de una ética de los negocios, la existencia de la corrupción, o la pena de muerte, entre otros muchos, pueden y deben también ser estudiados desde puntos de vista éticos. De entrada, podemos afirmar que precisamente la aplicación de una ética correcta a estos problemas constituye el fondo para discernir si nos enfrentamos a ellos con éxito o fracaso. 

 

Vamos a basarnos, para la exposición de nuestros puntos de vista éticos sobre el medio ambiente, en uno de los capítulos del tratado sobre Ética Práctica publicado por el gran pensador Peter Singer, conocido sobre todo por su pionero tratado sobre Liberación Animal, publicado en 1975, que fue la base de los posteriores estudios donde se incorporaron teorías de defensa y protección animal, basadas en el respeto a sus derechos, y que hoy día extienden y practican miles de asociaciones y organismos de protección animal por todo el mundo, y que además han conseguido llevar a leyes nacionales e internacionales el reconocimiento de los derechos de los animales. Singer comienza su exposición planteando una pregunta al siguiente e hipotético supuesto práctico (basado en una propuesta de presa en el río Franklin, en el sudoeste de la isla de Tasmania, Estado australiano del mismo nombre): "Un río se agita por barrancos selváticos y desfiladeros rocosos hacia el mar. La Comisión Hidroeléctrica del Estado ve el agua caer como energía sin explotar. Construir una presa a través de uno de los desfiladeros proporcionaría tres años de empleo para un millar de personas, y un trabajo para un período más largo para veinte o treinta. La presa almacenaría agua suficiente para asegurar que el Estado pudiera satisfacer económicamente sus necesidades de energía para la próxima década. Esto estimularía el establecimiento de industrias que consumen mucha energía, las que a su vez contribuirían a la creación de empleo y al crecimiento económico. El accidentado terreno del valle del río lo hace sólo accesible para los que estén más en forma, pero no obstante, es un lugar magnífico para ir de excursión. El mismo río atrae a los que se atreven a deslizarse por sus rápidos en balsas. Adentrándose en los valles protegidos hay bosques de raros pinos Huon, muchos de ellos con más de mil años. Los valles y desfiladeros son el hogar de muchas aves y animales, entre los que se encuentra la especie, en peligro de extinción, del ratón marsupial, la cual rara vez se ha visto fuera de este valle. Puede que también haya otras plantas y animales raros, pero nadie lo sabe, ya que los científicos todavía han de investigar la región completamente". Bien, después de todo este relato descriptivo, Singer plantea la siguiente pregunta: ¿Se debería construir la presa? 

 

El ejemplo anterior es aplicable, salvando las distancias, a otros muchos que podamos imaginar: la construcción de un Hotel a la orilla del mar, el levantamiento de todo un mega-complejo hotelero y de juegos en mitad de un valle, la construcción de un cementerio nuclear, la explotación de bosques vírgenes, construir una fábrica de papel que arroje agentes contaminantes en la costa, abrir una nueva mina al borde de un Parque Nacional, construir un oleoducto que pase por diversos entornos naturales, etc. Bien, veamos los argumentos que pueden exponer los que defiendan o rechacen la propuesta del ejemplo: en general, podríamos deducir que los que estén a favor de construir la presa estarán valorando el empleo que se va a crear con el proyecto, y el alcance de una mayor renta per cápita para los habitantes de dicho Estado, por encima de la conservación de una zona salvaje, de plantas y animales, y de oportunidades para realizar actividades de recreo al aire libre. Antes de continuar, examinaremos las actitudes occidentales típicas o dominantes hacia el mundo natural, para situarnos en contexto. El conjunto de la tradición occidental hacia la naturaleza, de nuestras actitudes y cosmovisión hacia ella, surgen básicamente de la combinación de las del pueblo hebreo (como se representaban en los primeros libros de la Biblia), y la filosofía de los antiguos griegos, particularmente la de Aristóteles. En contraste con otras tradiciones antiguas, como la de la India, tanto para la tradición hebrea como para la griega, los seres humanos eran el centro del universo moral, y de hecho no sólo el centro, sino a menudo la totalidad de los rasgos moralmente importantes del mundo. Como ejemplo ilustrativo y paradigmático, podemos extraer el relato bíblico de la creación en el Génesis (teoría del Creacionismo, que se enfrenta a otras teorías científicas y evolutivas): "Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastre sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y sojuzgadla y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra". 

 

Este enfoque se mantiene hoy día para la Iglesia Católica, y para todos sus fieles, pero los cristianos enfrentan y debaten esta concesión de "señorío", y le dan un nuevo significado, sobre todo los que se preocupan por el medio ambiente, en el sentido de que este señorío no debería contemplarse como una licencia para hacer lo que queramos con otros seres vivientes, sino como una instrucción divina para cuidar de ellas, en nombre de Dios, y así poder dar cuentas a Dios de cómo las tratamos. Los primeros pensadores cristianos influyentes no tenían dudas sobre cómo se había de entender el señorío del hombre. San Agustín, por ejemplo, compartió esta línea de pensamiento, refiriéndose a relatos del Nuevo Testamento en los cuales Jesús destrozaba una higuera y hacía que se ahogara una piara de cerdos. San Agustín explicó estos desconcertantes incidentes diciendo que pretendían enseñarnos que "abstenerse de matar animales y destrozar plantas es el colmo de la superstición". Por su parte, el relato del Diluvio Universal es igualmente ilustrativo al respecto: Dios ahogó a casi todos los animales de la tierra con objeto de castigar a los seres humanos por su maldad (¿merece entonces la pena preocuparnos por anegar el valle de un río?, pareceríamos deducir de ello). Después del Diluvio, hay una repetición de la concesión del "señorío" en un lenguaje más siniestro: "El temor y el miedo de vosotros estarán sobre todo animal de la tierra, y sobre toda ave de los cielos, en todo lo que se mueva sobre la tierra, y en todos los peces del mar; en vuestra mano son entregados". La implicación de este mandato parece bien clara: actuar de un modo que cause miedo y pavor a todo lo que se mueva en la tierra no es impropio; en realidad es actuar según decreto divino. Cuando el cristianismo predominaba en el Imperio Romano, también absorbió elementos de la actitud de los antiguos griegos hacia el mundo natural. La influencia griega es manifiesta en la filosofía cristiana por el más grande escolástico medieval, Santo Tomás de Aquino, cuyo trabajo fue la unión de la teología cristiana con el pensamiento de Aristóteles, quien consideraba a la naturaleza como una jerarquía donde los que tienen menos poder de razonamiento existen por el bien de los que tienen más.

 

El gran sabio griego expresaba: "Las plantas existen por el bien de los animales, y las bestias por el bien del hombre: los animales domésticos por su uso y comida, los salvajes (o, en cualquier caso, la mayoría de ellos) por la comida y otros accesorios de la vida, tales como el vestido y diversas herramientas". Y concluía: "Puesto que la naturaleza no hace nada en vano o sin ningún fin, es innegablemente cierto que ha creado a todos los animales por el bien del hombre". En su principal obra, la Summa Theologica, Santo Tomás de Aquino siguió este pasaje de Aristóteles casi al pie de la letra, añadiendo que esta posición se atiene al mandato de Dios, como consta en el Génesis. Y en su clasificación de los pecados, Santo Tomás sólo tiene lugar para los pecados contra Dios, nosotros mismos o nuestros vecinos. Para él, entonces, no existía la posibilidad de pecar contra animales no humanos o contra la propia naturaleza. Este fue el pensamiento de la corriente principal del cristianismo durante al menos sus primeros ocho siglos. Hubo personajes de un espíritu más moderado, como San Francisco de Asís (cuya doctrina influye mucho en el pensamiento del actual Papa Francisco, que adoptó este nombre en honor precisamente de su referente), pero para la mayor parte de la historia cristiana no ha tenido ningún impacto relevante en la tradición dominante. Por tanto, vale la pena hacer hincapié en los rasgos principales de esta tradición occidental dominante, puesto que éstos pueden hacernos entender mejor, y servir como puntos de comparación cuando discutimos diferentes puntos de vista sobre nuestra actitud ante la naturaleza y el medio ambiente. Según la tradición occidental dominante, por tanto (comentaremos en siguientes entregas hasta qué punto el actual Papa ha influido para romper con esta línea), el mundo natural existe para el beneficio de los seres humanos. Dios dio al ser humano señorío sobre el mundo natural, y por tanto, a Dios no le importa cómo lo tratemos. Entonces, los seres humanos son los únicos miembros moralmente importantes de este mundo. La naturaleza en sí misma no tiene ningún valor intrínseco, y por ello la destrucción de plantas y animales no puede ser pecaminosa, a menos que con esta destrucción se haga daño a seres humanos. Continuaremos en siguientes entregas.

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4 julio 2019 4 04 /07 /julio /2019 23:00
Viñeta: Kike Estrada

Viñeta: Kike Estrada

La energía, siendo un bien que influye directamente en la posibilidad de vivir una vida digna, es un derecho básico al que todos deberíamos tener acceso a un precio justo, de forma generalizable e igualitaria. No puede ser un privilegio para unos pocos, sino un derecho para todo el mundo. Pese a que el derecho a la energía aun no se ha positivizado explícitamente como derecho humano, el rol esencial que ha jugado la energía en el desarrollo humano de las personas y de la sociedad durante los siglos XX y XXI sitúa la energía como un bien de primera necesidad al que se tiene que garantizar el acceso

Marta García y Joana Mundó

Como manifestación fundamental de la pobreza, la pobreza energética despliega graves consecuencias derivadas, que se proyectan principalmente en afecciones a la salud, disminución del rendimiento físico y académico, problemas sociales y relacionales (intra y extrafamiliares), degradación de los edificios, incremento de las emisiones de CO2, y deuda excesiva. Veamos estos efectos con más calma, siguiendo de nuevo el magnífico informe "La energía como derecho", de Marta García y Joana Mundó (descargable en Internet desde este enlace):

 

1.- Impactos en la salud: Varios estudios relacionan la pobreza energética con afecciones específicas sobre la salud física, que afectan principalmente a niños/as, personas de avanzada edad o que sufren enfermedades crónicas. El frío y la humedad permanentes pueden comportar problemas respiratorios como asma, bronquitis o alergias, así como agravar enfermedades ya existentes. También tiene efectos sobre el rendimiento físico e intelectual de las personas que la padecen. La salud mental también se puede ver afectada por estas situaciones, dado que vivir en un hogar en malas condiciones puede causar problemas como ansiedad, exclusión, insomnio, inestabilidad familiar, fracaso escolar o incluso aislamiento social. Como en general en cualquier tipo de pobreza, la estigmatización de quienes la sufren comporta graves problemas de inserción social. 

 

2.- Degradación de los edificios: Un problema de humedad permanente puede conllevar un empeoramiento de las situaciones de pobreza energética, en espiral diabólica que se retroalimenta. De esta forma, cuanto más se deteriore la vivienda, más va a costar mantener la temperatura y las condiciones óptimas de bienestar, de modo que sus habitantes tendrán que dedicar cada vez más recursos económicos a mantener la temperatura de confort. La baja eficiencia energética de las viviendas, por su parte, provoca un incremento del consumo de energía, aumentando también las emisiones de gases de efecto invernadero. Este hecho tiene efectos sobre el medio ambiente, y por ende sobre la salud pública, dado que el aumento en los niveles de CO2 se relaciona con un aumento de las enfermedades respiratorias, cardiovasculares, y de dolores de cabeza.

 

3.- Endeudamiento: Las personas con pocos recursos económicos acostumbran a tener dificultades para hacer frente a facturas de alimentación, transporte, o las relacionadas con la educación de los hijos, además de las propias facturas del gas, del agua o de la electricidad. Así pues, la dificultad para hacer frente a las facturas de los suministros energéticos básicos contribuye a aumentar el endeudamiento de las familias. A su vez, este hecho provoca que muchas familias entren en una peligrosa dinámica de subsistencia diaria, que les hace más difícil salir de la situación de precariedad. 

 

Desde una perspectiva de aseguramiento de los derechos y suministros básicos para una vida digna, la energía representa, pues, un aspecto fundamental. Por tanto, avanzar hacia la consecución y el reconocimiento de la energía como un derecho humano básico, eliminaría en cascada todos estos problemas. Es el Estado quien debe proveer unos sistemas de garantías para asegurar en todo caso este suministro de forma universal, y prevenir que nadie pueda, por problemas económicos, verse privado del mismo. Pero la pobreza energética, como el hambre o los conflictos bélicos, son un problema mundial. Como afirman las autoras del informe: "Cuando se habla de pobreza energética a nivel global normalmente se hace referencia a la privación de acceso a la energía que tienen en muchos países empobrecidos, debido a que no existen suficientes redes de transporte y distribución de electricidad o gas (dejando a mucha población sin la posibilidad ni tan siquiera de comprar energía a una comercializadora). De hecho, las Naciones Unidas han declarado la década 2014-2024 como la Década de la Energía Sostenible para Todos, poniendo especial atención a los 1.300 millones de personas que viven en países donde no hay acceso a la electricidad". Pero sin embargo, en este "gran país que es España" (en expresión de M. Rajoy), y en muchos más países "ricos" y "desarrollados", aunque existe una buena y extensa red de distribución de energía, también hay personas que no tienen de facto acceso a ella. ¿El motivo? Unas condiciones socioeconómicas que les obligan a prescindir de su uso por la imposibilidad de pagar las facturas, o porque se abstienen de encender la calefacción en invierno, o porque la compañía les ha cortado el suministro por falta de pago. Hoy día, prácticamente todas las tareas reproductivas y de cuidados, las que se ejercen dentro del hogar, tales como la alimentación, la educación, la higiene, los cuidados de personas dependientes o enfermas, etc., necesitan primordialmente la energía para poder ser llevadas a cabo.

 

Y como con cualquier bien de primera necesidad, hay unos mínimos de abastecimiento energético que se pueden considerar como fundamentales para la supervivencia. Por ejemplo, el asociado con la conservación y cocción de alimentos, climatización, iluminación, higiene personal y del hogar. Estableciendo un paralelismo con la pirámide de Maslow, este nivel tendría que ver con la satisfacción de las necesidades fisiológicas (reposo, alimentación). Un siguiente nivel cubriría las necesidades básicas de energía, entendiendo como tales los usos eléctricos relacionados con el acceso a la información (Internet, teléfono, TV...), y las necesidades que permiten alcanzar un mínimo nivel de confort en el hogar. Continuando con el paralelismo de la pirámide de Maslow, este nivel se relacionaría con la salud y la seguridad. El siguiente nivel tendría que ver con los niveles de energía necesarios para poder realizar un trabajo productivo, y para garantizar la subsistencia y la autonomía (por ejemplo, llevar a cabo un trabajo autónomo que requiera energía en el hogar), y que esté vinculado con el reconocimiento y la autonomía. Y finalmente, un último nivel tendría que ver con el ocio y las actividades relacionadas con la realización personal. La Declaración Universal de los Derechos Humanos Emergentes (a estos derechos les dedicaremos en su momento una serie de artículos independiente) recoge "el derecho de todo ser humano de disponer de agua potable y saneamiento, y de energía". Por su parte, el Pacto Internacional de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales (PIDESC) reconoce el derecho a una vivienda adecuada y el "derecho al acceso a energía para la cocina, la iluminación y la calefacción", y declara que "los gastos derivados del uso del hogar deberían ser de un nivel que no impida ni comprometa la satisfacción de otras necesidades básicas". E igualmente, la Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer instituye claramente el derecho a la electricidad como un derecho humano. Por tanto, tan solo a la luz de estas directivas internacionales sobre derechos, se comprueba claramente que, con un poco de voluntad política, se podrían modificar los entornos legales para que recogieran de hecho el reconocimiento de la energía como un derecho humano fundamental. Continuaremos en siguientes entregas.

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2 julio 2019 2 02 /07 /julio /2019 23:00
Viñeta: Antonio Rodríguez

Viñeta: Antonio Rodríguez

La crisis de los desplazamientos forzados no es espontánea, ni coyuntural, ya que está vinculada a múltiples causas estructurales que sustentan el modelo económico y social de dominación, lo que implica abordarlas necesariamente desde su raíz o los dramas humanos que provocan los desplazamientos forzados no se van a detener

Juan Hernández Zubizarreta

Y la forma de atacar dichas causas estructurales ya las hemos venido mencionando. Podríamos alegar que acabar con las guerras, los extractivismos y las prácticas coloniales en los países de origen de los migrantes es un objetivo muy grueso, que hay que plantear a medio plazo, como mínimo. Pues bien, mientras vamos recibiendo a los migrantes de forma digna, humana y solidaria (que es lo que deberíamos hacer), podemos ir planteando (a la vez que dichos objetivos gruesos) unos objetivos a más corto plazo, como es el aumento de los presupuestos dedicados a la Ayuda al Desarrollo. Sin embargo, ¿qué se ha hecho durante estos últimos años? Todo lo contrario: reducirlos. El montante de las ayudas al desarrollo ha caído a cifras absolutamente ridículas, indignas de cualquier gobierno mínimamente decente, al que le importe de verdad la solidaridad internacional. Concretamente, desde el año 2011 se han visto recortadas en un 45%. Pero en general, en España nunca en toda su historia como país donante un solo Gobierno ha dado cumplimiento a sus previsiones de gasto en AOD, situándolas siempre por encima de las cifras realmente alcanzadas, y presentándolas bajo toda una ingeniería presupuestaria y maquillaje de cifras, tal como señala Carlos Gómez Gil en este artículo para el digital Rebelion. La historia de nuestra cooperación al desarrollo para terceros países puede ser resumida en una constante distorsión de las cifras y estadísticas oficiales en los tres sentidos siguientes, según señala Gómez Gil: "En primer lugar, incorporando partidas y gastos de dudoso encaje como AOD. En segundo, presupuestando partidas mucho más elevadas de las que finalmente se ejecutan, de forma que se anuncian cantidades muy superiores a las gastadas. Y por último, una continuada política de desinformación en torno a los presupuestos, cifras y gastos reales en materia de ayuda al desarrollo por parte de sus responsables políticos y técnicos, que han ayudado muy poco a tener un conocimiento preciso de nuestro perfil y de nuestra posición en el mundo". O sea, que no somos ni siquiera capaces de diseñar y ejecutar de manera coherente una justa política de ayuda al desarrollo. ¿Cómo vamos a tener voz propia? ¿Cómo vamos a representar una voz digna y diferenciada en el mundo en este asunto? ¿Cómo vamos a replantear otras política de más difícil cobertura?

 

La cifra que se asumió hace tiempo, del 0,7% del PIB dedicado a estas ayudas, no se ha cumplido jamás. La cooperación española, como país, merece como vemos un suspenso declarado, implicando nuestra incapacidad hasta el momento para alcanzar la justa sensibilidad con estos países. Desde que España ingresó al CAD (Comité de Ayuda al Desarrollo) en diciembre de 1991, nunca hemos alcanzado la cifra media europea en estas ayudas (el 0,5%), y nuestro país se coloca en los últimos puestos de los donantes europeos, solo por delante de Grecia. Si todos los países contribuyeran de forma justa a las instituciones internacionales de ayuda, al apoyo a las ONG, a la acción humanitaria, a la promoción de la paz, al respeto a los derechos humanos o a la erradicación de la pobreza, otro gallo nos cantara, en cuanto al triste hecho de los desplazados forzosos. Las ayudas al desarrollo son el mayor instrumento a nivel global para reforzar nuestra contribución a que todos los países del mundo alcancen para sus poblaciones unas condiciones de vida dignas. Son quizá el símbolo por excelencia de la solidaridad internacional. Tan solo con que viviéramos en un mundo que se tomara en serio las Ayudas al Desarrollo y las políticas de cooperación, y dejara de perseguir otros intereses, ya tendríamos una estupenda rampa de lanzamiento para encarar el problema de los migrantes desde otro enfoque. Pero desgraciadamente, esta globalización neoliberal no está por estos menesteres. Por su parte, también mantenemos un enorme déficit estructural en políticas de multiculturalidad, es decir, adecuadas al justo encaje de ciudadanos/as de diversas culturas en una misma comunidad. Porque una buena integración intercultural no solo exige aceptar y respetar las diferencias, sino también valorar y educar al conjunto de la ciudadanía en los principios de la convivencia entre personas procedentes de varias culturas. La educación, desde este punto de vista, es un soporte especialmente importante para proyectar modelos de sociedades multiculturales, de una forma justa y sana. Mucho camino tenemos que recorrer aún por esta senda. 

 

Al hilo de este asunto, José Luis García, en su texto "Interculturalidad" (inserto en VV.AA.: Diccionario de relaciones interculturales. Diversidad y Globalización, Universidad Complutense, Madrid, 2007, pag. 205) afirma: "Los problemas de la interculturalidad, lejos de concretarse en la coexistencia entre sujetos con diferentes mentalidades, habilidades y prácticas, en los problemas interactivos de comunicación o en la educación para magnificar los valores de todas las culturas, se plasman en las consecuencias sociales de los mecanismos existentes en los Estados nacionales para acoger, reconocer, dar derechos y exigir deberes de ciudadanía a los individuos que conviven en su territorio, sin que la naturaleza del origen les discrimine en la vida social". Un verdadero proyecto de interculturalidad ha de tomar como pilar fundamental la erradicación del racismo, fundamentado en una crítica al etnocentrismo, ya que en caso contrario, no cuestionaremos las propias estructuras de desigualdad provocadas, en este caso, por la procedencia o la etnia. Pero no solo ha de quedarse en esto: ha de abarcar también políticas de convivencia, políticas de integración, políticas de derechos, políticas de reconocimiento, políticas de discriminación positiva, políticas laborales, políticas sociales, políticas educativas, etc. El peor signo de que somos incapaces de diseñar buenas políticas de interculturalidad es el alto índice de rechazo social hacia la población inmigrante y refugiada, especialmente cuando su situación de clase es desfavorecida. Y los paneles luminosos donde todo este odio y rechazo al extranjero se manifiestan es en el ideario aberrante de los partidos políticos de la ultraderecha, que desgraciadamente, resurgen tanto en el contexto del viejo continente como en las políticas de la Casa Blanca. Según los datos del informe "Evolución del racismo y la xenofobia y otras formas conexas de intolerancia en España" de 2013, el 72% de la población española considera "elevado" o "excesivo" el número de inmigrantes en España, mientras que solo el 23% considera que este número es "aceptable", y el 1% "insuficiente". Además, el 40% está "muy de acuerdo" o "más bien de acuerdo" con que un extranjero que sea parado de larga duración sea expulsado del país, y un 47% piensa que los españoles deben tener preferencia en el acceso a la atención sanitaria. Asímismo, un 66% de la población considera "muy aceptable" o "bastante aceptable" que a la hora de contratar a un trabajador, tenga preferencia un español antes que un inmigrante. 

 

Como podemos apreciar, tenemos aún mucho que trabajar en las políticas de inserción, tolerancia e interculturalidad (además de en políticas de ayuda al desarrollo, como destacábamos al comienzo). Y muy en relación con estas políticas, hemos también de reducir la muy abultada cifra de delitos de odio que se cometen en nuestras sociedades. Los informes de la Red Europea de Información sobre Racismo y Xenofobia contabilizan unos 4.000 casos de agresiones racistas al año en nuestro país. Según sus estimaciones, cada día al menos 10 personas sufren una agresión física o verbal por motivos de raza, etnia o nacionalidad (no están contabilizados aquí las agresiones por homofobia, sexismo o aporofobia, que contabilizarían un capítulo aparte). Los programas informativos diarios, con bastante frecuencia, nos dan cuenta de agresiones de este tipo. Son síntomas evidentes de una sociedad enferma de racismo e intolerancia, que no está preparada para recibir ni para integrar y convivir de forma civilizada con personas extranjeras, o procedentes de otras culturas. Arturo Borra, un autor bastante especializado en estos asuntos, le dedica (entre otros muchos) este artículo al asunto de la interculturalidad, que estamos tomando como referencia. Nuestro país, como otros muchos, necesita sumergirse ampliamente en una pedagogía de la interculturalidad, que nos enseñe a fabricar correctamente las alteridades necesarias para comprender y asimilar este fenómeno. Una verdadera política interculturalista "apuntaría a la construcción de condiciones igualitarias en una sociedad culturalmente plural" (en palabras de Arturo Borra), y necesita de la creación de espacios de comunicación, participación y decisión inclusivos. Una sociedad plenamente intercultural debe intervenir en los mercados de trabajo, en los procesos de discriminación racista, en las políticas de inclusión de todos los colectivos culturales en las instituciones públicas (incluyendo el sistema educativo), y en la construcción de un relato discursivo de las migraciones correcto y justo en los medios de comunicación, entre otros planos fundamentales. 

 

Con todos estos mimbres, solo bajo una sociedad plenamente intercultural será posible instalar el concepto de "Ciudadanía Universal", como expresión que resume la capacitación y madurez social para abarcar todos estos campos con éxito. Sin embargo, a años luz de este deseado panorama, hoy día asistimos a un discurso agresivo que identifica la inmigración como una amenaza, no solo a un nivel laboral, sino también en los planos identitario y de seguridad. Todo un discurso de hostilidad hacia los migrantes es desplegado sin el más mínimo reproche social, lo cual es indicativo de nuestra podredumbre en estos asuntos. La capitana del barco "Sea-Watch 3" ha sido detenida por desembarcar a varias decenas de migrantes en el puerto de Lampedusa, y curiosamente, el más bravo y agresivo discurso contra ella ha sido vertido por el propio Ministro del Interior italiano, Mateo Salvini. Pero no solo él: mientras desembarcaba y era detenida por "tráfico de inmigrantes", había personas que se habían acercado hasta el puerto para gritarle que "quién era ella para llegar con todas esas personas a su país". La situación es lamentable, indignante, perversa. Nuestra educación en valores interculturales es nula. La brutalidad, insensibilidad e ignorancia de nuestros dirigentes políticos son fiel reflejo de hasta dónde llegamos como sociedad en la asunción de valores interculturales. Hay razones sobradas para afirmar que los obstáculos institucionales para una política intercultural son recurrentes, y de carácter estructural, y que no conseguiremos avanzar hasta no desplegar todos los recursos necesarios para convertirnos en sociedades de acogida, de integración, de amistad, de cooperación, plenamente interculturales. Han de ser desechadas las actuales "políticas de identidad", que magnifican nuestra cultura y nuestros valores en detrimento de los demás, que se limitan a reclamar, por mera caridad humanitaria, sistemas de "cuotas" o "cupos" para la recepción de personas extranjeras pobres. Nuestra responsabilidad humana ante los otros no puede ser ignorada. La historia no nos absolverá de ello. Baste recordar para ello la consabida consigna de que "ningún ser humano es ilegal". Continuaremos en siguientes entregas.

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30 junio 2019 7 30 /06 /junio /2019 23:00
Viñeta: Gatis Sluka

Viñeta: Gatis Sluka

La historia está abierta y que se consolide otra forma de sociedad depende, en última instancia, de la capacidad de refundar un proyecto anticapitalista de tipo ecosocialista por todos los sujetos que creen que otro mundo es posible y necesario, y que tal vez podría expresarse de manera sintética en la actualización de una célebre máxima revolucionaria, de esta manera: “Ecosocialismo o barbarie tecnofascista"

Renán Vega Cantor

Como venimos afirmando, nuestro ideal del "desarrollo", imbuido bajo los tintes capitalistas, se nos ha mostrado de forma equivocada. De entrada, ha asignado a unos países el rol de "desarrollados" (en realidad son países explotadores de otros) y a otros el rol de "subdesarrollados" (en realidad son los países explotados por los del primer grupo). Pero como se pregunta Alberto Acosta en la entrevista de referencia: ¿son de verdad desarrollados los países que llamamos "desarrollados"? ¿En qué ha consistido para ellos ese supuesto "desarrollo"? ¿En que poseen más tecnología? ¿En que poseen más armas? ¿En que su población es más feliz? En nuestro mundo actual prima el "maldesarrollo", inclusive dentro de los países de ese primer grupo, porque en esos países que se presumen "desarrollados" afloran cada vez más las señales de su maldesarrollo: se incrementan las desigualdades, las brechas que separan a los ricos de los pobres se ensanchan sin cesar, la pobreza no ha sido superada para grandes segmentos de la población, y la destrucción de la naturaleza ha llegado a límites realmente dramáticos. Estos países, cuya huella ecológica es muy amplia y que viven mucho más allá de la capacidad de resiliencia de sus propios ambientes naturales, no han dejado tampoco de sobreexplotar los ambientes de los países empobrecidos. Desde la época colonial, se nos ha impuesto un patrón de desarrollo equivocado, tendente a crear esta dependencia de unos grupos de países sobre otros. De esta forma, el racismo, los extractivismos y la explotación masiva de la fuerza de trabajo (los tres pilares del capitalismo) se convirtieron en elementos dominantes de la Modernidad, en la que los países empobrecidos asumieron un papel subordinado y dependiente. Una realidad que llega hasta nuestros días, y que alcanza dimensiones dantescas. Toda esta cultura económica ha de ser superada para dejar entrada a los parámetros del Buen Vivir. Si queremos asegurar una vida digna para todos los seres vivos del planeta sin excepciones (observen los lectores y lectoras que hablamos de dignidad, y no de riqueza en el sentido materialista), promoviendo relaciones de armonía y equilibrio entre todos, hay que plantearse con seriedad la superación del capitalismo. 

 

El Buen Vivir, su propia filosofía y política, no puede alcanzarse dentro de las lógicas de mercado, es decir, dentro del capitalismo. No puede alcanzarse dentro de una mente neoliberal. Es de todo punto imposible. Pero es importante dejar claro que no se trata de una secuencia lógica, como si fuera una ecuación matemática: "primero abandone usted el capitalismo, y luego encamínese a alcanzar el Buen Vivir". No se trata de esto. Existen, incluso hoy día, multitud de prácticas y de valores, de experiencias y de filosofías, de comportamientos y de actitudes, que encuadramos perfectamente válidas para el Buen Vivir, y que se pueden ir cultivando. El capitalismo, entonces, deberá caer por su propio peso. Esto nos plantea la necesidad de construir estrategias y transiciones múltiples para salir del capitalismo. La salida no implica más capitalismo por más que al modernizarlo se intente humanizarlo, por lo demás una tarea inútil. Las experiencias sobre "capitalismo humano", "desarrollo sostenible" o "capitalismo verde" han resultado infructuosas. Es una lógica superada y engañosa. Alberto Acosta explica: "Estas discusiones (...) se nutren de la imperiosa necesidad de promover en el mundo la vida armoniosa entre los seres humanos, y de éstos con la Naturaleza; una vida que ponga en el centro la autosuficiencia y la autogestión de los seres humanos viviendo en comunidad. Este esfuerzo debe estar normalizado por algunas cuestiones medulares que garantizan la reproducción de la vida y no la del capital. Ese es, en definitiva, un gran desafío para la Humanidad". Las personas que defienden, ingenuamente, una modernización integral del capitalismo, un capitalismo sensible, un "green new deal" o una "economía verde", simplemente, no cuestionan las bases del capitalismo. Solo pretenden hacerlo menos malo. Creen que se pueden encontrar respuestas estructurales en su seno. Son unos ilusos. Y por supuesto, son también responsables de ahondar en la trampa de la mercantilización permanente de la Naturaleza. Este, definitivamente, no es el camino, y cuanto más tiempo continuemos en él, más daño nos haremos de forma global. 

 

La filosofía del "crecimiento" se ha orientado básicamente a depredar totalmente los recursos naturales, y contabilizan esto como crecimiento, porque la economía (el PIB) crece, a costa de terminar más pobres. Si construyo y vendo tres barcos de guerra, habré empleado materiales y ocupado a varios cientos de personas durante varios años, y eso se habrá traducido (según la contabilidad capitalista) en un "crecimiento" económico...Si posteriormente con esos tres barcos se declara la guerra y se lanzan misiles a otro país...¿nos habrá servido de algo ese crecimiento? Si arraso una superficie natural para construir un extenso parque comercial, con cientos de tiendas, hoteles, campos de golf, restaurantes, zonas de ocio, etc., también habré "crecido" bajo los parámetros capitalistas, pero...¿no es en realidad empobrecimiento lo que hemos experimentado? Si me voy a primera línea de playa de cualquier costa, y levanto allí un gigantesco hotel de 500 habitaciones, nuestra economía registrará el "crecimiento" que supone haber preparado el solar, el número de personas que han levantado dicha mole, la cantidad de materiales que se han utilizado, las tecnologías que se han empleado, los servicios que se han habilitado, el empleo que se va a crear cuando esté construido, el montante económico que va a suponer su actividad, pero...¿registra también la pérdida de espacio natural, nuestra pelea con el mar, los recursos naturales que se han destruido, la contaminación que ha supuesto, las restricciones de movimiento y esparcimiento para la población, y el disfrute y felicidad que hemos destruido? Al arrasar con una superficie natural...¿no estoy interviniendo en los ecosistemas naturales que me permiten la vida? Claro, si lo medimos en un campo de fútbol en todo el planeta quizá sea insignificante, pero es que eso se lleva haciendo durante décadas a un ritmo frenético y descomunal, que arrasa extensiones de miles de campos de fútbol por año, y esto ya sí tiene entidad suficiente como para representar un problema de gran envergadura. En realidad, la inmensa mayoría de las personas no se percatan de la aberración de la macroeconomía convencional, que contabiliza esa pérdida de patrimonio como un aumento del ingreso. Pero detrás de todas esas cifras de "crecimiento" existen muchas historias humanas, y muchas historias naturales intervenidas, expoliadas, sacrificadas, destruidas. Por tanto, es la misma base de la economía la que tiene que cambiar, es la misma filosofía económica la que ha de alterarse de manera profunda.

 

Esa visión del crecimiento económico, transformado en un fetiche al cual rinden pleitesía los poderes del mundo y amplios segmentos de la población, debe ser denunciado, desenmascarado y desarmado. Debe ser ideológicamente revertido. Pero esto es algo muy difícil de conseguir, por el grado de penetración de la lógica capitalista en nuestras mentes, y por los propios esquemas sociales que nos condenan a ellos. Si excavo en el subsuelo de una zona de muy rica biodiversidad en busca de petróleo y lo consigo, a costa de destruir toda la biodiversidad existente...¿somos más ricos o más pobres después de ello? ¿Hemos "crecido" económicamente? ¿Nos hemos "desarrollado"? ¿O por el contrario, al destruir recursos naturales fundamentales para el equilibrio de la vida, nos hemos empobrecido y nos hemos subdesarrollado? La extracción de petróleo tendrá sus días contados, nos requerirá el uso de una tecnología devastadora para los recursos naturales, provocará ingentes emisiones de contaminantes tóxicos, que harán perder la vida a cientos de miles de personas y animales, y todo para continuar nuestro modelo energéticamente fósil, caduco y peligroso, y nuestros puestos de trabajo asociados a él. Además, contribuiremos al calentamiento global del planeta, y a la desertización de grandes zonas hoy ricas en recursos minerales o alimentarios. Si además empleamos tecnologías agresivas como el fracking, estaremos no solo dañando el entorno, sino provocando la inestabilidad del propio subsuelo, con el riesgo de provocar graves seísmos y acabar con la vida de más miles de personas y animales. ¿De verdad que es correcto este sistema económico? ¿En serio piensa alguien que es sostenible y saludable? ¿Acaso es justo con la vida y con el planeta? ¿Dónde está, pues, la riqueza del modelo? ¿Dónde se encuentra el desarrollo? ¿Por dónde alcanzamos el bienestar? Ninguna receta que vaya en contra de los límites biofísicos del planeta puede conducirnos al bienestar. Ningún desarrollo que sacrifique recursos naturales es tal, ninguna economía que no ponga en el centro a las personas puede entenderse como correcta, ningún crecimiento conseguido en base a una destrucción lo es. 

 

¿Dónde está entonces el referente, el espejo donde debemos mirarnos, las líneas rojas que no debemos atravesar? El Buen Vivir entiende que no puede haber desarrollo sin el escrupuloso respeto a los Derechos Humanos y de la Naturaleza. Lo que hay que intentar es marginar aquéllas visiones, modelos y proyectos económicos que intenten racionalizar e incluso justificar el sacrificio de pueblos o comunidades en bien de una colectividad más grande, sea ésta la nación, el Estado, o cualquier orden supranacional. El Buen Vivir nos coloca sobre el terreno, y abre la puerta para el reencuentro de los seres humanos con los demás seres vivos, desde la óptica de los derechos de la Naturaleza. Si empleamos esta visión, tendremos absolutamente claro que todos los casos de emprendeduría económica que hemos puesto anteriormente como ejemplos no son válidos, porque sacrifican el bien de las personas, de los pueblos, de los animales y de la propia tierra y sus recursos a un bien inducido, a un bien supeditado a una visión equivocada: un crecimiento económico global conseguido por todos los medios a nuestro alcance. El Buen Vivir necesita que recoloquemos el foco fuera de los organismos e instituciones al uso, incluso fuera del punto de vista del Estado. La solución no se encuentra en el Estado y menos aún en los mercados capitalistas. Se requiere otro tipo de Estado (no es necesario acabar con él, pero sí acabar con sus objetivos organizativos y económicos), que bien puede ser un Estado plurinacional, que pueda contribuir a un modelo organizativo más justo y humano, más orientado hacia los pueblos y hacia las comunidades. Y esto a su vez demandará que los nuevos motores de la economía giren alrededor de la solidaridad, de la cooperación, de la empatía, del intercambio, de la generosidad, de la reciprocidad, de la complementariedad, de la armonía, de la redistribución justa y equitativa, tanto de la riqueza como del poder. Los motores dejan de ser el crecimiento incesante y la generación de beneficios económicos, para pasar a estar en función de la satisfacción de nuestras necesidades (véase el Desarrollo a Escala Humana, tratado en las anteriores entregas), de la justicia social y de la justicia ambiental. En palabras de Alberto Acosta: "Si la economía debe subordinarse a los mandatos de la Tierra, el capital tiene que estar sometido a las demandas de la sociedad humana". De esta forma podremos alcanzar la unión entre objetivos y necesidades. Continuaremos en siguientes entregas.

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27 junio 2019 4 27 /06 /junio /2019 23:00
Viñeta: Iñaky y Frenchy

Viñeta: Iñaky y Frenchy

¿Es partidario el oligopolio eléctrico de seguir condenando a millones de personas a enfundarse dos pijamas a las siete de la tarde, apagar la luz y meterse en la cama porque no pueden afrontar un pago mayor de la electricidad y la calefacción? Señores dirigentes, ¿están a favor de que haya personas mayores viviendo a la luz de las velas, arriesgándose a incendiarse con ellas? Díganlo claramente. Hay una guerra mundial contra los pobres y ustedes participan en ella

Olga Rodríguez

La triste realidad de la pobreza energética (al igual que ocurrió con el cadáver del niño Aylan Kurdi ahogado en la playa), tuvo su hito más emblemático con la muerte el 15 de noviembre de 2016 de Rosa, una anciana de 81 años de la localidad catalana de Reus, a quien Gas Natural Fenosa había cortado la luz dos meses atrás por no poder pagarla. Rosa murió de madrugada en su casa a causa de un incendio provocado por una vela que usaba para poder alumbrarse. La vela se cayó mientras dormía, incendió el colchón y la anciana murió asfixiada por el humo. Según la Ley catalana 24/2015 (la primera de este tipo, aprobada por unanimidad a raíz de una Iniciativa Legislativa Popular impulsada por organizaciones de la sociedad civil y avalada por 143.380 firmas), la compañía debería haber avisado a los Servicios Sociales en el momento del impago, para que éstos pudieran poner en marcha los mecanismos previstos en la referida ley para evitar el corte del suministro. Pero esto no ocurrió. El de Rosa no ha sido el único caso. Según ha denunciado la agrupación de bomberos de UGT en Cataluña, 6 de cada 10 muertes en incendios ocurridos dentro del hogar se pueden atribuir directamente a situaciones de pobreza energética. En toda España, la falta de suministro se cobra unas 7.200 vidas al año, según calcula la Asociación de Ciencias Ambientales. El problema se ha vuelto, pues, extremadamente preocupante. Al igual que las medidas de "austeridad" han llegado a provocar el suicidio de miles de personas durante los últimos años, estas muertes por pobreza energética se encuadran bajo la misma perspectiva. Podemos discutir hasta cansarnos sobre si la muerte de Rosa fue un "accidente". Creemos firmemente que no. Un accidente ocurre por la concurrencia de causas absolutamente arbitrarias. En este caso, se trata de un acontecimiento trágico, generado por una suma de factores que concurrieron en tan fatal desenlace: empobrecimiento, precariedad, expolio y desigualdad. El incendio lo provocó una vela, pero la vela jamás habría sido usada si Rosa no hubiera sufrido el corte del suministro, una decisión inhumana, vil y cobarde donde las haya. 

 

Pero los datos siguen estando ahí: más de cinco millones de personas pasan frío en invierno para no hacer frente al importe económico que supone mantener sus viviendas mínimamente climatizadas. Concretamente, como nos indican en este artículo desde eldiario.es, el 11% de los hogares españoles se declaró en el año 2014 (uno de los peores años de la crisis) incapaz de hacer frente a los meses de invierno con una temperatura adecuada en sus viviendas. Son datos de la Asociación de Ciencias Ambientales (ACA). Esta asociación nos contaba también un dato muy significativo: en un solo año, el sueldo de Juan Rosell (Presidente de CEOE) como consejero de la primera empresa del sector en España, Gas Natural subió un 64%, desde los 127.000 euros de 2014 hasta los 208.000 del año siguiente. Cualquier asociación de datos que hagan los lectores y lectoras entre este aumento paralelo en los recibos de la luz y el sueldo de los consejeros de la eléctrica será pura y lógica consecuencia. Pero no solo este factor influye: durante el mandato del ex Ministro del PP José Manuel Soria (quien tuvo que dimitir del Ejecutivo por la aparición de unos datos de una supuesta empresa suya alojada en un paraíso fiscal), y en su afán por poner fin al multimillonario déficit de tarifa (otra mentira más del sistema eléctrico, como explicamos ya nosotros en este artículo) que arrastraba el sistema eléctrico, Soria aprobó un nuevo sistema de fijación de precios basado en la cotización horaria de la electricidad en el mercado mayorista, que no ha impedido que nuestro país sea, según Eurostat, uno de los países europeos más caros en el recibo de la luz. Según cálculos de la ACA, 1,2 millones de personas en nuestro país (el 3% de los hogares) dedican más del 20% de sus ingresos totales en abonar el recibo eléctrico. ¿Es plausible que el pago de un suministro básico llegue a alcanzar tales cotas? ¿Es sostenible este sistema? Dejo de nuevo la reflexión de la respuesta a mis lectores y lectoras. La ACA considera, con buen juicio, que lo aceptable sería que esta partida no superase nunca el 5% del total del presupuesto de las familias, algo que ocurre, según sus cálculos, únicamente en el 45% de los hogares. 

 

Por otra parte, el estudio referido también destaca como dato interesante el hecho de que 7,8 millones de personas viven con goteras o humedades en sus viviendas, precisamente una de las señales más evidentes de la pobreza energética, derivadas del insuficiente uso de la energía. Ante este hecho, la eficiencia energética emerge como una de las principales soluciones al mismo, especialmente la rehabilitación de edificios antiguos que no cumplen con las actuales normativas, actualizadas en niveles de consumo y eficiencia. Es precisamente una política a la que hay que concederle una atención especial, no ya solo por el nivel de empleo que generaría, sino también por su aportación a la sostenibilidad energética de los hogares. Nuestros vecinos europeos lo llevan mucho mejor que nosotros. En un reciente artículo de Carolina García Hervás para el medio La Vanguardia, al que nos remitimos, se analiza brevemente el contexto europeo de la pobreza energética. Mientras que en nuestro país se eleva a 63 euros al mes, el precio de la energía en países con mayor nivel de vida que el nuestro, como Noruega o Finlandia, solo pagan 10 euros. ¿Es que allí las empresas de energía están en suspensión de pagos? ¿Es que acaso son peligrosos países "comunistas" que han nacionalizado dichas empresas? ¿Será porque no existen puertas giratorias? ¿Cómo es posible ese modelo nórdico, donde cobran más y pagan menos? Que se lo cuenten con urgencia a nuestros gobernantes, a ver si aprenden algo. Esta gran diferencia se debe (entre otros factores) a que estos países aumentaron el uso de energías renovables para abastecerse. Carolina García lo explica en los siguientes términos: "Noruega y Finlandia producen casi la totalidad de la energía que consumen a través de energías renovables como la hidroeléctrica, a diferencia de España, donde existe un modelo energético derrochador, dependiente, donde se consume más de lo que se produce. Algo que debería ocurrir en España y que ha contribuido a disminuir la pobreza energética en estos países nórdicos es la existencia de voluntad política y de la sociedad civil, el aprovechamiento de los recursos naturales y una legislación flexible, que combinados adecuadamente, han llevado a excelentes resultados en el norte de Europa". 

 

En efecto, pero para ello tendríamos que tener no solo un Gobierno concienciado y decidido a abordar el problema (que no lo tenemos), sino un gremio empresarial inteligente, justo, humano y sensible, que tampoco tenemos. Nuestros empresarios (y no solo los energéticos) conforman la ralea más indecente de toda Europa, los más trogloditas de todo el continente, cosa de todo punto lógica si echamos un poco la vista atrás, y comprendemos que la mayoría de ellos (y sus descendientes) vienen de la época franquista. No son capaces de la más mínima empatía con las personas, y no comprenden (ni les interesa comprender) las gravísimas consecuencias de esta pobreza energética, que en el fondo son las mismas consecuencias que provoca la propia desigualdad: la salud de las personas, las relaciones familiares, el rendimiento económico, etc. Como destacan Marta García y Joana Mundó en su dossier "La energía como derecho", que tomaremos como referencia a continuación, la Cruz Roja ha constatado que el 58% de la población que es atendida por esta organización vive en hogares donde no se pueden permitir encender la calefacción. Además, España es uno de los países con mayor nivel de mortalidad adicional en invierno de toda la Unión Europea. La pobreza energética se diferencia de la pobreza general en que, además de incidir en ella la situación personal de quien la sufre (ingresos, privación material severa, intensidad de trabajo en el hogar...), inciden también factores relativos a su propio hogar (ubicación, zona climática, tipo de vivienda, antigüedad de la misma, equipamiento...). Por tanto, podríamos distinguir tres causas principales que determinan la situación de pobreza energética:

 

1.- Bajo nivel de renta. En una mayoría de casos, las personas que sufren pobreza energética son las que están percibiendo prestaciones sociales, que están en desempleo, que trabajan a tiempo parcial, que trabajan de forma discontinua, o que están fuertemente endeudadas. Se suma también a todo ello el hecho frecuente de que estas personas a menudo no se pueden permitir vivir en viviendas adecuadas, y suelen hacerlo en edificios que requieren reformas y mejoras de cara a una mayor eficiencia energética. 

 

2.- Baja calidad de la edificación. Este factor supone un problema estructural que afecta a gran parte del parque de viviendas de nuestro país, dado que más del 50% de las viviendas actuales fueron construidas antes de que se aplicara cualquier normativa de regulación térmica. Lógicamente, este hecho tiene unas consecuencias más graves para las personas económicamente vulnerables y con problemas de salud, pero en general tiene un impacto en toda la población que vive en edificios de estas características donde la calidad de la edificación no permite mantener una temperatura de confort y se necesita más energía (y por tanto más recursos económicos) para climatizar las viviendas.

 

3.- Incremento continuado de los precios de la energía. Este tercer factor es también determinante, ya que durante los últimos años, la escalada en los precios de la energía no ha cesado, convirtiendo un suministro básico y un derecho humano casi en artículo de lujo. A ello hay que unir que el poder adquisitivo de la mayoría de la población ha empeorado. Además, hasta el momento no se han justificado estos incrementos en el precio de la factura eléctrica en base a los costes reales de generación, distribución y suministro de la energía, dada la opacidad general del sector energético español. Esta falta de transparencia también aumenta la vulnerabilidad de los consumidores. 

 

Evidentemente, cuando los tres factores aludidos anteriormente se unen, nos encontramos ante un cóctel explosivo que determina casos realmente graves de pobreza energética. Pero fijémonos en el siguiente dato: nuestros gobernantes podrían incidir directamente en los tres factores indicados, solo falta la voluntad política para hacerlo. Continuaremos en siguientes entregas.

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25 junio 2019 2 25 /06 /junio /2019 23:00
Viñeta: Olivier Ploux

Viñeta: Olivier Ploux

Los llamados Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE) constituyen verdaderos agujeros negros en nuestras sociedades por los que se sustraen los derechos humanos más elementales. Son una aberración jurídica, incumplen de forma evidente la Constitución y suponen una manifestación de políticas racistas y criminalizadoras de la migración

Campaña “Territorio Libre de CIE”

Y al igual que se les recluye en los CIE, se les recibe hostilmente, no se les integra en la sociedad, se les deja al margen de cualquier salida digna, se atacan sus derechos fundamentales, se persiguen si se dedican a cualquier actividad sumergida, y un largo etcétera de despropósitos, también se les ve como cosas amenazantes para nosotros. Más que como extranjeros, los migrantes pobres son vistos como entes rechazables. Después de que les enviamos armas para enconar sus conflictos, de que expoliamos sus riquezas naturales, y de que intervenimos sus alimentos, lo último es hacerles pasar un nuevo calvario cuando llegan aquí. Toda una serie de campañas mediáticas exageradas, desenfocadas, fuera de contexto e inmersas en el periodismo más sensacionalista, nos presentan a los migrantes de esta forma. No nos cuentan nada sobre la responsabilidad de nuestros gobiernos, sobre el trabajo que realizan en sus países de origen las grandes empresas multinacionales. En palabras de Antonio Fernández Vicente: "Sencillamente, no se habla de personas. El otro extranjero es un número. Sin derechos ni tan siquiera rostro que le singularice. Cosas a las que se dispara con balas de goma y de quienes se nos protege con cuchillas afiladas. Y es la estrategia de reificación de los medios la que apuntala la falta de empatía y sensibilidad hacia los desplazados de la miseria. Reducirlo todo a números y cifras. Suscitar miedo a esos pretendidos 30.000. Lo extraño es que no se agolpen los 300 millones de hambrientos". Ni aún se podría hablar de invasión, sino de una huida justificada. Justificada ante tanta aberración, ante tanta devastación, ante tanta masacre. Se discute con frivolidad no solo en barras de bares o tertulias, sino incluso en las Cortes, por señorías diputados/as y senadores/as, sin apenas tener idea del sufrimiento de los otros. Se les adjunta una simple etiqueta de migrante, como algo de lo que hay que huir, que hay que esconder, o al que hay que impedir su llegada. Y si es que llega, algo a lo que hay que hacerle la vida imposible. Desde la distancia que marca nuestra plácida vida capitalista y consumista, desde la indiferencia de quien posee una vida colmada de derechos, y en cuya obtusa mente no cabe ni siquiera la imaginación y la sensibilidad necesarias para comprender una situación así. 

 

Todo un pleno ejercicio de deshumanización de los migrantes, al que estamos acostumbrados, porque además el propio sistema nos ayuda a ello, nos conmina a ello. Y después de todo ello, hemos de escuchar además que los migrantes "denigran nuestra sanidad", "ensucian nuestra educación", "atacan nuestra seguridad", y otros exabruptos por el estilo, salidos de la boca alienada y embrutecida de la ciudadanía, sobre todo de aquéllas que pertenecen a personas con una sensibilidad bajo mínimos. Sin embargo, vemos con perfectos ojos el fenómeno del turismo rico, o de la inmigración rica. Santiago Alba Rico lo explica muy bien en este artículo para el medio Cuarto Poder. Retomo sus palabras: "900 millones de personas se mueven por el mundo todos los años. No son emigrantes. Son turistas que viajan libremente a Senegal, a Túnez, a Tailandia, a Egipto por poco dinero y sin ningún peligro. Gastan poco, destruyen los recursos locales y generan dependencias neocoloniales que convierten a los nativos en inmigrantes en sus propios países, donde son perseguidos y reprimidos como si estuvieran en París o Madrid. Esto también es un hecho. Y sin embargo a nadie se le pasa por la cabeza prohibir el turismo, no obstante la destrucción ecológica y social que genera. Aún más: todo el mundo consideraría una medida totalitaria la de un país del Tercer Mundo que, para proteger a sus conciudadanos de los efectos comprobadamente perniciosos del turismo, impidiese la entrada a los extranjeros que quieren ver las Pirámides o persiguiese y deportase a los clandestinos que sorprendiese fotografiando el Tah Mahal. Pues bien, entre esos 900 millones de turistas que viajan todos los años (cifra 100 veces inferior a la de los emigrantes desplazados) muchos pertenecen a las clases trabajadoras europeas. Cuando hablamos de limitar o combatir la inmigración en nuestros países y de hacerlo en nombre de esa clase trabajadora, estamos legitimando --y movilizando y explotando-- el voto insolidario de españoles --o italianos o franceses-- que reclaman su derecho a viajar a Senegal, y al mismo tiempo, su derecho a impedir que los senegaleses viajen a España. Es decir, estamos aceptando como natural un doble rasero de consecuencias materiales éticamente más que dudosas: nosotros tenemos derecho a viajar a Senegal, los senegaleses no tienen derecho a viajar a España. Más aún: nosotros tenemos el derecho "universal" de viajar a Túnez y tenemos además el derecho "español" de impedir a los tunecinos viajar a España". 

 

Desde esta lógica, es preciso entender que los migrantes están reivindicando su derecho universal al desplazamiento, y lo están haciendo además no por ocio ni por aventura, ni por conocimiento ni por vacaciones, lo están haciendo por necesidad. Por estricta necesidad. Y nuestra vileza llega hasta tal punto que para impedirles llegar alcanzamos acuerdos con sangrientas dictaduras, los ponemos en manos de traficantes de personas, los sometemos al encierro o a los campos de concentración, los herimos con concertinas, los dejamos ahogar en el mar, los deportamos a sus lugares de origen, o los condenamos a vagar por un submundo de ocupaciones ilegales o sumergidas. Solo un pequeñísimo porcentaje de personas llegadas por la vía migrante (pobre) consiguen insertarse en su sociedad de destino, e incluso destacar como buenos profesionales, si les permiten dedicarse o formarse en ello. Practicamos, sin paños calientes, un genocidio estructural ante el fenómeno de la migración. Estamos dispuestos (pero no lo conseguiremos) a acabar con los migrantes al precio que sea, bajo los modos que sean, ejerciendo las prácticas que sean, tomando las decisiones que sean. No nos importa el precio que haya que pagar. Solo pretendemos acabar con el fenómeno. Que deje de venir gente, que se reduzcan las cifras. Ese sería, para nuestros dirigentes y nuestras desalmadas instituciones, el mayor éxito en política migratoria que podríamos alcanzar. Sin más explicaciones. Todo esto, además de imposible, es de todo punto inhumano y degradante. Los derechos de los españoles, de los americanos, de los franceses o de los italianos, los derechos de los ciudadanos de cualquier sitio del mundo, no están por encima de los derechos humanos. El tiempo situará en su sitio a estas bárbaras políticas. Y también el tiempo hará comprender a la sociedad en su conjunto que la apertura de las fronteras y la recepción e integración de los migrantes es la única salida digna que podemos ofrecer. Tenemos una mochila de horrores muy cargada para con sus pueblos, y mientras no la corrijamos, lo menos que podemos hacer es permitir a estas personas, obligadas a migrar, que puedan hacerlo con dignidad. Es el programa mínimo para una nueva Política de Fronteras, como venimos reivindicando durante toda esta serie de artículos. 

 

Un programa mínimo para una Política de Fronteras que crea en la Declaración Universal de los Derechos Humanos ha de ir de la mano, de forma inseparable, de la transformación de las políticas exteriores de nuestros países, abandonando el germen imperialista que nos abduce y nos conmina a dominar territorios extranjeros. En el capitalismo, señala Alba Rico, existe una clara paradoja, al mostrarse como movilizador e inmovilizador: "obliga a huir, a reciclarse, a trasladarse, y al mismo tiempo, refuerza las fronteras". Esta flagrante contradicción muestra a las claras que al capitalismo no le interesan las personas, ni de dentro ni de fuera de cualquier país. Sólo al capital le interesa el capital. De ahí que los impedimentos, controles, protección, militarización, etc., se realicen siempre a las personas, pero no a los capitales, que fluyen libremente por todo el mundo, de terminal en terminal, de paraíso fiscal a paraíso fiscal. ¿Por qué no nos dedicamos a crear un paraíso para las personas en vez de un paraíso para los capitales? ¿Por qué no un paraíso poblacional en lugar de un paraíso fiscal? He ahí la reflexión a la que tenemos que hacer frente, tarde o temprano. ¿Política de Fronteras dura? Sí, pero para los capitales, no para las personas. ¿Controles y exigencias? Sí, pero para las empresas, no para los migrantes. Precisamente, el capitalismo ha dejado tanta libertad a los capitales, que han llegado a la prostitución del ser humano. Para el venerado capital no existen inconvenientes, sino ventajas: cualquier empresa puede "externalizar" sus sedes y sus capitales, es decir, sus fronteras, y ahí no existe el menor problema. Más bien al contrario, las leyes de la globalización neoliberal cada vez lo ponen más fácil. En cambio, para los migrantes pobres todo son problemas: el abandono de su país, las propias rutas migratorias, las mafias, las fronteras rígidas, las deportaciones, la falta de integración, el racismo institucional realmente existente...¿Existe racismo para el capital? Nada de eso, el capital puede fluir de nación en nación, de continente en continente, el capital puede ser negro o blanco, puede hablar todos los idiomas bancarios, se recibe siempre con honores, siempre habla el idioma del país receptor, nunca tiene problemas para integrarse...

 

Por tanto, el problema reside en qué elementos colocamos en la balanza, es decir, a qué elementos queremos poner alfombras rojas, queremos suavizarle la vida, y a qué elementos, por el contrario, queremos aplicarle los mayores controles, los mayores impedimentos, haciéndole la vida imposible. El capitalismo, en su fase terminal, está enfrentándose actualmente a las consecuencias de su propia perversión: lleva décadas (incluso siglos) maltratando a los territorios (nacionales y extranjeros), esquilmando los recursos naturales, saqueando todo lo que puede a los países que albergan riquezas, dejando a sus poblaciones en la miseria, y llevando a cabo todo ello como si nuestro entorno fuese infinito, no se agotara jamás. Pero la realidad nos ha hecho topar con sus propios límites: los recursos externos e internos están sujetos a limitaciones, se agotan, y cada vez quedan menos sitios de donde extraer. A su vez, esos territorios a los que esquilmamos sus riquezas, incluso favoreciendo guerras y enfrentando a sus habitantes, entre ellos mismos y con los habitantes de terceros países, cuando ya no poseen recursos para sobrevivir, son movidos por los instintos más básicos de supervivencia, e intentan llegar a este otro mundo más "desarrollado", precisamente el culpable de haber expoliado al otro mundo, el mundo más "pobre". ¿Qué solución le daremos a esto? ¿Quizá un endurecimiento de nuestras políticas de fronteras? ¿Pondremos más vallas y alzaremos más muros? ¿Colocaremos más concertinas? ¿Desarrollaremos más tecnología para controlarlas? ¿Promulgaremos leyes más restrictivas? ¿Extorsionaremos aún más a estos terceros países de origen para que controlen que sus habitantes no salgan de sus fronteras? ¿De verdad creemos que todo esto va a funcionar? ¿De verdad pensamos que es sostenible la escalada donde se coloca alfombra roja a los capitales mientras se trata al ser humano con la punta del pie? Jamás solucionaremos este grave abismo civilizatorio hasta que recorramos el camino inverso al que venimos transitando: facilitar los tránsitos humanos, mientras colocamos fronteras duras a los capitales. Abrir las fronteras a las personas, mientras controlamos los flujos y accesos a los capitales. Recibir e integrar a los migrantes, mientras impedimos la aberrante "libre circulación" de los capitales. Pero la ceguera de nuestros gobernantes aún no les permite ver el abismo al que hemos llegado. ¿Tardarán mucho más en comprender la realidad? Continuaremos en siguientes entregas.

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