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27 febrero 2019 3 27 /02 /febrero /2019 00:00
Viñeta: Amorim

Viñeta: Amorim

Los ricos nos explotan, saquean el estado de bienestar con rescates, no pagan impuestos, gozan de privilegios y paraísos fiscales, pero según los fascistas los culpables de nuestra situación son nuestros compañeros de clase social por ser negros, moros e inmigrantes. Solo idiotas o miserables caen tan bajo

Miguel Ángel Montes

Como venimos afirmando, la información falsa, el sensacionalismo, los titulares grandilocuentes, las alarmas sociales, las falacias contextuales, y un largo etcétera de recursos, son predominantes en los medios de comunicación cuando de noticias de migrantes se trata. Como destaca Eduardo Romero en el artículo de referencia, ya en 2003 el Consejero de Economía canario advertía de que nos podrían "invadir 20 millones de africanos". Sostenían que aquélla "crisis de los cayucos" podría ocasionar un grave problema demográfico. Y al calor de aquélla falaz campaña, el Gobierno del PSOE de entonces (con Rodríguez Zapatero a la cabeza), aprobó el llamado "Plan África", un plan diseñado (aunque publicitado bajo otros objetivos) para militarizar y externalizar la frontera, y para utilizar la excusa de la inmigración ilegal para continuar promoviendo intereses neocoloniales en algunos países africanos. Por ejemplo, intereses pesqueros e intereses petrolíferos y gasísticos formaban parte de aquélla ofensiva diplomática y comercial. Pero los migrantes no interesaban, así como tampoco promover el bienestar de esos países africanos desde los cuales provenían. Pero es muy fácil desmontar esas cifras escandalosas: en 2006 llegaron a Canarias exactamente 30.000 migrantes, mientras que visitaron las islas 9,5 millones de turistas. Cualquier lector/a mínimamente decente podrá concluir que frente a 9,5 millones, 30.000 personas no pueden suponer ninguna amenaza demográfica. Burdas mentiras, como siempre, para exagerar criterios, y elevar falsas conclusiones, para todas aquéllas personas que se dejen o quieran dejarse manipular. Los datos siempre han de verse en contexto, comparativamente, analizándolos en perspectiva y en conjunto con otros datos, y entonces es cuando de verdad comprendemos la envergadura del fenómeno al que se alude. Pero si las cifras se vierten de forma aislada y alarmista, entonces consiguen el fin esperado por los medios que las vierten, que no es otro que crear alarma social y destacar un problema donde no lo hay. Actualmente, el sobreconsumo de imágenes, mensajes, fotografías, informaciones, reportajes alarmistas, noticias sobre las fronteras...inciden en un efecto de "sobreestimulación comunicativa" (en expresión de Eduardo Romero en esta segunda entrega de su artículo) que nos instala en un proceso de digestión continua de informaciones que al final tienen como efecto que miremos para otro lado. 

 

Porque en efecto, una sociedad hiperinformada sobre un determinado aspecto tiende a normalizarlo, y hoy día la televisión, la prensa escrita, los medios digitales, y las redes sociales nos han instalado en un consumo continuo de hechos y declaraciones sobre el asunto, tan exhaustivo como impotente. La realidad no ha sido diseccionada de forma correcta y mostrada al público tal cual, sino sesgadamente mediatizada, y mostrada expresamente para provocar el efecto deseado, que no es otro que una posición política determinada ante el hecho de las migraciones. Toda la comunicación mediática, sea por cualquier fuente, pretende que veamos un fenómeno despojado de su humanidad, de su vertiente humana. Cuando desgraciadamente llegamos ahí, ya vemos al inmigrante que sube a la valla no como a una persona, sino como a un asaltante. Lo despojamos de su contexto vital, de su pasado, de sus necesidades, y únicamente lo vemos como una amenaza. Por tanto, frente a esta mentira y a esta manipulación, frente a esta radical e inhumana descontextualización mediática, hemos de reconstruir las dimensiones histórica, social, cultural y política de las migraciones. Humanizar el fenómeno es precisamente eso: reconocer el contexto que les conduce, en un determinado momento de sus vidas, a subirse por ejemplo a una alambrada rodeada de policías marroquíes y españoles. O esperar en el monte a poder cruzarla. O tirarse al mar en una embarcación insegura. O pagar a unas mafias para que lo conduzcan a otro continente. Rescatar esa dimensión exige recuperar la historia, los motivos y los contextos en que sus países de origen son atacados, son víctimas de perversas políticas neocoloniales. España, Europa en general, sus empresas y sus intereses, sus multinacionales y sus objetivos, comenzaron a tener sus países en la diana, y a saquear y expoliar sus recursos. Todo ello conllevó, con el paso de los años, el despojo de sus tierras, de sus modos de vida, de sus recursos. Por tanto, defender la soberanía alimentaria, energética y política de los pueblos implica reconocer y denunciar la política injerencista de otros países, más concretamente el robo español del pescado senegalés o somalí, el expolio por parte de España del gas y el petróleo nigerianos, o el vil acaparamiento de tierras por todo el continente africano para producir agrocombustibles o para especular con el hambre. 

 

Y entender todo eso nos llevará a comprender a ese joven maliense o nigeriano que se sube a una valla, y que espera días o semanas para poder cruzarla. Nos llevará a comprender cómo está su familia, cómo han quedado su mujer y sus hijos/as, y qué esperan de él cuando alcance su sueño. Un sueño al que nosotros le hemos forzado. Un sueño que ahora le recriminamos, intentamos impedirlo, intentamos criminalizarlo. El círculo quedará cerrado, comprendiendo toda la dimensión de nuestro desprecio hacia estas personas y sus países. Su presencia aquí es causada por nosotros, igual que su ausencia allá. En los mejores casos, suponiendo que dicha persona, venga del país que venga, consiga entrar en nuestro país, y después de superar todas las trabas administrativas, y si consigue por fin acceder a un empleo, nos encontraremos con ese migrante africano sirviendo de fuerza de trabajo barata y servil, precaria, sin derechos, sin protección social, y víctima del racismo descarnado de personas, comunidades e instituciones. Sectores como la construcción, la hostelería, el turismo, el trabajo agrícola en invernaderos o el cuidado de personas mayores dependen mucho del trabajo de los inmigrantes, los cuales, tras la jornada, desde el locutorio, enviarán dinero a sus familias, y hablarán con sus seres queridos, que quedaron allá, esperando la suerte del que marchaba. Esta es la triste realidad de estas personas en el mejor de los casos. El contexto legal de la Ley de Extranjería ya les condena en sí mismos, porque el estado de excepción que ha creado esta Ley (el sofisticado sistema de permisos temporales vinculados a un empleo, la captura de la población clandestina, los CIE, las deportaciones...) ha multiplicado el desarraigo y la inseguridad de los migrantes. Eduardo Romero concluye: "El capital español, ávido de población desarraigada y, por tanto, debilitada, se ha llenado las manos de plusvalías mediante su explotación laboral. El Estado, con sus Brigadas de Extranjería, sus calabozos y sus torturantes procedimientos administrativos, ha colocado a millones de personas a los pies de los explotadores (...) La amenaza no viene del sur. Está aquí, instalada en las vísceras del Estado. Y reprime, explota y mata en nombre de la autoridad"

 

Y mientras todo esto ocurre, ¿quiénes se frotan las manos? Pues como siempre ocurre, las empresas vinculadas a los nichos de negocio creados a tal efecto, como por ejemplo, las empresas de armamento, absolutas beneficiarias del negocio de la seguridad en las fronteras. De hecho, algunas de las compañías beneficiarias de los contratos de seguridad en las fronteras europeas están en la lista de las mayores vendedoras de armas a Oriente Medio y el Norte de África, precisamente los países de origen de la mayor parte de los refugiados. Negocio lucrativo y repugnante aquél que primero provoca muerte y destrucción en otro lugar, y luego contrata con los Estados agresores mecanismos fronterizos para impedir la llegada de las personas a las cuales se les ha hecho la vida imposible previamente. Una muestra más del grado de descomposición al que ha llegado el capitalismo actual. Las mismas empresas que crean las crisis humanitarias, después se benefician de ellas con el apoyo de los mismos países que han fomentado dichas guerras. Las mismas empresas que reciben adjudicaciones de licencias para exportar armas, son luego las que reciben los contratos para reforzar la seguridad en las fronteras. ¿Es que nadie se ha dado cuenta aún de que sus servicios no hacen falta ni antes ni después? ¿Es que nadie es capaz de denunciar esta terrible realidad? Estos hechos se analizan a fondo en el Informe "Guerras de fronteras", elaborado en mayo de 2016, pero plenamente vigente hoy día. Los lectores y lectoras interesadas en el mismo pueden descargarlo completo aquí. Vallas fronterizas, drones, ayuda de la OTAN, ferias de seguridad como lugares de encuentro, y un largo arsenal de dispositivos y tecnologías, financiadas en los presupuestos europeos a cargo de los capítulos de "financiación para investigación", han hecho crecer como la espuma este mercado global de la seguridad de fronteras, donde estas espurias empresas hacen su agosto. 

 

Todo ello además es posible porque en Bruselas actúa un conjunto de lobbies del sector (grupos de presión que actúan en nombre de tales empresas, defendiendo sus intereses) que se encargan de que las políticas que se han de implementar favorezcan estas visiones, se encaucen de la manera más beneficiosa para las corporaciones implicadas en dicha industria. Un conjunto enorme de organizaciones de cabildeo se reúnen con Frontex (Agencia Europea de Fronteras) para diseñar los modelos de seguridad que hacen falta, cómo construirlos, y quiénes deben implementarlos, y por supuesto, pagarlos o financiarlos. Gigantes corporativos como Airbus, Finmeccanica, BAE Systems, Thales, Indra, Safran, y otras muchas son las que "parten el bacalao" en estas cuestiones. Los dispositivos diseñados son múltiples: muros de hormigón, paredes virtuales, torres de vigilancia y de francotirador, cámaras, radares terrestres, vigilancia infrarroja de telecomunicaciones inalámbricas, sondas de dióxido de carbono, tecnología de información, sistemas de identificación, o bases de datos de inmigración. La industria y la tecnología de las armas está plenamente integrada en los círculos de toma de decisiones de Bruselas. Ellas son las principales interesadas en que se difunda cierto tipo de discurso, como el que considera la inmigración a Europa como una fuente de amenazas para la seguridad. Ello les asegura el negocio, instándoles a fabricar dispositivos cada vez más inteligentes y avanzados. Este discurso es patrocinado por el lobby industrial-tecnológico para la seguridad de las fronteras, para que a su vez cale en los representantes europeos y en sus órganos ejecutivos, y a su vez en los gobiernos de los Estados miembro de la UE, los cuales a su vez lo vertirán al conjunto de la opinión pública europea. De esta forma, ese repugnante negocio y ese abominable discurso llega al común de los mortales mediante medios de comunicación dominantes (pertenecientes a empresas que también están en su radio de influencia) que difunden igualmente esas supuestas "amenazas" a la seguridad. Continuaremos en siguientes entregas.

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25 febrero 2019 1 25 /02 /febrero /2019 00:00
Filosofía y Política del Buen Vivir (28)

El clima es un asunto político, puesto que incide de forma directa e inmediata en la vida cotidiana de todos nosotros, como se ve a diario, con las inundaciones, las sequias, los huracanes cada vez más destructivos, el frío extremo, el calor asfixiante… No podemos pensar que esos sean fenómenos naturales, al margen de la realidad capitalista, con su lógica de producción incesante de mercancías y búsqueda insaciable de ganancias. Es lógico hablar de capitaloceno, porque esa denominación recalca que el capitalismo tiene un sello, casi de tipo geológico, que deja una huella destructiva por doquier

Renán Vega Cantor

El reto principal que poseen los enfoques del decrecimiento, del Buen Vivir, de la Economía del Bien Común, y de más enfoques por el estilo, es que nos encontramos con la losa del bloqueo mental, es decir, hemos de ganar la batalla cultural. Hemos de sustituir el imaginario cultural heredero del capitalismo (el único sistema que han conocido las diversas generaciones que aún viven en cualquier país del mundo), por uno distinto, adecuado a las nuevas necesidades, que tenga en cuenta los límites biofísicos del planeta, así como la escasez y el agotamiento de materiales, recursos y combustibles fósiles. Por poner un ejemplo, mucha gente ya asume y comprende la comparación del 1% frente al 99% (paradigma de la desigualdad social), pero es que dentro de ese 99% que comprende las desigualdades y desea abolirlas, una parte aún muy importante mira la realidad bajo el prisma capitalista, porque ese ha sido el paradigma de su mundo cultural, de sus valores. El capitalismo, en palabras de Yayo Herrero, "ha generado un tipo antropólogico que mira como le conviene al capitalismo que mire". Y por tanto, no solo es que haya que acabar con las desigualdades sociales (como la mayoría de la gente ya piensa, afortunadamente), sino que además hay que acabar con los paradigmas productivos y de consumo imperantes en nuestra civilización industrial. Lo que es absolutamente crucial es entender que la crisis de esta civilización, en todas sus facetas, obedece siempre a unas mismas causas, es decir, que los orígenes y motivaciones de cualquier lucha social de hoy día (mujeres, clase obrera, precarios, desempleados, campesinado, pensionistas...) tienen que ver con el cuidado de la vida, de los ecosistemas, con el peso del patriarcado y con la superación de los límites biofísicos del planeta. Si esto no se entiende no habrá manera de entender la auténtica y verdadera dimensión del colapso civilizatorio. 

 

Cuando todo esto se comprende, cuando se asimila de forma completa y total, parece que ya quedan pocas dudas (más bien ninguna) de que el decrecimiento no es una opción, sino que estamos abocados a él. Luego por tanto...¿Cuál es el siguiente paso? Evidentemente, prepararnos para él. Pero prepararnos, ¿para qué? No podemos decir que nos avisen media hora antes del colapso, como circula en ese famoso chascarrillo, así que hemos de haber transformado mínimamente nuestras estructuras productivas y nuestras formas de consumo y desecho, y sobre todo, como decíamos antes, haber transformado nuestro imaginario cultural. Bien, esto puede hacerse de dos maneras: 1) de forma voluntaria y progresiva, consciente y paulatina, de forma global, equiparando oportunidades sociales, o 2) de forma violenta, competitiva y fascista, promoviendo una guerra de todos contra todos por unos recursos cada vez más escasos. De nosotros depende elegir o implementar una u otra forma. Es evidente que cuanto más tiempo tardemos en reaccionar, le estaremos dando más peso a la segunda y muy peligrosa opción. Hay que partir de la base de unificar problemas, diagnósticos y estrategias. Hay que entender que la sobreexplotación de la naturaleza y el sometimiento de las mujeres (variante ecofeminista, que ya hemos traído a colación) tienen un mismo origen, que no es otro que una economía depredadora que funciona devorando cuerpos y territorios, y que se sostiene en una concepción de la naturaleza como máquina infinita, y en la extensión del patriarcado como sistema de dominación cultural. Yayo Herrero, en esta extensa entrevista para el medio Asturias24 que tomaremos como referencia a partir de ahora, lo explica de este modo: "Lo que plantea básicamente el ecofeminismo, o lo que le da sentido, es que cuando uno analiza las causas de la degradación de la naturaleza y de la destrucción de los procesos naturales, e indaga también en algunas de las causas que se esconden detrás de la subordinación de las mujeres y de la persistencia del patriarcado, se encuentran bastantes lógicas comunes".

 

Y continúa: "Del mismo modo, cuando uno se plantea cómo construir un mundo ajustado a los límites físicos del planeta y de la naturaleza y que a la vez sitúe como prioritario el cuidado de la vida y el bienestar de las personas, que ha sido una de las preocupaciones fundamentales del feminismo, se encuentra también que las propuestas son bastante sinérgicas. Cuando los dos movimientos dialogan se produce una amplificación de la fuerza de los temas que cada uno de ellos aborda por separado. El ecofeminismo nos permite, por así decirlo, comprendernos mejor como especie; darle importancia material, política y simbólica a las relaciones del ser humano con la naturaleza y con el resto de seres humanos, que es la base de poder sostener la condición humana". El ecofeminismo, así como el Buen Vivir que da título a esta serie, y todas las corrientes de pensamiento político, social y económico (incluso filosófico) que están en esta línea parten de una base que parece de pura lógica, pero que asientan una idea fundamental: el ser humano no puede existir en soledad, ni con respecto a otros seres humanos ni con respecto a la naturaleza. Esta afirmación, que parece de perogrullo, es como decimos muy importante, porque al contrario que el capitalismo, que pregona el individualismo y la competencia, y que reniega de la sociedad, estas corrientes intentan demostrar que ello no es posible para nuestra especie. Para el ecofeminismo, existen dos conjuntos de relaciones que son profundamente materiales: las relaciones con la naturaleza y las relaciones con las demás personas. No podemos prescindir ni de unas ni de otras. Y hemos dicho "profundamente materiales", es decir, que más allá de lo afectivo, lo sentimental, lo espiritual o lo simbólico, estas relaciones se basan en procesos físicos y en leyes naturales. Y es fundamental entender esto porque los instrumentos que ha desarrollado el modelo económico capitalista y los propios instrumentos políticos que hemos construido para desarrollar las sociedades del bienestar no lo tienen en cuenta. Es como si aceptaran la idea que las personas pudiéramos vivir emancipadas de la naturaleza y del resto de los seres vivos. 

 

Y así, se ha construido una idea del individuo sobre el que pivotan los derechos, las obligaciones, la participación económica y política, etc., que no existe, que es una ficción, que es imposible materialmente. Porque los humanos no somos seres aislados ni autónomos, sino interdependientes: dependemos de la naturaleza y del resto de seres vivos que la habitan, y por lo tanto, la destrucción de esa naturaleza y de los entornos comunitarios donde nos relacionamos somete a las personas a una tremenda vulnerabilidad, es causa de sufrimiento y de muerte. Por tanto, ese no es el camino. El camino debe partir de la base de que nos necesitamos los unos a los otros (la vía del ser social) y también necesitamos a la naturaleza (la vía del ser natural). Ambas vías se complementan, se necesitan, se interrelacionan. Ambas vías están profundamente intrincadas. No podemos separarlas, ni intentar emanciparnos de ellas. Para el conocimiento de ambas vías nos ilustra la ciencia (tanto las ciencias exactas como las ciencias sociales, como por ejemplo la matemática, la física, la química, la antropología, la economía, la sociología, la fisiología, la ecología...), pero también la ciencia evoluciona sus paradigmas con el tiempo. Pongamos un ejemplo: según Francis Bacon (célebre científico y filósofo inglés, que vivió entre los siglos XVI y XVII), el objetivo básico de la ciencia es someter a la naturaleza, ponerla al servicio del hombre. Esta idea está en plena consonancia con lo que la derecha política y social de hoy día defiende ("el planeta al servicio del hombre"), lo que legitimaría todos los procesos extractivos y destructivos (saqueadores, en una palabra) que el hombre practica con la madre Tierra. Según esta visión (acuñada a principios de la modernidad), la ciencia no es sólo un instrumento de poder, sino también un conocimiento exacto, neutro, desideologizado, y no sujeto a distorsiones fruto de las modas imperantes. Hoy sabemos que esto no es así, ya que hemos separado las ciencias sociales de las ciencias exactas (en ese sentido, las Leyes de la Termodinámica son neutras, pero las "Leyes" de la economía de mercado no), y ayudados de otras recientes disciplinas, como la Ecología, sabemos que la naturaleza no es una autómata fría y predecible, sino un gigantesco organismo vivo, que experimenta evoluciones, cambios y metabolismos. Y que nosotros, el ser humano, tiene mucho que ver con ellos. 

 

De hecho, han existido otras épocas pretéritas que también experimentaron grandes cambios naturales, caos climáticos, y enormes transformaciones, dando lugar a otras varias extinciones. Pero nunca como ahora el ser humano tuvo tanto poder (derivado de la globalización de la civilización industrial-capitalista-desarrollista) para hacer daño a la naturaleza, para forzar esos cambios, para alterar el medio ambiente, para acometer y provocar enormes catástrofes naturales. La naturaleza, como decimos, no es un autómata que funcione bajo unas cuantas leyes mecánicas, sino todo un entramado de ecosistemas naturales que necesitan unos equilibrios, unas condiciones y unos estados para poder funcionar. ¿Por qué los científicos de entonces veían así a la naturaleza? Hay que partir de la base de que los padres de la ciencia eran personas extremadamente religiosas (como era normal en la época), y concebían al ser humano cerca de Dios y distanciado de la naturaleza, al ser concebido como un ser con inteligencia, reflexión y razón, que le permiten alejarse de la órbita de lo material, y acercarse a la órbita espiritual (de Dios). Y así, los científicos y pensadores de la época concebían a Dios como un arquitecto o diseñador de la naturaleza, y al Hombre como el depositario de esa "máquina" que estaba a su servicio. En ese sentido, Max Weber acuñó el concepto de "desencantamiento del mundo" para resumir ese proceso mediante el cual se pasa de una visión medieval o de la naturaleza vista como un receptáculo de magia que era impredecible y fuente de temor (y que por lo tanto había que cuidar y respetar), a esa otra nueva visión mecánica de la naturaleza en la que se reduce toda la complejidad de lo vivo a las relaciones causa-efecto y se pasa a creer que la misma acción siempre genera en la naturaleza el mismo efecto (o la misma reacción), cuando en realidad lo que sucede en los sistemas complejos, en los organismos o sistemas vivos, es que operan muchísimas más relaciones que las relaciones causa-efecto. Esas relaciones están presentes, desde luego, pero también lo están las sinergias, las realimentaciones positivas y negativas, etc. Hoy sabemos que la naturaleza es un entorno en el que intervienen una infinidad de variables y de factores que no siempre responden de la misma manera. Continuaremos en siguientes entregas.

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22 febrero 2019 5 22 /02 /febrero /2019 00:00
Arquitectura de la Desigualdad (130)

Cada nueva idea pasa por tres fases. Primera: es una locura, no me haga perder el tiempo. Segunda: es posible, pero no vale la pena. Tercera: ¡ya dije desde el principio que era una buena idea!

Arthur C. Clarke (1917-2008)

El interés científico, económico, político y mediático que está suscitando el asunto de la RBU viene siendo creciente durante los últimos años, y no cesan los experimentos en diversos lugares del mundo, para proyectar sobre algún colectivo o durante un período de tiempo determinado la Renta Básica, y poder analizar después, mediante los oportunos datos estadísticos, el éxito o el fracaso de esta medida. Así que la base de datos de experiencias con la RBU va creciendo, y esto es bueno, no solo para que la medida en sí se extienda y se reconozca, sino para que se demuestre (también experimentalmente) que todas las críticas que los detractores a dicha medida aluden, no tienen ningún fundamento. Al respecto, Anthony Painter, Director del Action and Research Centre (RSA) de Londres, en un artículo para el medio Viento Sur, afirmaba: "Recientemente han proliferado los llamamientos al diálogo sobre una renta básica universal (RBU) por parte de partidos políticos, institutos de estudios (incluida la Royal Society for the Encouragement of Arts, Manufacturers, and Commerce), activistas, sindicatos, y directivos de empresas, como el director general de Tesla, Elon Musk. Estos llamamientos son una creciente respuesta a la creciente inseguridad de los ingresos, cierta sensación de que los sistemas de bienestar pueden estar fallando, y como preparación para los efectos potenciales de la automatización y la inteligencia artificial en las perspectivas de empleo en sectores que podrían operar mejor con máquinas. Hay proyectos de pruebas piloto de algún tipo de RBU en Finlandia, los Países Bajos y Canadá como respuesta potencial a estas cuestiones y preocupaciones". Nosotros dedicaremos en posteriores entregas mayor atención al experimento en Finlandia, como un ejemplo de los mismos que se están ya realizando por todo el mundo. La RBU no es una subvención, un seguro de desempleo, una prestación condicionada, o una determinada subvención familiar. La Renta Básica Universal es un derecho de ciudadanía, y desde ese punto de vista, enlaza con el conjunto de derechos humanos fundamentales. Eso la descataloga y la libera de todos los problemas del conjunto de prestaciones condicionales, y la determina en una cuantía suficiente y no embargable para cada individuo de la sociedad. 

 

De ahí que la RBU, si se llegara a implantar en la forma y el modo en que aquí la proponemos, no tenga sentido si no va aparejada (esto es un proceso que puede durar meses, incluso años) de una confluencia del resto de todas las demás prestaciones sociales que actualmente se conceden por diversas casuísticas y circunstancias (desempleo, maternidad/paternidad, jubilación, baja, invalidez, viudedad, pensiones especiales...). La confluencia de todas ellas, y a su vez con un Salario Mínimo Interprofesional, teniendo en cuenta los baremos (que pueden ir cambiando con el tiempo) de situación donde se considere el estado de pobreza, pueden y deben acotar una cantidad concreta a percibir por cada persona adulta, así como por cada menor de edad (si se va a implementar esta variante, en cuyo caso la cuantía de la RBU para un menor de 18 años sería menor a la concedida a un adulto). La RBU debe ser, a nuestro juicio, completamente universal, ya que se percibiría, en efecto, independientemente del sexo al que se pertenezca, del nivel de ingresos o fuentes de renta que se posean, de la confesión religiosa que se profese, o de la orientación sexual que se tenga. Esta universalidad es la que saca a flote todos los prejuicios de la derecha, que apuntan además, como ya hemos señalado, hacia que la medida fomentaría el parasitismo social. Nada nuevo bajo el sol, porque sabemos históricamente que cualquier medida política, económica o social que se haya arrancado desde el poder hacia las clases populares, siempre ha sido criticada bajo este prisma. Por ejemplo, cuando en Andalucía se creó bajo el Gobierno del PSOE la prestación ligada al PER (Plan de Empleo Rural), que consistía en una prestación económica concedida cuando se demostraban una serie de peonadas, esta prestación estuvo en el ojo del huracán de la derecha durante mucho tiempo (y aún hoy día lo está, aunque en menor medida). Por tanto, hemos de partir de la base de que la actual arquitectura de la desigualdad ha sido proyectada por las clases poderosas, por las élites sociales y políticas, y todo lo que se dicte para revertirla será objeto de feroces críticas. 

 

Pero aún podemos hacer nosotros una crítica más feroz: María Julia Bertomeu y Daniel Raventós explican en este artículo para el medio Sin Permiso lo siguiente: "Justamente la Renta Básica permitiría por primera vez en la historia de nuestra especie que todos pudieran hacer lo que desde siempre solamente han podido hacer unos pocos, la parte más rica de la población, a saber, la posibilidad de vivir sin hacer ninguna contribución. Pero, alegará todavía algún crítico insatisfecho, es justo que el hombre que no trabaje, que no coma, según se dice en la Segunda Carta a los Tesalónicos de Pablo de Tarso. Como ya se dejó escrito en otra parte: En nuestro mundo, quien no disponga de tierras o de capital no puede elegir dejar de trabajar para otro, si es que la posibilidad de no morir de hambre se considera propiamente una alternativa. La implantación de una Renta Básica garantiza la reciprocidad; su ausencia la impide. Actualmente, solo una parte pequeña de la población puede elegir entre trabajar remuneradamente o no hacerlo. Con la Renta Básica sería una posibilidad abierta a toda la ciudadanía. El principio paulino "quien no trabaja no come" solamente es efectivo para los pobres, no para todos los componentes de la sociedad, en ningún caso para los más ricos. Hay ricos que comen y no trabajan". Y esto también nos lleva a la cuestión de que existen cantidad de puestos de trabajo (incluidos los de los más altos directivos empresariales) absolutamente inútiles desde el punto de vista social, que son remunerados, junto a trabajos muy importantes (hoy día, por ejemplo, el rescate de migrantes en alta mar, sin ir más lejos) que no se remuneran, los cuales se llevan a cabo por puro amor a la propia sociedad. No todos los trabajos útiles son remunerados, ni todos los trabajos remunerados son útiles. Por tanto, hemos de tener mucho cuidado cuando pongamos alegremente el foco sobre la necesidad de "trabajar" (bajo la visión capitalista, es decir, rentable económicamente, y por tanto, remunerado) para obtener algo a cambio. Pero como siempre decimos, nuestra mentalidad está tan imbuida en los valores capitalistas, que no ponemos en cuestión ese discurso, y esa visión de lo que es trabajo y de lo que no, y por tanto, qué debe estar remunerado y qué no. 

 

Pero como decimos, la RBU nos liberaría (a todo el mundo) de dichas absurdas disquisiciones, para desligar absolutamente la percepción de rentas (monetarias o de otro tipo) de nuestras (posibles) actividades laborales. Nuestras reticencias mentales y sociales provienen únicamente de que hemos asimilado (durante siglos de implantación) el concepto de libertad capitalista, que alude únicamente a la "libertad de mercado", o si se quiere, libertad de los más ricos. Pero...¿de verdad nos creemos libres en un mundo plagado de desigualdades como las que estamos describiendo en esta serie de artículos? Esa no es la verdadera libertad, pues existen familias e individuos, personas en general, que viven casi como los esclavos del mundo romano, o más tarde feudal. Por contra, nuestro concepto de libertad (ligado al republicanismo democrático) nos remite a un mundo de horizontes más amplios: "ser libre es estar exento de pedir permiso a otro para vivir o sobrevivir, para existir socialmente; quien depende de otro particular para vivir, es arbitrariamente interferible por él, y por lo mismo, no es libre. Quien no tiene asegurado el derecho a la existencia por carecer de propiedad, no es sujeto de derecho propio "sui iuris", vive a merced de otros, y no es capaz de cultivar ni menos de ejercitar la virtud ciudadana, precisamente porque las relaciones de dependencia y subalternidad le hacen un sujeto de derecho ajeno, un "alieni iuris", un alienado", en palabras de los autores citados en el referido artículo. Una medida como la RBU nos demuestra perfectamente que "libertad" e "igualdad" no van separadas, sino unidas. Las grandes desigualdades crean un problema profundo de libertad para la gran mayoría. Toda persona que no posea su existencia material garantizada debe pedir permiso a otro para poder vivir, luego no es libre. ¿Qué libertad tiene el trabajador que no sabe si el mes próximo, o incluso la próxima semana, seguirá teniendo aquél puesto de trabajo que le proporciona el sustento diario? ¿Qué libertad posee la mujer materialmente dependiente del marido, que la maltrata, la domina, y a veces llega a asesinarla? ¿Qué libertad disfruta el desempleado que vive marcado con el estigma social del subsidio público, que además sabe que tiene fecha de caducidad? 

 

Pero claro, hemos de asumir la dificultad de proponer una medida como ésta, pero no por su imposibilidad técnica o política, no por su justicia, no por su necesidad, no por su financiación, problemas todos ellos ya expuestos y resueltos en el escenario teórico, por grandes expertos y especialistas que estudian el tema a fondo. Pero no, ninguno de ellos es el problema real, porque el problema real es la arquitectura misma de la desigualdad. El problema real es hablar de RBU en una sociedad donde, sin ir más lejos, los pensionistas llevan más de un año saliendo a protestar a las calles sistemáticamente, para que sus pensiones alcancen unos niveles dignos, mientras que algunos banqueros, por ejemplo, se "jubilan" con pensiones de más de 80 millones de euros. Algo absolutamente irracional, despótico, insultante, macabro, propio de una sociedad quebrada, enloquecida y desquiciada, que vive y además jalea la propia arquitectura de la desigualdad que la cerca, que la divide y que la limita. Ese es el gran problema. El problema es hablar de renta básica universal en un país, como el nuestro (podemos coger cualquier otro como ejemplo), donde se pueden incrementar en miles de millones los gastos para armamento, mientras si se intenta subir el SMI a 900 euros mensuales, se forma una catástrofe nacional, y los partidos de la derecha y las asociaciones de empresarios montan en cólera. Ese es exactamente el problema. Necesitamos reivindicar lo que es justo, y hacerlo con valentía y determinación, y pelear por ello con todas nuestras fuerzas. Solo una movilización continua, organizada y sostenida de una gran parte de la sociedad en torno a una idea conseguirá los fines reclamados. En el fondo, estas fuerzas políticas y sociales que no quieren ni oír hablar de la RBU (o de cualquier medida que implique reparto y redistribución de la renta), lo que tienen es miedo: miedo a que los pobres y los desposeídos sean más independientes y más autónomos, más libres, más iguales, más capaces de hacer oír su voz, de reclamar sus derechos, de alcanzar cotas de sociedades más dignas, y de resistir más articuladamente los ataques y procesos de desposesión que tienen lugar en todas partes del mundo bajo la bandera cruel del capitalismo y de la globalización. En el fondo, es el miedo de los poderosos la única razón para oponerse a la RBU. Continuaremos en siguientes entregas.

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21 febrero 2019 4 21 /02 /febrero /2019 00:00
Fuente Viñeta: http://sinpermiso.info/

Fuente Viñeta: http://sinpermiso.info/

Un tal Ortega Smith, por lo visto número 2 de ese partido con nombre en latín (que por cierto no le cuadra nada porque todos sus líderes son ignorantes), afirmaba sin despeinarse en una entrevista reciente en televisión, refiriéndose a PP y Ciudadanos: “Es que en cuanto les llaman fachas, se arrugan”, poniendo de manifiesto la supuesta cobardía de estas formaciones políticas, y la supuesta valentía de la suya. Vamos, que esta gente de Vox está envalentonada, y sin complejos de que los llamen “fachas”. Bien, elogio la valentía, claridad y sinceridad de este personaje, y como parece que en el bando de la izquierda no hay aún quien le haya contestado, voy a darme el gusto de contestarle yo mismo. Y lo voy a hacer, de entrada, con la misma sinceridad que Ortega Smith ha puesto sobre el tapete: No sé cuánta gente en la llamada “izquierda” de hoy día podrá decirlo, pero en mi caso lo tengo clarísimo: A mi me llaman comunista y no me arrugo. Porque si el bando de la ultraderecha se jacta de dicha valentía…¿es que vamos a ser nosotros, el bando de la izquierda, menos que ellos? Tenemos incluso muchas más razones que ellos, pues representamos la dignidad de un pueblo, mientras ellos representan la barbarie.

 

En efecto, la izquierda comunista, marxista, republicana, federal, socialista, laica, participativa, solidaria, pacifista, feminista, ecologista…en fin, la izquierda verdaderamente transformadora donde presumo estar, representamos la dignidad de un pueblo cuya democracia republicana fue arrebatada por la fuerza por un General felón, desleal, traidor y golpista (aún no he escuchado a esta derecha llamar así a Franco, aunque se lo han llamado muchas veces a Pedro Sánchez), para entregar el país a las hordas fascistas que él representaba, y después de dejar destruido al país en una cruenta guerra que duró tres años, pasó a gobernarlo con mano de hierro durante casi 40 más de dictadura horrorosa (por cierto, esa sí era una dictadura, y no la de Nicolás Maduro). Así que no me arrugo al afirmar que no sólo la momia del dictador debiera salir de Cuelgamuros, sino que todo ese horrible Valle de los Caídos debiera ser destruido en demolición controlada, comenzando por la inmensa cruz, para que así dejáramos de ser esa “reserva espiritual de Occidente”, y pasáramos a ser la “reserva comunista de Occidente”.

 

Soy comunista a mucha honra, y no me arrugo si me lo llaman. Como tampoco me arrugo si me llaman anticapitalista, antiimperialista, soñador, idealista o utópico, porque de todas esas cosas me enorgullezco. El problema está en que cierta parte de la izquierda, como parece ser que también ocurre en la derecha, se arruga si se le llama estas cosas, o si se les identifica por estos ideales. La izquierda extrema y transformadora, la que no se arruga, defiende con valentía por ejemplo que Nicolás Maduro es el Presidente legítimo de Venezuela, y que adoramos la Revolución Bolivariana, y que aquí no hemos tenido la suerte de tener jamás un líder político como Hugo Chávez o Fidel Castro. Amo la Revolución Bolivariana, y también la Revolución Cubana, y no me arrugo al proclamarlo.

 

Como también admiro a esa parte de Cataluña que está intentando derribar, con sus estrechas posibilidades, al Régimen del 78, porque conseguir la independencia de Cataluña será como arrancar un pedazo de él, y por tanto, debilitarlo. Así que no me arrugo y grito ¡Viva el Procés! y ¡Visca Catalunya lliure! Porque los comunistas y la izquierda transformadora, estamos por el derecho de autodeterminación de los pueblos, en vez de por el poder y la opresión de los Estados-nación. Así que sería la primera gran piedra para, a continuación, proceder a la demolición incontrolada del Régimen del 78, que culminaría con una nueva Constitución surgida de un Proceso Constituyente que diera de nuevo la voz al pueblo para decidirlo todo. Mientras, deberíamos acabar con los privilegios de la Iglesia Católica, esa perversa organización que siempre está al lado de gente como la de Vox (el Prior del Valle de los Caídos ha declarado sin despeinarse: “No se llevarán a Franco”), y que no permite que el pueblo avance en cualquier aspecto del progreso social. Así de esta forma, deberíamos potenciar la educación pública universal, en todos los ciclos de enseñanza, desde la infantil hasta la universitaria, y eliminar todos los centros de educación concertada, que pasarían al ámbito público. De esta forma, podríamos volver a enseñar a los alumnos las mismas cosas que ya les enseñaban los profesores republicanos antes de 1936, que fue uno de los períodos más ricos en cuanto a enseñanza libre se refiere. Fuera el adoctrinamiento religioso de las aulas, así como la implicación de la Iglesia en los asuntos públicos.

 

Precisamente soy comunista porque me inspiran los valores del republicanismo democrático, tales como la libertad material, la enseñanza libre, la laicidad, el feminismo, la ética y la dignidad públicas. Y no me arrugo tampoco (ojalá toda la gente que se proclama de izquierdas no lo hiciera) al declarar que persigo un modelo social que se rija por la defensa y potenciación del sector público, por la nacionalización de todas las grandes empresas de los sectores estratégicos de la economía (energía, agua, transportes, banca…), así como un modelo económico que erradique las profundas desigualdades sociales que padecemos, con medidas como el control sobre la riqueza de las personas y corporaciones, la persecución de los paraísos fiscales, un modelo fiscal progresivo y justo, el repudio a la deuda pública que se declarara ilegítima, odiosa o insostenible, la implantación de una renta básica universal, incondicional e individual, la erradicación de todos los tipos de pobreza, y la globalización del trabajo decente, público, útil, sostenible, suficiente, repartido y necesario desde el punto de vista comunitario y social. Soy comunista, y no me arrugo al decirlo, porque persigo una sociedad más justa e igualitaria, y en este sentido, más social, más ética, más comunitaria y más avanzada. Soy comunista porque persigo un modelo de sociedad donde la dignidad y la ética, la valentía y la integridad presidan en todo momento los valores de la población, así como de nuestros políticos, pues es la única manera, y no me arrugo al decirlo, de acabar con la corrupción en los asuntos públicos.

 

Y por supuesto, no me arrugo al proclamar que deseo y lucho por un país donde no existan reyes ni vasallos, príncipes ni princesas, armas ni ejércitos. Un país donde las Fuerzas Armadas defiendan no a un trapo de colores que llaman “bandera nacional” (que además puede ser cambiada por la fuerza, como ocurrió tras la victoria franquista), no a una “patria” entendida como un territorio y unas fronteras, sino a la gente, a las personas, a la población, a los pueblos, a las comunidades, a los vecinos. Unas Fuerzas Armadas que han de inocularse el germen de la democracia, para que lo vayan incubando durante algún tiempo, y entiendan de una vez por todas que a quien hay que defender es al pueblo, no a la nación. Porque nación, país, Estado, incluso entidades supranacionales, son construcciones políticas de nuestro tiempo, recientes en la historia, pero ajenas absolutamente al verdadero valor del pueblo, contrarias a su esencia. Lo que hay que construir es pueblo, comunidad, comunismo, igualitarismo. Lo que hay que construir es sociedad, y no valores individuales. Lo que hay que construir es cooperación y fraternidad, y no competitividad y enfrentamiento. Todos estos valores forman de verdad la patria, da igual el trapo de colores que lo identifique. Si no existen estos valores, aunque podamos tener la bandera más bonita, no tendremos patria, no tendremos pueblo, no tendremos sociedad, sólo tendremos la selva, la barbarie.

 

Y todo ello, bien mezclado y aderezado, para ser plasmado en una nueva Constitución, que no se arrugue en su articulado, al llamar a las cosas por su nombre. Una Constitución basada en dos enormes pilares, en dos losas inmensas que proyectan su fuerza a todo el contenido del texto constitucional:

 

1.- Los Derechos Humanos. Pero no sólo el ser humano debe ser sujeto de derechos, sino también la propia Naturaleza que nos alberga en su seno, así como el resto de seres vivos que la habitan. Y como plasmación de estos derechos humanos y del reconocimiento y escrupuloso respeto de los mismos, la Constitución recogerá la proyección y correspondencia de cada uno de ellos con un servicio público fundamental. Así, estarán recogidos el derecho a la subsistencia (o si se quiere a la “existencia material”, lo que garantizará la “libertad material” del conjunto de la ciudadanía), a la educación, a la sanidad, al trabajo, a la vivienda, a la justicia, a la seguridad, a la igualdad, a la información, a la cultura, a la muerte digna, a la libertad de expresión en todas sus manifestaciones, más todo el conjunto de derechos emergentes de nueva generación que se han documentado en varias fuentes, tales como el derecho a la paz, el derecho a los cuidados, el derecho a un entorno limpio y sostenible, etc. La Constitución recogerá también los derechos de todos los animales, así como una amplia visión animalista.

 

2.- La Democracia Plena. Hay que volver a recuperar la “soberanía popular”, que no la “soberanía nacional” que declara la actual Constitución. El valor supremo de la Democracia llevado a todos los rincones de la sociedad, a todos sus ámbitos, a todas sus facetas, a todas sus manifestaciones, a todas sus instancias. La democracia plena en todas sus formas, en todas sus modalidades, en todas sus acepciones, en todas sus vertientes, en toda su extensión. Y para ello, lo primero que tiene que declarar la Constitución es que se destierra el fascismo de nuestras mentes, pues no se puede ser demócrata si no somos antifascistas. El germen del fascismo, aún muy vivo en nuestro país (resultado de 40 años de dictadura más otros 40 de propina), debe ser eliminado. Cualquier actitud, pensamiento, juicio, comportamiento o manifestación que huela a fascismo no puede tener cabida. La Constitución debe declarar los valores supremos de la democracia socialista en su plenitud, y con todas sus formas, lo que incluye democracia representativa (elegir a los representantes de la ciudadanía ante las instituciones, una persona un voto…), democracia participativa (reforzar el tejido social y la organización civil, escaños ciudadanos, más potencia a las ILP, eliminación del Senado, un mejor reglamento de la Cámara, así como de las Comisiones de Investigación…), democracia decisoria (mejorar y potenciar la celebración de referéndums y consultas populares para cualquier asunto de interés general…), democracia revocatoria (posibilidad de destituir de sus respectivos cargos públicos ante situaciones de ilegitimidad, o incumplimiento del programa electoral…) y democracia económica (definiendo mecanismos de participación de los/as trabajadores/as en las decisiones empresariales, así como la participación pública y democrática del conjunto de la ciudadanía en las grandes empresas públicas…).

 

Sucintamente, este es mi proyecto de país, de sociedad, de comunidad. No me arrugo por ello, como no debiera arrugarse la que se llama “izquierda” de este país, a la que parece que le tiemblan las piernas cada vez que le llaman “comunistas”. A mi me llaman comunista y no me arrugo.

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20 febrero 2019 3 20 /02 /febrero /2019 00:00
Viñeta: Moro

Viñeta: Moro

El racismo moderno se ha preocupado de crear un “nosotros” (nacido aquí, blanco y católico) y un “ellos” (el resto), de tal forma que a cualquier persona perteneciente a ese “ellos” no se le vea como un vecino o vecina, sino como alguien ajeno que nada tiene que ver con ese “nosotros”. A partir de ahí viene el resto, como la creación de colectivos de inmigrantes con supuestos objetivos comunes que atentan contra ese ficticio “nosotros”, ya sea nuestra sanidad, nuestra educación, nuestro sistema de protección social, nuestra religión o nuestra seguridad, deshumanizando a las personas inmigrantes sin tener en cuenta su individualidad y metiendo en el mismo saco a diferentes personas que, dicho sea de paso, lo que les une es la búsqueda de la felicidad y no el color de la piel o su lugar de nacimiento

Toni Ramos

La viñeta de entradilla de esta entrega, del siempre genial Moro, nos viene de perlas para introducir el asunto que vamos a tratar a continuación, que no es otro que las terribles consecuencias de la migración infantil. Si ya la migración adulta se nos ofrece como un asunto tremendamente duro de asumir, es fácil imaginar que los fenómenos migratorios, cuando involucran a niños y niñas, seres inocentes, que además tienen menores posibilidades de resistir y de defenderse que los adultos, la cosa se vuelve realmente escalofriante. Los niños y niñas pueden viajar junto a adultos (sus padres, familiares, amigos...), o en los peores casos pueden viajar solos, y para ellos/as hemos construido el acrónimo MENA (por Menores No Acompañados). Este artículo de Baher Kamal para el medio internacional IPS que vamos a seguir a continuación, nos introduce muy bien esta tragedia. Anualmente, millones de niños y niñas, ya traumatizados por las terribles experiencias que han sufrido, atraviesan fronteras internacionales sin la compañía de adultos, que constituyen fáciles presas para las mafias que se dedican al tráfico y a la trata de personas en todo el mundo. UNICEF señala que hasta un 28% de la niñez refugiada y migrante puede verse abocada a ese cruel destino. No debemos jamás perder el norte, y olvidar que, incluso en estos casos, un niño siempre es un niño, no puede ser otra cosa, y su protección de los fenómenos que generen violencia, abuso o explotación debe ser una prioridad de los países libres y civilizados, y en general de toda la humanidad. Los niños y niñas de hoy serán los adultos del mañana, y de nuestra capacidad para formar personas críticas, libres e íntegras dependerá el futuro de la humanidad. Por regiones, el África subsahariana y América Central y El Caribe poseen la mayor proporción de niños y niñas entre las víctimas de tráfico y de trata, a razón de un 64% y un 62%, respectivamente. El número de los MENA se quintuplicó desde el año 2010, y muchos refugiados y migrantes de corta edad, niños y adolescentes, transitan por rutas sumamente peligrosas, a menudo a merced de los traficantes, para llegar a sus destinos. 

 

Al menos 300.000 MENA fueron contabilizados en 80 países durante 2015 y 2016, frente a los 66.000 de 2010 y 2011, según el citado informe de UNICEF. Y como aseguraba su Director Ejecutivo, Justin Forsyth, "Un niño que se desplaza solo ya es demasiado". Y añadió: "Traficantes despiadados explotan su vulnerabilidad para su beneficio personal, ayudando a los niños a cruzar las fronteras, solo para venderlos a la esclavitud y prostitución forzada. Es inadmisible que no estemos defendiendo adecuadamente a los niños de estos depredadores". Como ocurre en el caso de los adultos, la legislación y el derecho internacional son absolutamente ignorados. En este caso, la Convención sobre los Derechos del Niño compromete a los Estados a respetar y asegurar la aplicación de los derechos de cada niño sujeto a su jurisdicción, sin distinción alguna. Es una absoluta vergüenza tener que contemplar hechos donde se viola flagrantemente la integridad y la seguridad de estos menores, y las autoridades y gobernantes implicados no hacen nada para evitarlo. Ni siquiera las imágenes más horripilantes, como las del famoso niño Aylan Kurdy ahogado en aguas del Mediterráneo, fue capaz de conmover a nuestros políticos para evitar que hechos así se continuaran produciendo. De eso hace ya 4 años, y desde entonces, cientos de niños y niñas han seguido ahogándose en nuestro Mare Nostrum. Otro informe de la misma organización señala que los niños y mujeres refugiados y migrantes sufren sistemáticamente violencia sexual, explotación, abuso y detención a lo largo de la ruta migratoria del Mediterráneo central desde el norte de África a Italia. Esta agencia de la ONU para la infancia calcula que al menos 180.000 personas (incluidos más de 25.000 MENA) recurrieron a traficantes en 2016 para intentar llegar a Italia. En la ruta más peligrosa (desde el sur de Libia hasta Sicilia), una de cada 40 personas fue asesinada. Se trata de una ruta controlada principalmente por contrabandistas, traficantes y otras personas que buscan atrapar a niños/as y mujeres desesperadas que simplemente están buscando refugio o una vida mejor. Se vuelve más imperioso que nunca, para este caso de los niños/as migrantes, conminar a nuestras autoridades y gobernantes para que diseñen otra Politica de Fronteras, que abra y diseñe vías y garantías más seguras y legales para proteger a los niños migrantes. 

 

En este sentido, la organización UNICEF ya ha instado varias veces a la Unión Europea a adoptar estas políticas a nivel comunitario. Se necesita una agenda que haga hincapié en la necesidad de proteger a los niños y niñas refugiadas y migrantes, en particular aquéllos que no viajan acompañados, de la explotación y de la violencia. UNICEF también ha exhortado a los diferentes Gobiernos a cesar la detención de niños/as que solicitan refugio o emigran mediante una serie de alternativas prácticas, y mantener a las familias unidas como la mejor manera de proteger a la infancia. La Administración Trump, en EE.UU., por su parte, hace gala de una mayor dejadez aún de sus funciones, pues expresamente separa a los niños/as de sus padres y madres, mientras se comprueba la legalidad de la presencia de los mismos en el país, proceso que puede durar meses. UNICEF también recomienda que los niños refugiados y migrantes sigan recibiendo educación formal, y que tengan acceso a servicios de salud y demás derechos de calidad, presionar para actuar sobre las causas subyacentes de los movimientos a gran escala de refugiados y migrantes, y promover medidas para combatir la xenofobia, la discriminación y la marginación en los países de tránsito y destino. La infancia es un período absolutamente fundamental en la vida de una persona, que puede marcarle definitivamente el resto de sus días. Es imprescindible que protejamos a la infancia de los destinos más crueles, para preservar sus derechos y velar por su seguridad. Es una permanente obligación de la comunidad internacional proteger a la infancia de todos estos peligros y situaciones, por no hablar de los centenares de niños y niñas que son secuestrados para vender sus órganos, reclutados por organizaciones terroristas como niños soldado, o explotados en duras labores de esclavitud moderna. Los niños migrantes (y muy especialmente los MENA) son el principal objetivo de estas perversas mafias, que se lucran a través de los más abominables negocios. Una revisión profunda de nuestra Política de Fronteras minimizará la cantidad de niños/as expuestos a estos peligros. 

 

Las fronteras son peligrosas para los migrantes pobres, es una realidad donde nos lleva abocando el propio capitalismo, que discrimina a la gente sin recursos, los desclasa y los margina hasta el límite. Casos recientes en el tiempo como los de Lampedusa o Ceuta no son anomalías, sino la normalidad en las fronteras. Hoy día, la Política de Fronteras es una política de alambradas, de violencia, de mentiras. Es una política de opacidad, una política criminal. Una política que no respeta los más elementales derechos humanos. El capitalismo nos conduce a la creación de un relato caracterizado por la ausencia de memoria, de imaginación y de responsabilidad. Un macabro relato según el cual las vidas de los extranjeros pobres no valen nada, y pueden ser atacadas. Al normalizarse esta violencia, el naufragio de pateras, la denegación de auxilio a los buques humanitarios, o las muertes por la voluntad de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado de impedir el paso a estas personas, se vuelve noticia cotidiana y recurrente. Conocemos incluso la existencia de naufragios en alta mar de los que nadie se entera, que no trascienden a los grandes medios de comunicación, producto de rutas cada vez más largas y peligrosas para sortear los obstáculos de las militarizadas fronteras y de los dispositivos de detección. Nos consta también que los barcos de la OTAN han dejado morir a inmigrantes en alta mar. Sabemos igualmente que los cuerpos policiales marroquíes o argelinos violan sistemáticamente a las mujeres que transitan hacia Europa. De hecho, nuestras prácticas fronterizas no son tan diferentes a las del gran hermano norteamericano. Sabemos también que los vuelos de deportación son cada vez más peligrosos, y que muchos "accidentes" han tenido lugar en ellos. Por no hablar de las crueles maneras que sufren los migrantes presos en los CIE, de los que hablaremos in extenso en su momento. Se cuentan por decenas los informes que demuestran las atrocidades cometidas en el interior de estos centros. El racismo callejero e institucional también está a la orden del día: redadas de los Cuerpos de Seguridad, comprobación de identidades por perfiles étnicos, racismo en medios de transporte (trenes, autobuses...). La discriminación y el racismo han llegado a límites insoportables. Las principales ONG denuncian cientos de casos diarios. 

 

¿Y qué hacen ante estos datos nuestros gobernantes? Negarlos, mentir, esconder, minimizar, alegar que son hechos "aislados", etc. Nunca se enfrentan a ellos realmente, porque enfrentarse de verdad al racismo, como hacerlo de verdad frente al machismo, requiere cambios profundos en nuestra sociedad, tan profundos que quizá no interesen al sistema. A ese sistema que nos vigila y nos gobierna, y no permite que "saquemos los pies del plato". Racismo cotidiano, discriminación institucional, tratamiento vejatorio, explosión de prejuicios de todo tipo, carrusel de mentiras y falacias continuas, y políticas criminales que sacrifican a las personas, que las cosifican, que las aniquilan. La bajeza moral de la ciudadanía, y la violencia policial se dan continuamente. ¿Cuándo llegará el día en que, fruto de una Política de Fronteras verdaderamente humana, "hombres y mujeres migrantes cruzaran la frontera de sur a norte con la misma naturalidad con que millones de turistas, militares, diplomáticos, cooperantes, y empresarios europeos y españoles la cruzan de norte a sur"? (en palabras de Eduardo Romero, en este artículo para eldiario.es). La normalidad, como Eduardo Romero señala, es que los policías disparen y los migrantes mueran. La normalidad es que se hundan las embarcaciones y no reciban socorro. La normalidad es que los migrantes sean discriminados a diario en cualquier medio, actividad o tratamiento institucional. La normalidad son los muros y las alambradas. La normalidad, al cabo del año, es contabilizar las decenas de miles de cadáveres en las fronteras. Es una perversa "normalidad" que nos martillea cada día, que ya ha dejado de conmovernos, que ha dejado de impresionarnos, que ya incluso hemos normalizado, y que además, magnificamos con perversos términos como "oleadas" o "invasiones"...de pobres. Hace ya dos décadas, el fenómeno de la llegada de inmigrantes a las Islas Canarias (la "crisis de los cayucos") era convertido por los medios en un grave problema demográfico. Ya entonces los medios hablaban de invasiones de "20 millones de africanos", y demás barbaridades por el estilo. Continuaremos en siguientes entregas.

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18 febrero 2019 1 18 /02 /febrero /2019 00:00
Viñeta: Falcó

Viñeta: Falcó

Ninguna guerra en la Tierra ha adquirido el dramatismo que tendrá la futura lucha por la supervivencia frente a la extinción. Y como marxista ni siquiera estoy seguro de que el Marxismo nos pueda dar las mejores defensas frente a un adversario tan demoledor como la lógica inquebrantable de la naturaleza

Lucho Torres

El modelo industrial-desarrollista, ese que nos llevará al colapso, santifica la producción, pero se le escapa un matiz fundamental: que para que exista producción se tiene que dar una precondición básica, que es la producción de vida, cuya lógica se apoya en las leyes de la naturaleza y en la ética del cuidado, y no en la maximización de las ganancias. Las vidas humanas y el entorno natural que necesitamos han de ser cuidados especialmente, pero en cambio, lo que el actual modelo está provocando es la destrucción masiva de ambos factores. La ecofeminista Yayo Herrero, en este artículo para el medio Contexto y Acción que estamos siguiendo, se pregunta qué principios podrían sustentar, a la luz de lo expuesto, las bases para una Constitución que esté a la altura de los tiempos, y se responde en los siguientes puntos:

 

1.- El sentido y orgullo de pertenencia a una comunidad (preferiblemente local, añadimos nosotros) que se cuida y que vive de lo que sus territorios proporcionan. Hay que volver a recuperar el concepto antropológico de pueblo, y abandonar el más político de Estado-nación. Esto supone, aclara Herrero, sustituir un concepto sagrado, excluyente y normativo de Patria o de Familia que apela a las emociones más violentas, pero que vende sin vacilar la tierra, los recursos o el litoral, abandona y culpabiliza a las personas que sufren precariedad vital y de desresponsabiliza del cuidado de los cuerpos. La patria son nuestros semejantes, son las personas, es el colectivo humano donde estamos insertos, y esto no tiene nada que ver con banderas, himnos o instituciones.

 

2.- El enfoque de la sostenibilidad de la vida cuestiona también un concepto cristalizado y rígido de soberanía, que sólo puede ser entendido si se cree que la vida humana "flota" al margen de la materialidad de la tierra y los cuerpos, y propone por tanto revisar este concepto en términos de autonomías interdependientes. Esto implica reconocer la importancia de la soberanía y de la existencia digna de los demás, ya que de ellos/as dependemos también nosotros para subsistir. Mi soberanía, por tanto, mi capacidad de decidir, implica el reconocimiento de la soberanía de los demás. 

 

3.- Desbancar la creencia y el sentimiento de que sólo necesitamos dinero, y de paso, la lógica sacrificial que defiende que merece la pena sacrificar cualquier cosa (territorio, derecho al cuidado, derecho a la vivienda, a la energía, a la alimentación, libertad de expresión...) con tal de que la economía crezca. La economía decrecerá materialmente por las buenas o por las malas, y conviene encarar un reajuste valiente, decidido y explicado del metabolismo social, de tal manera que quepamos todas las personas y se frenen los procesos de expulsión. Los textos constituyentes deben construir una racionalidad económica alternativa, conectada con las necesidades humanas y con los límites físicos del planeta. He ahí donde reside la verdadera "austeridad". Una racionalidad económica distinta, que dé paso a las monedas sociales alternativas, al trueque social, a la renta básica por la tierra, etc. En relación al trabajo humano, el enfoque debe hacerse bajo una óptica de rentabilidad social, y para satisfacer las necesidades de la comunidad donde pertenecemos. 

 

4.- Proteger de forma sagrada los bienes comunes (agua, minerales, tierra fértil, fuentes energéticas...), y garantizar el acceso a ellos de forma sostenible y equitativa para todas las personas. En entregas anteriores hemos introducido a los/as lectores/as a la filosofía de la EBC (Economía del Bien Común), a la cual remitimos para una exposición más profunda. Básicamente, todo ello implica la democratización en el acceso a todos esos bienes y recursos comunes. 

 

5.- Situar la seguridad de todas las personas como prioridad fundamental. Ello implica también disputar la propia noción de seguridad, con frecuencia confundida con el blindaje de las élites. Pero muy al contrario, supone más bien blindar el derecho a la vivienda, a la educación, a la libertad de expresión, y en general, todas las necesidades cuya carencia suponga una vida indigna. El concepto de amenaza y de seguridad dejarán de estar ligados a la defensa militar, sino a la defensa y blindaje a ultranza de todo el conjunto de derechos sociales, económicos, políticos y culturales de las personas que forman la comunidad. 

 

6.- Establecer, además de los derechos, un sistema de obligaciones. Es imprescindible entender que la vida requiere de un conjunto de relaciones recíprocas de cuidado. Las mujeres no son las únicas que tienen que prestarlos, y por ello, es preciso repartir las obligaciones que comporta tener cuerpo y ser especie.

 

7.- Garantizar una salud integral que pasa no solo por la atención sanitaria, sino por respirar aire limpio, comer alimentos de calidad, gozar de una habitabilidad digna, tener capacidad de decidir sobre nuestra propia vida y el propio cuerpo, disponer de tiempo para las relaciones significativas y para poner en marcha proyectos y deseos propios. Es el concepto de salud entendido como la plena integración del ser humano con su entorno, y sus capacidades de relación con sus semejantes, así como su plena realización personal y social.

 

En la base de una Carta Magna que se pretenda enfocada bajo los parámetros auténticos de la sostenibilidad, y consciente del colapso, han de destacar como dos grandes pilares el escrupuloso respeto a la vida humana (en ese sentido, el respeto a los Derechos Humanos), e igualmente el escrupuloso respeto a la madre Tierra (Pachamama para los pueblos indígenas sudamericanos), a la naturaleza, a los ecosistemas y al resto de seres vivos que lo habitamos. Pensar así una Constitución, una Ley de Leyes, implica abandonar todos los parámetros políticos, sociales y culturales donde nos hemos movido hasta ahora, y abordar un complejo y valiente proceso que sitúe como principio político la ética del cuidado, entendido no como una carga, sino como una condición inherente a la propia vida para mantener los vínculos y la cohesión. "Un cuidado entendido como la capacidad y la voluntad de hacerse cargo de la continuidad de la existencia digna que es la forma más noble de amor", en palabras de Yayo Herrero. Esa Ley de Leyes ha de estar consagrada a la mayor causa, que es la propia vida, entendida como ese esfuerzo constante, radical y apasionado de crear, de mantener y de respetar vidas justas y dignas, que es el mayor aliento que debe impulsar el intento de organizar la vida en común. Una Constitución enfocada a la vida, y no a los mercados ni al capitalismo, como se consagra ahora. Continuaremos en siguientes entregas.

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15 febrero 2019 5 15 /02 /febrero /2019 00:00
Viñeta: Sancho Ruiz Somalo Byron Maher

Viñeta: Sancho Ruiz Somalo Byron Maher

La RBU no supone el final del mercado o el final del trabajo remunerado. Es simplemente un mercado donde el ingreso no comienza en cero, y los trabajadores se liberan de la amenaza de la miseria. Con la RBU, los trabajadores ingresan al mercado laboral como personas libres. Los empleadores tienen que pagar lo suficiente para que valga la pena que los trabajadores acepten esos trabajos. LA RBU nos dará una economía de altos salarios que funcione para todos

Karl Widerquist (Vicepresidente de la Basic Income Earth Network)

La precariedad y la exclusión se han convertido en nuestro paisaje diario, en nuestro drama cotidiano. Paro, pobreza y precariedad se entrelazan, se dan la mano, se muestran en sus diferentes caras, todas de la misma moneda: la falsa "austeridad" a la que nos llevan condenando desde la crisis de 2007. Personas desempleadas, o en riesgo de pobreza, u obligadas a recurrir a los bancos de alimentos, o en empleos precarios que no alcanzan el mínimo para poder subsistir. Pero si todo este atropello vital se normaliza, cada vez será más difícil salir de él, planteando medidas radicales. La Renta Básica es una medida radical, no es perfecta, pero pensamos que aún no se ha inventado nada mejor para paliar este profundo problema. El capitalismo va dejando su reguero de destrucción, avasallando derechos y liquidando las bases materiales que necesitamos para la supervivencia mínimamente digna. A todo ello hay que sumar los desahucios, los suicidios, los empleos sumergidos, al conjunto de lo cual Manuel Cañada define como "la contabilidad del austericidio, la trastienda de la recuperación económica, el helio de angustia que eleva el siempre renovado globo de acumulación de capital". Hoy día, la incertidumbre se vuelve rabiosamente cotidiana, la incertidumbre se constituye en ley vital, y el miedo al futuro se normaliza cada día un poquito más. Nos intentan convencer de que esa es la única forma en que podemos vivir, pero muchos/as no nos resignamos a eso. La RBU acabaría con todo este panorama de violencia, de indignidad, de podredumbre social. Si la RBU no toma carta de naturaleza propia y se materializa en poco tiempo en una realidad concreta, mucho nos tememos que continuará la barbarie, la guerra entre los pobres, e incluso las nuevas formas de fascismo. Hay que gritar bien alto y claro ¡Fuera el asistencialismo! (es decir, todas las actuales modalidades de rentas mínimas de inserción, condicionadas y claramente insuficientes), ¡Fuera el laboralismo! (es decir, todas las tramas conceptuales que descansan en el Dios Trabajo como única política social y liberadora del ser humano), y ¡Viva la dignidad y la emancipación! (es decir, desligar definitivamente la posibilidad de rentas estables y suficientes de la única vía desde el trabajo). 

 

No queremos ningún tipo de condicionalidad para una renta básica, puesto que la dignidad del ser humano y su libertad material deben ser incondicionales. En este sentido, no queremos itinerarios formativos, controles de demanda de empleo, búsquedas "activas" de empleo (los eufemismos en este campo son muy graciosos), requisitos cruzados de condicionalidad (algunos tan excluyentes que resultan absurdos, y todos generalmente injustos), no queremos la arbitrariedad y subjetividad que priman en su concesión, no queremos el marcaje humillante que se deduce del hecho de la solicitud, situaciones todas ellas que únicamente reproducen las situaciones de exclusión social. Queremos una renta básica suficiente, individual, incondicional y universal. Es la única manera que existe de erradicar la pobreza de forma justa, y por supuesto, complementada con el resto de servicios públicos del Estado del Bienestar, pues cada uno de ellos (así como la propia RBU) se corresponde con un derecho humano fundamental. Que no vengan tampoco a vendernos la cantidad de puestos de trabajo que van a crear, porque ni son creíbles las cifras, y como decimos, la RBU nos libera contra el dogal del salario. La RBU es una medida que se resiste tanto porque va contra la mercantilización de los puestos de trabajo, contra la infravaloración de otros tipos de trabajos, contra el poder disciplinador del desempleo, y supone un fondo de resistencia contra la explotación laboral. Son éstos y no otros los verdaderos motivos que se esconden tras las absurdas excusas que dan los capitalistas y las fuerzas de la derecha para rechazar de plano la renta básica. Son éstas y no otras las situaciones que serían una grave amenaza para la manipulación y el control capitalista sobre la clase obrera. Y lo más absurdo de todo es arguir que no hay dinero para la RBU, cuando lo comparamos con las cantidades dedicadas al rescate bancario (60.000 millones de euros), el fraude fiscal de las grandes corporaciones (90.000 millones de euros), o el coste social de la corrupción (estimado igualmente en 90.000 millones de euros). A más de uno/a, a la luz de estas cifras, se le debería caer la cara de vergüenza a la hora de alegar que no hay dinero para una RBU. Lo que hemos de hacer es catalizar la idea a gran escala, difundirla al por mayor, desmentir todos los bulos que se vierten sobre ella, continuar con las movilizaciones de la Marea Básica y demás colectivos que la demandan en la calle, y crear así hegemonía popular y contrapoder ciudadano a favor de esta medida. 

 

Hemos de reivindicar masivamente que no somos números de un DNI ni de la Seguridad Social, que no somos parte de una fría estadística, que no somos carne de cañón para la precariedad forzosa, que no somos clientes, ni consumidores, ni usuarios, que no somos vagos ni gandules, que no somos ladrones del sistema, que no somos fugaces iluminados, que no somos demandantes de la caridad divina ni humana. Somos personas y reivindicamos nuestros derechos universales de ciudadanía. Tan simple como eso. Tan grande como eso. No demandamos derechos subjetivos, sino objetivos. No somos peligrosos panfletarios, sino que exigimos el cumplimiento de normas tan básicas como la Constitución, la Carta Social Europea o la Declaración Universal de los Derechos Humanos, entre otros cientos de reconocimientos de derechos en tratados, normas y convenciones que los reclaman universalmente. El camino se llama Dignidad, y la reivindicación es la RBU. El mal se llama arquitectura de la desigualdad, y nuestro deber es abolirla. Pero también es un camino, aunque muchas personas crean lo contrario, de ahorro público, lo cual es directamente proporcional al ahorro que se conseguiría en diferentes frentes ligado a la propia erradicación de la pobreza. Estamos pensando, por ejemplo, en ahorro a nivel de la seguridad pública (policía, jueces, prisiones...), debido a la disminución de delitos cometidos por desesperación de muchas personas, o también al ahorro público en sanidad (y dentro de ella la salud mental es un apartado especialmente importante, que también saldría ganando como muchos estudios sugieren), dado que la pobreza y sus efectos "colaterales" (delincuencia, problemas de salud, economía sumergida...) es una de las principales causas de enfermedades psicosomáticas que las personas experimentan por esta causa. Podríamos expresarlo como que el gasto en "prevención" de la pobreza que actualmente se destina a dicho fin (de una forma ineficaz e indigna) se administraría mejor dedicándolo, precisamente, a erradicar la pobreza mediante la RBU. Y por supuesto, también existiría un ahorro administrativo derivado de la desaparición de los controles sobre requisitos y condiciones, vigentes hoy día en las actuales prestaciones.

 

Los aspectos ligados a la salud mental son especialmente delicados, ya que en la relación entre trabajo y salud mental encontramos una co-relación, una retroalimentación del ciclo patológico de la exclusión, tal y como analizan Sergi Raventós y Hernán Sampietro en este artículo para el medio Sin Permiso, que estamos siguiendo para esta exposición. De una parte, el trastorno mental supone una barrera para el acceso al mercado laboral, pero a su vez, el desempleo, los trabajos precarios y escasamente remunerados son también factores que afectan negativamente a la salud mental (y a la salud en general, como hemos comentado). De este modo, los efectos de la exclusión social entran en un círculo vicioso donde se perpetúan en diabólica espiral. Es necesario recordar (como ya hemos reseñado muchas veces en esta serie de artículos) que la exclusión social no se reduce solo a la pobreza económica (aunque la incluya), sino que también supone una barrera y/o una mayor dificultad para las oportunidades de formación, crecimiento personal e inserción en la sociedad. Todo ello afecta a la autoestima, a las relaciones sociales y al bienestar emocional. Muchos estudios científicos han demostrado que el desempleo es un factor determinante para la salud mental, así como también una causa de precipitación de trastornos mentales, incrementando significativamente el riesgo de ingreso psiquiátrico para las personas con períodos de paro de más de seis meses. Queda claro, por tanto, que la disponibilidad de unos ingresos económicos seguros es determinante, e incluso algunos autores estiman que el hecho de quedar en paro sin prestación puede aumentar hasta tres veces los riesgos de padecer problemas de salud mental en el caso de profesionales, y si se pertenece a la clase obrera puede llegar hasta siete veces más. No obstante, el mito de que "el trabajo dignifica" o es una fuente de bienestar (o la "mejor política social", como afirma cansinamente la derecha) debe ser revisado. Porque en efecto, poseer un trabajo, un "empleo", puede ser saludable para nosotros, pero también puede enfermarnos en función de las condiciones laborales.

 

Y así, un empleo temporal, precario, inestable, a tiempo parcial, sin derechos, mal pagado, de baja consideración social, o para el que estamos sobrecualificados, con elevado estrés y exigencias, amenazas de despido y/o escaso control sobre la tarea desempeñada, o por insuficiente motivación personal, o con demasiados cambios en las relaciones laborales, en la movilidad o en las funciones desempeñadas, es un importante factor de malestar psíquico y una posible causa del desarrollo de un trastorno mental. Incluso, tal vez resulta más saludable (o menos perjudicial) estar en una situación de desempleo subsidiado o cobrando una pensión, que trabajar en las condiciones antes referidas. Como hemos afirmado, lo que verdaderamente nos dignifica, nos emancipa, nos empodera y nos hace libres es la garantía de nuestra existencia material. La RBU vendría en estos casos a actuar como un estupendo colchón donde residiría esa garantía material para la existencia de estas personas, hasta no encontrar un empleo con protección y condiciones aceptables. La seguridad económica que proporciona la RBU reduciría la incertidumbre vital, principal factor desencadenante de las situaciones de malestar y angustia. Facilitaría a muchas personas el poder abandonar trabajos basura que estuvieran desempeñando, teniendo que soportar condiciones laborales perversas para su salud mental. A otras muchas personas les permitiría poder dejar empleos sumergidos, ilegales o penosos, que realizaran ocasionalmente para poder complementar su miserable pensión (los que la tuvieran). Los trabajos, cursos o itinerarios llamados "de inserción" serían de realización voluntaria, y en todo caso, se efectuarían sin estar condicionados a perder la prestación, ayuda o pensión recibida. En definitiva, creemos que la RBU ampliaría el abanico de oportunidades vitales para estas personas, al cubrir necesidades básicas sin presión social ni estigma. Esto revertiría positivamente en el bienestar emocional de las personas con problemas de salud mental (o en prevención de los mismos), así como en las oportunidades de desarrollar un proyecto de vida libre, autónomo y garantista, siendo inclusivas con todas las personas, más allá de sus circunstancias o capacidades, de sus limitaciones o dificultades, protegiendo y aumentando el poder de negociación también a quienes no tienen la posibilidad o el deseo de emplearse en el mercado laboral. Continuaremos en siguientes entregas.

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14 febrero 2019 4 14 /02 /febrero /2019 00:00
Fuente imagen: https://www.eljueves.es

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Pablo Casado está regresando al Partido Popular a los tiempos de Alianza Popular. Roban porque España es su cortijo, reúnen a la extrema derecha en una nueva CEDA, quieren a las mujeres en la cocina, fusilarían a Companys y dicen que maricones como Lorca están bien desaparecidos

Juan Carlos Monedero

Es una cuestión de honor, de recuperar valores que les ha querido extirpar la democracia. Quieren defender esa España, cuya unión fabricaron Isabel y Fernando, y que hoy puede deshacerse como un azucarillo. En nombre de la patria tienen que acabar con esta panda de gobernantes de pacotilla que se permiten libertinajes y ultrajes y que pretenden vender la Patria a los independentistas e imponer el Estado democrático por encima de los valores auténticos

Rafael Almazán

Ojalá algún día la derecha española condene con tanta rotundidad y firmeza la rebelión más evidente, la más nefasta alta traición de la historia reciente de España: el golpe de Estado de 1936 contra la democracia republicana

Ignacio Escolar

No es la “España Viva”, es la España negra, esa que aún añora el No-Do de tiempos pasados y oscuros. Sólo les interesa crear tensión, disparar la adrenalina, embrutecer a la gente, desvirtuar la política, disparar la histeria colectiva. El discurso de Pablo Casado (así como los de Albert Rivera y Santiago Abascal) es un ejemplo de discurso agresivo, mentiroso, fuera de la realidad, insultante y compulsivo: “Mediocre, incapaz, felón, ilegítimo, traidor, desleal…” son sólo un pequeño extracto de las lindezas que le dedicó al Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en uno de sus recientes discursos. Y la prensa del régimen, por supuesto, acudiendo a su rescate: con un gran titular que sólo decía “España”, sobre la imagen de fondo de la manifestación, salió la portada del diario ABC al día siguiente de la concentración de Plaza Colón. O sea, que si salen un millón de catalanes a manifestarse en su tierra, resulta que son cuatro gatos exaltados y antidemocráticos, pero si salen 45.000 (o incluso 200.000, como valoraron los organizadores) españoles a Plaza de Colón, está allí “toda España”. Su incongruencia está en su propia naturaleza. Pablo Casado ha llegado a afirmar que “La agenda que estamos viendo en Cataluña es la agenda de ETA”. Parece cuando menos que se le escapa el ligero matiz de que ETA asesinaba, mientras los independentistas hacen política, aunque esa política no les guste, pero es que esa es la democracia. Todo su lenguaje es descalificador y despreciativo. Para ellos sólo existe la derecha, los “buenos españoles”, la “gente normal”, la gente “de sentido común”, y todos los demás son “podemitas”, “golpistas”, “radicales”, “traidores”, “populistas”, “chavistas”…

 

Una concentración, la de Madrid, dicho sea de paso, convocada sobre falsos supuestos, pues no es verdad que Pedro Sánchez sea un Presidente “Okupa”, tal como lo valoraban, ni que haya hecho “cesiones” a los independentistas, como se leyó en el Manifiesto (y aunque las hubiera hecho, está en su derecho de negociar las mayorías suficientes para aprobar sus cuentas públicas, como todos los ex Presidentes han hecho en su lugar cuando han gobernado). Y por su parte, Vox no se quedaba ajeno a los fulminantes ataques: “Hay que echar a este gobierno traidor que está preso de los golpistas” era el lenguaje que usaba en su cuenta de Twitter para convocar a la ciudadanía. Es el lenguaje de la extrema derecha más reaccionaria que siempre hemos tenido, disfrazada de “demócrata de toda la vida”. Por su parte, Pablo Casado afirmaba: “Activaremos las medidas necesarias para frenar la alta traición de Sánchez a España. Su rendición al independentismo es la felonía más grave desde el 23F. Está deslegitimado para seguir en el Gobierno. O rectifica o movilizaremos a los españoles para exigir elecciones inmediatas”. Con cierta ironía y en comparación con lo que está ocurriendo en Venezuela, Antonio Maestre respondía en Twitter lo siguiente: “Pablo Casado declara a Pedro Sánchez presidente ilegítimo. En breve le llama usurpador y el domingo se autoproclama presidente en la manifestación”.

 

Todo su lenguaje es descaradamente insultante, no es capaz de hilar una sola frase sin insultar, sin mofarse, sin descalificar. Observen la siguiente, refiriéndose a Pedro Sánchez: “Parece que este iluminado por escribir un libro, o por seguir viajando en el Falcon, o por estar en Davos haciéndose fotos, considera que la oposición legítima, que además le sacamos 50 escaños, vamos a estar cruzados de brazos”. Este Pablo Casado está haciendo bueno a Mariano Rajoy, quien también se despachaba a gusto en sus tiempos contra José Luis Rodríguez Zapatero. Sí, esta es la derecha, así es como actúa, hasta este nivel de desquiciamiento colectivo llegan, y hasta ahí llegan sus ansias de poder, y de recuperar el Gobierno, porque jamás asumen que lo hayan perdido. ¿Qué se va a esperar de ellos, si en el fondo son los herederos de aquéllos que iniciaron su “cruzada” nacionalcatólica, que perseguían a “los rojos”, que violaban a las republicanas que eran las “viudas de los maricones”, o que crearon la Ley de Vagos y Maleantes? Esta derecha, hoy de nuevo echada al monte, es la misma que permanecía escondida, replegada y oculta, camuflada en el “democrático” Partido Popular, ese partido que nunca condenó el franquismo, porque en el fondo lo lleva en su ADN. Añoran todo aquello: añoran la feroz represión, los “grises” dando palos en las calles, y las torturas en la Dirección General de Seguridad. Y encima con todo el orgullo, pues según ellos, éramos la “reserva espiritual de Occidente”. Aún albergan en sus mentes todos los tópicos de la época, aún se creen la “pureza” de nuestra superioridad imperial, y pretenden mantener la “unidad de España”, de esa España que fundaran los Reyes Católicos, aunque sea a golpes de porra, y con condenas de cárcel.

 

Esta superultraderecha echada al monte, sin disimulo, sin tapujos y “sin complejos” (como asegura Abascal), es la misma que defiende el “¡Muera la inteligencia!” de Millán-Astray, y es adalid de todo el retroceso cultural, social y democrático que arrastra nuestro país, por muy integrado que esté en esta Europa del capital. Ellos y ellas, la derecha de siempre, sólo abanderan la regresión política, la vuelta a tiempos pasados, la intolerancia y la represión. Pero como ya no se pueden presentar como franquistas, porque queda feo, se presentan como “constitucionalistas”, y dicen defender la democracia y la libertad, que es igual que dice Trump en Estados Unidos, y mira por dónde tiene intenciones de hacer regresar a Venezuela treinta años atrás, cuando gobernaban en el país latino los amigos de Felipe González. Esos que tanto gritan por “su patria”, su “nación”, sus “españoles”, porque no tienen más argumentos, son los mismos que siempre han estado detrás de los paraísos fiscales, de la corrupción, de las fugas de capitales, del saqueo de lo público, de los rescates bancarios, de las contrarreformas laborales, del desempleo, de la precariedad, de la pobreza, de la miseria, de la exclusión social, de las leyes mordaza, de la privatización de los derechos, de los desahucios, de los fondos buitre, de los suicidios, del machismo, de los privilegios de la Iglesia, de las guerras genocidas, del imperialismo norteamericano…esos son los “patriotas” de la derecha.

 

Y es que bajo ese lenguaje obsceno y falaz, pervertido y fanático, los “Tres Tenores de la derecha” (en expresión de David Torres) son los mismos tres que ven un “Golpe de Estado” en Cataluña (donde una mayoría social encargó a sus políticos una negociación para defender la soberanía del pueblo catalán frente al Estado Español), mientras entienden que un fantoche ridículo como Juan Guaidó, marioneta del imperialismo yanki, tiene que ser “reconocido democráticamente”, porque “ha de echarse abajo la dictadura de Nicolás Maduro”. Con su lógica aplastantemente visceral y rastrera, son capaces de dar la vuelta a la tortilla, y hacer ver “democracia” en los Golpes de Estado, y “ataques a la democracia” en el diálogo político. Quieren para Cataluña un 155 indefinido, es decir, suspender la democracia hasta que ganen los suyos, porque al igual que en Venezuela, para la derecha no habrá “elecciones libres” hasta que no ganen los suyos. Y así, mientras quieren echar abajo al “Okupa” de la Moncloa, defienden fervorosamente al verdadero okupa del Palacio de la Zarzuela, el Rey Felipe VI, que no ha sido votado por nadie. Ni siquiera quieren permitir que se abra una Comisión de Investigación en el Congreso para investigar la corrupción de su padre, el hoy Rey Emérito. Podríamos poner miles de ejemplos por el estilo. Esta es la ralea de la derecha, echada al monte como nunca desde la muerte del dictador, envalentonada desde que Vox ha entrado en el Parlamento de Andalucía, porque ahora, los tres compiten a ver quién la tiene más grande. Desgraciadamente, no están solos, tienen a la “España de los balcones”, que los defiende. Pero también tienen a personajes “socialistas” como Alfonso Guerra, Felipe González, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, Javier Lambán o Emiliano García-Page, que también podrían haber leído el Manifiesto del pasado domingo a las mil maravillas.

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13 febrero 2019 3 13 /02 /febrero /2019 00:00
Viñeta: Moro

Viñeta: Moro

Ferguson, Salou, Kos. Sucesos en partes del mundo que a pesar de las distancias y los contextos tienen mucho en común. Las tres situaciones están provocadas por el racismo de una sociedad, la occidental, que a pesar de los años y los lavados de cara no ha conseguido superar su pasado colonial y se sigue creyendo el centro del universo. Las tres son situaciones provocadas por la violencia policial, que es la cara más visible y amarga de un sistema opresor que ejerce la violencia desde los aparatos institucionales de forma cotidiana y sistemática contra los más débiles, los descastados, los marginados. Y las tres son situaciones que dejan ver que las llamadas "democracias occidentales" son en realidad sistemas políticos profundamente racistas, desiguales y que esconden una realidad muy violenta bajo su máscara de bienestar y paz social. Que esconden la exclusión de una gran parte de su población en base a los "derechos de ciudadanía", que no es otra cosa que la forma moderna de dividir a los humanos de primera de los humanos de segunda

Xoan Perillán

El lenguaje político utilizado, tanto en la propia nomenclatura como en los términos usados para asociar ideas en nuestras mentes, son también responsables de la confusión mental, de los datos erróneos, de las falacias y de las mentiras asociadas al mundo de la inmigración. En la última entrega ya apuntamos, y vamos a desarrollarlo aquí algo más, la edición reciente de un "Manual contra el Inmigracionalismo", término que los autores (la Red Acoge, una federación de 18 ONG's que trabajan por los derechos de las personas migrantes) han creado como un acrónimo entre los términos "Sensacionalismo" e "Inmigración", es decir, la relación de la inmigración con el uso de términos negativos, o que simplemente suscitan rechazo entre la población, tales como "droga, asaltos, peligros, ilegales, mafias, invasión, robo, criminales, malvivir...", y otros muchos que los lectores y lectoras podrían estar pensando. En este asunto, ni que decir tiene, poseen mucha responsabilidad social los medios de comunicación y los periodistas a su servicio. El simple hecho de enunciar una noticia, la forma de darla a conocer, el contexto donde se cuenta, el propio relato que se hace de los hechos, ya puede inducir a la persona que escucha a situar su mente de una determinada forma. No estamos descubriendo nada nuevo, es un simple efecto psicológico de asociación subliminal de ideas y conceptos. Enric Llopis recogía la noticia de la publicación del referido manual en este artículo para el digital Rebelion, que vamos a seguir a continuación. Sin ir más lejos, la palabra "ilegal" hace referencia a cosas y acciones, a comportamientos, acuerdos, hechos, decisiones, actos, etc., pero en ningún caso puede aplicarse a personas, porque de lo contrario, la propia persona a quien se aplica ya es criminalizada en sí misma. El uso del lenguaje del miedo, el lenguaje bélico, o vocablos como "avalancha", "oleada" o "colapso" pueden generar inseguridades y miedos injustificados entre la población autóctona. El simple uso del término "inmigrante" implica psicosocialmente otorgar o conceder más relieve al origen de una persona que a sus derechos, ver más importancia en el hecho de que no es autóctono que en la propia persona, fijarse más en su situación administrativa que en sus derechos humanos. 

 

Y así, la vinculación perversa de las personas migrantes a las nociones, por ejemplo, de "pobreza" o "delincuencia" construye estereotipos mentales, al igual que la utilización de fotografías o imágenes fuera de contexto, o de personas que se hallen en situación vulnerable. Debemos huir por tanto de ese "inmigracionalismo" injusto que parece inundar cualquier noticia, consideración, comentario o debate cuando de migrantes se trata. El tratamiento sesgado y manipulado de las noticias contribuye, como hemos dicho, a difundir la confusión, el odio y el miedo hacia estas personas. Nadie puede ser considerado "ilegal", nadie puede ser criminalizado por ser extranjero y pobre (pues los extranjeros ricos no lo están), nadie puede ser rechazado por el simple hecho de que provenga de otra cultura, porque sus rasgos sean diferentes. Porque todos tienen, tenemos, el corazón en el mismo sitio del cuerpo, y nos sirve para lo mismo. Y también tenemos el cerebro en el mismo lugar, pero ese parece que funciona en función de unos intereses creados, que muchas veces se anteponen a lo que ese corazón puede dictarnos. Los dirigentes políticos, las asociaciones racistas, y sobre todo los medios de comunicación, pueden a menudo propagar los estigmas, normalizar la xenofobia, banalizar la realidad, provocar el alarmismo, e inducir a una catalogación mental injusta y errónea, entre otros graves efectos. Hay que huir también del uso excesivo de cifras, porque esto termina cosificando a las personas migrantes. Siempre se debe proceder a un análisis riguroso y justo, sin prejuicios, y aportando el contexto, por ejemplo aduciendo las verdaderas razones por las que la gente emigra, o qué podría sucederles si son deportados a su país de origen. Se debería partir de realidades como que, según la ONU, 1.300 millones de personas viven hoy en la pobreza "multidimensional" (la mitad de ellos/as son menores de edad), noción que incluye no sólo la falta de recursos propios para la satisfacción de las necesidades vitales, sino también la falta de acceso a la educación o al agua potable. O que las guerras, la violencia y las persecuciones han llevado a que 2017 sume otro récord histórico en los desplazamientos forzados: 68 millones de personas en todo el mundo. 

 

La función de los periodistas es informar, así de simple, pero no crear alarma social, ni "viralizar" los titulares, ni lanzar noticias "anzuelo". Los titulares, mediante este uso abusivo de los prejuicios, ya socavan el derecho a la información veraz e imparcial que nos asiste a todos los ciudadanos y ciudadanas. No se puede mediante los medios ser impulsor, vocero ni legitimador de ideas racistas, y por tanto, cualquier declaración o conclusión a la que llegue un determinado medio tendría que contextualizarse adecuadamente, y ser atribuida al autor de la misma, salvo que se trate del editorial de la publicación en cuestión, que está también obligado, dentro de la libertad de expresión y de posicionamiento político, a un juicio moderado de la información, y a no verter datos o informaciones falsas, o que puedan inducir a interpretaciones racistas o xenófobas. No debemos perder de vista que la cuestión central a la que nadie debería renunciar es la defensa escrupulosa de los derechos humanos, ya que si no, estamos atravesando esa sutil línea de separación con el fascismo. El periodismo en general, pero también los blogueros, los articulistas de opinión, los tertulianos, los escritores, y muy especialmente los directores de los medios de comunicación, poseemos una gran responsabilidad social al respecto, que no debemos eludir. Pero en vez de todo ello, hoy día asistimos a una especie de "mundo al revés" (parafraseando a Eduardo Galeano), donde las víctimas son criminalizadas, los salvadores humanitarios son acusados de complicidad con las mafias (lo que ahora mismo está provocando que no existan barcos de ONG para rescatar migrantes en el Mediterráneo), las zonas de maltrato, abuso, extorsión y tortura son denominadas "puertos seguros", y la evasión de responsabilidades y el incumplimiento del derecho internacional son denominados "externalización de fronteras". En vez de tanta perversión, tanta barbarie, tanta tergiversación, tanta manipulación y tanto incumplimiento de los derechos humanos, deberíamos lanzar al unísono un grito contra los muros y las fronteras, y movilizarnos de forma masiva para conseguir que nuestros Gobiernos implanten otra Política de Fronteras más justa y humana. 

 

En este sentido, Andreu Rulan, Capitán del buque Astral, declaró en el documental del programa "Salvados" lo siguiente, refiriéndose a los refugiados y migrantes: "Tan solo una opinión pública informada puede empujar a los políticos a legislar contra la desigualdad, que está en el origen de su huida contra la miseria y la guerra". Repetimos: una opinión pública [bien] informada. Es algo esencial, mientras ahora lo que tenemos es una opinión pública intoxicada y manipulada, fuera de contexto. En nuestras narices europeas están ocurriendo brutales acontecimientos, indignos de los que nos llamamos "humanos", y que cada vez toleramos más, normalizamos más. Es un testimonio constante de una brutal realidad que no queremos ver, y frente a la que preferimos mirar para otro lado. Realidad aplastantemente cruel que ocurre a pocos kilómetros de nuestro sofá, de nuestro televisor, ese que nos muestra las imágenes de esos desdichados que llegan en pateras a nuestras costas. Los naufragios y la llegada de pateras llenan minutos en los informativos diarios, pero ni sus impactantes imágenes parece que nos hagan sensibles ante el aberrante fenómeno. La llegada de refugiados es consecuencia de un mundo hostil, de las continuas guerras, de la pobreza extrema de muchos lugares. Las causas son el hambre y la pobreza, las guerras, las devastaciones de territorios completos, el saqueo de sus recursos naturales (por parte de nuestras potencias occidentales), cambios climáticos bruscos y desastres naturales (también fomentados por el hombre), unas relaciones comerciales injustas entre el Norte global y el Sur global, una deuda externa que asifixia las endebles economías de estos países (y cuyos países acreedores utilizan como medio de dominación y control de sus políticas), y en general, un mundo marcado por las enormes desigualdades. Todo ello, por supuesto, es fruto de una globalización capitalista y neoliberal, profundamente injusta y macabra, legitimadora de estas bárbaras políticas que fomentan las desigualdades entre clases y entre países. Éstas son las verdaderas causas, y hasta que no comencemos a asumirlas y comprenderlas, no habremos avanzado. 

 

Y la bárbara reacción europea (y mundial) a la llegada de migrantes se entiende aún mejor si (como ya hemos apuntado en anteriores entregas) se ve este asunto solo como un negocio, independientemente de su tratamiento como garantía de cumplimiento de los derechos humanos. Los negocios y las grandes corporaciones se sitúan hoy día por encima del tratamiento humanitario, de la visión humanista y garantista, y por tanto, esa es la terrible paradoja que hemos de afrontar. Durante los últimos 15 años, el "negocio" de traficar con migrantes y refugiados ha generado un beneficio de (como mínimo) 15.000 millones de euros a las mafias que se dedican a ello. Según las mismas fuentes (The Migrant's Files, ver además sitio en Wikipedia, así como éste y éste otro artículos de El Confidencial), las políticas de expulsiones y repatriaciones han costado como mínimo 11.000 millones de euros desde el comienzo del siglo XXI. Los principales grupos empresariales que han participado (muchos de ellos citados en anteriores entregas, como Finmecanica, Airbus, Thales o la española Indra) en la creación de las políticas europeas de defensa fronteriza han sido en realidad los grandes beneficiarios de los megaproyectos de I+D dedicados a evitar la llegada de migrantes. Por tanto, a más "preparación" fronteriza para evitar su llegada, más negocio para estas empresas. Así de simple. Así de brutal. Pero no solo en este ámbito se dan los negocios. También lo son los que trabajan al servicio de la deportación de migrantes: entre 2010 y 2014, el gobierno español fletó, junto a la Agencia Europea de Control de Fronteras, 31 vuelos "macro" con un coste superior a los ocho millones de euros. En total, durante esos cuatro años, el Estado Español ha expulsado a más de 26.000 inmigrantes en más de 250 vuelos, la gran mayoría con cargo a los PGE, y 31 financiados por la UE. Por otro lado, el gasto asociado a los CIE en España se acerca, según ha podido calcular el medio catalán critic con la ayuda de la ONG SOS Racismo, a un mínimo de 34 millones de euros anuales, que se repartirían de la siguiente forma: 10 millones de gastos de funcionamiento, alimentación y atención sanitaria; otros 10 millones en salarios de los miembros de la Policía encargados de su custodia, unos 400.000 euros para Cruz Roja, y 12 millones en vuelos de expulsión de migrantes. En este campo, empresas privadas como Air Europa, Swift Air, Clínica Madrid o ACS (de Florentino Pérez) han hecho un suculento negocio con nuestra bárbara y cruel política migratoria. Pero ¡cuidado! porque si algún senegalés, camerunés, o marroquí sabe darle dos patadas a un balón, entonces la ACS de Florentino Pérez no lo deportará, sino que le pagará millones de euros para que juegue en el Real Madrid. ¿¿¿Alguien entiende algo???? Continuaremos en siguientes entregas.

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11 febrero 2019 1 11 /02 /febrero /2019 00:00
Viñeta: Tasos Anastasiou

Viñeta: Tasos Anastasiou

Los estudios más detallados sobre el capitalismo y el análisis de la situación actual de la crisis energética indican que hemos llegado a las puertas de la siguiente crisis ¿final del capitalismo?. Algunos creen que solo es un final y el comienzo de una nueva fase similar, después de los reajustes necesarios. Otros indican que los procesos que se van a desencadenar van a cambiar nuestro mundo de manera profunda y definitiva. En lo que todos coinciden es en lo que estamos haciendo para prepararnos: nada

Eduardo Camín

Como venimos comentando desde los primeros artículos de esta serie, no sólo son las fuerzas políticas y sociales de la derecha las que no comprenden los planteamientos que aquí exponemos, sino que también aquí la izquierda, sobre todo la izquierda clásica, la marxista obrerista, las izquierdas históricas, quedan también ancladas a sus postulados de hace siglo y medio, sin asimilar que la visión histórica y evolutiva de aquél momento no es la de ahora, y que por tanto, deben romper con su sagrado culto al progreso, a las fuerzas productivas y a los artefactos tecnológicos generados por el capitalismo, lo cual requiere una visión, una adaptación y un nuevo tipo de educación, porque la bandera de la izquierda ya debe ser, como mínimo, roja y verde, lo cual implica poner en el centro del debate político la adopción de medidas ambientalistas radicales. Cualquier planteamiento sobre un futuro modelo de sociedad debe partir de la base de que se deben abandonar los temerarios intentos de continuar con las prácticas productivas que nos han conducido a esta situación. Es imprescindible construir un modelo bajo otra ética, la de los límites y la autocontención, la de la vida local y frugal, que debe llevar aparejada la urgencia del decrecimiento en todas sus manifestaciones. Hemos de partir de la base de que los seres humanos no podemos vivir al margen de la naturaleza, y de esa asunción plena y respetuosa, concederle el estatus jurídico de sujeto de derechos, así como al resto de animales que habitan el planeta. Yayo Herrero, una de las mayores expertas ecofeministas, afirma directamente que "Le hemos declarado la guerra a la vida, ya que hemos proyectado políticas, economías, sociedades y culturas que se desarrollan y se expanden en contra de las bases materiales que sostienen la vida". Pero no nos damos cuenta, existen vastos sectores de la población que aún permanecen anestesiados e insensibles, incapaces de darse cuenta del momento tan complicado que vivimos. Este hecho, es decir, nuestra incapacidad para poder reconocer claramente el riesgo que sufrimos, es lo que convierte la crisis global y multifacética en una crisis civilizatoria. 

 

Y por supuesto, gran parte de la responsabilidad de este estado de "anestesia" generalizado de la mayoría de la población se debe al criminal ocultamiento que las autoridades han efectuado del fenómeno del calentamiento global, debido al motivo de que aceptar ese hecho y hacerle frente suponía intervenir en los beneficios de gran cantidad de empresas y corporaciones transnacionales. Este ocultamiento criminal ha tenido como consecuencia que no se haya actuado en el pasado, cuando se podía y debía haber actuado, porque aún estábamos a tiempo de hacerlo. Hoy, cuando ya hemos traspasado ciertas barreras ambientales, y el calentamiento global está desbocado, hemos de pensar y actuar en la línea de la aceptación del hecho como algo inevitable, y en prepararnos para la obligada adaptación que todos los ecosistemas vivos habrán de hacer para poder sobrevivir al colapso. Las agresivas políticas económicas basadas en los agresivos procesos extractivos y los rápidos avances tecnológicos, por otra parte, no han desarrollado un modelo social de bienestar colectivo y generalizado, sino que han profundizado enormemente las desigualdades. El concepto de "progreso" que hemos difundido bajo el discurso dominante ha consistido únicamente en el expolio salvaje de los recursos naturales de los lugares donde se encontraban, provocando grandes desequilibrios medioambientales, grandes injusticias sociales, y el veloz agotamiento de dichos recursos. Y así, crisis social y crisis ecológica van entrelazadas, en el sentido de que la degradación de las condiciones de vida de la mayoría social tiene mucho que ver con el agresivo modelo económico que se utiliza, precisamente basado en el saqueo brutal de los recursos que permiten el equilibrio de los ecosistemas. El relato capitalista y patriarcal ha hecho mucho daño a nuestra civilización, pues ha instalado en el imaginario colectivo, según Yayo Herrero, una visión del ser humano sin las ecodependencias y las interdependencias que son imprescindibles para la vida humana (es decir, de nuestra relación con la naturaleza y el resto de seres vivos por un lado, pero también de nuestra relación con el resto de personas que nos cuidan). 

 

Haría falta repensar, pues, y establecer otro marco conceptual distinto para la vida humana, superador de todas estas falacias derivadas de la difusión de la cultura capitalista y patriarcal. Para empezar, debemos asumir (pero no como ideología, sino como imposición física y natural, demostrada por las propias leyes físicas) la finitud, los límites de la naturaleza donde pretendemos que se de la vida. Ello a su vez nos llevará a asumir de modo imperativo el decrecimiento de toda la esfera natural de la economía (recursos, ecosistemas, territorios, minerales...). Ello requiere apostar por "un cambio en el metabolismo económico y social radical, de tal forma que pongamos la cuestión de los límites en el centro, y por otro lado la cuestión de la atención a las condiciones mínimas de vida para las personas" (en palabras de Yayo Herrero). Este planteamiento necesita incidir en la definición de lo que son las necesidades humanas, en segundo lugar de lo que hace falta producir para satisfacerlas, y por último, cuáles son los trabajos socialmente necesarios para cubrir estas necesidades de todos. Todo ello sentaría las bases para un nuevo modelo de producción, donde el concepto de producción estaría ligado al conjunto de necesidades que tenemos que satisfacer, y el concepto de trabajo estaría ligado al conjunto de actividades que tenemos que desarrollar para poder satisfacerlas, incluidos los trabajos que se realizan de forma oculta, como los trabajos de cuidados. Debemos asumir el precepto formal de que la vida tiene valor intrínseco, es decir, por sí misma, o lo que es lo mismo, posee valor al margen de los mercados, cosa que el capitalismo ha borrado de nuestras mentalidades. Como podemos intuir, los conceptos de "libertad", "bienestar", "vida buena", "riqueza", etc., quedan afectados y nuevamente delimitados bajo estos nuevos parámetros filosóficos y políticos. Todos estos conceptos, límites e interdependencias deberíamos volcarlos a nuevos documentos constituyentes donde definiéramos los nuevos parámetros de relación entre las personas y sus comunidades, las personas y los entornos naturales, las personas y el resto de animales. 

 

En este otro artículo de su autoría publicado en el medio Contexto y Acción, Yayo Herrero nos introduce en las necesarias visiones que habríamos de incluir y dar perspectivas a un nuevo documento constituyente. Y así, la ecodependencia (de la que anteriormente hablábamos) posee tres derivadas importantes que no tiene en cuenta ni nuestra Constitución de 1978, ni seguramente ninguna otra del mundo actual. La primera derivada es que lo que llamamos "territorio" no es sólo el decorado ambiental que posee nuestra comunidad, que podemos ver, plasmar en un mapa o recorrer con un coche o un helicóptero. El territorio es un tejido vivo, que se autoorganiza, en el que la vida se reproduce y cambia. Dado que la economía (una ciencia social creada por nosotros y que debe estar a nuestro servicio) es un subconjunto de ese proceso vivo y no al revés, conviene que las Constituciones blinden y protejan, no tanto el valor (casi sagrado) de la propiedad privada, sino el mantenimiento de los bienes comunes limitados y parcialmente agotados del territorio, que para que puedan ser de todos, es preciso que no sean de nadie. La segunda derivada nos lleva a tener en cuenta que un territorio no es un ente aislado, sino que fenómenos como el cambio climático, la contaminación del aire o el declive del agua dulce les afectan, porque no conocen fronteras. Las fronteras también son un invento humano, para delimitar precisamente la "propiedad" de dichos territorios, pero no existe en el contexto vivo y natural. Es preciso señalar, en este sentido, que los países llamados desarrollados, mantienen físicamente sus economías con cargo a los bienes y recursos de otros territorios, los de los países llamados "subdesarrollados" (que lo son precisamente porque a los demás les interesa que lo sean). Por ejemplo en nuestro país, el 80% de la energía utilizada y el 75% de los minerales proceden de otros países. Tenemos una profunda dependencia material de los países africanos y de América Latina, donde libramos guerras formales e informales por los recursos, que expulsan a pueblos enteros de sus lugares originarios. Si lo extrapolamos a semillas y alimentos, también ocurre lo mismo. 

 

Entonces, nuestro principal déficit, injusto para otros territorios y peligroso para todas las personas del mundo, es el déficit físico y territorial, causado por un modelo de producción y consumo incompatible con nuestra propia base de recursos. Pero además de esta ecodependencia (dependencia hacia los sistemas y el resto del mundo vivo), las personas no podemos existir si no se garantizan y protegen los vínculos y relaciones (sobre todo en los casos de infancia, vejez, enfermedad, diversidad funcional, discapacidades diversas, momentos críticos vitales, etc.) que tenemos que tener con otras personas, y que son necesarios para asegurar la supervivencia de nuestros cuerpos, que son entes vulnerables, limitados y finitos (como todo ser vivo) en los que se encarna la vida humana. El capitalismo ha conseguido inocularnos la mentalidad de externalizar estas necesidades para crear en nosotros la idea de que somos independientes, invulnerables e infinitos, y lo ha hecho destruyendo la naturaleza al ponerla a nuestro servicio, e invisibilizando las tareas que (sobre todo las mujeres) llevamos a cabo para cuidar a otras personas. Pero no debemos caer en el engaño: no existen los individuos completamente autónomos, sino que todas las personas somos interdependientes unas de otras. Quienes se han ocupado históricamente del cuidado de los cuerpos de las otras personas han sido mayoritariamente las mujeres, pero no porque ellas estén mejor dotadas genéticamente para hacerlo, sino porque vivimos en sociedades patriarcales que han asignado de forma no libre estas funciones a las mujeres, a través de toda una serie de mecanismos culturales, económicos, simbólicos y políticos, ocultando e invisibilizando la importancia vital de estas funciones. Por ello, parece razonable organizar los principios constituyentes para una mejor vida, para el Buen Vivir, precisamente alrededor de la sostenibilidad de la vida, máxime cuando el Antropoceno, la crisis de reproducción social y el cambio en las pirámides demográficas ponen en riesgo las condiciones vitales de las personas más precarias (enfermas, pobres, excluidos, refugiados, desempleados, pensionistas...). Unos buenos principios constituyentes, de cualquier Constitución hija del tiempo actual, consciente de la realidad que sufrimos, consciente del colapso civilizatorio ineludible, deben empaparse de la plena consciencia de que la vida humana no se sostiene sola. La vida humana hay que mantenerla intencionalmente, desarrollando todos los mecanismos necesarios para ello, sean o no rentables económicamente, interactuando con el medio natural, respetando el equilibrio de los ecosistemas, y garantizando el mantenimiento de las tareas de reproducción cotidiana y generacional de la vida. Según Yayo Herrero, a esto es a lo que llamamos "poner la vida en el centro". Continuaremos en siguientes entregas.

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