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26 julio 2017 3 26 /07 /julio /2017 23:00
Viñeta: Mena

Viñeta: Mena

El camino [de los Tratados] es solo una vía interesada de los grupos de poder que nada tienen que ver con el desarrollo del libre comercio ni de la economía mundial

Ignacio Muro

De hecho, esta última hornada de Tratados de Libre Comercio (TTIP, TPP, CETA, TISA...) demuestran hasta qué punto esta especie de "autoridad ilegítima" que representan las grandes empresas transnacionales está en claro ascenso, mientras que la democracia está en continuo riesgo de sucumbir ante esta "gran regresión neoliberal" (en expresión de Susan George). Adherirse a estos TLC implica aceptar que las funciones y responsabilidades de los legítimos Gobiernos son paulatinamente asumidas por agentes y organizaciones ilegítimas, no elegidas por nadie, que no tienen que rendir cuentas ni dar explicaciones ante nadie, y que funcionan de forma opaca e interesada. Porque actualmente, ya no son necesarios los ataques violentos al poder legítimo y democrático, las dictaduras, los Golpes de Estado, las violentas represiones ni los asaltos militares, para imponer férreas disciplinas a un poder totalitario. Hoy día, el reinado y absoluto poder de estos grandes agentes económicos y sus poderosas maquinarias de influencias son capaces de tumbar al Gobierno más democrático, mediante crueles chantajes a la población y a las posibles medidas democráticas que en interés general se puedan tomar. Estos entes corporativos orientados al beneficio y sus diversos sirvientes y vástagos (entre los que se encuentran políticos corruptos de toda calaña), llegan hoy a asumir poderes antes reservados a la acción política representativa, y a dirigir en la sombra el destino de países y naciones al completo. Hay que aceptar esta triste realidad, e interiorizarla como sociedad, si queremos enfrentarnos a ella. 

 

La sutileza en el ejercicio de este poder ilegítimo, y su capacidad para actuar tras las bambalinas dificultan su visibilidad, ya que esta plutocracia o "corporatocracia" conoce perfectamente las reglas de la manipulación social y mediática, y dispone de poderosos aliados en los medios de comunicación dominantes. Su estrategia consiste en hacer aparecer estos tratados como inocentes y positivas herramientas para desplegar e incentivar el "libre comercio", algo a lo que sería difícil oponerse, presentándolas como simples acuerdos ligados al desarrollo económico, y por tanto, al crecimiento y al empleo, al bienestar y a la prosperidad. Valores positivos (aunque tergiversados) en nuestra época, y ante los que todo el mundo estaría de acuerdo. Pero cuando se lee la letra pequeña de lo que se acuerda en sus secretas reuniones, cuando se piensa a fondo en sus terribles consecuencias, estos "tratados" se descubren como terroríficas herramientas al servicio de un mundo salvaje y desregulado, siempre a favor de la impunidad y libertad de los más fuertes. Y como dato para la mayor coherencia, son estos instigadores de los TLC los mismos que llevan en todo el planeta a forzar a los Gobiernos para que tomen decisiones en favor del gran capital (amnistías fiscales, leyes laborales regresivas, reformas fiscales en favor de los ricos y poderosos, privatización de empresas y servicios públicos, desmantelamiento del Estado del Bienestar, etc.) y en contra de los trabajadores y de las clases más desfavorecidas (despidos masivos, desregulación de los mercados, precariedad laboral, pérdida de derechos, limitación de libertades, etc.). No hace falta por tanto ser muy inteligente ni perspicaz para darse cuenta de que si los agentes económicos que apoyan los TLC son los mismos que empujan a nuestros Gobiernos para tomar estas decisiones, los TLC (como regla lógica elemental) han de ser negativos para las clases populares y trabajadoras. 

 

Su publicidad es engañosa y torticera. Nos enmarcan en grandes titulares que los TLC crearán millones de puestos de trabajo, que provocarán aumentos del PIB de las naciones, y que promoverán la justicia social, cuando estos efectos son diametralmente opuestos a los que en verdad van a causar, ya que sus fundamentos apoyan una serie de decisiones encaminadas al sentido contrario. Las corporaciones transnacionales representan la quintaesencia de la doctrina neoliberal, cuyos peligrosos valores hemos analizado recientemente en este artículo. Hay que impedirles que controlen la tarea de gobernar, que es precisamente lo que pretenden con la implantación de los TLC, sustituir Gobiernos por "gobernanza", es decir, poder tomar las decisiones sin la presencia de los gobiernos. En última instancia, diseñar modelos de sociedad donde las instancias democráticas sean sustituidas por Consejos de Administración corporativos con la capacidad no sólo de decidir por todos nuestro futuro, sino además sin la obligación de rendir cuentas, y por tanto, de poder exigirles responsabilidad por sus acciones, efectos y consecuencias. Estas corporaciones y sus lobbies y representantes quieren la desregulación absoluta, para poder tomar sus decisiones sin "barreras" democráticas que se lo impidan, estando libres de la vigilancia y restricción gubernamental en la mayor medida posible, y los TLC son las herramientas legales que se lo facilitan. Por eso hay que oponerse a ellos. Quieren un mundo del trabajo debilitado, unos sindicatos débiles, domesticados, desideologizados, y a ser posible, inexistentes. Quieren apoderarse de los servicios públicos, que ellos entienden únicamente como nichos de negocio y fuente inagotable de beneficios. Quieren mercantilizar todas las facetas y actividades sociales, afirmando que su privatización es deseable porque siempre la gestión privada conseguirá mejores resultados que la gestión pública en aspectos de eficiencia, calidad, disponibilidad y precio. 

 

Pero todo ello es falso, y se puede demostrar no sólo empíricamente, sino recurriendo a la propia experiencia de los casos existentes. Dicha experiencia nos indica que a  la iniciativa privada de estas grandes empresas no le interesan las personas ni los derechos humanos, que a sus accionistas no les interesan los beneficios sociales, sino únicamente la rentabilidad económica que puedan obtener, y por tanto, ante esa bandera, sobran la calidad, la universalidad y la gratuidad, y que están dispuestos a eliminar todas estas conquistas para conducirnos a una sociedad salvaje y depredadora de los más fuertes, que exterminan a los más débiles. Para los lobbies empresariales que negocian en secreto los TLC, el gasto gubernamental para estos servicios públicos es intrínsecamente malo (excepto si hablamos de los presupuestos públicos para Defensa y Seguridad Nacional, por la gran ligazón que existe entre el sector público y el complejo militar-industrial, y el beneficio añadido de la exportación de armas y de la inversión en los conflictos bélicos) y debería ser reducido al mínimo, como parte de la reducción general del tamaño del sector público. Dicho en palabras más claras: un TLC puede resumirse como un acuerdo para que el Estado se vuelva más pequeñito, mediante la vía de ceder sus competencias a las empresas privadas, que van a comercializar todas las actividades a las que antes se dedicaba ese Estado (educación, sanidad, pensiones, etc.). Pero además lo va a hacer de forma irrecuperable, ya que los actuales TLC se aseguran en sus documentos que las vías de "armonización", "externalización", etc. (eufemismos típicamente usados para esconder sus verdederas intenciones de privatizar lo público) no tengan vuelta atrás, proponiendo cláusulas que lo prohíben, y creando tribunales privados de arbitraje donde las grandes corporaciones pueden denunciar a los Estados, si aquéllas creen que éstos aprueban leyes que puedan mermar sus beneficios.

 

Para estos grandes agentes corporativos que están detrás de los TLC, los Gobiernos son el problema, no la solución. Su solución es ir disminuyendo su tamaño y su poder, su radio de acción, hasta convertirlos (a ellos y a su democracia) en irrelevantes, cediendo progresivamente el poder a estas instancias supranacionales e ilegítimas, que controlarán todos los aspectos de nuestra vida. Los famosos "programas de austeridad", "planes de ajuste estructural", "memorándums de entendimiento" y demás parafernalia neoliberal que nos imponen desde la Troika, se sustentan también en estas convicciones, cada una de las cuales se ha probado fehacientemente errónea, aunque sean repetidas incansablemente, y los organismos internacionales nos "feliciten" por haberlas seguido al pie de la letra. Sin ir más lejos, esta es la razón por la que hoy día los pensionistas griegos (y si lo permitimos, también los nuestros dentro de algún tiempo) están buscando comidas en los cubos de basura, porque ya no se pueden permitir comprarla. Los TLC llevan desarrollando, en este mismo sentido, una intensa ofensiva contra el modelo de Estado Social y del Bienestar, ofensiva cuya finalidad es eliminar todos los logros obtenidos por los trabajadores durante las últimas 6 ó 7 décadas. Para los neoliberales, es decir, para los magnates de estas grandes corporaciones, y todos sus vasallos, cada aspecto de este modelo social es aborrecible, pues se basa en fijar impuestos a los ricos y a las empresas, que según ellos, son los creadores de toda la riqueza, para dársela a quienes según ellos no la merecen. A los TLC no les importa la ciudadanía, para estos tratados todos somos "clientes" de las grandes corporaciones, se dediquen éstas a lo que se dediquen, aunque sean suministradoras de productos, bienes o servicios fundamentales. Y para ellos, los pobres, incluso los trabajadores pobres, no participan en la creación de valor, son sólo gorrones a los cuales los ricos no les deben absolutamente nada. Tal es el fanatismo neoliberal que se esconde detrás de estas peligrosas herramientas disfrazadas de inocentes tratados. Continuaremos en siguientes entregas.

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25 julio 2017 2 25 /07 /julio /2017 23:00
Hacia la superación del franquismo (33)

Muerto el líder de los africanistas, se inició en España un proceso transitivo que algunos llamaron modélico cuando sólo fue posibilista, proceso que consistía en edificar sobre el olvido de la felonía y del genocidio, una democracia amnésica

Pedro Luis Angosto

En la última entrega de esta serie de artículos ya habíamos comenzado a exponer profundamente los mecanismos que intervinieron en el proceso llamado de la Transición, y por ahí continuaremos. En primer lugar, lógicamente, no hubiera existido dicho período sin un sucesor de Franco. Y ese sucesor ya estaba elegido desde mucho antes. Era el nieto de Alfonso XIII, el Borbón que había tenido que salir huyendo del país en 1931, con la proclamación de la II República. Nos apoyaremos en datos y reflexiones de Mauricio Basterra y Sergio Gálvez Biesca, que nos dejaron en este artículo para el medio Diagonal. En 1931 Alfonso XIII, como hemos dicho, abandona el país y se establece en Roma, donde el régimen de Mussolini acogió a la familia real española. Lean los lectores y lectoras entre líneas el hecho relatado en la frase anterior. Desde entonces, los monárquicos alfonsinos que se quedaron en nuestro país conspiraron contra la República desde el mismo momento en que ésta quedó proclamada. Se tiene constancia de los contratos que los integrantes de Renovación Española (partido de Calvo Sotelo, monárquico alfonsino) firmaron con el régimen fascista italiano para poder derrocar a la República mediante un Golpe de Estado. Después de la Guerra Civil, el dictador tomó los poderes absolutos, pero la idea de la cesión del poder a los Borbones seguía en el aire. En 1947 se celebró un "referéndum" donde se tenía que elegir la sucesión. El resultado (dado de antemano en un mal simulacro de pseudovotaciones, como indican los autores de referencia) sería una Monarquía. Pero de momento, y hasta la llegada de ese sucesor, España sería un Reino sin Rey. El sucesor natural hubiera tenido que ser Juan de Borbón, hijo de Alfonso XIII, pero éste no tuvo oportunidad de hacerlo, así que todas las miradas comenzaron a dirigirse a su hijo, Juan Carlos.

 

El que luego sería Juan Carlos I había nacido en pleno exilio de sus padres, en 1938, en Roma. Tras la Guerra Civil, su padre, Juan de Borbón, que nunca reinó, había jugado a varias bandas, estableciendo contacto tanto con dirigentes de la dictadura como de la oposición al franquismo, previendo que la dictadura cayera después de la Segunda Guerra Mundial. No fue así, porque como sabemos, la dictadura franquista (y la de Salazar, en Portugal), fue la única que duró, después de la segunda gran guerra, durante 30 años más, una vez caídos Hitler y Mussolini. Juan de Borbón se entrevista entonces con Franco, a finales de 1948, para solicitarle que su hijo, "Juanito", se eduque en España. Fue el primer paso para su sucesión, no sólo por su cercanía con nuestro país, sino porque Franco ejerció para él como un padre político. La carrera por la sucesión, no obstante, sufrió otros movimientos y diversos intentos fallidos, tales como el intento de unir a la familia Franco con la de los Borbones (matrimonio de Carmen Martínez Bordiu con Alfonso de Borbón), las pretensiones de Juan de Borbón, del nieto del dictador (Francis Franco), o de otros integrantes de la Casa Real. Pero en dicha carrera por la sucesión fue Juan Carlos quien ganó. Una carrera donde los medios justificaron los fines en más de una ocasión, y que, según han narrado algunos autores y periodistas, conllevó el derramamiento de sangre de algún familiar cercano por acción u omisión. En 1947 se promulga la Ley de Sucesión del Estado, mediante la cual se designaría a Juan Carlos de Borbón como sucesor del dictador en 1969, dando juramento "a los Principios del Movimiento Nacional y demás Leyes Fundamentales del Reino". A partir de ese momento, incluso, en los momentos en los que Franco no podía ejercer como Jefe del Estado, era Juan Carlos quien lo hacía. Y dos días después de la muerte del dictador, ocurrida el 20 de noviembre de 1975, se reúnen las Cortes Generales y proclaman Rey y nuevo Jefe del Estado a Juan Carlos I, destacando éste en su discurso la figura del dictador. 

 

Pues bien, la primera decisión que tomó Juan Carlos I fue ratificar en su puesto a Carlos Arias Navarro. En ningún momento se planteó durante aquéllas fechas ningún atisbo de reforma política que ampliase las libertades en nuestro país. Era el proceso continuista puro, con ampliación y reforzamiento, de todos los resortes de poder del franquismo, así como sus estructuras de Estado. Sin embargo, el clima social iba siendo cada vez más insistente y poderoso en cuanto a la reclamación de un cambio político. La presión popular de una oposición antifranquista cada vez más organizada y activa en las calles hizo replantearse muchas cosas. Lo primero fue cambiar la cabeza visible del Gobierno en la figura de Adolfo Suárez, abriendo un tímido proceso aperturista, donde se legalizaron algunas asociaciones. No obstante, la oposición continuaba creciendo, las revueltas populares y manifestaciones cada vez eran más frecuentes, y había que tomar otras decisiones. Los obreros y estudiantes se manifestaban en las calles pidiendo libertad y reformas, acciones que costaron la vida a muchos de ellos. Pero no obstante, el régimen tenía que controlar que, en el fondo, no cambiara nada de lo fundamental, aunque se hicieran algunas concesiones. Se legalizaron algunos partidos políticos de la oposición de cara a la convocatoria de elecciones de 1977, las primeras tras el franquismo. Pero no todos los partidos fueron legalizados. Quedaron fuera la extrema izquierda (como el PTE, el Partido de los Trabajadores, y su Joven Guardia Roja, a la cual tuve el honor de pertenecer), así como los partidos republicanos (aquéllos que seguían teniendo conexiones con los republicanos en el exilio). Por tanto, en aquéllas primeras "elecciones libres" del 15-J de 1977, no estaban todos. El Partido Comunista (PCE) de Santiago Carrillo y Dolores Ibárruri "La Pasionaria", entre otros dirigentes históricos, fue legalizado, pero otros no tuvieron la oportunidad de poder presentarse a aquéllos comicios. 

 

Hubo también que redactar una nueva Constitución que blindase cuestiones fundamentales, como por ejemplo la propia figura del Jefe del Estado. Una Constitución redactada por unas Cortes que, en principio, no eran constituyentes. La Constitución votada en referéndum y refrendada por el Rey en diciembre de 1978 intentaba sobre el papel "modernizar" nuestro país, pero como decíamos más arriba, sin tocar los poderes fundamentales que habían estado detrás del franquismo durante cuarenta años. En este sentido, se reconocía el papel de la Iglesia Católica y su poderosa omnipresencia, el papel de gendarmes de la soberanía y unidad de la "patria común e indivisible de todos los españoles" se encargaba a las Fuerzas Armadas, se instalaba de facto un régimen económico capitalista, y aunque se reconocían muchos derechos fundamentales de forma expresa, se hacía de forma tímida y abstracta, y prácticamente ninguna norma ulterior los fue desarrollando y garantizando como derechos objetivos. Se promulgó también la famosa Ley de Amnistía de 1977, la cual hemos citado ya muchas veces, que servía como eje central para garantizar la impunidad de los verdugos o promotores de los crímenes cometidos durante el franquismo. Junto a ella, se procuró garantizar la ausencia de depuración de responsabilidades durante la dictadura. La judicatura, la policía y todos los cuerpos pertenecientes al aparato del Estado se mantuvieron durante el proceso de la Transición. De hecho, los militares, policías y funcionarios que habían hecho funcionar todos los resortes de la maquinaria represiva del franquismo permanecieron en sus puestos, e incluso muchos de ellos fueron promocionados y reconocidos públicamente, en un acto de grosera y extrema desfachatez. Pero no hay que irse a la Transición, incluso hoy día continúan recibiendo honores dirigentes franquistas de la época, como el ex Ministro Rodolfo Martín Villa. 

 

A pesar de presentarla como una Transición "modélica" (incluso referente para terceros países), el período entre noviembre de 1975 y octubre de 1982 (aunque algunos autores llevan estas fechas hasta 1986, con la entrada de España en la OTAN y en la CEE) fue un período sangriento, que se cobró numerosas víctimas mortales por crímenes cometidos por las Fuerzas de Seguridad y numerosos grupos paramilitares de extrema derecha. Se calcula que hubo 200 víctimas directas, a las que habría que sumar otras agresiones y amenazas de numerosos ciudadanos/as y colectivos. Son de destacar el crimen de los abogados laboralistas de Atocha, o de algunos ciudadanos anónimos o relevantes, sólo por asistir a determinadas manifestaciones. Y es que a pesar de haber muerto el dictador, el régimen le continuaba siendo fiel, y seguía reprimiendo y asesinando. Fueron dictadas sonadas penas de muerte, que provocaron la solidaridad de numerosos colectivos, tanto dentro como fuera de nuestro país. Pero como decimos, el franquismo continuaba todavía muy vivo. La resistencia de muchos sectores franquistas, sobre todo de una parte del Ejército, se palpaba en el ambiente. Su expresión máxima fue el intento fallido de Golpe de Estado de febrero de 1981, abortado en el último momento, pero del cual quedan muchos interrogantes abiertos. Y a todo esto, el Rey Juan Carlos jamás se planteó, durante todo su reinado, siquiera la posibilidad de abrir un proceso contra crímenes cometidos durante el franquismo. De hecho, jamás tuvo el menor gesto hacia las víctimas del franquismo. Ha tenido que ser su hijo, el actual Rey Felipe VI, quien nombre a la dictadura como "dictadura" (lo cual es algo absolutamente escatológico), y además la califique como una "enorme tragedia", durante el discurso de celebración del 40 aniversario de aquéllas primeras elecciones de 1977. Absolutamente vergonzoso. Continuaremos en siguientes entregas.

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24 julio 2017 1 24 /07 /julio /2017 23:00
¿En qué se diferencia un proyecto progresista de un proyecto socialista? (I)

El gran logro del sistema capitalista, ya lo decía Margaret Thatcher, fue la conquista del alma de las personas. Esto significa no sólo apoderarse de la política y la economía, sino también de la cultura, de la forma en que las personas pensamos y concebimos el mundo y, por lo tanto, actuamos en él. Esa disputa de la hegemonía cultural obliga a revisar conceptos como el de “bienestar”, “seguridad”, a qué llamamos “vida buena” o el “progreso”

Yayo Herrero

En efecto, la colonización cultural que el capitalismo (sobre todo en su versión neoliberal) lleva realizando durante décadas sobre la mente de las mayorías sociales ha contribuido a enmarcar ciertos términos y conceptos dentro de un halo de profusa confusión, contribuyendo al libre intercambio de éstos, a su uso y abuso en ámbitos o contextos inadecuados, o bien a su peligrosa resignificación. Quizá hoy día el término más paradigmático que puede expresar esta situación es "progreso". Progreso es sinónimo de "modernidad", de "desarrollo", de "crecimiento", de "prosperidad", de "bienestar", y de un conjunto de términos que se asocian con él, y con los cuales todo el mundo parece estar de acuerdo. Sin embargo, hay mucha tela que cortar al respecto. Necesitamos pues poner en debate el sentido equívoco, falaz y multisemántico de la palabra "progreso", y enmarcarla o circunscribirla en sus justos límites. Y para ello, quizá nada como imaginar un hipotético proyecto político "progresista", y compararlo con un hipotético proyecto "socialista" para comprobar sus diferencias y posibles similitudes. El "progreso" es, de entrada, un concepto ambiguo. Resulta en sí mismo inocuo o neutral, ya que sólo define la capacidad de progresar o evolucionar de alguna situación o de algún indicador. Por tanto, y de entrada, esto no es ni bueno ni malo en sí mismo. Sólo constata una realidad. Y así, el "progresismo" o "desarrollismo", aplicado a la esfera política, tiene que ver con la evolución de los indicadores de riqueza de un país, pueblo o comunidad, sin tener en cuenta las consecuencias de la utilización de determinadas fuentes de riqueza para conseguirlos. 

 

El progresismo no implica la valoración de dichos indicadores en la vida de la gente, sino sólo su simple evolución. Buen ejemplo de ello es el uso e implantación de las Nuevas Tecnologías, como un resultado de la "progresiva" introducción de las mismas en los hábitos, usos y costumbres de la ciudadanía, fruto del propio avance científico y tecnológico. El "progreso" también se ha asociado con la capacidad de consumir, pero el consumismo, como tal, es un peligroso valor puntal del neoliberalismo, y por lo tanto, no parece adecuado realizar una lectura "positiva" sin más de él. De esta forma, el "progreso", hoy día, en sentido general y abstracto, se ha convertido en un mito. Un mito vacío e interesado que hay que desmontar. Este mito del "progreso", entendido de esta forma, proclamaría que las sociedades avanzan en un camino de evolución ilimitado, al margen de la naturaleza y de los seres humanos. Se basaría, como hemos comentado, en la propia evolución tecnológica, sin entrar en los debates éticos de la misma. Al mito del "progreso" se añaden los de "producción", "desarrollo", o "crecimiento", entendidos siempre como valores "buenos", es decir, positivos, y donde entrarían todos los parámetros que hicieran aumentar el PIB (Producto Interior Bruto, como indicador de la riqueza absoluta de un país), sin cuestionar la naturaleza de éstos, ni su origen. De hecho, las últimas tendencias neoliberales consienten contabilizar en el cálculo del PIB incluso las actividades o negocios ilícitos o claramente delictivos, como la prostitución o el mercado de las drogas o de las armas. Por último, se nos convence de que todo ello contribuye al bienestar y a la "prosperidad", sin entrar en la acepción o interpretación real de estos términos. Y en este sentido, hemos de señalar que la prosperidad no debiera asociarse, por ejemplo, al aumento de los beneficios empresariales, o al crecimiento de nuestras exportaciones, sino a la mejora de los requisitos materiales que garantizaran una buena y digna vida para todos. 

 

Por tanto, como vemos, el debate no es tan simple como pudiéramos pensar a simple vista. Hagamos un poco de historia. Durante todo el siglo XX, la izquierda va aceptando y asumiendo esta noción de "progreso" bajo la semántica que le concede la ideología burguesa y capitalista. Se van extendiendo los conceptos del "desarrollismo" entendidos bajo esta dimensión. Y de esta forma, los conceptos "cambio", "progreso", "modernización", y otros similares, van siendo modelados por el pensamiento dominante a su conveniencia, intentando imponer modelos de sociedad que sean validados por las mayorías, porque éstas entiendan que les favorecen y les hacen mejorar sus vidas. Y desde la segunda mitad de dicho siglo, y especialmente durante los gobiernos de Reagan y Thatcher, el neoliberalismo toma el mando, y ejerce aún nuevas vueltas de tuerca con respecto a estos conceptos. La titánica batalla del neoliberalismo ha consistido no sólo en resignificar estos conceptos a su conveniencia, sino también en desmontar todas las conquistas sociales y laborales de la clase obrera, haciéndolas aparecer como "nuevas conquistas" de la sociedad (neoliberal). Y en ese sentido, el neoliberalismo se propuso destruir el poder de los sindicatos, o de los funcionarios públicos, porque defendían "intereses particulares". Se propuso acabar con los servicios públicos, porque eran "ineficientes y corruptos". Se propuso eliminar la regulación de casi todos los mercados, porque dichas regulaciones suponían "un obstáculo para la libertad". Resignificó entonces también el concepto de "libertad" en sí mismo. Y lo mejor de todo: el neoliberalismo consiguió que todo ello fuese entendido como "progreso". Consiguió apropiarse de la noción de progreso (y de las de modernidad, prosperidad, etc.), instalando nuevas visiones del mismo en el imaginario colectivo. La batalla ideológica había sido perdida por la izquierda. El neoliberalismo la había ganado, pues su hegemonía cultural (que aún perdura) se instaló por goleada.

 

Y a partir de ahí, la idea misma de Estado del Bienestar, la regulación de los mercados, la protección del trabajo, los servicios públicos, la presencia mayoritaria de sindicatos, etc., comenzaron a ser vistos como cosas del pasado. El neoliberalismo significaba la modernidad, y todo lo que se enfrentara a él era lo antiguo, lo fracasado. Y hoy día, cada vez que se discuten alternativas a las políticas "progresistas" neoliberales, nos encontramos con la misma respuesta, con la misma coletilla: "¡Eso ya se intentó! ¡Eso ya se probó y fracasó! ¡Ya sabemos que eso no funciona! ¿En qué país se ha intentado con éxito?" y otras frases por el estilo. El neoliberalismo ha tenido la capacidad de presentarse y de ser entendido como lo moderno, aún siendo una natural continuación del capitalismo, que es mucho más antiguo (las primeras teorías de Adam Smith datan del siglo XVII) que las primeras revoluciones socialistas o comunistas. De modo que actualmente, el neoliberalismo viene a representar siempre la postura "progresista" por definición (es muy usada en nuestro país por la formación política de Albert Rivera, defensora a ultranza del neoliberalismo), y cualquier otra cosa es "pasado", y un pasado que además terminó mal. La revisión histórica rigurosa de los acontecimientos, como vemos, siempre nos ofrece una explicación de los motivos que nos hacen comprender el presente. Y aún estamos, con ciertas variantes, en este estado de cosas. Pues bien, se trata en esta breve serie de artículos no sólo de volver a dotar de su adecuado significado a estos términos que ponemos en debate, sino también de resaltar las diferencias entre proyectos políticos "progresistas", con sus luces y sus sombras, frente a proyectos políticos "socialistas", o de auténtica izquierda, para poder diferenciarlos, y aspirar a su realización más allá de la torpe reproducción de mitos que sólo contribuyen a confundirnos, o bien a no completar los ciclos que revolucionan los modelos productivos, quedándonos a medio camino entre los modelos pasados y los actuales o futuros. Continuaremos en siguientes entregas.

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23 julio 2017 7 23 /07 /julio /2017 23:00
Viñeta: Iñaki y Frenchy

Viñeta: Iñaki y Frenchy

Estos ataques terroristas no solo ocurren en Europa. Ocurren cada día en Irak, Siria, Afganistán, Pakistán, Yemen y Bahrein. Todos deploramos la pérdida de vidas inocentes. Es así. Todos lo hacemos. Pero no podemos tener un doble discurso según el cual sostenemos que si alguien muere en Europa, su vida es más valiosa que las vidas de las personas que mueren en gran parte del mundo musulmán. Y a menos que Occidente comprenda que este doble discurso provoca y enoja cada día a más personas, esto seguirá sucediendo

Tariq Alí

El terrorismo internacional y los conflictos bélicos obedecen, por tanto, a causas perfectamente estudiadas, y son producto, muchas veces, de calculadas estrategias que las grandes potencias utilizan para conseguir sus objetivos. En este sentido, vamos a recoger a continuación el decálogo que enuncia el sociólogo José Luis Vázquez Doménech, miembro del colectivo internacional "Ojos para la Paz", relativo a la estrategia empleada por el imperialismo (tanto estadounidense como europeo) cuando pretenden organizar las denominadas por el autor "invasiones de guante blanco", y que aparece en su artículo "Desinformación como arma de destrucción masiva", al que remito a los lectores y lectoras interesadas. Como siempre, nosotros vamos a realizar en cada punto las oportunas reflexiones complementarias. El decálogo en cuestión es el siguiente:

 

1.- Nada como identificar al supuesto enemigo, del que se quieren obtener pingües beneficios, y acusarlo reiteradamente, en todos los medios, a todas horas, y de todas las formas, de dictador, asesino, y si algo falla, de contrabandista o ladrón. En efecto, como ya hemos explicado en anteriores entregas, los grandes medios de comunicación son herramientas al servicio del gran capital, y es precisamente éste el que normalmente está detrás (por supuesto, de forma interesada) de todos los conflictos, tanto armados como no armados. En esta primera fase hay que comenzar por difundir una mala imagen del supuesto enemigo que se quiere abatir, es decir, poner al conjunto de la ciudadanía en su contra, para legitimar posibles acciones posteriores. Recordemos por ejemplo la atroz campaña que se orquestó por parte del famoso Trío de las Azores (Bush, Blair y Aznar) en contra del ex Presidente iraquí Saddam Hussein, y su historia sobre las armas de destrucción masiva que nunca fueron encontradas. Ahora se limitan a decir que "el mundo está mejor sin él". Vergonzoso.

 

2.- Difundir las noticias que mejor puedan cristalizar la imagen deseada, mentir hasta la saciedad, inventar cuantas más atrocidades mejor, y hacer de la prensa y la televisión el lugar perfecto para ello. Este segundo punto es un poco continuación del anterior, pero ya de forma más clara y agresiva. Tómese como ejemplo las continuas manipulaciones que se están haciendo de forma continua por todos los grandes medios en torno a la situación que está viviendo Venezuela. Presentan a Nicolás Maduro como un Presidente arrogante y autoritario, que desprecia a su pueblo y a los derechos humanos, que los masacra en cada manifestación, y que quiere perpetuarse en el poder. Pero nada de ello es cierto. La verdad es que la oposición venezolana jamás asumió sus derrotas electorales (que fueron siempre limpias), y desde 1999 (año de la toma del poder por parte de Hugo Chávez) lleva orquestando agresivas campañas a nivel nacional e internacional para presentar una imagen del país absolutamente caótica, mientras silencian sobre los verdaderos actores que sabotean las materias primas y suministros fundamentales, que no son otros que los grandes agentes económicos y empresariales. Lo que pretenden es sumir al país en una situación absolutamente ingobernable, promover el estallido social completo, para así justificar una intervención extranjera y acabar con el chavismo. Lo hemos explicado con más detalle en muchos artículos de nuestro Blog, a los que remitimos a los lectores y lectoras interesadas.

 

3.-  Crear situaciones insostenibles en los territorios que se desean conquistar. Esto pasa por introducir agentes secretos, militares, grupos terroristas, violadores, y a ser posible, rebeldes con causa. Éstos últimos como los verdaderos buscadores de la resolución del conflicto que ellos mismos generan. El retrato actual de Venezuela, como también el de otros muchos sitios, corresponde perfectamente con este tercer estadío relatado por Vázquez Doménech. Desestabilización, manifestaciones, revueltas populares, reportajes mediáticos que nos enseñan las miserias sociales mientras esconden los verdaderos datos de avance del país, introducción de verdaderos ejércitos de paramilitares y mercenarios procedentes de otras zonas del mundo, etc. Todo ello para hacer llegar una imagen de insosteniblidad de una situación caótica generada por los mismos actores que pretenden derrocar a su enemigo. 

 

4.- Ante coyuntura tan sobrecogedora y dramática, responder desde altas instancias para acabar cuanto antes con semejante panorama, dando paso a organizaciones no gubernamentales para narrar los acontecimientos en su primera persona, y después, abrir las puertas de los cielos para que la OTAN haga justicia con sus bombas amigas. En este punto, normalmente ya comienzan a actuar de forma decidida las asociaciones, ONG's y organismos internacionales, como de hecho está haciendo ahora mismo la Unión Europea, por ejemplo a instancias de nuestro Ministro de Asuntos Exteriores, que ha instado a la Comisión a implantar sanciones para el país latinoamericano. 

 

5.- Nuevamente valerse de la propaganda mediática para informarnos debidamente de que todo lo que está aconteciendo, es decir, una invasión, se realiza para defender a la población civil, castigada indiscriminadamente por sus propios mandatarios. Un perfecto reflejo de este punto es la situación en Siria desde hace varios años, donde el enconamiento del conflicto suscitado, debido a la participación en él de muchos actores (tales como la coalición internacional liderada por USA, Rusia, el Ejército Libre Sirio, los yihadistas, Turquía, Arabia Saudí, etc.), cada uno con sus propios intereses, pretende hacer ver que de hecho la guerra está "liberando" al pueblo sirio de sus dictadores, lo cual es una falacia, al menos en gran parte. De hecho, es la población civil en su conjunto, y sobre todo las personas más inocentes e indefensas (ancianos/as, enfermos/as y niños/as) las que sufren en mayor medida la crueldad de estos conflictos. 

 

6.- Recordar que no se quiere la guerra, pero que la situación requiere de una urgente determinación, y tal es así que incluso un buen número de intelectuales y artistas reclaman que no se puede esperar más y que es hora de entrar en acción (la sociedad no puede permanecer callada, y convocamos a una manifestación). En este punto la propaganda mediática de nuevo suele entrar en acción, para legitimar y mover ficha lanzando manifiestos, citas, declaraciones y resoluciones de diferentes actores, que pretenden hacer ver que la guerra era ya de todo punto inevitable, para intentar salvar las conciencias. En otros casos, afortunadamente, es la propia sociedad civil la que se manifiesta en contra de la guerra, como ocurrió en nuestro país con la masiva respuesta ante nuestra participación en la guerra de Irak. 

 

7.- Después de tan ardua defensa, instalar un nuevo poder amigo de los liquidadores, que vaciará las arcas de los bancos y dejará al país en una merma de difícil solución. Una vez el conflicto armado está ya en fase de plena superación, normalmente son los grandes actores económicos (la banca y las grandes empresas) los encargados de retomar esa fase del conflicto, para cortar las vías de financiación, y hacer que el país (en realidad sus ruinas, si se ha tratado de un conflicto armado de grandes consecuencias) no pueda recuperarse de forma rápida, sino que tenga que ser intervenido, dejando una situación devastada y en proceso de difícil reconstrucción. 

 

8.- Saquear hasta el agua, privatizar los bienes básicos, adjudicar los contratos de reconstrucción a las empresas del país invasor, vender medio país a las grandes multinacionales, y hacernos creer que ya queda inaugurada una nueva democracia. Esta fase del conflicto es común también con los conflictos no armados, es decir, aquéllos que sufren únicamente un acoso internacional, a modo de sanciones internacionales, intervención económica, rescates, planes de financiación o más modernamente, planes de "ajuste estructural" o "memorándums de entendimiento". No obstante, también se aplican a las situaciones postconflicto armado, como por ejemplo continúa sucediendo actualmente en Libia, donde los grupos tribales y la intervención extranjera garantizan un absoluto caos, y un generalizado pillaje y saqueo del país. Pero quizá el paradigma de esta situación pueda ser Grecia, ese pequeño país de la Unión Europea vilmente saqueado y chantajeado para aceptar las tremendas condiciones de sus sucesivos rescates. 

 

9.- Dejar en la cuneta todos los cadáveres sin distinción, y comenzar la rehabilitación de la mano del olvido y la compasión. Llegados a este punto, los instigadores del conflicto lo que pretenden es que éste se olvide cuanto antes mejor, y así poder atender a otros asuntos. Pero las guerras, los conflictos armados en general, provocan tal reguero de muerte, destrucción, odio y devastación que es muy difícil recuperarse pronto de tan terrible situación. Y así, mientras la reconstrucción del país avanza y los instigadores del conflicto nos aseguran que "tenemos una nueva democracia en el mundo", se apresuran a esconder los debates y a sus culpables, y a correr un tupido velo de ignorancia e indiferencia sobre todo lo ocurrido. No obstante, existen conflictos cuyo recuerdo se traslada a nuestro presente por su importancia y su carácter paradigmático, como puedan ser la guerra de Vietnam de los años 70.

 

10.- Los grandes periodistas, con más de un premio todos ellos, hacen las maletas y nos trasladan con sus grandes reportajes a un nuevo foco de atención. En efecto: fase final del conflicto. Y al igual que en las primeras, son los grandes medios de comunicación los que típicamente se encargan de cerrar los debates de opinión, de limpiar las actividades de los culpables, de justificar sus crímenes de guerra (en el caso de conflictos armados), y de desviarnos el foco de atención a otros asuntos "más interesantes". Toda una serie de estrategias de distracción masiva se ponen en marcha, intentando lavar la imagen de los verdaderos culpables del conflicto, así como de esconder sus auténticas causas. ¡Y a otra cosa!

 

Cualquier parecido o coincidencia de los puntos expresados anteriormente en este decálogo con la realidad vivida por pueblos y naciones en la actualidad, es pura y lógica correspondencia. Es decir, no es casualidad. La geopolítica y el complejo militar-industrial (con la connivencia y complicidad de los grandes medios de comunicación) son hoy día actores demasiado poderosos como para pensar de forma ingenua que no tienen nada que ver con el terrorismo internacional, ni con los diversos conflictos armados que azotan el planeta, y que contribuyen a crear un clima creciente de belicismo. Hemos de romper con esta macabra lógica y dinámica, a través de una concienciación sobre la senda pacifista como único camino a seguir. Continuaremos en siguientes entregas.

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20 julio 2017 4 20 /07 /julio /2017 23:00
Arquitectura de la Desigualdad (47)

La desigualdad de las rentas y de las fortunas no es solamente un hecho económico; implica una desigualdad ante las posibilidades de supervivencia, una desigualdad ante la muerte

Ernest Mandel

Y en efecto, no se trata de una retórica vacía, sino de denunciar, como hacía Mandel en la cita de entradilla, una terrible situación asumida de forma natural, cuando es fruto de un conjunto de medidas y de decisiones políticas que favorecen a una élite privilegiada. Sólo practicando una mejor redistribución de la riqueza, simplemente a partir de una distribución más equitativa del incremento de los ingresos mundiales. La desigualdad ha crecido durante las últimas décadas (entre otros muchos motivos) porque las diferencias entre el mundo del capital y del trabajo se han agudizado, así como su contribución a la riqueza nacional, y su porcentaje de cotización para el sostenimiento de los servicios públicos. Pero vayamos a los datos que nos aporta Oxfam Intermón: una distribución más equitativa del incremento de los ingresos mundiales, supondría (tomando un ratio suave) que aproximadamente el 10% de dicho incremento fuese a parar a manos de cada uno de los deciles (una décima parte) de la población. Si los Gobiernos se hubieran preocupado al menos de garantizar esta pequeña redistribución, los datos hoy día, así como nuestra realidad social, serían otros muy distintos. Sin embargo, la realidad es que la distribución es enormemente desigual: entre 1998 y 2011, el 10% más rico de la población (esto es, el decil superior) ha acumulado el 46% del incremento total de los ingresos, mientras que el 10% más pobre (el decil inferior) sólo ha recibido el 0,6%. De hecho, el decil superior acapara más que el 80% más pobre, y más del cuádruple que el 50% más pobre. Y el desequilibrio es aún mayor al analizar los datos sobre el 1% más rico de la escala de distribución de los ingresos mundiales, que entre 1998 y 2011 recibió un porcentaje del incremento de los ingresos mundiales mayor que la mitad más pobre de la población.

 

Estos datos reflejan perfectamente y son una de las causas más determinantes de la actual situación de grave desigualdad. Está en manos de decisiones de voluntad política el poder revertir estos datos, simplemente tomando medidas que obliguen a una mejor redistribución de la riqueza. Hay que intervenir activamente, desde la política, para que los niveles de desigualdad puedan ir suavizándose, y podamos tender hacia modelos de sociedad más cohesionados. Y otro factor donde hay que incidir es en el grado de beneficio que los niveles de crecimiento del PIB provocan sobre los segmentos de población, redistribuyéndolo hacia los sectores más pobres. Hay que tener en cuenta también que, como nos movemos sobre porcentajes, el aumento (por ejemplo) de los ingresos del 10% más rico de la población equivale a una cantidad ciertamente muy superior en términos absolutos, si lo comparamos con las cantidades que suponen para los segmentos más pobres. Esto es fundamental si queremos sacar a las personas del umbral de la pobreza, que sí es un ratio (en un momento dado) absoluto, plasmado en un nivel de ingresos mensuales o anuales determinados. Incluso si los grupos extremos de población (el más rico y el más pobre) registraran el mismo incremento porcentual de sus ingresos, ello se traduciría en la práctica en que el aumento en el 10% más pobre de la población sería ridículo en comparación con el crecimiento registrado por los ingresos del 10% más rico ( y no digamos ya del 1% más rico). Por ello las políticas públicas, económicas y fiscales, han de tener en cuenta todos estos parámetros y condicionantes para poder revertir, poco a poco, no sólo la pobreza absoluta, sino los peligrosos niveles de desigualdad entre la población. La foto de la desigualdad puede ser mostrada desde múltiples puntos de vista, y por tanto, la estrategia es bien conocida por todos los foros económicos mundiales. Es sólo cuestión de voluntad política. 

 

Debemos revertir, y se puede, estas tendencias a través de políticas económicas más justas, redistributivas y de inclusión y cohesión social, que redistribuyan los beneficios económicos entre el conjunto de la ciudadanía, en lugar de reforzar la concentración del capital. Pero como las élites beneficiadas por las políticas actuales normalmente no estarán por la labor, y ya hemos estudiado el tremendo poder e influencia que poseen, esta reversión de las medidas sólo será posible con un incremento de la democracia, es decir, traspasando al pueblo la decisión sobre ciertos aspectos decisorios de nuestra economía, sobre todo en las parcelas que conciernen a la desigualdad. Es lo que llamamos Democracia Económica. Básicamente, la arquitectura de la desigualdad se despliega ante la ausencia de una democracia económica, esto es, ante la negativa de los poderes públicos de traspasar ciertos niveles de decisión y de participación de la actividad económica a las clases populares y trabajadoras. Democratizando las decisiones públicas, pero también las empresas, los centros de trabajo, los foros económicos, etc., será posible que las decisiones que se tomen no se hagan de forma interesada para cualquier colectivo o grupo social, sino que se traduzcan en mejoras para el conjunto de la ciudadanía. Naturalmente, las élites políticas y económicas que nos gobiernan no quieren ni oír hablar de democracia económica, y la tildan de estupidez, falacia o utopía que no sirve para nada. Pero nada más lejos de la realidad. La democracia económica es un aspecto vital que hay que conseguir en nuestro grado de madurez democrática, quizá el aspecto más difícil de conseguir entre todas las vertientes de la democracia, pues las élites, los más ricos y poderosos, intervendrán activamente en contra del desarrollo de esta faceta democrática. Y ello porque esta democracia económica implica un grave riesgo para la defensa y el mantenimiento de sus privilegios.

 

La democracia económica impediría ciertas situaciones como las que hemos descrito, pero también muchas otras que inciden sobre el bienestar de la clase obrera y trabajadora, y que son administradas por las élites económicas, tales como los sistemas públicos de pensiones, el incremento de los salarios, o el conjunto de las rentas básicas de inserción de que disfrutan los desempleados. El incremento de los salarios de los trabajadores y trabajadoras es hoy día un puntal fundamental. Los países que poseen un sistema basado en un Salario Mínimo Interprofesional pueden atajar un poco mejor las graves injusticias y desigualdades que se puedan producir, aunque su existencia tampoco es garantía plena de que dichas situaciones se eviten. El problema fundamental de los salarios es la progresiva pérdida de poder adquisitivo, que incide de forma directa en el crecimiento de la desigualdad. No sólo tomados en forma absoluta, sino también relativa, los salarios han dejado de dignificar a la clase trabajadora, y se han puesto como herramienta al servicio del gran capital. La precariedad laboral no sólo se permite bajo lagunas legales y economía sumergida, sino que también se insta legalmente desde los Gobiernos. Hoy día, mientras nos anuncian a bombo y platillo las cifras de "creación de empleo", nos ocultan que esos empleos que se crean son temporales, inestables e inseguros, carentes de derechos. Empleos precarios, a tiempo parcial, con bajos e indignos salarios, o con cambios constantes en las condiciones laborales, están a la orden del día. Por otra parte, el incremento de los salarios no mantiene el mismo ritmo que la productividad. La decreciente participación del trabajo en la renta refleja el hecho de que las mejoras en la productividad y el aumento de la producción no se han traducido en una mejora proporcional de los ingresos de los trabajadores. No se trata de una cuestión baladí, ya que una de sus consecuencias es la desaparición del vìnculo entre productividad y prosperidad. Es decir, hoy día no se garantiza que un empleo garantice el bienestar de la población. Por ejemplo, entre 1973 y 2014, la productividad neta en Estados Unidos creció un 72,2%, y sin embargo la retribución por hora del trabajador medio, ajustada a la inflación, sólo aumentó un 8,7%.

 

Por otra parte, los actuales empleos precarios no garantizan la sostenibilidad de los sistemas públicos de pensiones ni del conjunto de los servicios públicos, por lo cual inciden negativamente sobre todo el Estado del Bienestar en su conjunto. Los salarios no sólo no remuneran debidamente los esfuerzos de los trabajadores y trabajadoras, sino que tampoco satisfacen sus necesidades ni las de sus familias. En la Unión Europea, aproximadamente el 9% de las personas que trabajan se encuentran en riesgo de pobreza, y este porcentaje se ha incrementado en la última década, creando la figura del "trabajador/a pobre". Y por su parte, la llamada "Economía Colaborativa" tampoco ha venido a resolver nada en este sentido, ya que más bien al contrario, revoluciona las relaciones empresa/trabajador pero sólo eufemísticamente, ya que en realidad contribuye a incrementar la precariedad laboral, las indignas condiciones, y la dependencia de los trabajadores sobre sus empresas. ¿Cómo podemos solucionar todo esto? Básicamente, la precariedad ha de impedirse por ley, al igual que por ley (a través de las sucesivas reformas laborales) se ha permitido. Hay que practicar medidas de incremento y convergencia salariales, implantar medidas de democracia económica antes citadas, incluir topes mínimos y máximos tanto para sueldos públicos como privados, e implementar una Renta Básica Universal (de tipo incondicional, individual y universal), que garantice unos ingresos mínimos dignos, en cualquier situación, sostenida sobre los pilares de una reforma fiscal profunda, justa y progresiva. En su bloque temático correspondiente expondremos más a fondo todos estos asuntos. Pero la economía no sólo tiene que ofrecer puestos de trabajo dignos y mejor remunerados, sino que además debe crearlos y potenciarlos en mayor medida. En ese sentido, los Planes de Trabajo Garantizado también ofrecen sus particulares soluciones, recuperando al Estado como garante del derecho al trabajo, y potenciando las actividades que revierten en beneficio de la comunidad. Continuaremos en siguientes entregas.

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19 julio 2017 3 19 /07 /julio /2017 23:00
Contra los Tratados de Libre Comercio (42)

Necesitamos poner freno a esta huida hacia adelante del beneficio por el beneficio, y favorecer nuestra salud, nuestro bienestar y nuestro planeta. Tumbar [los Tratados] es el símbolo que necesitamos para gritar orgullosos que otro mundo es posible

Florent Marcellesi

Hoy día, los peligrosos tratados de libre comercio se están utilizando de forma profusa, y sus declaraciones, principios, objetivos y valores no son sólo especificados y negociados en los foros concretos que los negocian en secreto y total opacidad entre las partes, sino que son también incluidos en las agendas de los grandes foros económicos y políticos multilaterales que se celebran (entre otros, el G20, el Foro de Davos, el G8, etc.). Es tal el grado de aceptación generalizada sobre los principios del "libre comercio" que la inmensa mayoría de los gobernantes expresan, que estos foros van avanzando y preparando el terreno para nuevas hornadas de tratados que vienen luego a complementar y a sustituir a los anteriores. Pero el enorme peligro, que venimos señalando desde entregas anteriores de esta serie de artículos, es que se utiliza el pretexto de la política comercial, ese eslógan falaz del "libre comercio", para incluir cierta (des)regulación que afecta a otros aspectos sociales, laborales, ambientales, financieros o económicos. Por eso es tan importante detener e intentar abortar la aprobación de todas estas herramientas al servicio del gran capital. Las instituciones, gobiernos y lobbies empresariales que negocian estos tratados se encargan también, en previsión de su rechazo por parte de los pueblos, de que dichos tratados entren en vigor de forma provisional, aún incluso cuando no hayan sido aprobados por los Parlamentos nacionales. En el caso más reciente del CETA, por ejemplo, la Comisión Europea y las autoridades canadienses impusieron que el tratado se aplique de forma provisional, desde el momento en que se apruebe por parte de las autoridades europeas competentes. 

 

Esta entrada en vigor del CETA de forma provisional se producirá, de hecho, a partir del próximo mes de septiembre, como relata este artículo del medio Infolibre. Esta aplicación provisional afectaría a las materias de competencia exclusiva de la Unión Europea, y que fuentes canadienses fijan en aproximadamente un 90% del contenido del tratado. Ya de entrada, un porcentaje de tal magnitud deja como accesoria la decisión de los Parlamentos nacionales de los Estados miembro, algo de todo punto inadmisible y antidemocrático, habida cuenta del impacto constitucional que el CETA posee. Y aunque el CETA renunció expresamente al mecanismo de los ISDS (tribunales privados de arbitraje en los conflictos inversor-Estado), por ser objeto de acalorada polémica, reconoce y define los mecanismos de posibles indemnizaciones hacia los inversores extranjeros por los supuestos daños que éstos puedan padecer debido a cambios nacionales en la regulación de algún aspecto contemplado en el tratado. Todo ello, como ya hemos explicado, contribuirá a un debilitamiento de nuestra democracia (ya de por sí de baja intensidad), restringiendo la capacidad regulatoria de los Estados, y mermando la soberanía popular. La mayoría de los procesos de cooperación reguladora establecidos en el CETA provocarán que las decisiones esenciales en torno a la regulación procederán de los opacos Comités definidos y contemplados a tal efecto, pero muy accesibles para los lobbies empresariales. Estos Comités Mixtos de Cooperación Reguladora no dispondrán de legitimidad democrática, ya que funcionarán sin transparencia y sin permitir el oportuno y necesario debate público sobre estos asuntos que afectan al conjunto de la ciudadanía. En resumidas cuentas, y como siempre: pierde la democracia, ganan las multinacionales.

 

De hecho, todos estos tratados no son en sí mismos un punto de llegada, de "final de trayecto", como pudiéramos decir, sino que son puntos de partida para modificar sustancialmente la forma bajo la que se regulan las actividades económicas y comerciales, y usarlas como un trampolín, una especie de plataforma de lanzamiento, para desde ahí proceder al desmontaje de todas las garantías (lo que ellos llaman "barreras") democráticas y con respecto a los Derechos Humanos que nuestras legislaciones poseen. En este sentido, el CETA ha establecido en su peligroso articulado una serie de mecanismos y Comités de cooperación normativa, tales como el Comité de Comercio de Bienes, el Comité de Inversiones y Servicios, el Comité para las Medidas Sanitarias, el Comité de Contratación Pública, etc. Y la labor de coordinación general entre todos estos comités de cooperación se encomienda al llamado CETA Joint Comittee, cuyas decisiones son obligatorias para las partes. Y es que, como ha señalado el famoso economista francés Thomas Piketty, y recoge Julio González en este artículo, el CETA es un tratado que responde a una filosofía ultraglobalizadora que no es compatible con las necesidades actuales ni de justicia, ni de protección de consumidores, ni de protección del medio ambiente, etc. Por todo ello, no puede ser aceptado. Hemos de enfrentarnos, desde cada Parlamento, al poder de estos megalobbies (que toman usualmente la forma de "Institutos", "Consejos", "Fundaciones", "Centros", etc.) que son los que están detrás de todas estas peligrosas herramientas al servicio del gran capital. Actualmente, los TLC pretenden ser (bajo su pertinente disfraz alabador y justificador del "libre comercio") instrumentos que se colocan a nivel supranacional, a modo de nuevas "Constituciones económicas", pero que intentan englobarlo todo bajo un marco unificador. 

 

Los acuerdos comerciales tienen que ver con la geopolítica, con los servicios públicos, con las convenciones comerciales, con las protecciones medioambientales, con los derechos laborales, con las patentes intelectuales, y en general, con cualquier campo donde las grandes empresas transnacionales puedan sacar provecho. Conjuntos de perversas corporaciones mundiales que nadie ha elegido, son las que se concentran detrás de estos terribles experimentos, que si no reaccionamos, sentarán un precedente muy difícil de desandar. No podemos consentir que los Consejos de Administración de estas organizaciones privadas megapoderosas controlen y determinen las políticas públicas oficiales, desde la sanidad hasta la alimentación, la agricultura y los recursos naturales, pasando por las finanzas y el comercio. Y es que estos gigantescos monstruos empresariales se han ido convirtiendo, bajo la connivencia de los Estados y de la propia dinámica capitalista y neoliberal, en entes cuasi gubernamentales que cooperan entre sí por encima de naciones, fronteras, comunidades, países, pueblos y Estados. La vocación de estos gigantes empresariales es claramente gobernar el mundo, pero para ello, antes tienen que pasar por encima de las reglas, convenios, normas y leyes que se aplican en cada uno, y entonces, la estrategia que utilizan es enmarcarlo todo en una "buena campaña", es decir, en algo en lo que, aparentemente, nadie estaría en contra, como el "libre comercio". La bandera del libre comercio parece ser neutral, a todo el mundo le gusta, a todo el mundo le parece bien, pero es sólo un cebo para que pique la ciudadanía a nivel global, y sus serviles políticos y gobernantes. La globalización les ha dado alas a estas megaempresas, y cada vez es más difícil pararlas, acotarlas, hacer disminuir su poder, un poder que ya se expresa en un ratio de beneficios superior al PIB de muchos Estados. 

 

Susan George, Presidenta Honorífica de ATTAC, en la introducción de su libro "Los usurpadores: Cómo las empresas transnacionales toman el poder", ha retratado perfectamente a los altos dirigentes de estas megaempresas. Transcribo a continuación sus palabras: "Llamo "Clase Davos" a los asiduos del Foro Económico Mundial porque constituyen una verdadera clase social con todos los atributos que pueden esperarse de ella. Las personas que integran esta clase son internacionales y nómadas, pero también son una tribu reconocible por sus códigos e indicadores de su posición. Tienen su propio lenguaje, no sólo su idioma nativo y el corporativo, sino que además hablan un inglés fluido. Se forman en las mismas o similares universidades o escuelas de negocios, envían a sus hijos a las mismas o similares escuelas privadas, privilegian sus propios antros y lugares de vacaciones, poseen casas lujosas en diversas y sofisticadas ciudades de la más alta categoría, frecuentan los mismos encuentros (Davos es obligatorio), desarrollan culturas corporativas similares, y, por supuesto, tienen muchísimo dinero". Creo que no se puede describir mejor. Estos personajes son los responsables de que el mundo en que vivimos se mueva por las reglas que conocemos, y lejos de conformarse, continúan en su empeño de que evolucionemos hacia un mundo peor: más inseguro, más injusto, más peligroso, más caótico y más desigual. Son los responsables de las grandes empresas, cuyos lobbies negocian estos tratados de libre comercio. Ellos son los que detentan realmente el poder, aunque nunca se presenten a las elecciones (envían a sus serviles políticos). Un poder basado en una concepción del mundo, y en una perversa ideología, conocida como neoliberalismo, que es en sí misma una ofensiva al mundo civilizado, y profundamente antidemocrática. Continuaremos en siguientes entregas.

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18 julio 2017 2 18 /07 /julio /2017 23:00
Hacia la superación del franquismo (32)

Como vencedores de la Guerra Civil, la vileza moral del argumentario franco-fascista falsificaba la historia, intercambiando los papeles de las víctimas y verdugos, convirtiendo a los golpistas en salvadores de la patria y verdaderos mártires por Dios y por España; mientras los republicanos eran los rebeldes y por lo tanto, los responsables de una guerra civil entre hermanos

Eco Republicano

Existe en nuestro país una Fundación, llamada Fundación Nacional Francisco Franco (ya el nombre en sí mismo es ofensivo para los cientos de miles de familiares de víctimas del dictador) que organiza cada año una cena de navidad. Pues bien, durante la última cena se premió a varios cargos del Partido Popular (la fuerza política aún más votada en nuestro país) por defender "la memoria del Caudillo" e incumplir la Ley de Memoria Histórica de 2007, promulgada bajo el Gobierno del PSOE de Rodríguez Zapatero. Los condecorados como "Caballeros y Damas de Honor" de la institución fueron el secretario provincial del PP en Badajoz, y los alcaldes de Alberche del Caudillo (Toledo) y Guadiana del Caudillo (Badajoz). El acto sirvió, además, para premiar a la familia del ex general golpista José Sanjurjo, recientemente exhumado en Pamplona. Los premiados, en su discurso, aseguraron que van a seguir defendiendo "la historia y la obra de Francisco Franco". Pero aún se dan más dislates y barbaridades en este país que se dice "democrático", y que permite albergar en su seno "fundaciones" tan execrables. Como nos relata en este artículo el medio Infolibre, un diputado de En Marea en el Congreso (una de las confluencias territoriales de Unidos Podemos), Antón Gómez-Reino, defendió en la Comisión de Interior una proposición no de ley en la que se instaba al Gobierno a investigar a la entidad. El diputado recordó el grito antifascista de "¡No pasarán!", al que la Fundación replicó: "Si hay que volver a pasar ¡Pasaremos!". La existencia misma de la Fundación, como decimos, es ya anómala, pues viola la Ley de Fundaciones, al no perseguir el interés general ni el respeto a los Derechos Humanos. 

 

Anteriormente, la Fundación Franco había remitido una carta a 355 alcaldes de diversas localidades, ofreciéndoles asesoramiento jurídico para que no tengan que aplicar la Ley de Memoria Histórica, que entre otras cosas, obliga a retirar los símbolos franquistas de las calles y edificios públicos, expresando en dicha misiva el convencimiento de que triunfará "el derecho sobre la barbarie, la historia sobre su borrado y la civilización sobre el odio iconoclasta". Con hechos de esta naturaleza, podemos imaginarnos lo lejos que estamos aún de superar plenamente el franquismo. ¿En qué país democrático existe una Fundación igual? ¿Cómo se permite una Fundación que defiende la memoria y la obra de un dictador sanguinario hablar de derecho, de historia o de civilización, cuando ellos representan exactamente lo contrario? Son ellos los que representan la barbarie, la manipulación de la historia y la anticivilización. Pero tenemos muchos más ejemplos del franquismo latente en nuestra sociedad. Hace varios meses, y a tres años de su muerte, se le concedió el nombre de una calle al dueño de un conocido bar franquista de la localidad de Almuradiel (Ciudad Real), llamado "Casa Pepe", y sus hijos fueron entrevistados en diversos medios de comunicación, y defendieron el derecho de su padre a pensar y expresarse como quería. El establecimiento, ahora regentado por su hijo, es en sí mismo una clara expresión de la apología del franquismo, con numerosas fotos y símbolos recordatorios del dictador. La dedicatoria de la calle fue apoyada por el PP, con la abstención de Ciudadanos. Recomendamos la lectura del artículo de Carlos Hernández en el medio eldiario.es, que da cumplida cuenta de la polémica, así como del retrato del personaje en cuestión. Suma y sigue.

 

O por ejemplo, mientras miles de militantes antifascistas y demócratas se pudren en fosas comunes, sin el menor apoyo por parte de los poderes públicos, mientras los juicios sumarísimos del franquismo siguen vigentes, una cadena de televisión privada invierte dinero en remozar la imagen de uno de los ministros que llevó a España a uno de los períodos más siniestros de su historia, como se hizo recientemente con la serie de Telecinco "Lo que escondían sus ojos". En efecto, y ha sido muy bien expuesto por Shlomo Vlasov en su artículo para el medio Diagonal, cuya lectura completa recomendamos, con esta serie de reciente emisión se ha alcanzado el grado más alto de banalización de uno de los períodos más criminales de nuestra historia reciente, presentando bajo un buen lavado de cara una de las figuras con más poder del franquismo, como fue Ramón Serrano Suñer. La serie, basada en la novela del mismo nombre de la periodista Nieves Herrero, narra simplemente, como eje central, una historia de amor. El resto del contexto histórico donde se desarrolla es absolutamente subsidiario. O incluso peor, porque el trasfondo histórico expuesto por la serie muestra beneplácito y desconocimiento/ocultamiento de la historia. ¿Quién era Serrano Suñer? Pues retomamos las palabras de Vlasov, quien explica: "Muy unido a Franco (eran cuñados, de ahí su sobrenombre de "El Cuñadísimo"), tuvo una enorme influencia política sobre los gobiernos franquistas. Ocupó los cargos de Ministro de la Gobernación durante la Guerra Civil, y de Asuntos Exteriores una vez finalizado el conflicto. Igualmente, fue el ideólogo del Fuero del Trabajo, una de las Leyes Fundamentales, basándose en la Carta di Lavoro de los fascistas italianos a los que tanto admiraba".  Durante la Segunda Guerra Mundial, Serrano Suñer fue un firme partidario de apoyar al eje nazi-fascista, promoviendo los viajes y los contactos con la Alemania nazi y la Italia de Mussolini, y su simpatía por los nazis le llevó a promover la creación de la División Azul. Todo este entramado es ignorado en la referida serie televisiva, que únicamente nos presenta al Serrano Suñer enamorado. 

 

Suma y sigue. ¿Seguimos? ¿Aún hay más ejemplos de franquismo sociológico? Pues sí, desgraciadamente, muchos más. Aquí estamos exponiendo sólo unos cuantos ejemplos, que constituyen la punta del gran iceberg. Como nos informa con detalle Toni Cuquerella en este artículo para eldiario.es, mientras el Delegado del Gobierno afirma que exhibir la bandera republicana es "sectario y provocador", el PP de Alicante consigue restaurar calles franquistas con ayuda de la justicia. Increíble, pero cierto. Por su parte, Sabino Cuadra Lasarte, una de las mentes más lúcidas de la izquierda vasca, lo ha expresado y resumido magníficamente en un reciente artículo para el medio Rebelion, cuando afirma: "Durante estos días se están realizando en la Audiencia Nacional siete juicios por enaltecimiento del terrorismo a través de Twitter. Las primeras sentencias contienen ya condenas a varios años de cárcel e inhabilitación. Mientras tanto, la Fundación Francisco Franco, subvencionada con fondos públicos, glorifica la labor del genocida y lo califica como "uno de los Jefes de Estado más importantes de nuestra historia", y el Tribunal Supremo, en una sentencia aún calentita, acaba de denegar que los restos de Franco y José Antonio Primo de Rivera sean sacados del Valle de sus Caídos". Pues eso. Sobran todos los comentarios. Podríamos continuar. Existen miles de ejemplos más, pero entendemos que no es cuestión de aburrir o cansar a nuestros lectores y lectoras. Creemos que queda perfectamente expuesta la anomalía social que constituye la presencia de este franquismo sociológico que aún pervive como flameante llama en nuestro país. Sólo la fuerza y la lucha de los verdaderos demócratas, de aquéllos que realmente acabaron con la dictadura, muchos de ellos/as entregando su propia vida, de sus descendientes y de todas las personas que los honramos, será capaz de ir borrando de nuestra sociedad estos rescoldos del franquismo, aspirando a una sociedad plenamente democrática, donde cualquier atisbo de justificación del franquismo o de la dictadura sea considerada delito y juzgada como tal. 

 

Bien, centrémonos entonces más profundamente en ese período histórico conocido como la Transición, de la que ya hemos hablado de pasada en numerosas entregas anteriores de esta serie de artículos. Volveremos en su momento de nuevo a este franquismo sociológico, pues nuestro relato se basa en aproximaciones circulares, para comprender perfectamente las circunstancias que rodean a la pervivencia del franquismo en nuestra sociedad actual. ¿Qué fue la Transición? Básicamente una proyectada y calculada simulación de ruptura con la anterior dictadura, alabada por tantos como un proceso "modélico", puesta en los más altos honores como ejemplo de la "concordia nacional", del "acuerdo y del consenso históricos", y de la "reconciliación entre todos los españoles". Expresiones y frases grandilocuentes, para dejar de explicar con pelos y señales todo lo que durante aquel período ocurrió, y sobre todo, por qué ocurrió. Veamos: a finales de los años 60 se comenzó a planificar la Transición. Lo primero que hay que desmontar es que fuera un proceso únicamente nacional, sin mediación ni influencias extranjeras. De hecho, algunos de los agentes exteriores que estaban en la "cocina" de dicha operación fueron la OTAN, la CIA, el Departamento de Estado norteamericano y la socialdemocracia alemana. La obsesión básica era que el comunismo no pudiera avanzar en este país, razón por la cual los restos de los frentes republicanos que aún existían fueron prontamente desactivados. Lo que ya antes hicieron con el PCI (Partido Comunista Italiano, entre la mafia, la Logia P-2, la democracia cristiana y el Vaticano), constituía un claro precedente, y un guión a repetir. Se tenía que impedir claramente el regreso de la República, así como ejecutar una simulación de que las estructuras de poder procedentes del franquismo se habían desmantelado, pero sin hacerlo realmente. Los actores tradicionales que habían protagonizado los pilares del régimen (la Monarquía, el Ejército, la Iglesia Católica, la banca y las grandes empresas, la aristocracia, los terratenientes y la oligarquía en general) no sólo continuaron haciéndolo en el nuevo régimen, sino que además fueron potenciados. La Monarquía (hecho que hemos conocido hace pocas fechas, mediante la reproducción de una entrevista de la periodista Victoria Prego al Presidente Suárez en 1995) fue introducida mediante malas artes por medio del Presidente Adolfo Suárez, haciendo caso omiso de las peticiones de referéndum de los agentes extranjeros, e incluyendo la figura del Rey en el texto de la Ley de Reforma Política. En palabras de Suárez: "Hacía encuestas, y perdíamos". Continuaremos en siguientes entregas.

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17 julio 2017 1 17 /07 /julio /2017 23:00
Viñeta: Josetxo Ezcurra

Viñeta: Josetxo Ezcurra

Bajo el capitalismo se han globalizado la injusticia, la desesperación y el desprecio

Aminata Traoré

Hablamos del neoliberalismo como la base moral, conceptual, política, social y económica de nuestra sociedad actual, aquél conjunto de valores que predominan en el modelo de sociedad que padecemos. El neoliberalismo configura en el fondo toda la cosmovisión de la mayoría social, aglutinando la mayoría de los valores y comportamientos colectivos de los que hacemos gala. Pero...¿cuáles son esos valores? Hagamos primero una somera introducción: el neoliberalismo como modelo económico, social y político presenta las siguientes características: teóricamente se basa en los postulados del economista Milton Friedman y su Escuela de Chicago. Alcanzó dimensión mundial durante la década de los 80 con los gobiernos de Ronald Reagan en los Estados Unidos y de Margaret Thatcher en el Reino Unido (que fueron tomados como referentes), y se exportó de manera feroz a los países de América Latina durante la década de los 90. Su modelo da prioridad a la lógica del mercado en la regulación, no  sólo de la economía, sino de toda la sociedad en su conjunto. El neoliberalismo es adalid de las grandes privatizaciones de empresas, servicios y sectores públicos en aras del capital privado, reduciendo drásticamente los fondos públicos destinados a su sostenimiento. Propugna la liberalización del comercio internacional, y demoniza al Estado como interventor en la economía y promotor de políticas sociales. Tiende a concentrar la regulación económica global en una serie de instituciones internacionales, normalmente dominadas por el capitalismo norteamericano (BM, FMI...), defiende la desregulación de los mercados financieros, así como la sustitución de la regulación económica estatal por la autorregulación controlada por las grandes empresas transnacionales. Su catálogo general fue enunciado en el famoso Consenso de Washington. 

 

El neoliberalismo conforma hoy día el pensamiento único, en el sentido de recoger los principales dogmas que se aplican a los campos político, social y económico, y que están ampliamente extendidos, difundidos y practicados por la inmensa mayoría de los países, y a su vez amplificados bajo el altavoz de sus voceros mediáticos. Es el pensamiento dominante de nuestro tiempo, donde además, la globalización capitalista deja poco resquicio para poder escapar de él. Pero más allá de sus concepciones políticas y sociales, que las podemos comprobar hoy día en la mayoría de los países del globo, nos interesan en este artículo los peligrosos valores en los que se basa. Sin pretender hacer un catálogo exhaustivo, podrían ser los siguientes:

 

1.- El consumismo. El consumismo determina la identidad por lo que se tiene, y no por lo que se es. La fiebre consumista es necesitada por el propio motor económico capitalista, que está en la base del neoliberalismo, como un nuevo grado evolutivo del sistema capitalista. Pero el consumismo desaforado deviene en otras consecuencias colaterales, ya que no sólo somos consumidores, sino también trabajadores, y la competencia por obtener bajos precios de los productos que compramos se traduce también en bajos salarios en nuestras condiciones laborales, como forma principal de abaratamiento de costes. De hecho, las sucesivas reformas laborales llevadas a cabo durante los últimos años, han incidido especialmente en hacernos competitivos en un mercado globalizado, y esto sólo se consigue reduciendo los costes laborales y salariales. La consecuencia inmediata y palpable es la precariedad laboral imperante hoy día. Pero nuestra sociedad consumista también funciona gracias a otros mecanismos implementados en ella, y que garantizan su retroalimentación, como son la publicidad (cada vez más agresiva), la obsolescencia programada de los productos (cada vez más corta), y el crédito fácil y accesible (que fomenta el endeudamiento privado). Para los lectores y lectoras interesadas en profundizar sobre este asunto, les recomiendo la serie de artículos "Capitalismo y Sociedad de Consumo". 

 

2.- El culto y adoración por los ricos y poderosos. El dinero, la fama, el poder, las riquezas, las influencias, etc., van modelando un mundo artificial basado en el culto a las posesiones materiales, y a la veneración de los más ricos y poderosos, que son tomados como referentes y modelos a seguir. Sus "éxitos" personales y empresariales son amplificados y vanagloriados, y su grado de influencia en las decisiones políticas y económicas llega a ser muy potente. Los más ricos y poderosos, grandes empresarios y grandes fortunas (a los que se suman hoy día los actores y actrices, deportistas o escritores, etc., de primera línea) son la expresión misma de la desigualdad, ya que mientras la sociedad permite (y alaba) el crecimiento exponencial de su riqueza, permite que existan millones de personas que están justo en el otro extremo, es decir, en situación de pobreza y exclusión social. 

 

3.- La banalidad y la frivolidad sociales. Como en cualquier sistema de pensamiento dominante que se precie, el neoliberalismo despliega para su supervivencia y dominación un conjunto de prácticas, hábitos y comportamientos sociales destinados a la distracción de las mayorías sociales, para desviar su foco de atención sobre los asuntos realmente importantes. En este sentido, tanto la propia evolución tecnológica (con las redes sociales) como los mensajes y formatos de los medios de comunicación contribuyen continuamente a esta filosofía de la banalidad, de lo superfluo, de lo intrascendente, de lo inmediato, de la alienación, de la frivolidad y de la estupidez social, que exaltan en grado sumo. 

 

4.- La visión uniforme y excluyente de la sociedad. Inmerso en una especie de cultura del odio, el neoliberalismo, como pensamiento dominante, descalifica y sataniza a cualquier sistema o modelo de sociedad alternativo al mismo. En este sentido, su carga cultural se utiliza como arma arrojadiza contra los pueblos que libremente decidan emanciparse de la cultura y los valores del neoliberalismo, y pongan en práctica otros modelos. El neoliberalismo por tanto no sólo es el pensamiento mayoritario, sino que además ejerce activamente todo su poder e influencia para no dejar de serlo. 

 

5.- La legitimación de la desigualdad. Para el neoliberalismo, la desigualdad es un proceso natural, una característica inherente de nuestras sociedades. El neoliberalismo no entiende la desigualdad como una consecuencia lógica de su propio modelo, de sus propias decisiones, es decir, de sus propias políticas, sino que concibe, justifica y explica las desigualdades como si éstas fueran un accidente natural, contra lo que no se puede luchar, como un terremoto o una tormenta. Para los fanáticos del pensamiento neoliberal, la desigualdad es intrínseca a los seres humanos, y tal como existen personas altas y bajas, gordas y flacas, negras o blancas, existe la desigualdad económica, política, social y de género entre ellas. Por tanto, las políticas neoliberales jamás tendrán en cuenta las desigualdades sociales como un problema, ni se preocuparán por reducirlas o eliminarlas. 

 

6.- La competitividad. Pudiéramos afirmar que la competitividad es la base de la esencia capitalista propiamente dicha, pues al estar ésta basada en la legitimación y búsqueda del mayor beneficio económico, obtenido éste de cualquier forma y por cualquier medio, el ser competitivos está como decimos en la base de la concepción capitalista, y por tanto, también neoliberal. Básicamente la competitividad es la lucha por ser el mejor, por ser superior al otro. E incluso pudiéramos aceptar, desde el punto de vista antropológico, que cierto grado de competitividad es inherente al ser humano, pero nunca en el grado sumo en que es justificado por el neoliberalismo. Este sistema hace de la competitividad un credo, una máxima suprema, un dogma per se, y premia y reconoce a los más competitivos (es decir, a los más agresivos) como los ganadores y supervivientes del sistema. Este valor está muy relacionado con los anteriores, en el sentido de legitimar las desigualdades, y de reconocer y ofrecer culto a los que ganan, es decir, a los más ricos y poderosos de la sociedad. 

 

7.- El individualismo. Y para ser competitivos, para ser más agresivos, el neoliberalismo necesita despojarse de todas las ataduras y dependencias sociales. De hecho, el neoliberalismo no cree en la sociedad, no cree en el ser humano como ser social. El individualismo es la máxima expresión de este valor, pues impide y reniega de la socialización, y desacredita todo lo que huela a iniciativa, servicio o bien común, poniendo el foco de atención en los méritos, la capacidad y los logros personales, en su justificación de que el "éxito" de las personas, siempre tomadas aislada e individualmente, es responsabilidad únicamente de ellas y ellos mismos. 

 

8.- La mercantilización de todos los aspectos y facetas de la vida humana. Este valor tiene mucho que ver con el primero que hemos mencionado, es decir, con el consumismo en sentido estricto. Para fomentar la iniciativa privada y los nuevos nichos de mercado, el neoliberalismo no puede poner trabas ni barreras a cualquier parcela de la actividad humana. Y en este sentido, las ópticas neoliberales intentan abrir a la pura mercantilización (es decir, a convertir en un objeto más del mercado, sujeto a consumo, a oferta y demanda) todas las actividades, parcelas, aspectos y facetas de la vida humana. Comenzando por el propio trabajo (que se convierte en un simple "empleo"), incluso los derechos humanos más básicos y fundamentales se van convirtiendo en mercancía (la vivienda, la alimentación, los suministros básicos, los servicios públicos del Estado Social o del Bienestar, etc.). Y así, en su fundamentalismo de mercado, el neoliberalismo apuesta por una reducción del tamaño del sector público (Estado y sus Administraciones, y empresas públicas), para así reconvertirlas al mercado de la iniciativa privada. La mercantilización es un valor muy peligroso, pues cuando nos introducimos en su dimensión, renunciamos a la rentabilidad social que pudiera tener dicho producto o servicio, y sólo atendemos a su rentabilidad económica, destinada a enriquecer a los agentes o actores económicos que intervienen en su mercantilización. 

 

9.- La alergia a los mecanismos de reparto. El neoliberalismo desprecia absolutamente todo lo que implique reparto. Y ello porque el reparto implicaría cierto grado de solidaridad, lo cual es contrario al neoliberalismo. Bajo sus dogmas y principios, que estamos relatando, todo lo que implique algún tipo de reparto o de redistribución (y sobre todo si es controlada por la intervención pública) es absolutamente descartado. Y así, por ejemplo, el reparto de cuotas de mercado, el reparto (o redistribución) de la riqueza, el reparto del trabajo, etc., son siempre mal vistos por el neoliberalismo, que ataca ferozmente cualquier iniciativa que tienda a implementarlos, aunque sea tímidamente. 

 

10.- La privatización de los servicios públicos. Es en realidad continuación y consecuencia directa de los valores que hemos relatado más arriba. Porque está en la base conceptual del neoliberalismo la creencia de que la iniciativa privada siempre gestiona mejor que la pública, y además ésta resulta insostenible. Su famoso mantra de que el "todo gratis" (que ya de por sí resulta una falacia, pues los servicios públicos se financian a través de los impuestos de todos) es insostenible, les lleva a justificar que la iniciativa privada se introduzca y se vaya apropiando de la gestión de los servicios públicos y universales (que dejarán de serlo), incluso los que atienden a los derechos humanos más fundamentales. 

 

11.- El emprendimiento. El paradigma del emprendimiento personal propugna básicamente que todos debemos hacernos empresarios, hombres y mujeres de empresa, o bien autónomos, tanto de nosotros mismos, como también de los demás. Es la quintaesencia que en realidad obedece a los valores de la competitividad y del individualismo, mencionados anteriormente. Y así todo forma parte de una cadena evolutiva conceptual: soy individualista (no creo en la sociedad), soy competitivo  (tengo que competir con el resto de los individuos para poder triunfar a toda costa), soy empresario (aunque sea de mí mismo). Podríamos decir que es la forma natural de expresarse socialmente en el neoliberalismo, es decir, poseer tu propia empresa. Para el pensamiento neoliberal, los empresarios son los grandes creadores del empleo y de la riqueza de una sociedad (lo cual es absolutamente falso), y a ellos/as debemos agradecerles el crecimiento económico, la iniciativa y el riesgo personales, la creación de empleo y el aumento de la riqueza de un país. En este sentido, el "emprendedor" es venerado siempre como modelo a seguir. 

 

12.- La normalización de la corrupción. De cara a la galería, el pensamiento neoliberal y sus adalides fomentan un discurso contrario a la corrupción, la atacan y dicen velar por minimizarla, e incluso erradicarla, pero en el fondo, el neoliberalismo normaliza, suaviza y disculpa la corrupción como no puede ser de otra manera, pues prácticamente el conjunto de sus valores tienden a introducir o permitir cierto grado de corrupción. Y ello porque la corrupción sí que es parte inherente del sistema (y no las desigualdades, tal como ellos creen), la corrupción (o al menos cierto grado de ella) es la materia prima del pensamiento capitalista y neoliberal, pues desde el punto de vista en que se legitima la competitividad, el emprendimiento, la competencia, el individualismo y el desprecio al bien común, la mercantilización de todas las actividades, y el culto fanático al consumismo, todo ello no puede sostenerse sin que la corrupción sea siquiera mínimamente tolerada y auspiciada. Porque...¿acaso no es corrupción un desahucio? ¿No es corrupción soportar una tasa de paro del 20%? ¿No es corrupción la privatización de un sector público rentable socialmente? ¿No son corrupción los recortes en sanidad o educación, ejecutados además por personajes que poseen enormes cuentas en paraísos fiscales? ¿No son corrupción las "puertas giratorias"? ¿No es corrupción rescatar a los bancos, mientras hay gente buscando comida en la basura? El neoliberalismo necesita corruptos y corruptores, así como un sistema que los encubra y los proteja. Hablamos entonces de una cierta corrupción institucionalizada. 

 

13.- El desprecio a los animales y a la naturaleza. El pensamiento neoliberal no es sólo egocéntrico, individualista y perverso, sino que también ejerce un desprecio absoluto al resto de animales, y al planeta y la naturaleza donde todos habitamos, y de la que todos formamos parte. Desde este punto de vista, tanto los recursos naturales como el resto de animales son sometidos bajo el neoliberalismo a todo tipo de experimentos y de explotación, y jamás son reconocidos como sujetos de derechos. El neoliberalismo (como fase evolutiva del capitalismo) legitima la explotación salvaje de todos los recursos naturales, el saqueo y destrucción de la propia naturaleza como objeto de despojo, la mercantilización de personas y recursos en su endiablado ciclo de expansión del capital, y el uso y abuso de los animales únicamente en su vertiente de servidores del hombre y para el hombre. El expolio de los recursos naturales (que a veces sirve incluso de excusa para las guerras y conflictos armados), la explotación de las especies animales, y el propio cambio climático son acciones y consecuencias directas de las indecentes políticas llevadas a cabo bajo el neoliberalismo. 

 

14.- El culto al heteropatriarcado. El conjunto de las desigualdades llevadas al terreno de las relaciones humanas no comprenden sólo a las desigualdades económicas, entre ricos y pobres, entre incluidos y excluidos, sino que también se introducen en otros campos, como son aquéllos que tienen que ver con el sexo (desigualdades de género), con las razas o etnias (racismo, discriminación, xenofobia, etc.), y con la diversidad sexual (discriminación hacia el mundo LGTBI). En este sentido, el culto al patriarcado (en concreto al heteropatriarcado, es decir, al patriarcado bajo los valores de la heterosexualidad) es legitimado desde el neoliberalismo, aunque aquí es donde quizá las posturas estén más relajadas y permisivas, y hayan evolucionado en mayor grado hacia la integración de todos los colectivos. De todos modos, en nuestras sociedades neoliberales, y en conjunción con todo lo anterior, los valores patriarcales se continúan transmitiendo y cultivando, que son aquéllos que básicamente relegan a la mujer a un segundo plano, y la discriminan con respecto al hombre en cuestiones económicas (división sexual del trabajo, feminización de la pobreza, brecha salarial, etc.), y sociales (micromachismo, cosificación de la mujer, violencia de género, etc.). 

 

15.- La negación de ciertos derechos y la exaltación de otros. El neoliberalismo, a medida que nos introduce más en su terreno, y para legitimar sus posturas, ha de manipular en su favor el catálogo de los Derechos Humanos, despreciando o ignorando muchos derechos reconocidos desde hace siglos (o décadas), y dándole valor a otros muchos de forma interesada. El paradigma del derecho que el neoliberalismo defiende a capa y espada es el de la propiedad privada, que según su pensamiento, es un derecho básico, fundamental e inalienable, hasta tal punto que no sólo colocan por delante de otros muchos derechos, sino que además instauran variantes del mismo para poderlos defender. Por ejemplo, mientras no se defiende el derecho humano a una vivienda, se defiende el derecho a la propiedad (privada) que un banco puede ejercer sobre una vivienda. Para ellos es superior el derecho de propiedad que un banco pueda poseer sobre una vivienda que el derecho de una persona o familia a poderla habitar si lo necesita. Y de esta forma, camuflan muchos derechos que no existen bajo su dogma "liberalizador" (como el derecho a la "libertad de enseñanza"), mientras denigran o no reconocen ciertos derechos individuales o colectivos (como el derecho a la paz, el derecho al aborto, el derecho a un puesto de trabajo, etc.). Otra variante se produce con los derechos emergentes, pues mientras atacan a los colectivos LGTBI, dicen defender "el derecho a la vida" (y por ello están en contra del aborto, en realidad bajo una concepción fundamentalista religiosa), o dicen defender el "derecho a ser padres" (y por eso muchos defienden, por ejemplo, la gestación subrogada). 

 

En fin, los 15 principios o valores del neoliberalismo que hemos presentado aquí no agotan el catálogo, como ya advertimos al principio, sólo intentan componer un puzzle para que los lectores y lectoras tengan una visión de conjunto, cuanto más compacta, coherente y homogénea mejor, sobre las peligrosas bases del pensamiento neoliberal. Cuidado con el neoliberalismo, pues como estamos viendo, si no somos capaces de revertir y minimizar el efecto de estos perversos valores, estaremos caminando hacia sociedades cada vez más injustas, crueles, despóticas, insensibles y deshumanizadas. El neoliberalismo y los agentes sociales, políticos, económicos y mediáticos que lo defienden y lo desarrollan representan un gran peligro para la Humanidad. Sólo desde una decidida lucha por rescatar los valores que defienden a la sociedad, al componente social del ser humano, a la naturaleza, a los derechos humanos y del resto de animales y especies, recuperando la armonía, la igualdad, la inclusión, el pensamiento crítico, la dignidad, la cooperación, la solidaridad, el buen vivir, los bienes y servicios públicos, la democracia y el respeto a la soberanía popular, será posible ir poco a poco revirtiendo los peligrosos valores de este neoliberalismo que nos destruye. 

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16 julio 2017 7 16 /07 /julio /2017 23:00
Viñeta: Luc Descheemaeker

Viñeta: Luc Descheemaeker

Durante todo el tiempo en que los saudíes han estado exportando el wahabismo y respaldando a grupos y terroristas islamistas, han disfrutado de relaciones especiales con Washington y Londres. La historia es tan larga y profunda que no es fácil de resumir: básicamente, la relación se caracteriza por un servilismo extremo, un apoyo militar total, constantes apologías y textos cuidadosamente controlados en los medios de comunicación que sirven para mantener al público en la más completa oscuridad en relación con el verdadero alcance de las relaciones y la naturaleza del régimen saudí. Es difícil precisar si Arabia Saudí es cliente de Reino Unido o viceversa: probablemente ambas afirmaciones son ciertas, ya que las élites de ambos países son como uña y carne

Mark Curtis

Las actuales políticas "antiterroristas" de los países occidentales, de ese "mundo libre y civilizado" que falazmente se empeñan en proclamar, no son más que un conjunto de incoherencias, injusticias, abusos de poder, retórica vacía e insulsa ante un "enemigo común" de nuestra civilización, y todo ello enmarcado para intentar justificar una serie de medidas que recortan los derechos fundamentales y las libertades públicas. Y es que, en sus esfuerzos por reprimir al terrorismo, los Gobiernos pueden terminar realizando un desproporcionado despliegue de medios y de fuerzas debido a la sofisticación de los ataques, o a la dificultad de identificar o localizar al supuesto enemigo, que se torna cada vez más inaccesible y escurridizo. De hecho, en esta última oleada de ataques a países europeos, los atacantes eran normalmente personas que habían nacido o bien se habían criado y crecido dentro de su civilización, de su cultura, de su lengua, etc. Las autoridades achacan estos ataques a procesos de "radicalización" (ya discutimos en entregas anteriores el uso torticero de este término) de estas personas, pero como estamos exponiendo, los motivos son mucho más complejos y profundos. Se unen el terror practicado por los terroristas y el terror practicado por los poderes públicos, por los Gobiernos, por el Estado, en su afán de "proteger" a la población. El último paso en esta enloquecida carrera es el mensaje que muchos políticos y analistas nos están dando, y que más o menos nos insta a interiorizar este miedo, y a aceptar y asumir nuestra vida dentro de la dinámica de los ataques terroristas. 

 

Nos dicen que debemos acostumbrarnos a estos ataques, que volverán a ocurrir, que lo asumamos, que estemos preparados, que lo aceptemos, pero nadie desde un prisma humano de la vida y de la convivencia puede aceptar esta dinámica. De nuevo, se trata de un mensaje dentro del guión establecido por los poderes públicos, ante su impotencia siquiera para analizar profundamente el fenómeno del terrorismo internacional. Y ante su incapacidad manifiesta para poder analizarlo y prevenirlo, contribuyendo a sociedades más pacíficas que las actuales, lo que se nos intenta inculcar es la normalización del miedo, del terror y de la violencia. La senda del pacifismo no puede aceptar este hecho, ha de rebelarse contra él. El pacifismo debe en primer lugar explicar el fenómeno de las guerras, de los conflictos y del terrorismo, y lo debe explicar en toda su dimensión, desde sus más profundos cimientos. Y en segundo lugar, en coherencia con esa explicación, debe ofrecer la alternativa, el verdadero camino para alejarse de la senda violenta, de la senda del miedo y del terror, así como del peligro de normalizarla, que es exactamente lo que nos quieren imponer. Edgardo Ordóñez, en su artículo de referencia que estamos tomando para estas reflexiones, apostilla: "Todo esto ocurre en un momento histórico en el que las sociedades democráticas resultan muy vulnerables frente a los embates del miedo, tanto por la amplificación mediática del temor como por la atomización de las propias audiencias, integradas cada vez más por individuos relativamente aislados, cuyas viviendas y cuyos proyectos de vida tienden a ser unipersonales. Bajo estas condiciones, construir lazos de solidaridad no resulta una tarea fácil. Aquí vale la pena recordar el certero aforismo de Gonzalo Arango: "El miedo amontona, no une". Las comunidades del miedo son constitutivamente frágiles; en ellas mismas prospera el gusano destinado a carcomerlas". 

 

En efecto, el capitalismo (último responsable de las guerras y conflictos, que lo perpetúan por otras vías, como tantas veces se ha dicho) ha ido preparando el terreno para conseguir ese modelo de sociedad, un modelo especial presa fácil de la globalización del miedo. Un modelo (el capitalista,el neoliberal) que ha ido caminando hacia el individualismo, hacia el egoísmo, hacia la desarticulación de las redes y mecanismos de protección social, para que la sociedad deje de existir como tal, y se convierta en una selva, con la certeza de que en dicha selva, los efectos del terrorismo se vuelven incontrolables. Vivimos actualmente en sociedades caóticas, que por ello mismo se vuelven especialmente vulnerables ante el estallido terrorista, ante el pánico colectivo. Caminamos por tanto hacia Estados de sitio cuasipermanentes, como expresión típica de ese mundo aterrador que nuestros gobernantes pretenden que asumamos. Nos piden comprensión y resignación ante la barbarie del miedo, del terror y de la violencia. No nos ofrecen soluciones. Pero las soluciones existen. Aunque para poder comprenderlas, hay que estar situados en las antípodas del planteamiento que nos hacen nuestros gobernantes de este mundo occidental, "libre y civilizado". La retórica de los bandos, de los buenos y de los malos, del mundo como "un lugar peligroso", etc., es la que conforma nuestra cosmovisión generalizada sobre las guerras y el terrorismo. Frente a ella, hemos de enfrentar que otro mundo es posible, que no queremos asumir dichas leyendas, que no estamos dispuestos a aceptar dichos presupuestos. El terrorismo es, por tanto, un producto de nuestra propia irracionalidad, una consecuencia lógica del orden mundial al que nuestros dirigentes nos han conducido. Ya no es posible disimular por más tiempo que son las propias estructuras del capitalismo globalizado las que generan las situaciones y motivaciones que hacen posible el terrorismo. 

 

Por tanto, hemos de negar la mayor. Hemos de enfrentarnos a tanta retórica vacía, a tanta leyenda estéril, a tanta lectura infantil y reduccionista. Hemos de denunciar tanta hipocresía como diariamente practican las autoridades de nuestros países, y hemos de propagar con todas nuestras fuerzas otras alternativas, otras cosmovisiones, que nos permitan no sólo explicar, sino ofrecer soluciones al fenómeno terrorista. Es el capitalismo globalizado y sus estructuras y mecanismos de poder el que amenaza los sistemas de libertades, los Estados de Derecho y las culturas democráticas, al incrementar y perpetuar las desigualdades sociales y al revocar los principios de la seguridad mundial y de la justicia social. Todos esos valores son despreciados por el capitalismo y por el neoliberalismo, que en su perverso afán de obtener beneficios a toda costa y de forma ilimitada, hacen estallar todo lo que tocan. En este sentido, la globalización del miedo a la que tristemente asistimos no es más que un fenómeno emergente causado por los mismos factores. El miedo, la barbarie y el terror no son sólo producidos por la maldad o el fanatismo de ciertos grupos terroristas (como si ellos aisladamente constituyeran el paradigma de la maldad humana), sino que responde en última instancia a las dinámicas globales que lo hacen posible, y que se encargan luego de multiplicar su resonancia, sus voceros y sus expansiones mediáticas, constituyendo un endiablado bucle donde se retroalimentan todos estos factores, prácticas y peligros. Y bajo estas circunstancias, y sin ánimo de ser pesimistas ni deterministas, sólo puede dibujarse un panorama sombrío en cuyo horizonte se perfila una sociedad en estado de miedo permanente. 

 

De hecho, es el modelo de sociedad para el cual quieren prepararnos. No podemos seguir  entrando en ese juego, no podemos seguir legitimando por más tiempo los crueles cimientos de una sociedad que normaliza los atentados terroristas, que normaliza el pánico y la histeria colectiva. Seamos críticos con dichos preceptos. La globalización del terror no es un proceso irreversible. Como tantas otras tendencias sociales que a lo largo de la Historia han ido evolucionando, sus parámetros se pueden revertir. Ese estado de miedo permanente, lejos de ser una consecuencia inevitable, un mal menor que hay que aceptar, constituye un desafío a desarrollar todo un arsenal de nuevas políticas, de nuevos planteamientos, de nuevas decisiones para un orden mundial basado en la senda del pacifismo. Una senda alternativa basada en análisis más profundos, críticos e inteligentes, así como unas decisiones basadas en un carácter más humano del mundo en que vivimos. Hemos de recobrar la esperanza. La esperanza en que es posible desarrollar unos nuevos cimientos para un orden social basado en el pacifismo, en primer lugar a un nivel local, contribuyendo de este modo al nivel global. Enfrentémonos a la resignación y a la pasividad. Huyamos de las lecturas fáciles y dogmáticas. Sometamos los parámetros del orden mundial a una severa crítica, apoyemos la implantación de medidas críticas con el paradigma actual, y volvamos poco a poco a respirar el reino de los derechos, de las libertades y de la convivencia en paz. Luchemos por la paz como la dignificación de un derecho humano, que ha de garantizarse como cualquier otro. Y sobre todo, luchemos por desmontar los modelos económicos y sociales que están permitiendo la globalización del miedo y el desarrollo y extensión del terrorismo, luchemos contra los dogmas que están imponiendo las condiciones sociales que perpetúan las desigualdades y la falta de horizontes para las mayorías sociales. Continuaremos en siguientes entregas.

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13 julio 2017 4 13 /07 /julio /2017 23:00
Arquitectura de la Desigualdad (46)

La desigualdad es un veneno que corroe las sociedades por dentro. Erosiona la confianza entre los diferentes estratos sociales, condena a la desesperanza a millones de personas y además supone un freno al crecimiento económico. Y ya está alcanzando niveles intolerables. Hace falta tomar medidas ambiciosas y hace falta hacerlo ya

Miguel Alba (Oxfam Intermón)

Un pilar fundamental donde debe basarse una sociedad igualitaria es la plena garantía en igualdad de oportunidades. Sin embargo, nuestra arquitectura de la desigualdad vulnera claramente este principio. La explicación es bien sencilla: una vez que el sistema político e institucional está diseñado para favorecer a la élite (tal y como hemos expuesto en las entregas anteriores), la consolidación de sus privilegios se transmite a través de diversos mecanismos. Para asegurar aún mayor grado de influencia, los poderosos agentes económicos suelen poseer ejércitos de personas y organizaciones trabajando en favor de sus intereses (lo que llamamos "lobbys"), cuya función es, como decimos, negociar en cada sector económico y social para continuar beneficiando a sus titulares. Esta "transmisión de privilegios" afecta a una serie de elementos que, de otro modo, deberían garantizar una absoluta igualdad de oportunidades y protección para todos los miembros de la sociedad. Lo que en cierto modo parece y suena como una meritocracia (gobiernos de los mejores, de los "merecedores"), es en realidad el resultado de la aplicación de unas normas, leyes, decretos, tratados y convenciones diseñadas en favor de las élites. Dicha élite, por tanto, cuenta a su vez con mejores oportunidades para desarrollarse, y continuar mejorando sus beneficios y privilegios en el sistema. Algunos de estos mecanismos legales claman al cielo por su evidente descaro en la protección de los poderosos, como por ejemplos los mecanismos de "amnistías fiscales", que "perdonan" las deudas de estas élites sociales. 

 

La igualdad de oportunidades es un mecanismo y un principio fundamental en las sociedades justas, modernas e inclusivas. Implica la garantía de que los logros y resultados de una persona no deben depender de su raza, género, familia, recursos económicos, o cualquier otra circunstancia personal, grupal o social. Existen argumentos sólidos para defender la existencia de un cierto nivel de desigualdad de ingresos en cualquier sociedad (ya hemos dicho en muchas ocasiones que una sociedad igualitaria no es una sociedad uniforme), ya que ésta puede deberse a la iniciativa, a la suerte, al esfuerzo y a los méritos efectivos de la persona en cuestión. Pero una cosa es aceptar dicha distinción natural debida a las circunstancias y evolución de cada persona, y otra cosa bien distinta es legitimar una arquitectura social que, como estamos demostrando amplia y profusamente, está pensada, proyectada y consagrada a las desigualdades. Y en este sentido, multitud de datos y estudios ponen de manifiesto que existe una estrecha correlación entre la desigualdad de ingresos y la desigualdad de oportunidades, pudiendo concluir que las oportunidades que los hijos tendrán en su vida dependen en gran medida de la situación socioeconómica de sus padres. Por tanto, el principio de igualdad de oportunidades debe estar garantizado por el propio sistema, para evitar dichas disparidades e injusticias. Y ello ha de llevarse a cabo potenciando las mismas medidas que ya hemos venido discutiendo en entregas anteriores de esta serie (justicia fiscal, universalidad y gratuidad de los servicios públicos, salarios dignos, etc.).

 

Y así, la educación de calidad, un sistema sanitario público, gratuito y universal, o el acceso a puestos de trabajo dignos, estables y con derechos, son puntales fundamentales para garantizar un sistema óptimo de igualdad de oportunidades. En definitiva, un buen sistema de garantías de igualdad de oportunidades debe velar para que ninguna persona de cualquier sociedad capacitada para alcanzar cualquier objetivo vital pueda verse impedida a llevarlo a cabo, por culpa de determinados impedimentos sociales. Por tanto, una sociedad que garantice plenamente para todos sus miembros una igualdad real de oportunidades, estará cumpliendo un pilar fundamental para aspirar a una sociedad realmente igualitaria. No obstante, y como también venimos contando, el pensamiento dominante es el que se opone frontalmente a una igualdad de oportunidades, ya que basa su ideología en los parámetros y valores del neoliberalismo, que descansan los éxitos, las metas y los resultados de cada individuo en la sociedad únicamente en su esfuerzo y capacidad reales, lo cual, como estamos demostrando, no siempre lo determinan. El neoliberalismo disfraza y legitima bajo sus dogmas todo el andamiaje de la arquitectura social que propugna las desigualdades, haciendo aparecer como algo "lógico y normal" lo que no es más que el resultado de una sociedad desigual desde sus raíces. La conclusión está clara: la concentración de los ingresos y la riqueza obstaculiza la materialización efectiva de la igualdad de derechos y oportunidades, ya que dificulta la representación política de los colectivos más desfavorecidos, a costa de beneficiar a los sectores más acaudalados. Hay que revertir todos estos mecanismos, haciendo tender hacia sociedades más justas y equilibradas. 

 

Pero el problema, como venimos asegurando, no es la falta de riqueza en el mundo, sino la capacidad de crearla, gestionarla y, sobre todo, repartirla. Sencillamente, no es razonable, ni desde el punto de vista económico, ni desde el punto de vista ético, de cara a la justicia social, que haya tanto en manos de tan pocos. Tenemos el talento, la tecnología, los recursos y la imaginación necesarios como para construir un mundo mucho mejor para todos. Tenemos la oportunidad de construir una economía mucho más humana, que anteponga los intereses de la mayoría. Tenemos la capacidad de crear un mundo en el que existan trabajos dignos para todas las personas, en el que hombres y mujeres vivan en condiciones de igualdad, donde los paraísos fiscales sólo aparezcan en los libros de historia, donde los países dejen de estar hipotecados por una deuda pública monstruosa e insostenible, y donde las grandes empresas transnacionales no sean las dueñas del mundo. Y sobre todo, un mundo donde los que más tienen tributen lo que les corresponde para sustentar una sociedad que beneficie al conjunto de la ciudadanía. Podemos hacerlo. Sólo nos faltan las ganas, la voluntad de querer hacerlo. Poseemos mayoritariamente el convencimiento, por consiguiente, hemos de pasar a la acción. Sólo un conjunto de acciones de presión por parte de la ciudadanía serán capaces de obligar a los responsables políticos a diseñar soluciones para acabar con esta economía puesta al servicio de ese 1% más rico y poderoso. Es esta clase política dirigente la que mediante los falaces discursos del pensamiento económico dominante nos inunda de cifras macroeconómicas, cifras que nos cuentan sólo una parte de la realidad, la realidad que más interesa a las élites, pero sólo parte de ella. 

 

Y así, en efecto, el principal parámetro que las autoridades públicas (basándose en sus propias estimaciones y en las de los Organismos internacionales, tales como la CE, el FMI, la OCDE, etc.) nos transmiten, para convencernos de la potencia de nuestras economías, es el PIB (Producto Interior Bruto), que es el indicador más general que mide el conjunto de la riqueza generada por un país. Que el PIB crezca en sentido neto es siempre comunicado como una "buena noticia" y algo positivo en sí mismo, pero esto no es cierto. Ni el PIB es el único indicador (ni siquiera el mejor de ellos) para medir la riqueza de un país, ni su crecimiento es indicativo de una sociedad más justa, equitativa e igualitaria. Y así, aunque es cierto que el PIB nacional (de cada país) y mundial (del conjunto de todos los países) aumenta año tras año, la riqueza generada no es útil a la economía (debido a su elevado nivel de financiarización, es decir, su generación por vías no productivas para la economía real), ni tampoco se reparte adecuadamente, sino que unos se benefician más que otros. El tamaño de la economía mundial se ha más que duplicado durante los últimos 30 años. En 2014 alcanzó un valor de casi 78 billones de dólares. Y aunque es cierto que este nivel de desarrollo económico mundial ha contribuido a sacar de la pobreza absoluta a cientos de millones de personas, también es cierto que los niveles de desigualdad en la renta y los ingresos por capas sociales, lejos de disminuir, han aumentado progresivamente, salvo en aquéllos países que adoptaron medidas sociales de tipo redistributivo, tales como algunos de América Latina. Ello es por tanto una demostración evidente de que la actual arquitectura de la desigualdad se puede revertir, de que no es un accidente ni una catástrofe natural, sino que puede ser combatida mediante medidas y decisiones políticas encaminadas en esa dirección. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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